EL CONDENADO

 

El condenado se levantó de su camastro justo cuando el cura entraba en la celda. El carcelero cerró la reja y después de echarles una mirada de desaprobación, se largó, dejándolos solos.

Se le veía demacrado:

—No has dormido esta noche, Sebastián.

—No padre.

—Yo tampoco he podido —dijo en joven cura, que no pasaba de los treinta años, y se sentó en el taburete que quedaba justo enfrente del modesto lecho, con la Biblia en el regazo—. He rezado por ti, toda la noche.

—No hacía falta, padre. Igual va a pasar.

—Rezo por tu salvación.

—Pues no lo conseguirá —dijo Sebastián, sentándose al borde del escuálido colchón de lana—. Lo tienen todo preparado. La máquina, y demás. Desde hace días todos me hablan muy bajo, como si temieran molestarme.

—Le temen. Tienen miedo de lo que van a hacer. Es natural.

—Más miedo tengo yo.

El padre manoseaba la Biblia. No sabía dónde posar los ojos, pues todos los detalles, Sebastián, el camastro, el lavabo sucio, el ventanuco enrejado que mostraba un escaso cielo de nubes grises, el pasillo, todo le causaba un profundo pesar. Era la primera vez. Al final fijó su atención en la pared, donde algunas marcas punzantes señalaban la presencia de sombras de anteriores presos en ese mismo lugar, y ya, incapaz de sopórtalo, bajo la mirada a sus manos, que sobaban el libro de manera automática. Hasta el movimiento de sus manos le pareció inadecuado.

—Padre, ¿tiene familia?

—Sí, una hermana. Se casó el año pasado, y esta por tener un hijo.

—¿Es bueno su marido, trata bien a su hermana? —dijo Sebastián en un acto reflejo, recordando su caso. Pero se arrepintió de pronunciar esas palabras—. No se angustie, padre. No es culpa suya.

Al joven cura no le gustó que el preso le tuviera tanta confianza.

—¿Por qué lo hiciste, Sebastián?

—Era cuestión de honor.

—Y qué has conseguido con el honor.

—Pero no lo podía permitir.

—Y de qué te ha servido. Ahora vas a…

—Una hermana es una hermana. No se puede dejar que venga uno y la…

—No te correspondía a ti hacer justicia. Para eso están ellos.

—¿Ellos? Así se podría haber pasado la vida mi hermana, si es por ellos. No, padre. Usted y yo sabemos.

El padre se frotó las manos contra las rodillas. El libro descansaba en sus piernas cerradas, y le pareció inútil haberlo traído.

—La justicia de Dios es implacable —dijo el cura sin saber qué se decía. No le salían las palabras importantes que había estado ensayando toda la noche. No servían, ahora se daba perfecta cuenta.

—Dios me perdonará, si yo se lo pido. Él me perdonará.

—Si tu arrepentimiento es sincero, sí.

—¿Y si no me arrepiento?

—Entonces no.

—Pero Dios sabe más que nosotros, mucho más. Sabrá comprender y perdonar.

—Tu arrepentimiento ha de ser sincero. O no vale.

El padre se percató de que estaba perdiendo la batalla.

—Padre. ¿Qué hubiera hecho si no hubiera sido cura?

—Labrador, supongo.

—¿Y se arrepiente, se arrepiente de no ser labrador?

—A veces. De vez en cuando flaqueo. Pero rezo, y entonces sé que tomé el camino adecuado.

—Yo también, padre, rezo. Y a veces me da por pensar qué hubiera pasado si no hubiera ido. Pero luego me digo que no. Que hice lo que tenía que hacer.

El padre se encontró en un callejón sin salida.

—Recemos, recemos por la salvación de tu alma. Es lo único que nos queda —dijo el padre, que seguía confiando en el rezo como única manera cierta de salir de todas las situaciones difíciles.

Rezaron durante veinte minutos.

Luego el padre le confesó los pecados, y lo absolvió.

Llamó al carcelero, que abrió la puerta de la reja y le dijo a Sebastián:

—¿Habrás pedido perdón por lo que has hecho? —y, luego, dirigiéndose al padre, añadió—: Todos piden perdón a última hora. Les entra miedo, son unos cobardes.

Ni el padre ni Sebastián contestaron.

 

 

Manolo Yagüe

LA ROSA: JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

El escritor es sus lecturas. Continuando con la labor de difusión de obras interesantes para el escritor, traigo ahora un texto inigualable de Juan Eduardo Zúñiga.

Un escritor que se hace notar poco, y dice mucho, a veces mucho más de lo que uno puede soportar.

A “La rosa” -encarnada, húmeda y fresca-, no le sobra ni le falta nada. Es un ejemplo de sencillez, naturalidad, economía de medios, sensibilidad y simbolismo.  Os dejo con la rosa…

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Retrato de Juan Eduardo Zúñiga, por Amaya Aznar

 

LA ROSA

 

Ante el estudiante, un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada.
Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: sólo esperaría aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta.
Y al fin vio lo que anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche, andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar un puente.
Anduvo mucho tiempo y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche, pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o veranos.
 Tras un largo trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón. Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie.
Únicamente vio sobre el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.
Juan Eduardo Zúñiga 

EL MONO PIENSA EN ESE TEMA: MONTERROSO

¿Por qué será tan atractivo –pensaba el mono en otra ocasión, cuando le dio por la literatura- y al mismo tiempo como tan sin gracia ese tema del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, o el socorrido (el más universal) del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir, o el del que entre más inteligente es, menos escribe, en tanto que a su alrededor otros quizá no tan inteligentes como él y a quienes él conoce y desprecia un poco publican obras que todo el mundo comenta y que en efecto a veces son hasta buenas, o el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida, o el del tonto que se cree inteligente y escribe cosas tan inteligentes que los inteligentes se admiran, o el del que ni es inteligente ni tonto ni escribe ni nadie conoce ni existe ni nada?

 

 

Augusto Monterroso

RIGOBERTO EL VICECÓNSUL

 

Para festejar mi primera entrada del blog del Taller Literario Infantil he escrito un cuento idiota para niños listos. Aquí lo tengo, sin papel de regalo,  sin vela de cumpleaños, sin arroz, sin champán, sin cohetes…, apenas unas tristes migas de pan lo trajeron a casa. Pero lo queremos mucho. Le damos besos de cucaracha y le hacemos cosquillas con escarpias. Se ríe, se ríe. Ya sabe lo que se puede esperar de nosotros los humanos.

Ha nacido, canijo, pero con ganas de crecer, el Taller Literario Infantil. Le daremos de comer: monstruos, princesas, caballos, acordeones, hogueras, triglifos…

 

 

 

 

RIGOBERTO EL VICECÓNSUL

 

Había una vez un niño muy raro, que estornudaba por las orejas. Por la izquierda, por la derecha o por las dos a la vez. En cuanto había estornudado, se pasaba un pañuelo de seda por la oreja para limpiarse los mocos.

Sus compañeros de colegio no albergaban dudas de que Rigoberto, pues así se llamaba, era especial, y por ello le nombraron vicecónsul de la clase. Ninguno de los niños sabía a ciencia cierta cuáles eran las tareas de un vicecónsul, y por ello decidieron encargar a Rigoberto la limpieza de la jaula del periquito de la clase. El periquito vivía en una jaula que el maestro colocó encima de su mesa.

Cuando un niño se equivocaba al decir la lección el periquito se reía y los niños se morían de vergüenza. Por eso todos los niños se traían la lección bien aprendida y el periquito apenas cantaba. De tan poco que cantaba se fue poniendo mustio y se secó.

Entonces el pobre Rigoberto se quedó sin trabajo, y por temor a perder su cargo de vicecónsul decidió que todos los niños tenían que aprender a estornudar por las orejas.

Rigoberto trajo de casa una bolsa llena de polvos pica-pica y un largo rollo de esparadrapo. Cerró la boca de los compañeros con esparadrapo y esparció pica-pica por la clase, formando una nube de polvo rosa que hizo a todos estornudar. Los estornudos, sin embargo, eran tan fuertes que el esparadrapo salía volando de la boca, y Rigoberto no consiguió que ningún otro niño estornudase por las orejas.

Los niños decidieron retirar a Rigoberto el cargo de vicecónsul ya que había intentado hacer su santa voluntad. Metieron al periquito en un cubo de agua y el periquito absorbió el líquido hasta que despertó. El periquito daba fenomenales risotadas de contento, y los niños rieron a pleno pulmón, hasta que cada uno perdió un diente.

 

 

Manolo Yagüe

Compañía Cómica “El vuelo del hipopótamo”

EL HIJO ABANDONADO (un cuento tradicional)

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Es un cuento viejo, viejo como el viento. No sucede nada de especial. Un niño es abandonado por sus padres, a los que no cabe guardarles rencor, pues son pobres y honrados. Tan pobres que una noche, no teniendo otro alimento que dar a su pobre criatura que una mosca y la cáscara de un cangrejo, deciden sacarlo dormido en un canasto de mimbre, y lo depositan a la puerta de la mansión de unos ricos hacendados que desean tener un hijo, un hijo varón.

Los aullidos del hambriento bebé despiertan a los moradores de la mansión, que al punto deciden quedarse el regalo y que será el hijo que herede la hacienda, su primogénito. Lo esconden durante nueve meses, para fingir el parto de la señora de la casa.

El niño se cría a la perfección, sano y robusto, inteligente y educado, todo un caballero, digno del apellido que porta.

Una tarde, el joven, que jamás ha salido de las lindes de la finca paterna, salta en persecución de un cervatillo la vieja tapia en un punto derruida y corriendo en pos del juguetón ejemplar, llega hasta la casucha de sus octogenarios padres.

Encuentra al viejo agachado sobre un surco de patatas, extrayendo con sus manos rugosas tubérculos podridos.

—Ha visto, anciano, pasar un cervatillo por aquí. Ando en su busca.

El viejo se incorpora despacio y hace una reverencia al joven noble. Ha reconocido en él, como no podría ser de otro modo, a su hijo.

—Siento no poder ayudarle, Sir. Sin embargo puedo ofrecerle una modesta jarra de cerveza.

El joven tiene una sed horrible incluso para su delicada apostura, y acepta el ofrecimiento.

Cuando entra en la misérrima casucha percibe un olor familiar, y queda turbado por un recuerdo que le espanta.

—Mujer, ven aquí, y trae dos jarras de cerveza. Tenemos un invitado y un buen motivo para brindar.

La mujer se queda patidifusa cuando aparece en la estancia principal con las dos jarras de barro rebosantes de espuma. Tanto que las jarras caen de sus manos y se estrellan en el piso de tierra. El apuesto noble interpreta el suceso como un mal augurio, se persigna, y balbuciendo escusas abandona la choza.

Cuando llega a la mansión le dice a su padre:

—Padre, he visto la casa de unos miserables ancianos. Y, por extraño que resulte, me ha parecido que ya había estado allí.

—Tonterías hijo. Eres un joven afortunado, pues eres heredero de un noble linaje.

Esa noche, en mitad del sueño, se le aparece un fantasma.

—¿Fantasma, qué quieres de mi?

—Quiero llevarte de vuelta a casa.

—Pero esta es mi casa.

—Ahora verás— y envolviendo al señor en un manto de niebla, lo transporta en volandas hasta el camastro de paja de los pobres ancianos.

A la mañana siguiente, cuando despierta, se haya vestido con las modestas ropas de un pobre labrador.

Sale de la cuadra y se encuentra con sus decrépitos padres, a los que reverencia tanto como un monje reverencia a su abad.

—He tenido un sueño rarísimo. Soñé que era el hijo de un noble y que vivía en un castillo, rodeado de lujo y comodidades de príncipe.

—Hijo mío. No debes fantasear con las riquezas. Y Ahora sal a cortar leña y a recoger frutos a la orilla del río.

El joven se va, sumido en el encanto del ensueño que ha vivido esa noche.

—Oh mujer —dice el viejo esposo—, no debimos haber abandonado a nuestro bebé. No volveremos a dejar que se vaya de nuestro lado.

 

Manolo Yagüe.