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HISTORIA BREVE DEL FUTURO RECIENTE: DE PERROS Y HOMBRES

Perro paseando a un cachorro.

 

 

El perro sacaba todas las noches a pasear a su mascota. A esta le gustaba olisquear los traseros de las señoras y las cacas de otros hombres.

A veces dos perros se cruzaban con sus respectivas mascotas en una acera, y los hombres se enzarzaban en una pelea de insultos y puñetazos. Los perros tironeaban de las correas de sus animales y emitían complejos ladridos de disculpa, ante la inquisitoria mirada de otros viandantes.

Si un policía veía que un hombre había defecado en una esquina y su perro no recogía el excremento con una bolsa de plástico, el agente se enfadaba mucho —los policías son sabuesos y se gastan malas pulgas—, por lo que extendía una cuantiosa multa al infractor.

Los hombres y mujeres, por lo demás, eran cuidadosamente censados por las autoridades estatales: desde bebés se les introducía un microchip con una jeringuilla en el cuello, a nivel subcutáneo. Si un hombre se escapaba o era abandonado, un médico pasaba un lector de infrarrojos por el cogote del vagabundo y en la pantalla del ordenador aparecían todos sus datos. Se castigaba con severidad el abandono de un hombre. Llegó a considerarse una práctica cruel. Todos ellos eran recogidos  en furgonetas y llevados a centros penitenciarios.

Ocurría sobre todo en verano, o cuando eran cachorros, viejos o caían enfermos.  Si pasado un mes el perro no reclamaba su mascota, el ejemplar era sacrificado. Si los perros no hubieran utilizado ese inhumano sistema de control poblacional, el número de vagabundos habría resultado excesivo.

Como consecuencia de la crisis económica del año 2012 la cifra de humanos dejados en los arcenes de las carreteras aumentó hasta niveles alarmantes, las instituciones penitenciarias no daban abasto para atender tanto hombre suelto, y los sacrificios se comenzaron a realizar con métodos de exterminio masivo: paredones de fusilamiento y cámaras de gas mostaza. Por ello, las asociaciones de protección del ser humano lanzaron una campaña publicitaria con el objeto de concienciar a los perros: «No lo abandones, él nunca lo haría». El éxito de la campaña se puede juzgar a partir de la población actual de humanos [año 2050]: a pesar de la fidelidad  hacia su perro —se dice que el hombre es el mejor amigo del perro—,  la especie humana se encuentra en peligro de extinción.

 

Historia breve del futuro reciente, capítulo 1: De perros y hombres. Manolo Yagüe.

JULIO CORTÁZAR: HISTORIAS DE CRONOPIOS Y DE FAMAS

INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA A UN RELOJ

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidadava corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

 

“Historias de cronopios y de famas”, Julio Cortázar.

 

 

Cortázar es un autor de sobra conocido. Rayuela. Pero hay muchos cuentos, cuentos enormes, en los que una mano cobra vida y un atasco dura meses en las cercanías de París, con un amor frustrado como en los buenos amores. Sin embargo, hay una obra que resplandece única con la singularidad que le concede la poesía, el humor, el surrealismo y el profundo saber del comportamiento del hombre: “Historias de cronopios y de famas”.

En la contraportada de la edición de Alfaguara se dice: “Esta colección de cuentos y viñetas entrañables es una introducción privilegiada al mundo inagotable de uno de los más grandes escritores de este siglo…” No puedo estar menos de acuerdo con algunas de las afirmaciones de esta frase. ¿Introducción privilegiada? ¿Es una obra cumbre una introducción? ¿Acaso no suena a menosprecio solapado? ¿Acaso no se sugiere que dicha obra está destinada al consumo de lectores poco avezados? ¿Viñetas entrañables? Navideño y vulgar. No suena muy esperanzador.

Por lo demás Alfaguara hace su trabajo a las mil maravillas. Da gusto leer el libro en letras grandes y en formato casi de niños.

Y por último, otra discrepancia de menor envergadura para otros, pero para mi no: entrecomillado en el texto final de la misma contraportada:

“Cortázar nos ha dejado una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.” Gabriel García Márquez.

En mi modesta opinión -quién se atreve a contradecir a un premio Nobel del que uno además ha aprendido tanto-, sobra la apreciación de inconclusa, aunque la matice un mezquino tal vez, para una obra que no puede ser cerrada por su misma enormidad. Que sea breve y fragmentaria, no hace de menos la obra, es más, constituye su esencia. La sugerencia, el enigma, la fantasía, no necesitan de obras cerradas o compactas, de obras que parezcan estudios exhaustivos al estilo de Proust o de Thomas Mann. Bien lo supo otro ilustre de las letras hispanas, el ciego Borges, que constituyo un mundo con fragmentos que respiran como los restos de huesos en las manos de un arqueólogo. ¿Y qué le hacía falta una novela? ¿Y qué le iba a hacer falta a Cortázar concluir el mundo, donde ya había concluido la sugerencia del mundo?

Por aquí, hablo de España, andan los cenotafios de los escritores consagrados a la gresca con la escritura de raza, con el riesgo, con la locura más loca y capaz. Por supuesto el monumento funerario ya se ha erigido, tan solo espera que el escritor consagrado por la academia venga a ocuparlo. Mientras tanto, hay quienes caban su tumba con sus propias manos. El escritor de verdad sabe que es eso precisamente lo que tiene que hacer.

Por eso se consagran las obras cerradas, de mas o menos tantas páginas, de tema tradicional, a la antigua usanza. Nada de fragmentos de batallas, nada de piezas de reloj que son tan complejas que uno no sabe hasta que desfallece como poderlas casar, amontonandolas en un cajón de madera con otros restos de naufragios, papeletas de lotería sin premio, cuchillos de asesino usados, cartas de amor a presos, a adolescentes, a monjas, a putas… Todo cuanto se salga del pequeño tiesto, se sale del mercadeo de la literatura. Y así andamos de emponzoñados.

Por eso es que una obra como la de Cortázar, “Historias de cronopios y de famas”, con su alegría salvaje, parece de ayer. De hoy. De mañana incluso.

 

Manolo Yagüe.

 

NOS VAMOS DE EXCURSIÓN

“El niño rompió el espejo con el puño,

 pero no se cortó el puño.

¡Fue horrible! Empezó a brotar sangre de su la cara.”

Manolo Yagüe.

El niño aproxima la bicicleta al espejo.

—Ella también—, me dice.

—¿También la bicicleta? Ya llevamos el oso de peluche, una naranja para conquistar a una princesa, un brontosaurio, y al perro, que puede sernos de ayuda para volver.

Harpo olisquea el marco del espejo, mueve los bigotes y el rabo. Ha captado el rastro tenue de un roedor o de una ballena. Es un perro menudo, serio y no se amilana por tan poca cosa.

—La bicicleta no.

El niño protesta con un puchero.

—El otro lado está lleno de bicicletas. Y coches. Hay toda clase de vehículos raros. Te vas a cansar de la bicicleta. Es probable que la perdamos. Tú verás. Luego no me digas. Bueno, bueno,  pues la bicicleta se viene con nosotros.

El niño sonríe triunfal.

Me encamino a lo desconocido. ¿Cuántas veces habré entrado yo en un espejo? No más de diez, y todas ellas antes de cumplir los cinco años. No puedo recordarlas con precisión. Se confunden en una niebla de cuentos viejos.

—¿Tú también?— refunfuña mi mujer, que en ese momento irrumpe en el cuarto del piano blandiendo el tubo de la aspiradora.

—Se ha empeñado.

El niño ha metido el oso, el brontosaurio y la naranja en el cestillo de la bici. Todavía usa ruedines, pues no se atreve a montar a pelo, como un indio su caballo. Se entretiene dando vueltas a nuestro alrededor mientras nosotros discutimos.

—¡Deja de dar vueltas!— chilla mi mujer—. Vas a rayar la madera del piso. Tú qué, ¿no dices nada?

Me encojo de hombros.

—Ya tienes edad para no hacer tonterías.

—Me conoces, soy así. No puedo resistir la tentación, se me eriza el bello de la espalda y me entran ganas de mear.

—Andad con cuidado de los tigres.

Mi mujer sabe que al niño le dan miedo los tigres. Es su forma de advertirnos de que vayamos con mil ojos.

—Por si acaso, llevo gafas de repuesto. Vamos hijo.

Es un espejo de grandes dimensiones. Ocupa el espacio de una pared. El marco es dorado y lo tallaron en Ginebra con formas imposibles: raíces de miembros delgados, serpientes deshuesadas, pájaros adustos. Una fractura lo parte como un rayo: una profunda grieta de un milímetro de grosor. Es un peligro cruel: si por cualquier motivo caemos en la falla, iremos a parar a una región donde el espacio es negro y se oyen voces de cuerpos que caen al vacío.

—Ten cuidado al entrar —le digo al niño—, no te cortes con el filo del espejo o sangraras a borbotones.

El perro da un saltito y entra sin miedo alguno, no como yo.

Me despido de mi mujer, nos damos un tierno beso matrimonial.

—¿Llevas la cartera y el móvil?

—Sí.

No sé de qué me van a servir la cartera y el móvil dentro del espejo, pero en fin. Quizá dentro haya cobertura.

Doy una zancada mientras me agacho para evitar el peligroso filo de la grieta. Miro atrás. Si no volvemos, buscaré una segunda mujer, una que sepa escuchar los pasos maléficos de las arañas.

Ahora la otra pierna y ya estoy. El niño corretea con la bici, el perro olisquea un rastro en el suelo.

Mi mujer sonríe y agita la mano desde el lado de allá.

—¡Volved para la hora de la cena!— nos grita.

Pero se la ve feliz. Y eso a un marido siempre le da ánimo.

 

Manolo Yagüe

LA EXCRECENCIA: UN MICROCUENTO POÉTICO

Este cuento es un microcuento. También es un poema. También es un aviso, pues siempre hay algo que late escondido en alguna parte de nuestro cuerpo, algo maligno y enfermizo, que a veces despierta, y nos debora las entrañas con placer.

excrecencia en el tronco de un abedul

LA EXCRECENCIA

Qué es esta excrecencia que me ha salido en la espalda. No es un recuerdo ni una enfermedad. Qué es esta excrecencia, que me molesta al dormir y que quisiera se diluyese como el café soluble en la leche. Estoy persuadido de que no es mía. Tiene que haber sido mandada por alguien que me quiere. Alguien que quiere que sufra y que marque el número de la policía. Suben y bajan por la escalera. Evitan el ascensor. Se ha estropeado y un perro ha muerto al tercer día. Vienen a repararlo dos tipos disfrazados de vacas. Apesta. Cuando se hace de noche una vieja canta en el balcón. También cae rendida y la llevan en una caja acolchada. En el cajón hay unas tijeras. No me atrevo a utilizarlas. ¿Para qué sirven unas tijeras? Cuando tenía quince años me tiré por una ventana. No había suficiente altura. Estaba predestinada mi existencia. La protuberancia crece con alegría.  Tiene pelitos como de barba. Pica. Late. Ronronea. Es un bulbo gracioso. Mi amante la acaricia, y se olvida de mí. Hablan entre sí, y me dejan de lado. Corro al baño a explorarme el sexo. Las enfermedades venéreas no avisan. Vienen de un lugar enterrado con deseos de venganza. He enviado una postal a Berlín. No conozco a nadie en Berlín. Cuando vuelvo de mi periplo por el baño están jugando a las cartas y mi amante ríe con locura. Es feliz. Se quitará la vida a los veinte años. Hay un plan que incluye un atentado terrorista. Si no te implicas te rechazan. La excrecencia dice que hará todo lo necesario. Saca una pistola y la restriega por sus pechos. Es una declaración de intenciones y yo no soy capaz de ponerme a la altura. Digo que voy a degollar a un bebé. Digo que voy a quemar un bosque. Digo que voy a estafar a un jubilado. Ellos se ríen de mi esfuerzo. Han leído la postal, no sé cómo se han hecho con ella, y me la enseñan para ridiculizar mi estilo.  Pedía por favor que me mandaran una fotografía del muro. Han cerrado todas las ventanas y continúan la fiesta casi a oscuras. Tanteo las paredes, el escritorio, la cama. ¿Dónde se han metido? Enciendo la luz, pero no están. Vuelvo a apagar la luz. Se ríen como conejos. ¿Se habrán disfrazado de militares? Imagino cómo serán en este momento. Mi amante es una mujer muy delgada con pinta de drogadicta. Le sientan bien las ropas holgadas. La excrecencia parece un dictador rumano. Se ponen a follar a sabiendas de que me matan de celos. Corro hacia el cajón. Busco las tijeras. En una habitación de hotel no deberían guardar unas tijeras. Blandiendo mi arma, comido por la cólera, lanzo puñaladas al espacio donde creo que ellos están.  Se defienden, entre risas, les da placer la violencia. Siento como me atraviesan agujas de coser. De repente se callan, y unos pasos huyen hacia la puerta. Me tapo los ojos y los dejo marchar. Enciendo la luz, ya muerto de fatiga, y compruebo todas mis costuras. Estoy ensangrentado y tranquilo. Por fin se han ido y he comprendido el significado de las tijeras.

Manolo Yagüe.

El Pájaro Escritor
El pájaro escritor
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