NI SÍ, NI NO: UN POEMA

NI SÍ NI NO

 

El bebé no atiende a razones.

 

No quiere hablar, ni caminar,

ni mucho menos hacer su cama.

 

El NO

defiende mis cuarteles.

 

Ni sí ni no, dice el bebé

como si fuera el viejo Nietzsche reencarnado.

 

Si mi razón fustiga,

berrea por toda explicación.

 

El bebé no atiende a razones.

No calcula intereses compuestos

ni liquida el negocio.

 

Ni sí ni no, es su mejor respuesta.

 

Blando, parlanchín, procaz.

El bebé desnuda los ojos del padrenuestro.

 

Manolo Yagüe

LA MEMORIA COMO MATERIAL NARRATIVO: EL PRINCIPIO DE LAS CENIZAS DE ÁNGELA

LA MEMORIA COMO MATERIAL NARRATIVO (Incluido dentro de los materiales del taller)

 

 

 

 

 

A la hora de escribir un relato con base real debemos estar atentos para, con el fin precisamente de ser fieles a esa realidad, transformar parte de la historia. El salto es muy grande. De una historia «real» debemos quedarnos con la esencia, el sabor, la sensación, los motivos…, y a partir de ahí reconstruir, con nuevas anécdotas y situaciones, lo que pasó en la realidad. Los personajes de un relato se definen por lo que dicen y lo que hacen, y a los personajes reales tendremos que «inventarles» algunas anécdotas que los definan en su verdadero ser dentro del relato, aunque esas anécdotas nunca les hayan sucedido literalmente en la realidad. Lo que importa es que los personajes definan su esencia con exactitud, no que eso les haya sucedido verdaderamente.

Veamos como lo hace Frank McCourt en el soberbio principio de “Las Cenizas de Ángela”, y nos daremos cuenta de hasta qué punto ha transformado sus recuerdos en literatura. La exageración, tremendista, casi mágica, el ritmo del discurso y el humor, se tejen para darnos unos párrafos deliciosos. Valdría también para explicar cómo empezar un buen relato.

 

LAS CENIZAS DE ÁNGELA

«Mis padres deberían haberse quedado en Nueva York, donde se conocieron y casaron y donde yo nací. En cambio, regresaron a Irlanda cuando yo tenía cuatro años, mi hermano Malachy, tres, los mellizos, Oliver y Eugene, escasamente uno, y mi hermana Margaret, ya estaba muerta y enterrada.

Cuando rememoro mi niñez me pregunto cómo sobreviví. Fue, claro, una infancia miserable: la infancia feliz difícilmente vale la pena para nadie. Peor que la infancia miserable común es la infancia miserable irlandesa, y peor aún es la infancia miserable católica irlandesa.

La gente en todas partes se jacta  o se queja de los infortunios de sus primeros años, pero nada se puede comparar con la versión irlandesa: la pobreza; el padre alcohólico, locuaz e inestable; la piadosa y derrotada madre gimiendo junto al fuego; sacerdotes pomposos; maestros abusivos; los ingleses y las cosas terribles que nos hicieron durante ochocientos años.

Y sobre todo: vivíamos mojados.

Mar adentro en el océano Atlántico se formaban grandes cortinas de agua que se iban deslizando río Shannon arriba para instalarse definitivamente en Limerick. La lluvia empapaba la ciudad desde la fiesta de la circuncisión hasta la víspera de Año Nuevo. Generaba una cacofonía de toses secas, estertores bronquiales, resuellos asmáticos, y graznidos tísicos. Convertía las narices en fuentes, los pulmones en esponjas bacterianas. Suscitaba curas de abundancia: para aliviar el catarro se hervían cebollas en leche ennegrecida con pimienta; para las vías congestionadas se hacía un emplasto de harina hervida con ortigas, se envolvía en un trapo y se aplicaba, chirriando de calor en el pecho.

De octubre a Abril las paredes de Limerick brillaban de humedad. La ropa nunca se secaba. Los trajes de paño y los abrigos de lana alojaban seres vivos y a veces pelechaban en ellos misteriosas vegetaciones. En las tabernas el vapor brotaba de los cuerpos y las ropas mojadas, que era aspirado con el humo de pipas y cigarrillos, diluido en el rancio vaho de los regueros de whisky y de cerveza, mezclado con el olor a orines que flotaba desde los retretes exteriores, donde más de uno vomitaba el salario semanal.

La lluvia nos hacía entrar en la iglesia: nuestro refugio, nuestra fuerza, nuestro único sitio seco. En misas, bendiciones y novenas nos hacinábamos en grandes racimos húmedos arrullados por el zumbido monótono del cura, mientras el vapor volvía a brotar de nuestra ropa para mezclarse con la dulzura del incienso, las flores y las velas.

Limerick tenía fama por su piedad, pero sabíamos que era sólo lluvia. »

 

Frank McCourt

EL PAPÁ NOEL NEGRO: UN CUENTO DE NAVIDAD

 

 

El Papá Noel se puso a la puerta de la FNAC. Era un hombre negro, que escondía buena parte de sus rasgos en una enorme barba postiza blanca, pero en sus ojos se veía que era un hombre negro. No había hecho apenas dinero y no quería irse a casa todavía. Pero la calle se iba vaciando, y la plaza de Callao estaba casi desierta, con varios grupos de personas, jóvenes en su mayoría, retrasados de la Noche Buena que iban colándose con alegría hacia las bocas del metro. Las luces de los negocios seguían encendidas, pero las puertas estaban cerradas y las últimas cortinas de seguridad habían caído hacía unos minutos.

No le cabía esperar ya gran cosa. Y sin embargo, rebuscando con las manos enguantadas, con unos guantes con los dedos cortados para que pudiera recoger con rapidez las monedas, las cuentas apenas le salían. ¿Dónde compraría además algo de cena para su mujer y su hijo? Esperó un golpe de suerte, un último billete caído de la mano de un hombre trajeado, o de una señora cómodamente enfundada en  un abrigo de pieles, o un matrimonio joven con un niño, que al leer el cartel de cartón en el que escribió un mensaje en el que pedía dinero para dar una cena de Noche Buena digna a su familia y a su hijo, pudieran conmoverse. Se conformaba con poder comprar una barra de pan, un pollo para hacer al horno y puede que una botella de Coca-cola.

Pero el dinero  no alcanzaba. Y lo peor era que el termómetro no paraba de bajar, y tenía los dedos morados, y no sentía los pies desde hacía horas.

Además se puso a nevar.

Aunque no dejaba de golpear con uno y otro pie en el suelo, y cuando se acercaba algún despistado con la mirada gacha, se ponía a entonar el Merry Christmas sin mucha fe, con una monotonía y falta de emoción impropia de la felicidad del villancico, el frío no dejaba de posarse con su maléfico silencio sobre las cosas y las personas, y él mismo ya parecía un adorno enorme e inmóvil de la navidad. Algo más propio de una visión a través del otro lado de la ventana, como si toda la calle hubiera pasado a ser un decorado de cartón piedra y él fuera una extraña figura en una maqueta de un Belén. El Caganet, y el Papá Noël negro.

Cuarto de hora después recogió su cartón y el pañuelo con un puñado de monedas del suelo, y quitándose las gomas de detrás de las orejas se deshizo por fin de la ridícula barba y del estúpido gorro colorado con la borla blanca, y subió en dirección a la Gran Vía. Un grupo de jóvenes ruidosos y borrachos se cruzó en su camino, y lo rodearon.

—Un Papa Noël negro.

Y todos corearon con risas la gracia.

—Es mejor que no bebamos más, no vaya a ser que aparezcan unos Reyes Magos mutantes.

Y se perdieron calle abajo, en dirección a Sol, no sin antes propinarle algunos empellones.

En la Gran Vía no quedaba más que un taxi parado en doble fila, y una fulana de un local cercano fumando, con una minifalda tan corta que le temblaban las rodillas.

En ese instante una mujer de unos cincuenta, vestida de negro, salió de un lujoso portal y se dirigió al taxi, taconeando con determinación la acera.

Sus ojos se cruzaron un instante, un segundo durante el cual ella pudo verlo en toda su miseria y él comprobar que era una mujer pudiente y no tenía a dónde ir.

La mujer se metió en el taxi. Aunque el taxi no se decidió a arrancar. El Papa Noël y la prostituta, que casi estaban al lado, se quedaron mirando el taxi, que no acababa de arrancar, como si la mujer tuviera terribles dudas sobre su destino de esa noche.

La ventanilla trasera derecha del taxi se bajó y por entre los copos de nieve vieron que la mujer hacía gestos con la mano.

La prostituta, una mujer del este, de fina piel blanquísima y con cara de muñeca de porcelana, y el negro se miraron porque no sabían a quién de los dos reclamaba desde el interior oscuro del automóvil.

Pero al final se dieron cuenta de que le llamaba a él. La prostituta apagó la colilla y se volvió decepcionada.

Subió al asiento trasero y sacudió los copos de nieve de su cabeza. La mujer estaba sentada de medio lado y observaba con atención de tasador al negro.

—Arranque, y de unas vueltas por ahí— le dijo ella—. Parece que no tenemos a dónde ir esta noche. Casi mejor.

No sabía qué contestar. Quería ir con su familia, pero no había que andarse muy avispado para imaginar lo que esa mujer esperaba de él. Y eso significaba dinero fácil. O rápido al menos.

Varias horas después el taxi se detuvo un segundo a la puerta de un edificio de ladrillo sucio, en una calle miserable de un barrio desconocido de Madrid.

—Gracias —dijo el hombre, una vez hubo salido del taxi con dos bolsas de plástico en las manos: una con el traje de Papa Noel hecho un ovillo, y otra bolsa de un conocido restaurante del centro llena de comida.

—Gracias a ti —se oyó la voz de la mujer desde el interior.

El hombre negro dibujó una media sonrisa de satisfacción cuando el taxi rodó calle adelante y se perdió en la primera esquina. Pensó en su mujer y en su hijo.

Hoy tendrían una cena especial de Noche Buena.

Y, por cierto, había dejado de nevar.

 

Manolo Yagüe

 

 

 

 

EL PUNTO DE VISTA DEL NARRADOR: EJEMPLOS

EJEMPLOS DE NARRADORES (apuntes pertenecientes al material del taller literario)

 

1— El primero de los ejemplos es de León Tolstoi y de Ana Karenina. Es el comienzo de la novela y veremos cómo funciona un narrador omnisciente, que todo lo conoce. Aconsejo la lectura de Tolstoi como ejercicio para escritores. Es un maestro que nos enseña a fijarnos en los detalles, nos enseña a escribir frases sencillas, a construir una escena… En fin que nos enseña todo el tiempo a escribir bien.

 

 

I

­

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgra­ciada.

En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La es­posa acababa de enterarse de que su marido mantenía relacio­nes con la institutriz francesa y se había apresurado a decla­rarle que no podía seguir viviendo con él.

Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.

La mujer no salía de sus habitaciones; el marido no co­mía en casa desde hacía tres días; los niños corrían libre­mente de un lado a otro sin que nadie les molestara. La ins­titutriz inglesa había tenido una disputa con el ama de llaves y escribió a una amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había ido dos días antes, precisa­mente a la hora de comer; y el cochero y la ayudante de co­cina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que les saldasen sus ha­beres para irse.

El tercer día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky –Stiva, como le llamaban en sociedad–, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las ocho de la mañana, se halló, no en el dormitorio conyugal, sino en su despacho, tendido sobre el diván de cuero.

Volvió su cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del diván, como si se dispusiera a dormir de nuevo, a la vez que abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla.

De repente se incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos.

«¿Cómo era», pensó, recordando su sueño. «¡A ver, a ver! Alabin daba una comida en Darmstadt… Sonaba una música americana… El caso es que Darmstadt estaba en América… ¡Eso es! Alabin daba un banquete, servido en mesas de cris­tal… Y las mesas cantaban: “Il mio tesoro”..: Y si do era eso, era algo más bonito todavía.

» Había también unos frascos, que luego resultaron ser mu­jeres…»

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel sueño. Luego quedó pensativo y sonrió.

«¡Qué bien estaba todo!» Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto, no sabía expresar ni con palabras ni con pensamientos.

Observó que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana, alargó los pies, alcanzó sus zapatillas de tafilete bordado en oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su cumpleaños, y, como desde hacía nueve años tenía por costumbre, extendió la mano hacia el lugar donde, en el dormitorio conyugal, acostumbraba tener colocada la bata.

Sólo entonces se acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la alcoba con su mujer; la sonrisa des­apareció de su rostro y arrugó el entrecejo.

–¡Ay, ay, ay! –se lamentó,
acordándose de lo que había sucedido.

Y de nuevo se presentaron a su imaginación los detalles de la escena terrible; pensó en la violenta situación en que se en­contraba y pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía con claridad.

–No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no soy culpa­ble. Eso es lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! –se repitió con desesperación, evocando de nuevo la escena en todos sus de­talles.

Lo peor había sido aquel primer momento, cuando al re­greso del teatro, alegre y satisfecho con una manzana en las manos para su mujer, no la había hallado en el salón; asus­tado, la había buscado en su gabinete, para encontrarla al fin en su dormitorio examinando aquella malhadada carta que lo había descubierto todo.

Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de preocupaciones, tan poco inteligente, según opinaba él, se hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una expresión de horror, de desesperación y de ira.

–¿Qué es esto? ¿Qué me dices de esto? –preguntó, seña­lando la carta.

Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en sí, sino la ma­nera como había contestado entonces a su esposa.

Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una situación demasiado vergonzosa: no supo adaptar su aspecto a la situación en que se encontraba.

Así, en vez de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso permanecer indiferente ––cualquiera de aquellas acti­tudes habría sido preferible–, hizo una cosa ajena a su volun­tad («reflejos cerebrales» , juzgó Esteban Arkadievich, que se interesaba mucho por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa habitual, benévola y en aquel caso necia.

Aquella necia sonrisa era imperdonable. Al verla, Dolly se había estremecido como bajo el efecto de un dolor físico, y, según su costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de pala­bras duras y apenas hubo terminado, huyó a refugiarse en su habitación.

Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido.

«¡Todo por aquella necia sonrisa!», pensaba Esteban Arka­dievich. Y se repetía, desesperado, sin hallar respuesta a su pregunta: «¿Qué hacer, qué hacer?».

 

II

 

Esteban Arkadievich era leal consigo mismo. No podía, pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había hecho.

No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas; ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él.

De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar me­jor el caso a su esposa. Con todo, comprendía la gravedad de la situación y compadecía a Dolly, a los niños y a sí mismo.

 

 

El autor sabe todo acerca de los personajes: tanto de los protagonistas como del resto de los actores de la historia. Es como un dios que puede moverse tanto por el espacio, como por el tiempo, y por supuesto por el interior (pensamientos, sentimientos) de todos ellos. Lo que suele hacer este narrador, como vemos en el ejemplo es ir cogiendo y soltando a los personajes en función de sus intereses. En el principio Tolstoi se centra en el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky, pero luego irá siguiendo por supuesto a Ana.

 

2— Y frente a este narrador externo, nos encontramos con un narrador interno, pero también muy especial. Salinger: El guardián entre el centeno. Primera persona. Subjetividad total. Conocimiento de sus propios pensamientos, sentimientos y acciones en las que él está presente, o situaciones que le cuentan.

 

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un Jaguar, uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.

 

Haciendo una graciosa parodia de los relatos de Dickens. La fuerza del narrador protagonista en primera persona reside en que nos sentimos enseguida identificados con el protagonista. Siempre y cuando el protagonista y su manera de contar sean lo bastante interesantes.

 

3— Otro ejemplo que quisiera mostrar es el de un narrador personaje secundario, o también conocido como narrador-testigo. Lo encontramos en este magnífico cuento de Cortázar, “El perseguidor”, en el que se narran las peripecias de Johnny Carter —genio del jazz— contadas por Bruno V. biógrafo y crítico de Jazz, amigo de Johnny Carter, a quien admira y envidia.

 

Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.

—El compañero Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.

 

El narrador ha de elegir a un protagonista interesante al que “perseguir”, un personaje que sea digno de mérito o que su historia sea digna de ser contada. En este caso a partir de la admiración de Bruno por Carter. Y a su vez el narrador tiene que quedar en un segundo plano, y no llegar a ser tan interesante como para llegar a acaparar la atención de la historia que cuenta.

 

Material perteneciente al Curso de Inciciación a la Escritura Creativa, TEC Taller de Escritura Creativa, Manolo Yagüe.

http://www.manoloyague.com/taller-literario/index.php/talleres/taller-literario-online

 

BAILANDO, PARA NO ESTAR MUERTO

Entrada dedicada a Gómez Recio, y a mis alumnos de los Talleres Literarios.

 

¿Para qué se escribe? ¿Por qué escribimos y no nos dedicamos a cazar moscas o a ver todo el día la televisión? Antes o después, en algún momento de su vida de escritor, surge esa pregunta, que parece hecha por un demonio malicioso que sabe que las ambiciones humanas son inútiles. Sin embargo, los seres humanos nos vemos obligados a dar respuesta a nuestros actos, a darle sentido a nuestra existencia. Como si a la piedra no le fuera suficiente con ser piedra, o al árbol con ser árbol, al hombre no le basta con ser hombre.

Si le preguntáramos a un perro, por qué olisquea el mismo sendero todos los días, el perro se encogería de hombros, y nos miraría pensando que somos estúpidos. «Simplemente lo hago porque me gusta, y porque soy un perro, idiota». Si le preguntan a un escritor por qué escribe, en la mayoría de los casos elabora un rebuscado razonamiento, en el que seguramente no cree.

«Simplemente lo hago porque me gusta, y porque soy un escritor, idiota».

Esa es mi última respuesta. No me la creo del todo. Todavía soy demasiado joven. Cuando llegue a la edad que tenía Bradbury en el siguiente texto, seguro que la afirmación que acabo de realizar cobre más sentido. Los viejos tienen la ventaja de que ya no se dejan engatusar fácilmente por los razonamientos o las preocupaciones.

Y si no les vale la razón que he dado. Tengo otra, la extraigo del siguiente fragmento de mi viejo Bradbury.

 

«Una noche, mientras me estaba sirviendo, mi amigo camarero, Laurent, que trabaja en la Brasserie Champs du Mars cerca de la Torre Eiffel, me habló de su vida.

—Trabajo de diez a doce horas, a veces catorce —me dijo— y después de media noche me voy a bailar, bailar, bailar hasta las cuatro o cinco de la mañana, y me acuesto y duermo hasta las diez y luego arriba a las once a trabajar diez o doce horas y a veces quince.

—¿Cómo consigue hacerlo? —le pregunté.

—Fácilmente —dijo—. Dormir es estar muerto. Es como la muerte. Así que bailamos, bailamos para no estar muertos. No queremos que eso ocurra.

—¿Qué edad tiene usted? —le pregunté.

—Veintitrés —me dijo.

—Ah —deje, y lo tomé gentilmente por el codo—. Ah. Veintitrés, ¿no?

—Veintitrés —dijo sonriendo—. ¿Y usted?

—Setenta  y seis —dije—. Y yo tampoco quiero estar muerto. Pero no tengo veintitrés. ¿Qué puedo hacer?

—Sí —dijo Laurent, inocente y todavía sonriendo—, ¿qué hace usted a las tres de la mañana?

—Escribir —dije al cabo de un momento.

—¿Escribir? —dijo Laurent asombrado—. ¿Escribir?

—Para no estar muerto —dije—, como usted.

—¿Yo?

—Sí —dije, sonriendo ahora—. A las tres de la mañana escribo, escribo, ¡escribo!

—Tiene mucha suerte —me dijo Laurent—. Es usted muy joven.

—Hasta ahora —dije y apure mi cerveza y me fui a sentar delante de mi máquina de escribir, a terminar un cuento.»

 

 

Introducción a El Hombre Ilustrado, Ray Bradbury. Editorial Booket.