UN HUESO DE CIRUELA (Historia verdadera)

 

La madre había comprado ciruelas, y queriendo distribuirlas entre los niños al final de la comida, púsolas en un plato.

Vania nunca había comido ciruelas, y aquella fruta le tentaba mucho; la había olfateado y deseaba probarla; así es que no cesaba de dar vueltas en torno al plato. Solo en el aposento, no pudo resistir la tentación; tomó una y se la comió.

La madre contó luego las ciruelas y vio que faltaba una.

Se lo dijo al padre.

Y en la mesa, el padre preguntó:

—decidme, hijos míos, ¿alguno de vosotros se ha comido la ciruela?

—No —respondieron todos.

Entonces agregó el padre:

—Si alguno de vosotros se la ha comido, no está bien, pero esa no es la desgracia verdadera; la desgracia es que las ciruelas tienen huesos, y que si se traga uno de esos huesos, se puede morir a las veinticuatro horas. Y he aquí lo que temo por vosotros.

Vania palideció y exclamó:

—No temáis, porque arrojé el hueso por la ventana.

Todo el mundo rió y Vania se echó a llorar.

 

Leon Tolstoi.

 

Recogido en la Antología de la literatura infantil Universal, Tomo II, de Carmen Bravo-Villasante.

EL FUEGO DE LA FE: UN MICROCUENTO

Este microcuento ha sido inspirado por el comienzo de un cuento infantil de H. C. Andersen y un relato triste de Tolstói. Por eso es que tiene una forma breve y sencilla, y está ambientado en la antigua Rusia.

Espero que lo disfruten, tanto como yo he sudado escribiéndolo (y cuidado con meterse en el interior de los troncos de los árboles):

 

EL FUEGO DE LA FE

 

 

Un joven viajaba caminando por la estepa rusa en dirección a Moscú. Sus pobres padres lo habían enviado en busca de trabajo, pues tenían puestas todas las esperanzas de felicidad en su único hijo.

El joven fue sorprendido por una tormenta de nieve y, no viendo donde resguardarse, se acercó al único árbol que había en los alrededores. Allí comprobó que su tronco se hallaba parcialmente hueco, y se introdujo en él. Muerto de hambre, frío y cansancio, se quedó profundamente dormido.

A la caída del sol, cinco jinetes cabalgaron al galope hasta la altura del árbol y decidieron pernoctar allí. Los jinetes bebieron en el interior de su tienda celebrando su último robo y, cuando la tormenta amainó y dejó de nevar, ebrios de alcohol, salieron y prendieron fuego a la madera medio seca del viejo árbol.

En unos segundos la hoguera creció de forma espectacular.

El pobre joven que dormía en su interior apenas tuvo tiempo de abrir los ojos, cuando quedó envuelto en llamas. Incapaz de salir del árbol, se puso a gritar poseído por el horror, pidiendo ayuda a la virgen.

Los cinco ladrones quedaron estupefactos al escuchar las terroríficas voces del árbol pidiendo ayuda a la virgen, mientras observaban en el corazón del fuego los atormentados movimientos de algo parecido a un ánima. Sin perder un segundo, corrieron a todo galope a una aldea que distaba unas verstas del lugar. Levantaron a todos los vecinos, y en tropel fueron a contemplar los rescoldos de la hoguera y oraron por el milagro.

Sobre las cenizas del lugar se construyó una ermita encalada, con el botín que los ladrones habían donado en penitencia por lo sucedido. Todos los años desde entonces recibe la visita de una fervorosa romería al comienzo del otoño.

La familia del joven, que ansiaba recibir noticias suyas una vez llegado a Moscú, esperó durante años en vano.

 

Manolo Yagüe.