HISTORIAS ACERBAS (un relato de amor)

 

 

Diccionario de la Lengua Española:

Acerbo, ba.(Del lat. acerbus).1. adj. Áspero al gusto.2. adj. Cruel, riguroso, desapacible.

 

 

 

Ninette entró en la librería de segunda mano del señor Ricard, y se sentó como siempre en una pila de libros viejos:

—Hola Ninette, ¿qué tal está su padre?

—Oh, a punto de morir.

—Su padre siempre está a punto de morir. Yo le he conocido así veinte años.

—No creo que aguante el invierno.

—Aguantará. Cómo iba a perderse la primavera. Su padre es un romántico. Aguardará la primavera y luego se irá. Por cierto Ninette, ¿cuántos cumple ya? Espero que le haya gustado mi regalo de cumpleaños.

—Sí, sí, claro. Una edición única de las Memorias de Chateaubriand. Creo que tiene tres ediciones distintas. Pero esta es la mejor, señor Ricard.

—¿Sabemos algo de Philipe? —preguntó Ninette. Siempre preguntaba. A sabiendas de que la respuesta solía ser invariablemente la misma: nada.

Sin embargo el señor Ricard se había metido en la trastienda y no escuchó la pregunta de Ninette.

Cuando salió, cargado con una montonera de libros que quizá nunca hubieran sido leídos, dijo:

—¿Busca algo, señorita?

—Cualquier libro para no sucumbir a este maldito tiempo.

—El frío ha llegado antes de la cuenta. Coge uno cualquiera. En estos casos lo mejor es meterse debajo de las mantas y leer un libro malo.

—Pues me llevo aquel rojo, parece tan feo por fuera como por dentro.

—“Las ánimas del purgatorio” —leyó el señor Ricard—, de Sor Catalina. Aprenderá mucho sobre el mundo en que vivimos.

—¿Qué le debo?

—Un beso. Un beso me vale de momento.

Ninette le dio un beso en la mejilla barbuda y el señor Ricard cerró los ojos, como un colegial.

—Me voy, antes de que se ponga a nevar.

—Si será lo mejor. Además, no me dejas trabajar.

Cuando Ninette estaba a punto de salir, poniéndose los guantes, el señor Ricard le dijo:

—Por cierto, Ya ha vuelto Philipe.

A Ninette le dio un vuelco al corazón. Pero no se giro tan siquiera. Respiró hondo, cruzó la puerta y salió disparada con el libro de la monja apretado a su pecho.

Philipe regresó de la guerra en un estado lamentable. Una mina estalló mientras patrullaban en un paraje perdido de Afganistán. Dos de sus compañeros murieron, y él perdió  las dos piernas, y un ojo. No quería ver a nadie, y menos a Ninette. Su tío, el señor Ricard, lo había cuidado desde niño e intentó por todos los medios que no se alistase en el ejército. Aunque de todas formas, acostumbrado como estaba a cuidarlo desde que fuera un muchacho, no veía gran diferencia en la situación actual.

A escondidas de Philipe, el señor Ricard invitó a cenar a Ninette el sábado por la noche. Fue muy triste, nos aseguró, verlos de nuevo frente a frente. Ella guapa, con ese aire desmañado de las chicas de París, y él con un parche en el ojo y en silla de ruedas, tapándose el espacio donde deberían reposar sus piernas con una manta de cuadros.

Philipe habló de la guerra. Ninette habló de libros, de la universidad, de las amigas.

—Yo no tengo amigos. Todos han muerto o están zumbados.

—Volverás a ver a los amigos de antes —propuso Ricard.

—Esos nunca han sido amigos. Amigos son los que se juegan la vida por ti.

Ricard estudió la cara de pena de Ninette. Philipe no hablaba de esa manera. Las palabras del ejército se habían cosido a su lengua, igual que si le hubiesen tatuado el cerebro.

—Oye Ninette, ¿sigues viendo al idiota de tu novio?

—Ya no.

—Pues si quieres joder con un lisiado, es tu oportunidad.

—Philipe, no seas estúpido.

El señor Ricard reprendió a su sobrino, y luego se dispuso a quitar la mesa, dando por concluida la velada.

Ninette se puso en pie y comenzó a ponerse el abrigo, los guantes y la bufanda.

—Oye Ninette, sabes una última cosa. Tu nombre es ridículo. Es el nombre de una niña estúpida o de una puta—. Ricard salió de la cocina, cogió la silla de ruedas de su sobrino y le arrastró hacía su habitación—. Igual me dices lo que cobras. Ahora que no me van a desear las mujeres, me tendré que ir con prostitutas. Preséntame a tus amigas… ¡Oye Ninette, devuélveme el libro que te regalé, es mío, ahora me pertenece!

El señor Ricard cerró la puerta de la habitación de su sobrino. Se escucharon golpes de objetos que caían por el suelo, y murmullo de imprecaciones e insultos.

—No te preocupes Ninette, ya sabes como es. En cuanto se le pase, volveréis a ser buenos amigos. Estáis hechos el uno para el otro.

—Me tengo que ir. He de atender a mi padre. Muchas gracias por la cena.

Ninette se acercó al señor Ricard y le dio un beso, pero un beso distinto, como los que se dan por última vez.

—Devuélvale este libro a Philipe.

—No, no. Quédatelo. Era un regalo. Ya se lo darás.

Ricard, intentaba evitar lo inevitable.

—Tómelo. Ya no lo necesito.

Cogió el libro que la joven traía envuelto en papel de regalo. Un papel de regalo sobado por el uso.

—Adiós.

—Pasa por la librería cuando quieras, allí estaremos.

Ninette no contestó y corrió escaleras abajo como alma que lleva el diablo.

Ricard cerró la puerta del piso y se quedo apoyado en ella. Con cuidado quitó el celo y desenvolvió el regalo, que ahora hacía su terrible camino de vuelta. Leyó la portada: Historias acerbas, Pierre Drieu La Rochelle.

 

Manolo Yagüe.

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

 

«Buenas noches, señores invocadores de espíritus. Como andaban ustedes buscando un muerto, y estoy yo intranquilo por un asunto, me he dicho: me les presento a ustedes que están invocando un ánima, y de paso que les doy una alegría, les dejo un encargo. Ese que ven soy yo, Don Cástulo Abril Morrazo, Senador. No les asuste mi tez, ni mis zapatos negros, ni mi traje de domingo, ni mi postura, con los brazos cruzados en el pecho. Un muerto no se levanta así como así. Tiene que ocurrir un milagro, y los milagros suceden de ciento en viento, de pascuas a ramos, o a la buena de Dios, sobre todo.

«He ido al cielo. Aunque no lo crean de un político, he ido al cielo. Algo bueno hice, además de robar mucho.

«Pero no me he aparecido yo para traerles noticias de los suyos, ni voy a trasladar mensajes que ustedes me den. La comunicación entre los muertos y los humanos es contra natura. De todas formas llevo pocas horas metidito en la caja, y apenas mi alma se ha dado una vuelta por las nubes. He tenido el tiempo justo de cruzarme con unas cuantas almas descarriadas que acababan de sufrir el mismo trance que yo. Y todas dicen lo mismo, pues andamos preocupados, no se crean: «¡Qué haré yo ahora! —Me dicen cuando me vislumbran en el silencio azulado del cielo—. Estaba acostumbrado a los sufrimientos de la vida, y ahora me tocará acostumbrarme a la falta de dolores de la muerte.» Yo me encojo de hombros pues ya me quería morir.

«De todas formas vengo a decirles una cosa que se me olvidó la otra noche dejar arreglada con mis parientes, cuando me acompañaban en mis agonías y delirios de la última hora:

«¿Quién se va a hacer cargo de Felipín? Que no se lo quede la tía Engracia, que no le va a dar de comer, con lo esmirriada que está. Ni Aurelio el de Vigo, que no le tiene aprecio a los libros y odia a los franceses. Yo había pensado en la prima Cosme, la solterona, que tiene bemoles y no se le encoge la lengua para decir una verdad. Aunque en privado sé que es cariñosa con los niños, y Felipín es casi como un niño. Si no lo quiere la prima Cosme, que lo manden al pueblo, donde Román el Flautista, que por lo menos aprenderá una buena profesión pastoreando ovejas. Román es pastor serio y nunca ha dicho que vienen lobos cuando no vienen.

«Felipín ha sido mi consuelo en los últimos años de vida. ¡Y si es un perro qué! Pues yo lo quiero como a un hijo. Basta. He dejado la herencia a los expósitos, pues esa es mi voluntad. Felipín que yo sepa, el único que me hizo compañía cuando mi mujer falleció, como es un perro no puede heredar, pero con ganas me quedo. Ya lo he dicho, de la casa, de la cartilla y de las tierras, no van a tocar ni media los desagradecidos de mis hijos.

«Eso es lo que yo venía a decirles a ustedes, señores invocadores de espíritus. Y perdonen, no quería yo darles un susto con mi voz de fantasma y mi cuerpo tieso. Hagan el favor de ayudarme a que se cumpla mi voluntad. Adiós y gracias.»

 

 

Manolo Yagüe

A LA MUERTE DE UN POLÍTICO

 

 

Un político liberal y otro conservador gastaban la sana manía de insultarse a la menor ocasión. El liberal le solía llamar al conservador asesino, golpista, glotón, terrateniente esclavizador, mujeriego, cagón. El conservador por su parte se solía mofar del liberal con lindezas tales como: revolucionario, salteador de caminos, pedorro, ignorante, anarco-terrorista, borracho, ladrón.

A la muerte de uno de ellos —no diré cuál, para que cada uno ponga nombre y rostro a su entera satisfacción—, su eterno oponente, a la salida del velatorio, se despachó con estas palabras ante el reportero de turno:

—Es una gran pérdida. Se ha ido uno de los mejores políticos de este país. Su integridad y el amor a su oficio jamás se pusieron en duda. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, siempre mantuvo las buenas formas y fue un contrincante duro, ejemplar. Hombres como él han dignificado el arte de la política.

Y se marchó con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

El reportero se dio cuenta de la difícil papeleta que tenía delante: escribir el artículo de la muerte del finado siguiendo a pies juntillas la línea editorial de su periódico.

Manolo Yagüe, Historias verídicas de este país.

HISTORIA BREVE DEL FUTURO RECIENTE: DIARIOS

 

 

Marga escribía su diario sin cesar. Esa tarea le restaba tiempo a otras ocupaciones. Pues la escritura del diario a Marga le suponía un esfuerzo supino, comparable al que ha de realizar un alpinista que pretenda subir el Mont Blanc a la pata coja.  Y ello es así por cuanto la desdichada escribidora tenía la lustrosa manía de hacer constar en su diario cada mínimo detalle de su existencia, por superfluo que el pormenor en cuestión nos pueda a nosotros parecer. Como consecuencia, apenas tenía tiempo de escribir lo que había hecho los cinco primeros minutos del día, justo el tiempo que utilizaba en despertar, desperezarse, bajar de la cama, ponerse las zapatillas, atusarse el pelo, frotarse los ojos, caminar medio cegata y medio inconsciente al baño, orinar, lavarse la cara con agua siempre fría, confirmar la presencia de la verruga que le crecía con pelillos rubios en la mejilla derecha, darse ánimos a sí misma en susurros, y en pijama, sin tan siquiera permitirse el tiempo de cubrir su oronda figura con un vestido o un sencillo chándal de algodón, se tenía que sentar frente al cuaderno, pues ya habían sucedido demasiadas cosas que Marga se disponía a consignar con paciencia de entomólogo.

Y no hay más. Después de aproximadamente una veintena de hojas de diario garabateadas con las enrevesadas explicaciones de los cinco primeros minutos de cada día, Marga concluía el capítulo de la jornada con un escueto, «y como son más de las doce de la noche y estoy muerta, me marcho a dormir».

No es necesario señalar que tal diario es un prototipo supremo de la estupidez de los homínidos de aquel tiempo, y que ha adquirido relevancia por la maravillosa y casual circunstancia de tratarse del único ejemplar de diario que ha llegado hasta nosotros. La última fecha de diario (25 de julio de 2012), unos meses antes del cataclismo, puede significar que la escritora del diario falleció de muerte repentina o que abandonó el proyecto por la imposibilidad manifiesta de llevarlo a término.

De cualquier forma, supone un testimonio fidedigno de la aburrida existencia de los hombres y mujeres del pasado.

 

Historia breve del futuro reciente, Manolo Yagüe.

 

 

Historia breve del futuro reciente, Manolo Yagüe.

HISTORIA BREVE DEL FUTURO RECIENTE: DE PUERTAS Y VENTANAS

Una mañana al bueno de Algimiro Bermúdez le dio por salir de su salón por la ventana. Ese sencillo acto de desobediencia cívica fue seguido por algunos de los vecinos de su calle, de su barrio, y al final se impuso como moda en todo el pueblo. Al tratarse de un pueblo pequeño, las casas eran de una sola altura, y el asunto no presentó mayores dificultades. Sin embargo, la horrible situación financiera y la extensión de esporádicas plagas de locura, hizo que tal insana costumbre se extendiera a las grandes ciudades. Hubo una oleada de aparentes suicidios, fruto del intento de algunos avezados imitadores que cayeron al vacío tratando de emular la hazaña de Algimiro.

La industria de la construcción aprovechó la moda para elevar complejas escaleras de hierro en el exterior de las fachadas. Los vecinos pudieron salir de sus casas por las ventanas y los balcones sin peligro de muerte. La industria de la forja vivió un efímero boom. Pero una vez quedaron todos los edificios servidos de escaleras, regresó a su insulso trabajo de moldear enrejados y cancelas.

No merece la pena explicar todos los cambios sociales y morales derivados de este hecho.

No obstante, y a pesar de las absurdas teorías que han intentado dilucidar la conducta de Algimiro, lo que nosotros sabemos con certeza es:

Que Algimiro sufría una enfermedad hereditaria cuyo síntoma principal se expresaba en un miedo atroz a los sobres. Los odiaba hasta tal punto que se le saltaban los ojos y la baba le desbordaba por el mentón al toparse con un sobre, y mas si este llevaba en su cuerpo pegado un sello.

Que Algimiro no recibía correo de ningún tipo. Ni cartas de banco, ni felicitaciones navideñas, ni telegramas. Todo ello le derrumbaba en la cama durante semanas, meses o años.

Que Algimiro vivía a dos pasos de una solterona, Aguedita Cristal, y que a ella se le iban las pestañas detrás de los anderes de Algimiro.

Que aquella histórica mañana, cuando Algimiro Bermudez se disponía a cruzar el umbral de su vivienda se topó con un inocente sobre rosa que la desaprensiva Aguedita  había tenido la maldad de colar por la rendija de su puerta.

Que Algimiro, muerto de miedo, imaginando toda suerte de desgracias invisibles, incapaz de enfrentarse al destino escondido en la oscuridad del sobre,  decidió salir por la ventana, y entrar por la ventana, así cada día y hasta su muerte, con los extraños resultados que todos conocemos.

 

Historia breve del futuro reciente, Manolo Yagüe.