EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

 

«Buenas noches, señores invocadores de espíritus. Como andaban ustedes buscando un muerto, y estoy yo intranquilo por un asunto, me he dicho: me les presento a ustedes que están invocando un ánima, y de paso que les doy una alegría, les dejo un encargo. Ese que ven soy yo, Don Cástulo Abril Morrazo, Senador. No les asuste mi tez, ni mis zapatos negros, ni mi traje de domingo, ni mi postura, con los brazos cruzados en el pecho. Un muerto no se levanta así como así. Tiene que ocurrir un milagro, y los milagros suceden de ciento en viento, de pascuas a ramos, o a la buena de Dios, sobre todo.

«He ido al cielo. Aunque no lo crean de un político, he ido al cielo. Algo bueno hice, además de robar mucho.

«Pero no me he aparecido yo para traerles noticias de los suyos, ni voy a trasladar mensajes que ustedes me den. La comunicación entre los muertos y los humanos es contra natura. De todas formas llevo pocas horas metidito en la caja, y apenas mi alma se ha dado una vuelta por las nubes. He tenido el tiempo justo de cruzarme con unas cuantas almas descarriadas que acababan de sufrir el mismo trance que yo. Y todas dicen lo mismo, pues andamos preocupados, no se crean: «¡Qué haré yo ahora! —Me dicen cuando me vislumbran en el silencio azulado del cielo—. Estaba acostumbrado a los sufrimientos de la vida, y ahora me tocará acostumbrarme a la falta de dolores de la muerte.» Yo me encojo de hombros pues ya me quería morir.

«De todas formas vengo a decirles una cosa que se me olvidó la otra noche dejar arreglada con mis parientes, cuando me acompañaban en mis agonías y delirios de la última hora:

«¿Quién se va a hacer cargo de Felipín? Que no se lo quede la tía Engracia, que no le va a dar de comer, con lo esmirriada que está. Ni Aurelio el de Vigo, que no le tiene aprecio a los libros y odia a los franceses. Yo había pensado en la prima Cosme, la solterona, que tiene bemoles y no se le encoge la lengua para decir una verdad. Aunque en privado sé que es cariñosa con los niños, y Felipín es casi como un niño. Si no lo quiere la prima Cosme, que lo manden al pueblo, donde Román el Flautista, que por lo menos aprenderá una buena profesión pastoreando ovejas. Román es pastor serio y nunca ha dicho que vienen lobos cuando no vienen.

«Felipín ha sido mi consuelo en los últimos años de vida. ¡Y si es un perro qué! Pues yo lo quiero como a un hijo. Basta. He dejado la herencia a los expósitos, pues esa es mi voluntad. Felipín que yo sepa, el único que me hizo compañía cuando mi mujer falleció, como es un perro no puede heredar, pero con ganas me quedo. Ya lo he dicho, de la casa, de la cartilla y de las tierras, no van a tocar ni media los desagradecidos de mis hijos.

«Eso es lo que yo venía a decirles a ustedes, señores invocadores de espíritus. Y perdonen, no quería yo darles un susto con mi voz de fantasma y mi cuerpo tieso. Hagan el favor de ayudarme a que se cumpla mi voluntad. Adiós y gracias.»

 

 

Manolo Yagüe

A LA MUERTE DE UN POLÍTICO

 

 

Un político liberal y otro conservador gastaban la sana manía de insultarse a la menor ocasión. El liberal le solía llamar al conservador asesino, golpista, glotón, terrateniente esclavizador, mujeriego, cagón. El conservador por su parte se solía mofar del liberal con lindezas tales como: revolucionario, salteador de caminos, pedorro, ignorante, anarco-terrorista, borracho, ladrón.

A la muerte de uno de ellos —no diré cuál, para que cada uno ponga nombre y rostro a su entera satisfacción—, su eterno oponente, a la salida del velatorio, se despachó con estas palabras ante el reportero de turno:

—Es una gran pérdida. Se ha ido uno de los mejores políticos de este país. Su integridad y el amor a su oficio jamás se pusieron en duda. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, siempre mantuvo las buenas formas y fue un contrincante duro, ejemplar. Hombres como él han dignificado el arte de la política.

Y se marchó con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

El reportero se dio cuenta de la difícil papeleta que tenía delante: escribir el artículo de la muerte del finado siguiendo a pies juntillas la línea editorial de su periódico.

Manolo Yagüe, Historias verídicas de este país.

¿QUÉ ES LO QUE HACEN LOS HOMBRES CUANDO SON ENGAÑADOS POR SUS MUJERES?

¿QUÉ ES LO QUE HACEN LOS HOMBRES CUANDO SON ENGAÑADOS POR SUS MUJERES?

¿Qué es lo que hacen los hombres cuando son engañados por sus mujeres? Esa era la pregunta que Eugenio Corel se estaba haciendo en ese momento.

Eugenio Corel era un hombre de una antigua familia distinguida. Sin embargo, la fortuna familiar se había dilapidado en la tercera generación de la empresa papelera Corel. El abuelo había levantado una gran fábrica, el padre había disfrutado de las rentas del trabajo del abuelo, y los nietos habían sido una panda de vagos sin oficio ni beneficio, que habían conseguido vivir bastante bien sin hacer nada a costa de ir vendiendo propiedades y de los contactos del padre. Uno de ellos era senador, otro dirigía un club de golf que le proporcionaba una paga razonable a cambio de no dar ni palo y pasarse las noches bebiendo y fumando, y Eugenio Corel había estudiado letras, pero nunca había llegado a trabajar. Todo el trabajo de Eugenio Corel consistió en casarse con la hija de un vendedor de colchones que tenía tiendas repartidas por toda la capital de provincia.

Asunción, su mujer, ayudaba a su padre, que acababa de fallecer de un telele a los setenta años, a llevar las cuentas del negocio, y en realidad era la que traía el dinero a casa.

Asun no era especialmente guapa, ni siquiera atractiva. Eugenio Corel se casó con ella como se podría haber casado con otra que le hubiera proporcionado un seguro porvenir, sin esperar mayor felicidad que la tranquilidad que da no tener que preocuparse por mantener un hogar. Como no habían tenido hijos y ya pasaban de los cuarenta, su matrimonio no había cambiado desde el instante de la boda hasta aquel momento. Corel no podría distinguir un día diferente de otros, un momento especial que brillase por encima de la planicie de ese matrimonio. Pero eso a Corel no le importaba lo más mínimo. Corel era feliz así. De hecho había sido educado para ser feliz exclusivamente así, sin hacer nada, sin disfrutar de nada en demasía, y sin pasar sobresaltos. Ni esfuerzos, ni emociones, ni sufrimiento. Corel pasaba desapercibido en su vida insulsa y eso era todo cuanto esperaba de la existencia.

¿Qué es lo que voy a hacer ahora?, se preguntaba Corel, mientras velaba el cadáver de su suegro, a las tres de la madrugada de un martes de diciembre. No podía comprender Corel que algo extraordinario pudiera sucederle y que para más inri ese suceso extraordinario le pudiese afectar de manera tan dramática. La misma tarde del domingo, una hora después de que su suegro se desplomase en el suelo de la cocina mientras se zampaba un chorizo de la olla, Asun le soltó que Marcial y ella eran amantes. Pero si Marcial es el chico de los recados de tu padre, dijo Corel. Y se imaginó a Marcial con el guardapolvo en la trastienda haciéndole arrumacos a Asun, mientras esta se dejaba manosear como una vulgar Bovary. Eres como Madame Bovary, dijo Corel. No seas bobo, dijo Asun, y vete pensando en irte de casa. Qué locura vas a hacer, Asun, vamos a estar en boca de todos. Eso a mí, querido, me importa un rábano. Y antes de irse por la puerta Asun se giró y le espetó: otra cosa te advierto, ni se te ocurra venir esta noche a casa, esta noche no te quiero ver ni en pintura.

Corel, que no tenía por costumbre discutir ni montar escándalos, se quitó las gafas, las tiró al suelo y las pisteó repetidas veces.

Corel estaba sentado al lado de la caja de caoba de su suegro, revisando las gafas: una raja cortaba el cristal derecho en dos, había tenido que pegar con celofán el puente, y el extremo de la patilla izquierda se había colado debajo del frigorífico. Hasta mañana no podría ir a la óptica, y nunca se le había ocurrido tener unas gafas de repuesto, ni siquiera para el coche. Con las gafas puestas Corel presentaba un aspecto ridículo. Y a Corel presentar un aspecto ridículo le molestaba mucho más que la infidelidad de su mujer.

No puedo permitir que Asun me deje. Qué haré yo ahora. De qué viviré. Corel trató de pensar en los trabajos que podría desempeñar, y no se le ocurrió uno en el que verdaderamente pudiera hacer algo de provecho. Corel se quejó para sus adentros del destino de las familias ricas. La culpa, tal como él lo veía, era de la democracia y de los partidos de izquierdas, que habían difundido la absurda idea de la igualdad social. Y pensar que una vez llegó a ser miembro del partido comunista. Dónde quedaban ahora todos los privilegios, los contactos, los puestos asignados a dedo que ocupaban los hijos de los ricos en estos casos de necesidad. Tendré que hablar con mis hermanos. Hace que no les llamo por teléfono siglos. Tendré que recuperar a mi mujer.

Y siguió toda la noche dándole vueltas al asunto, mientras las viejas del vecindario creían que velaba el cadáver de su suegro, aunque en realidad Corel, por primera vez en años, no podía dormir.

A eso de las seis de la mañana Corel se levantó con gesto cansado y se despidió en susurros de las viejas que cabeceaban alrededor de la caja del suegro, que parecía un obispo rodeado de beatas. Cogió el coche y se dirigió a su casa. Vivían en una casa de campo con una enorme parcela a la que se accedía por un largo paseo de chopos. Todo parecía tranquilo, el coche de Asun estaba también en la entrada al borde del porche, y Corel aparcó su desvencijado mercedes al lado del coche de su mujer. Corel pensaba tomar una ducha y tumbarse unas horas en la cama, cerrar los ojos e intentar dormir un rato. Al subir las colosales escaleras enmoquetadas se quedó unos instantes parado frente al imponente cuadro en el que aparecían retratados Asun y él. Se había topado miles de veces con ese cuadro, varias veces al día, pero le pareció que esa era la primera ocasión que lo veía de verdad.

Era un retrato de ambos, de cuerpo entero, que encargó su mujer para celebrar el décimo aniversario de su boda. Corel estaba vestido con un traje de sastre cruzado gris perla, con una corbata roja, y un pañuelo rojo a juego, unos zapatos negros y impecablemente peinado con fijador. Asun llevaba un vestido de flores, que llevaba un largo de hace cincuenta años, un broche de carey en el escote, un collar de perlas a juego con la pulsera y los pendientes, y una permanente en el pelo que por aquel entonces se acababa de teñir de rubio. Creía que con ese atuendo era el colmo de la elegancia. Corel no dijo nada, pues nunca decía nada al respecto de la manera de vestir de su mujer, pero pensaba que era más natural en Asun el pelo castaño y un traje chaqueta marrón o gris. Y por supuesto esas joyas que no pegaban con ese rostro cerúleo marcado por infinidad de granos perennes. La cara y el aspecto de su mujer siempre habían sido las de una vulgar fregona, a pesar de que la hubiese dado por ir disfrazada.

¡Qué error he cometido! Toda mi vida ha sido un tremendo error, se dijo. Continuó por las escaleras hacia el piso superior, donde se sucedía un largo pasillo flanqueado por enormes habitaciones siempre vacías. Los pasos de Corel resonaban en la oscuridad. Era algo que no se podía evitar con ese suelo de madera pulido y encerado. Justo cuando iba a coger el pomo de la puerta del dormitorio matrimonial, la puerta se abrió de golpe y apareció Asun, arropada en la sábana. En ese momento Corel recordó las palabras de su mujer: esta noche no te quiero ver ni en pintura. Se arrepintió de haber venido, pero ya no se podía remediar.

-¡Qué haces aquí! No te dije que no quería verte.

-Necesito descansar un momento.

-Vete, estúpido.

-¿Por qué hablas en susurros?

-Chsss, no ves que se puede despertar.

-¿Está aquí? Lo has traído a casa el día de la muerte de tu padre.

-Como se despierte estás perdido.

-Me da igual, no me importa, que se despierte- dijo Corel alzando la voz.

-No seas estúpido- dijo Asun, tratando de llevarse del brazo a su marido-; si te ve aquí es capaz de matarte, es una bestia.

Corel se quedó atónito. Marcial no parecía el tipo de hombre capaz de hacer daño a una mosca. Delgaducho y con la tez blanquecina, bajaba la vista cuando le dirigían la palabra y tartamudeaba al contestar.

-Todavía eres mi mujer- se quejó Corel.

-Eso ya no importa, ahora le pertenezco a él- aseguró Asun con un tono aterrorizado.

-¿Pero qué te ha hecho?- preguntó Corel entre intrigado y temeroso.

-Bajemos a la cocina.

 

Una vez en la cocina, se sentaron en torno a la mesa de madera, y Asun le puso un café a su marido, como siempre hacía.

Asun adoptó entonces un tono de gravedad para contarle a Corel la historia que había tenido con Marcial.

“Reconozco que al principio- comenzó a contar Asun con tono de gravedad- me atrajo la idea de mantener una aventura con Marcial. Solo tiene veinte años y parece inexperto, y con ese aire de timidez que tanto gusta a las mujeres casadas. Yo necesitaba sentirme deseada, sí, así es, deseada por una vez, deseada por un hombre, y tú nunca me has deseado como se desea de verdad. Necesitaba hacer el amor con una pasión arrebatada. El caso es que empezamos a tontear. Lo admito, al principio empecé yo a tontear con él. Hacía por quedarme a solas con Marcial en el almacén, y allí le preguntaba por sus novias, por sus relaciones. Al principio no me contaba nada, tartamudeaba, y me rehuía. Eso me ponía más loca. Me volví loca de remate. Pero la primera vez que nos besamos descubrí que ese beso no era el de un hombre inexperto. Una corriente de electricidad me recorrió la espalda, y me dio un vuelco al corazón. Tuvimos que dejar aquel beso, porque mi padre entró en el almacén, pero me pasé noches enteras soñando con ese beso.

“Nada volvió a pasar, durante un mes. Pero yo notaba su mirada clavada en mí cuando estábamos en la tienda. Era como estar ante un animal, y yo era la víctima. Solo que yo deseaba con todas mis fuerzas ser atacada por ese animal.

“Una tarde muy oscura, de tormenta, en que mi padre había salido de viaje, y sabíamos que no iba a volver, Marcial estuvo detrás de mí todo el rato. Se ponía justo a mi espalda y notaba su aliento en mi pelo, en mi cuello…, sabía que en cualquier momento me atacaría, y sentía una mezcla de deseo y pavor.

“Armándome de valor me dirigí sin decir nada a la trastienda, luego al almacén, donde se apilan los colchones, y Marcial caminó como un autómata siguiéndome. Allí me poseyó como una bestia, me lanzó por los aires, me atravesó como con una daga, me golpeó por dentro del vientre, mordió el interior de mis entrañas. Perdí el conocimiento. Cuando desperté, estábamos desnudos, y él parecía otra persona, era como el demonio, me miraba con unos ojos en los que todavía quedaba el rescoldo de una hoguera salvaje.

“Entonces me contó todo lo que había hecho con las mujeres. Las poseía sin contemplaciones, las devoraba por fuera y por dentro, y cuando ya quedaban exhaustas, y sin vida, las abandonaba, moribundas, incapaces ya para servir como mujeres.”

Asun interrumpió el relato, y rompió a llorar. Pero a Corel le pareció un llanto extraño, seco, como el de una máquina de sufrir que ya no tiene suficiente combustible. Corel quedó impresionado por el relato. Estúpidamente sintió cariño por su mujer, por primera vez a lo largo del matrimonio, y pensó que había sido víctima de un arrebato romántico.

-No te preocupes querida, le diré que te vayas, y ya está.

-No puedes hacer eso. Me matará – Asun se arrastró como un perro a los pies de Corel-. ¡Nos matará a los dos!

-Pero qué estás diciendo, te has vuelto loca, levanta del suelo.

-¡Lo he visto con mis propios ojos!

-¿Cómo? – dijo Corel sumido en la locura de su mujer.

-Sí, lo he visto matar, ha matado a un hombre delante de mis narices. Y solo por el capricho de matar. No recuerdas al carnicero que apareció asesinado en el callejón que hay cerca de nuestra tienda. El carnicero nos sorprendió cuchicheando abrazados, mientras discutíamos. Yo le pedí que me dejara en paz, que se olvidara de mí. Entonces Marcial, poseído por el mismo arrebato que le transformaba cuando hacíamos el amor, me dijo: mira de lo que soy capaz, y se lanzó a por el carnicero, le golpeó terriblemente hasta matarlo. Yo lo vi con estos ojos.

Asun lloraba entre temblores febriles. Corel la sujetó y la hizo sentarse en una silla.

-¿Qué podemos hacer? –se preguntó en voz alta Corel.

Asun poco a poco recobró el dominio de sí, y le dijo a su marido:

-Está dormido. Después de hacer el amor durante horas, se queda dormido profundamente.

-¿Qué quieres que haga?

Asun miró a Corel con una profundidad animal:

-Sálvame, sálvame querido. ¡Mátalo!

Luego esa era la manera de seguir conservando su vida, se dijo Corel, visiblemente trastornado por el insomnio.

-Toma, toma, cuanto antes lo hagas mejor- dijo Asun, colocándole un cuchillo de cocina en la mano derecha.

 

 

 

Lo demás es historia.

Corel fue detenido por asesinato.

El cuerpo de Marcial apareció agujereado por decenas de cuchilladas propinadas por la rabia, el temor y los celos.

En el juicio nadie creyó una sola palabra de las versiones de Asun y Corel, que coincidieron a la perfección. Simplemente el juez se negó a pensar en otra cosa que no fuera un vulgar ataque de celos. Hay que creer en el demonio, en entidades sobrenaturales, en posesiones extrañas para disculpar la conducta de Asun y la reacción asesina de Corel.

Corel vive en la cárcel, habituado a sus rutinas, muy parecidas en el fondo a las costumbres que adquiriera desde niño, es decir, no hacer nada. Asun habita sola la enorme casa de campo, regenta las colchonerías de su padre con la eficiencia de una buena sirvienta, visita a su marido todos los fines de semana y, según las habladurías, recibe hombres de vez en cuando, hombres siniestros, por la noche, hombres que no vuelven a ser vistos nunca.

 

 

Manolo Yagüe.

Y LA MUERTE NO REINARÁ: UN POEMA DE DYLAN THOMAS

And Death Shall Have No Dominion
by: Dylan Thomas

 

And death shall have no dominion.
Dead men naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean

and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea

they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.
Under the windings of the sea
They lying long shall not die windily

Twisting on racks when sinews give way,
Strapped to a wheel, yet they shall not break;
Faith in their hands shall snap in two,
And the unicorn evils run them through;
Split all ends up they shan’t crack;
And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.
No more may gulls cry at their ears
Or waves break loud on the seashores;
Where blew a flower may a flower no more
Lift its head to the blows of the rain;
Though they be mad and dead as nails,
Heads of the characters hammer

through daisies;
Break in the sun till the sun breaks down,
And death shall have no dominion.

 

 

 Y la muerte no reinará.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna
poniente;
cuando sus huesos queden limpios
                  y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo
                   surgirán,
aunque se pierdan los amantes,
no se perderá el amor;
y la muerte no reinará..
Y la muerte no reinará…
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han
                de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando
                          los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no reinará..
Y la muerte no reinará..
Ya las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos
                                y totalmente muertos
su cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no reinará.

 Dylan Thomas.

>Tierras Raras

>Algún día, no muy lejano, escribiré un poema sobre las Tierras Raras. Mientras tanto y en previsión de que se desate una nueva guerra mundial, y los personajillos de a pie, los animalillos inocentes que ahora pululan por todas partes, las hormiguitas del macrohormiguero, ciberhormiguero global, no se hayan enterado de nada, os invito a visitar un enlace a una noticia que explica muy bien el asunto. Publicada por Pablo Pardo, nada menos que en octubre del 2010.

La guerra de las Tierras Raras