VEINTE AÑOS ENCERRADA EN UN SÓTANO

Siempre he sospechado que los personajes que he conocido de un tiempo a esta parte, en la mayoría de las ocasiones se dedican a contarme mentiras. Por el momento no me interesa tanto que sean mentiras, como que sean historias (ni siquiera la calidad de las historias es algo que entre a juzgar). 

Una noche Angelika Siebert me dijo:

—Estuve veinte años encerrada en un sótano por mi marido. Durante ese tiempo me dedicaba a escribir para él. Yo escribía y él firmaba las obras. 

No sabía que decir, salvo que me parecía terrible. 

—¿Tenía ventanas el sótano? —es cuanto se me ocurrió preguntar. 

Angelika hizo un leve gesto de sorpresa, que rápidamente desestimo y cambio por otro de desdén.

—No. Nada. Veinte años sin ver la luz del sol. Mi cutis era tan blanco, que creí que mi piel se hubiera vuelto transparente. Que a través de ella se verían mi interior, con su juego de huesos, músculos y vísceras. 

Me imaginé a un Angelika todavía más transparente, hecha de luz. De hecho me pregunté, pues en muchas ocasiones me había imaginado a Angelika Siebert desnuda, si no sería un ente fantasmal, sin verdadero cuerpo que ofrecer a los hombres. 

En calidad de profesor de escritura tuve que insinuar que estaría mejor ahora, escribiendo en libertad, viviendo, de hecho en libertad. 

No le dedicó tiempo a responder:

—¡Qué va! En cuanto salí del sótano me lancé a la vida. Y me olvidé por un tiempo de escribir. Tuve novios, hice el amor, viaje, bebí y jugué en casinos y con pistolas. Más, ¿qué era yo?, sino una pobre niña encerrada que escribía historias de amor en un sótano. Cuando quise volver a escribir, no podía. Simplemente, no sabía escribir. Por una suerte de perverso sortilegio, se me había olvidado escribir. Las novelas, antes, puntualmente salían de mis dedos; ahora soy incapaz, ya lo ves, de escribir más allá de unas pocas líneas. 

Como profesor suyo, tuve que admitir que así era. Jamás llegaba a clase con más de media cuartilla escrita a mano, y los resultados, a pesar de mi empeño en alentar sus dotes literarias (hasta la fecha más bien escasas), no podía ser más desalentadores. Simplemente esa chica parecía la menos dotada de cuantas he conocido para la literatura (y he conocido chicas tan poco dotadas para la literatura, de algunas de las cuales incluso me he enamorado, que da la risa). 

—Eso quiere decir que solo escribes encerrada en un sótano.

—Si no fuera tan bueno, profesor, le pediría que me encerrase en un sótano y me obligase a escribir.

—Angelika, yo nunca haría eso. 

A lo largo del trayecto que compartíamos, caminamos en silencio. Yo con la sensación de que caminaba al lado de un vestido que escondía un cuerpo de puras fibras y sangre. Ella sospecho que con nada en la cabeza salvo un sótano nauseabundo, eterno y repetido como la coliflor. 

—Yo voy por esa calle. 

—¿Le acompaño? —¿por qué terminaba por hablar con Angelika como si estuviéramos en los años veinte, pero del siglo veinte?.

 Al separarnos, pues siempre se despedía de mi con un un tesón abrupto, como diciéndome: no podrás llegar más que hasta aquí. A partir de este punto mi vida es mía, un secreto que no te dejaré explorar nunca, la vi alejarse, con su vestido amarillo de verano. 

Tuve la extraña sensación de que yo podría ser el marido que la tuviera encerrada. Ella escribiría para mi, y yo firmaría las obras, y gozaría de su cuerpo y del éxito literario que sus novelas me dieran. Un sueño perturbador, inquietante.

Menos mal que las historias que me cuentan mis «personajes», los seres reales que he conocido este tiempo en Valladolid, son todas una sarta de mentiras.