HANS EN EL LABERINTO: UN RELATO DE TERROR JUVENIL

HANS EN EL LABERINTO por Manolo Yagüe

(Un relato de terror adaptado para una lectura juvenil)

 

 

Hans salió del colegio a la carrera. Al resto de sus compañeros de colegio los venían a recoger sus padres en modernos coches, o montaban en el autobús escolar. Pero él no vivía en la ruta del autobús escolar, ni su padre, un hombre triste de carácter excéntrico, tenía carnet de conducir. Ni tan siquiera coche. Quiero decir, coche moderno, de los que hay que llenar de gasolina si uno quiere que circulen: tan solo un viejo coche de caballos cubierto de polvo en las caballerizas.

Una fina lluvia otoñal caía sin parar desde hacía quizá dos semanas. Pero Hans iba bien pertrechado.  Calzaba botas de agua y un buen chubasquero. Para llegar hasta su casa Hans, que no se caracterizaba precisamente por su gran valor ni su sentido común, y que era escuchimizado, pelirrojo, con las mejillas moteadas de feas pecas y la nariz alargada igual que la de un pato, decidió cambiar la ruta habitual; la ruta habitual consistía en seguir un bello camino serpenteante al borde de un alto muro, rodear la  vieja finca abandonada, que al parecer en su mismo centro estaba presidida por una mansión olvidada hace más de cien años, y que se interponía entre el colegio y una gran colina sobre la cual se asentaba su casa. Sobre esa finca y aquella mansión corrían rumores y leyendas de personas desaparecidas y de fantasmas. Aunque Hans no creía demasiado en ellos.

Pero el niño salió a toda prisa del colegio: estaba muy contento porque su profesora de lengua le había puesto un aprobado en redacción por primera vez. Hans ponía muchas faltas de ortografía y prestaba poca atención a las estrictas normas de redacción de la profesora, a la que todos en el colegio, hasta sus compañeros de profesión apodaban “Palo de escoba”.

Hans no sabría explicar por qué entró ese día a la finca maldita. Simplemente, igual que se había pasado años sin entrar  sin saber a ciencia cierta la razón, aquel día lo hizo, impulsado por una extraña sensación de alegría que le embargaba en contadas ocasiones. Así es que se coló por una rendija de la historiada puerta de hierro, y accedió al salvaje jardín, lleno de senderos intrigantes como los de un laberinto. Los setos crecían más de tres metros, pero era evidente que alguien hacía una sencilla labor de poda, para que los senderos mantuvieran una mínima forma. Durante más de una hora el niño se lo pasó en grande recorriendo el laberinto, poblado de ingeniosas estatuas de mármol donde dioses y animales, jugaban, se reían, discutían o se peleaban, sin percatarse de la fina lluvia que caía sin parar.

Pero, encontrándose muy cansado, se lamentó, ya que había quedado atrapado en el laberinto y se estaba haciendo de noche. Le dio por pensar que no lograría salir. La lluvia seguía cayendo lenta e inexorable, y el frío como un manto fúnebre.

-Para qué me habré metido en el interior de este jardín. Mi padre estará tan disgustado. Por nada del mundo quiere que yo entre en este jardín. Es la prohibición en la que más insiste. Es su prohibición preferida. Si me pilla nunca me enseñará a montar a caballo.

Cansado y abatido, se sentó en un banco de piedra, en una bifurcación en forma de cruz. ¿Qué camino seguir?

Las formas de los setos, hiedras y espinos, parecían conformar figuras de personas. Caras y cuerpos viejos que vagasen en la eternidad del laberinto. Mientras sus ojos, acostumbrados a mirar con la atención de un dibujante recorrían las paredes inextricables, observó  algo que le llamó la atención: se levantó y se acercó a examinarlo.  Eran unas ropas de niño, hechas jirones por el paso del tiempo, atravesadas por ramas y pinchos. Hurgó con sus manos el interior de las ropas y se quedó helado: debajo de las ropas estaba el esqueleto de aquel que hubiera tenido la desgracia de perderse en el laberinto. Por la estatura comprobó que era un esqueleto humano de pequeñas dimensiones,  de no más de seis o siete años. Era un niño muerto al tratar de salir de ese laberinto. Algo más extraño todavía: el cráneo no apareció.

De repente, un enorme pastor alemán saltó detrás de él, dándole un susto de muerte. Con sus ojos de lobo hambriento se lo quedó mirando un segundo, y lo arrastró tironeándole de la manga del chubasquero. El niño siguió al perro, qué remedio le quedaba; supuso que el perro conocería la salida.

-Oh, dios- dijo el niño sin poder contener su emoción y disgusto-. Y pensar que si no fuera por este perro mi destino sería morir perdido en el laberinto.

El perro ladró, aunque Hans juraría que se reía.

Siguieron hasta desembocar en una explanada teñida de morado por el anochecer,  donde se veía desdibujado por la cortina de lluvia el típico caserón de piedra de esa zona del norte.

El pastor alemán siguió tirando de la manga del chubasquero de Hans hasta el borde de la casa, subiendo una escalinata, y situando al joven frente al mismo portón de entrada.

El perro empujó con el hocico a Hans hasta el timbre. Hans, aunque no quería, llamó; el perro, contento por primera vez, meneó el rabo.

Abrió la puerta un viejo mayordomo que tenía el aspecto de haber muerto la noche anterior. Hans se sobrecogió.

-Adelante, joven- dijo-. Lo estábamos esperando.

El joven avanzó detrás del mayordomo y escoltado por el fiero perro, que al parecer tenía órdenes tajantes de no perderlo de vista.

Le introdujeron en una gran sala, iluminada por unos inútiles candelabros, y por el fuego de una chimenea que ardía en vano intentando calentar la habitación. Hicieron sentar a Hans en un sofá de cuero desgastado, y el perro se sentó junto a él en la alfombra persa, sin perderlo de vista.

-Enseguida salen a recibirlo- dijo el mayordomo-. En todo caso, es un honor tenerlo por fin en casa-. Y salió con pasitos cortos por una puerta disimulada en la pared.

Hans observó la sala. No llegaba a ser un salón, ni una biblioteca, ni un desván, ni un estudio de pintura, aunque podía ser todas aquellas cosas al mismo tiempo. Cuadros a medio pintar, anaqueles atestados de libros, una colección de esferas terrestres, mesas abarrotadas de rollos de papeles, como si fueran el estudio de un arquitecto loco, se confundían en una atmósfera de polvo y penumbra.

-Esperaba que tú pudieras resolver el laberinto.

Con estas palabras, que le hicieron dar un respingo en el asiento, pronunciadas a su espalda, le recibió una mujer vestida de negro, altiva, de pelo rojo, recogido en un moño sencillo, y la tez de un especial tono blanco, no propiamente marfil, sino mas bien del tono de la espuma del mar al quedarse danzando en la orilla. Como si hubiera algo verdoso debajo de su piel, indescifrable para un ojo normal.

Pero los ojos de Hans no eran unos ojos normales: los ojos de Hans eran los ojos de un avezado pintor, que discernía con habilidad de maestro los pigmentos verdaderos que coloreaban los objetos de la realidad. Por eso el frío y el temor de su cuerpo, se compensaban con creces con los estímulos visuales, sonoros y olfativos de aquel lugar de aspecto imaginario. Por ejemplo: un perfume nunca percibido por las aletas nasales de Hans, algo así como el almizcle, pero más sedoso, tenue, huidizo, algo que hubiera olido en la cuna de un bebé al que van a asesinar; o los golpes que resonaban amortiguados por una cobertura como de terciopelo, por supuesto rojo.

La mujer, cuyos pasos eran imperceptibles bajo su largo vestido de viuda, y parecía flotar a un centímetro del suelo, se acercó a la chimenea, agachó su alargada figura- Hans creyó que podría partirse en pedazos, y quedar allí tendida como una muñeca buscando quién la recompusiera-, echó varios troncos al fuego con inusual energía, y se volvió en dirección a los ventanales de la estancia, parciamente cerrados por gruesos cortinajes. Como si estuviera mirando una luz de intensidad cruel, puso su mano sobre los ojos, a pesar de que era uno de los días más oscuros del invierno.

-Sin duda tendrás hambre;  aquí nosotros casi nunca comemos. Pero prepararemos una cena para ti.

Hans estaba en efecto muerto de hambre, y recibió la invitación con una estúpida sonrisa.

-¡Borra esa sonrisa ridícula de tu cara! ¡Me recuerdas a tu padre!

Hans borró la sonrisa, y se quedó petrificado.

-Anda ven- dijo ella dulcificando su voz y alargando la huesuda mano, que sobresalía como un flor carnívora de su puño de encaje negro-, sé que te gusta la pintura, y que podrás apreciar un buen cuadro en cuanto lo veas.

Hans alargó con temblor su mano y tomó la de la exagerada mujer. Comprobó que, en efecto, era una mano real, helada de frío, como las manos de las viejas.

La mujer le condujo por un largo pasillo, sacó una llave que llevaba colgada de una cadenilla de su escote, y le introdujo en una estancia completamente oscura. Luego se desasió de la mano de Hans y prendió una vela, juraría Hans que con la punta de los dedos.

-Acércate, acércate más. Que los cuadros no muerden.

Hans se acercó hasta situarse bajo el regazo de la mujer y justo delante de la vela que iluminaba un lienzo de pequeñas dimensiones: en la espesura de la maleza, un pastor alemán, el mismo pastor alemán que le había traído hasta allí, luchaba sujetando un objeto que en su mayor parte salía del margen del cuadro, huyendo por la derecha. Observando mejor, pues el cuadro era muy oscuro, comprobó que lo que el animal mordía no era otra cosa que el talón de un pie humano, desgarrándolo e impidiéndole huir. Unas pocas motas lanzadas como un salivazo, de rojo intenso, representaban la sangre que surgía de la herida, y eran el único punto de luz de la obra.

Durante varios minutos Hans disfrutó de la pieza, que en efecto era hermosa y cruel, y se hallaba pintada con un realismo tan desgarrado que le recordó los cuadros de Goya, su pintor preferido.

-¿Cuántos cuadros hay aquí? ¿Los has pintado tú?

-No te precipites, querido- le dijo ella, pasando su mano de huesos por la cabellera rojiza de Hans-, tendrás tiempo de verlos todos.

-Pero, esta noche tengo que volver a casa, se me hace tarde, mi padre me golpeará con la fusta si llego después de las diez.

-No te preocupes ahora por eso. Cenemos. Los artistas tenemos que llevar una vida especial. No debemos estar atados a horarios o convenciones, pues nuestro arte moriría arrasado por la estúpida mediocridad del resto de los mortales.

A Hans le agradó tanto sentirse incluido entre los miembros de la gran Hermandad de los Verdaderos Artistas que de mil amores se dejó llevar por esa mujer tan seductora e intrigante.

Dos cubiertos estaban dispuestos a ambos extremos de la mesa del salón, esperando a sus comensales. El mayordomo sirvió la mesa con la eficacia de un vampiro.

Hans devoró con apetito todos los manjares de carne, aderezados con salsas dulces de tonos granates y cobrizos, y unos postres de menuda exquisitez, que se metían en la boca de una vez y estallaban o se deshacían lentamente. En todo ese tiempo no habló y ni siquiera estuvo al tanto de que su compañera de mesa lo escrutaba como si fuera a diseccionarlo con un escalpelo: actitud muy propia de una pintora.

Cuando Hans terminó y, como nadie se lo había dicho, con la naturalidad de la infancia, de la cual no se había desembarazado por completo, preguntó:

-Oh, señora, con tanta emoción no recuerdo su nombre.

-Porque nadie te lo ha dicho. He dejado órdenes expresas a ese respecto. Pero puedes llamarme Cordelia.

-La del corazón pequeño- musitó Hans que recordaba la historia del rey Lear y el significado de dicho nombre.

-En efecto, mi corazón es pequeño, y frágil. Cualquier emoción excesiva puede romperlo y moriría al instante. Sin embargo, por pequeño que sea mi corazón yo lo he protegido viviendo alejada del influjo de los hombres y lo he tornado robusto como una piedra.

-Yo también soy un niño débil, que pierde en todas las peleas.

-Nuestra debilidad física es consecuencia de nuestra fortaleza mental. No puede darse lo uno con lo otro, pues nuestro torrente sanguíneo no lo toleraría y moriríamos de alguna hemorragia interna. He visto niños morir así. No se puede hacer nada por ellos. Sin embargo- continuó Cordelia, con su voz gatuna, embriagadora-, estamos poseídos por un don y nos debemos a él. El nuestro es el don de la pintura. Si no ejercitamos ese don, vivimos como almas en pena. Aunque, la verdad, si explotamos ese don, nuestros sufrimientos no son menores. Simplemente, querido niño, es nuestro destino.

¡Cuánto entendía Hans las palabras de Cordelia! Su padre le había prohibido, entre otras muchas cosas, coger una pluma, un lapicero, un pincel o un triste trozo de carbón para ejercitarse en el dibujo o la pintura. De tal manera era esto así, que le revisaba cada cuaderno, cada libro escolar, para comprobar que Hans no incumplía la prohibición. Se le prohibía también asistir a las clases de pintura en el colegio. Prohibición respetada por el hecho de que el padre de Hans era el principal patrocinador voluntario del colegio de su hijo, con la más alta suma de dinero.

Sin embargo Hans se las había apañado para dibujar por las noches y esconder a su padre sus cuadernos de ensayo.

-Es muy tarde ya- anunció Cordelia- y es peligroso que salgas de esta casa. Sé que tienes mucho sueño, y mi mayordomo te ha preparado la cama en tu habitación. Sube a verla, te encantará.

Hans no pudo resistirse. El sueño vencía de tal modo sobre su voluntad, que apenas tuvo fuerzas para pensar en su padre, el colegio, y demás pequeñeces, y siguió al diligente mayordomo hasta su habitación.

Era la habitación que hubiera deseado tener el joven Leonardo en su juventud. Poseía grandes ventanales en la pared e incluso uno en un lateral  de techo abuhardillado bajo el cual descansaba un telescopio; caballetes de distintos tamaños estaban en pie con lienzos impolutos dispuestos a ser pintados; había tarros de pigmentos, latas de aceites, tablas para mezclar. Una reproducción en metal con las esferas de los planetas detenidas en su circunvolución alrededor del sol, balanzas, aparatos de ciencia y medicina, estantes con libros enormes, de anatomía humana, botánica, zoología, y vidas y obras de pintores hasta la saciedad. Rollos de mapas antiguos. Una pieza de roca con jeroglíficos y otra de madera tallada con caracteres chinos. Por lo demás, completaba el mobiliario una colección de juguetes antiguos, otra de espadas y otra de armas de fuego.

Y en mitad de todo ello, una cama con dosel, que parecía navegar alrededor de tan maravillosa tempestad, como en sueños.

Hans hizo un recorrido por toda la estancia, seguido atentamente por la satisfecha mirada del mayordomo, y luego se acostó y cerró los ojos al tiempo que le cerraban la puerta.

Durmió toda la noche sin contratiempos, salvo por un sueño extraño que enseguida desapareció.

Duraba apenas unos segundos: Hans despertaba, y encontraba a Cordelia sentada al borde de la cama. Hans hacía la misma pregunta: “Qué me pasa, estoy enfermo”. “No, duerme”, respondía Cordelia, y Hans cerraba los ojos y no volvía a abrirlos hasta que la luz del tímido sol lo devolvía a tan maravillosa realidad.

No era un sueño como para prestarle atención, salvo por el hecho de que sucedía todas las noches. Sin embargo a Hans no le importunaba tener cada noche ese mismo sueño. Sentía como si Cordelia estuviese a su lado pendiente de él, agazapada en la sombra. Algo de lo que Hans, cuya madre había fallecido dándolo a luz, no había disfrutado nunca.

A partir de ese día y durante el plazo de un año las jornadas se sucedieron de igual forma. Parecía que no hubiera cambios de estación: ni primavera brillante, ni verano inundado de sol, ni un agradecido y melancólico otoño; sólo un invierno nebuloso, empapado de lluvia y niebla entorno a esa casa de la que le estaba prohibido salir.

Hans desayunaba sólo, acompañado del noble pastor alemán, de quien se había hecho amigo, y con quien compartía trozos de pan y caricias. Luego Cordelia lo venía a buscar, y de una manera un tanto enrevesada le iba dando lecciones de pintura sin que Hans se diera apenas cuenta, pues estaba enfrascado en las anécdotas de Cordelia, en su capacidad de observar lo invisible para el ojo humano, y por supuesto su habilidad con el pincel, y los pigmentos, que Hans aprendía a usar con precisión y soltura, igual que si estuviera en un clase de cirugía pero a la vez en una clase de danza. Las lecciones no terminaban sin que leyeran algún pasaje de literatura: ensayo romano, teatro isabelino, poesía romántica, relatos bíblicos, o fragmentos de enciclopedias científicas descartadas por inútiles para la ciencia moderna. Cordelia decía que la lectura era el alimento de los pintores.

Hans comía a toda prisa, pues el resto de la tarde lo pasaba encerrado en su cuarto, pintando y pintando sin parar. El trabajo de la mañana -si a ese batiburrillo mágico de anécdotas, cuentos, proezas, y ensimismamientos se le podía llamar trabajo-, era el caldo de cultivo de la sorprendente producción pictórica de Hans. Las manos trabajaban frenéticas a un ritmo que apenas podía seguir su cabeza, que a menudo quedaba detrás, asfixiada por el ímpetu del ardor juvenil. Esas tardes sólo eran interrumpidas por puntuales visitas de Cordelia, que parecía tener el don de la oportunidad, y que tocaba su puerta cuando Hans se hallaba atascado en algún punto de su pintura.

Por la noche cenaban en el salón, Hans con enorme apetito, Cordelia sin probar apenas bocado, y se repetían escenas parecidas a las del primer día:

-Lo siento pero tengo que irme- decía Hans, como si acabase de entrar por la puerta-. Mi padre me espera y se pondrá furioso si no llego antes de las diez. Me azotará con su fusta.

-Es muy tarde ya, querido amigo, y la noche por los alrededores es peligrosa-. Contestaba Cordelia, que sabía que la partida estaba ganada-. Además tus ojos se cierran de sueño. Y tu cuarto maravilloso te espera.

Y Hans, efectivamente muerto de sueño e incapaz de luchar contra su deseo de permanecer en esa casa, subía a la cama acompañado del viejo y comprensivo mayordomo, se acostaba y se quedaba dormido al instante.

Luego soñaba otra vez que se despertaba y que Cordelia estaba a su lado para tranquilizarlo, y volvía a dormir, hasta la mañana siguiente.

Sin embargo algo ocurrió una noche, que lo trastocó todo.

Hans había estado pintando aquella tarde un autorretrato, situado frente al lienzo y a un gran espejo ovalado, durante horas interminables, absorto en un ejercicio de pintura que suponía un especial reto para él.

El cuadro quedó, casi a punto, pero sin rematar. Faltaban los retoques definitivos y algo en el fondo que no lograba hacer salir, y que había quedado en blanco. La intuición de Hans le decía que faltaba una escena por pintar allí al fondo en la esquina derecha del cuadro, y que se trataba de una escena demoledora, que le concernía especialmente. Por eso no se atrevió a dar otra pincelada.

Cuando despertó en mitad de la noche, se dio cuenta de que Cordelia no había aparecido todavía en su sueño, y que no estaba agazapada como un gato en las sombras, velando su cama.

Se levantó. Fuera del calor de las mantas sintió los escalofríos de un cuarto que tuviera todas las ventanas abiertas.

Descalzo, con la mente aturdida y sin saber por qué, cogió los pinceles y con la velocidad de un prestidigitador, sintiendo que una voluntad más poderosa lo guiaba, completó la escena con trazos sueltos, como cuando se hace un esbozo. Pintó con la escasa luz de la luna entrando por los ventanales, sin preocuparse de los detalles de la técnica, tan sólo atento a la capacidad de penetración propia de un artista imbuido por la musa de la creación.

Terminó el cuadro y se retiró unos metros a contemplar su obra. Hans se había retratado con la cara de la inocencia, pero también del conocimiento. Al fondo, en el espacio que acababa de terminar y que todavía conservaba la pintura fresca y casi latente, al pie del exterior de una mansión que parecía una casita de muñecas, cogidos de la mano, estaban Cordelia y su padre. A sus pies reposaba un canastillo de bebé, en el que Hans se dio cuenta, aunque el bebé no se apreciaba en la pintura, estaba él mismo cuando era un recién nacido. Los ojos de Cordelia refulgían de espanto, y su padre aparecía con la fusta de los castigos en la mano derecha.

Hans descubrió por sí solo, por el único azar de la intuición de su pintura, la terrible historia de su vida: era hijo de Cordelia, y por lo tanto su madre no había muerto en el parto como se le había dicho. Hans sintió que había sido burdamente engañado, y la ofensa le provocó un intenso ardor en las mejillas y el pecho.

Con la sensación de prisa que la juventud concede a toda novedad importante, decidió correr en busca de Cordelia, y como no, de respuestas.

Se vistió rápidamente y salió de la habitación sin prestar atención al ruido que hacía. Se creía por esta vez con el derecho a comportarse como un hombre, y no como mero un huésped o un niño.

Buscó por las habitaciones de la planta de arriba, pero al ver que todas ellas estaban desiertas, empezó a llamar a Cordelia a voces. ¿Dónde dormiría aquella extraña mujer? No podía creer que fuera su madre. Aquel saco de huesos, que más parecía un fantasma que un cuerpo de mujer. Entonces se le ocurrió que podría estar en aquel cuarto oscuro donde había visto el cuadro del perro. El pastor alemán de Cordelia que mordía con saña el tobillo de un hombre que trataba de huir.

Antes de entrar en esa habitación prohibida, cogió uno de los candelabros del salón comedor, y lo encendió con los rescoldos del fuego de la chimenea.

Sin pensarlo dos veces, impelido por el secreto que estaba a punto de descubrir, se dispuso a abrir esa puerta, aunque fuera a patadas. Sin embargo la puerta se abrió, como quien dice, por sí sola.

No era más que un almacén polvoriento de cuadros tapados con sábanas. Hans fue quitando las sábanas de los cuadros, cuadros pintados por Cordelia y en los que aparecía la historia de sus vidas. Su padre azotando a Cordelia, que yacía en el suelo medio desnuda y con un pincel teñido de rojo asido en la mano derecha. Cordelia sentada en una mecedora con las manos en el regazo de una protuberante barriga, y el padre detrás, dominando la escena. Un bebé con el pelo rojo como el cobre, durmiendo en una canastilla, y tapado por una colcha blanca en la que aparecía una gran H bordada de azul. Cordelia huyendo en mitad de un bosque y rodeada de fieras…

En ese momento Cordelia apareció delante de él. Vestida y elegante como siempre, como si no se hubiera ido a dormir.

-¿Te quedarás conmigo?- dijo Cordelia.

-Tengo que ver a mi padre. Me debe una explicación.

-No hay más explicación que esta- dijo Cordelia señalando los cuadros.

-Pero mi padre me dijo que mi madre había muerto en el parto.

-No te mintió del todo. Yo estaba muerta porque tu padre no me dejaba pintar. Porque tu padre sabía que el trabajo del pintor es visionario, o como él decía, demoniaco.

-Y por eso tú me dejaste. Abandonaste a tu hijo para poder pintar.

-Tuve un parto muy difícil. Lleno de dolores. Y en efecto se temió por mi vida. Estuve al borde de la muerte.

-Pero entonces, la lápida que hay junto a nuestra casa, esa lápida a la que tantas veces he acudido, y sobre la que tanto he llorado, está vacía.

Cordelia no contestó. Hans interpretó su silencio como una respuesta afirmativa.

-No debes irte ahora, no debes irte nunca de mi lado. Eres mi hijo y te necesito.

-Debo salir. Tengo que hablar con mi padre. Pero volveré, volveré en cuanto haya hablado con él. Y no me perderás porque viviremos cerca el uno del otro, como en realidad lo hemos estado siempre- dijo Hans, sin darse cuenta de que usaba una lógica que sólo sirve para los sucesos triviales.

-Si sales de esta finca no volverás a verme.

-Volveré,  Cordelia- replicó Hans y, como si hubiera crecido de repente, y ya fuera todo un hombre, apartó a su madre, salió delante del pastor alemán por la puerta de la casa, bajó las escalinatas de de piedra,  y se encaminó al laberinto.

-¡No le dejes ir!- oyó que Cordelia le gritaba al pastor alemán desde la puerta.

Hans corrió cuanto pudo, pero el pastor alemán lo alcanzó y le apresó el tobillo con un mordisco desgarrador.

Hans luchó contra ese fiero animal, que parecía un lobo hambriento, incluso con palabras dóciles mezcladas con lágrimas, para hacerle ver que era su amigo. Pero el perro estaba adiestrado para obedecer las órdenes de Cordelia, y tiraba con fuerza para impedir que Hans escapase. El dolor de los colmillos era parecido al que sentiría una alimaña al verse atrapada por un cepo. Hans gemía y pedía a Cordelia que le dejase marchar. Entonces apareció el viejo mayordomo con su habitual compostura, armado con una pala, y sin inmutarse ni acelerar el paso, se acercó a Hans y le asestó un golpe en la cabeza, de la que Hans apenas pudo protegerse. Hans se mareó y unos segundos después perdió por completo el conocimiento.

 

***

 

Mientras tanto, debemos dejar aquella mansión y regresar en el tiempo, a la tarde en la que sin saber muy bien por qué, impulsado por un estado de extraña felicidad, Hans se atrevió a atravesar la puerta de hierro de la finca abandonada, se internó en el laberinto, se perdió y fue conducido por un pastor alemán hasta el regazo de Cordelia.

Era una tarde de constante lluvia otoñal, algo fría, y como cada vez que daban las seis en el reloj de la casona donde vivía Hans con su padre y con puñado de sirvientes macilentos, su padre se apostaba en la enorme cristalera del salón a esperar la llegada de su hijo.

El Padre de Hans se llamaba Otto y siempre estaba nervioso a esa misma hora, temiendo por la ausencia de su hijo. Siempre fantaseaba con que le pasaba algo grave en el colegio o de regreso a casa y, aunque era un hombre taciturno, de escasas palabras y que sometía a su hijo a una dura disciplina, amaba a Hans con posesiva locura.

Otto había conseguido amasar una enorme fortuna durante su juventud llevando a cabo negocios de los que siempre se había negado a dar cuentas. En ocasiones llegaban extraños personajes, no precisamente caballeros elegantes,  que recibía a solas en el despacho, y que jamás se quedaban más allá de unas horas. No tenía amigos y consumía la mayor parte del tiempo en un estudio forrado de gruesos libros de piel, leyendo sin parar libros de temas diversos y esotéricos: agronomía, nigromancia, espíritus, geología, religiones orientales, egiptología…

Jamás recibían llamadas en la casa, porque no tenían teléfono, ya que Otto desconfiaba de todas las personas sin excepción, y no quería ser importunado por extraños.

Como ya se dijo, le tenía terminantemente prohibido dibujar o pintar a Hans, bajo pena de azotes con la fusta de montar a caballo. Todos los sirvientes estaban al tanto, y tenían la consigna de mantener las distancias con Hans, para evitar que se establecieran indeseadas relaciones personales. De esa forma pretendía tener a su hijo y su mente fantasiosa alejada de malas influencias. También le prohibía montar a caballo, por temor a un accidente irreparable.

Pero a las seis bajaba puntual al salón, se situaba delante de la ventana, y observaba el ancho prado, únicamente  interrumpido por la gruesa lápida en la que yacía enterrada la madre de Hans, y el largo camino de gravilla que moría a los pies de la casa.

Sin embargo aquella tarde fue especial pues, como sabemos, a Hans le resultó imposible llegar junto a su padre. Otto mandó dos sirvientes a buscarle por el camino, y si era necesario a preguntar en el colegio. El trayecto era largo, y la lluvia intensa, por lo que los sirvientes tardaron dos horas en volver, sin noticias de Hans, sin un rastro, sin un trozo de la tela del chubasquero, o la cartera del joven, que pudiera dar una pista de un asalto o un robo. Otto decidió entonces enviar a los sirvientes en busca de Hans a las casas de los alrededores. De mala gana, pues el tiempo estaba muy feo, y la noche había caído, los sirvientes se pertrecharon para soportar los barros y la lluvia y marcharon en todas direcciones a preguntar y buscar por las casas, cobertizos, tapias, pozos, y riachuelos de los alrededores.

Un niño no podía haber ido muy lejos con ese tiempo y sólo. Otto suponía que Hans se habría intentado escapar, pues creía firmemente que en cualquier momento buscaría la manera de ser libre. Pero Otto buscaba a su vez la manera de mantener a su hijo fuera de peligro el mayor tiempo posible. Sabía demasiado de las desgracias y maldades del mundo, pues las había visto en primera persona durante sus turbios negocios, y deseaba ver a su hijo libre de todo riesgo. Y por supuesto de la locura de su mujer, fallecida el mismo día que dio a luz a Hans.

Cordelia y Otto se habían casado enamorados, quizá porque era dos personas difíciles de soportar. Cada uno de ellos estaba loco a su manera. Otto enfrascado en sus negocios y en un miedo tenaz a que, fruto de sus actividades ilegales y su fortuna, alguien deseara hacerle daño a su familia; Cordelia obsesionada por la pintura hasta el extremo de perder la noción de lo que era real y lo que no.

Una vez que hubo fallecido Cordelia, seguramente producto de la locura más que del parto, Otto había quemado todas las fotografías y retratos de ella, todos los dibujos y cuadros que ella había pintado, en los que se iba viendo una progresión en el horror de la locura de su esposa. No quería que tal obsesiva locura se repitiera con su hijo.

Por supuesto, Cordelia, no se llamaba Cordelia mientras estuvo casada con Otto, y guardaba un nombre sencillo y virginal: Mary Ann, y era inglesa. Por eso Hans no pudo reconocer en Cordelia el aspecto o el nombre de su madre.

Cuando llegó el último de los sirvientes a la casa, sin noticias del paradero del joven, ya eran más de las once de la noche y entonces Otto, movilizó de nuevo a todos los sirvientes, esta vez para atraer a todos los hombres sanos y fuertes que hubiera en los alrededores dispuestos a entrar en la mansión abandonada.

No eran muchos los que en un principio se hubieran atrevido a participar en tal excursión. Sin embargo, uno de los sirvientes tuvo la feliz idea de ir a buscar a individuos de valor al único lugar donde podía encontrar hombres en cantidad suficiente, y capaces de envalentonarse en un segundo: la taberna de borrachos del pueblo.

-Necesitamos hombres para buscar al hijo del señor Otto.

Anunció el atemorizado sirviente a la cuadrilla de borrachos que se parapetaban detrás de sus enormes jarras de cerveza.

Los borrachos permanecieron callados, como si hubieran escuchado un anuncio de espuma de afeitar en la radio.

-El señor Otto necesita ayuda- volvió a repetir.

Los borrachos de la zona no eran de aquellos que se exaltan por pequeñeces.

-El señor Otto ofrece una suma cuantiosa a todos los hombres que participen en el rescate.

Los borrachos comenzaron a murmurar unos con otros. Sabían que el señor Otto, hombre antipático y cruel, era sin embargo más que generoso con del dinero.

En el pueblo se contaba una anécdota al respecto.

Un día de feria, teniendo el señor Otto que salir de urgencia a buscar un teléfono, pidió se le preparase el coche de caballos y se presentó a media mañana en el pueblo en el día de mercado, conducido por su chofer personal.

Toda vez que la llamada fue realizada con éxito desde el teléfono de la taberna, Otto salió de allí y se encontró un enorme revuelo en torno a su coche de caballos. No era para menos: se trataba de un coche de caballos antiguo, completamente negro, elegante, y nuevo como si hubiera sido recién sacado de las caballerizas de Drácula. El coche era observado por hombres, mujeres y sobre todo niños, ante el estupor del chofer, que mostraba como una atracción el carruaje, abriendo y cerrando la portezuela de acceso.

Otto, escandalizado por la escena, blandió su fusta, de la que no se separaba nunca, y rompió a gritar:

-Apártense de mi carruaje, ignorantes, apártense-, mientras repartía fustazos a derecha e izquierda, como si se abriera paso en la selva con un machete. Azotó a hombres,  mujeres y niños sin distinción, pero nadie se atrevió a plantarle cara.

Otto subió los peldaños del carruaje con la dignidad de un príncipe. El cochero, sofocado, se subió en el pescante y arreó  con fuerza a los cuatro caballos. Pero no habrían rodado ni diez metros cuando la rueda trasera derecha se encajó de mala manera en un hueco del adoquinado, pegando un frenazo en seco, y lanzando al cochero de bruces contra el suelo.

El populacho rompió a reír en estruendosas carcajadas.

Otto salió del coche aturdido por el golpe. Nadie se acercó a ayudarles.

El cochero y Otto, se pusieron hombro con hombro a intentar desencajar la rueda. Pero desde el principio se vio que no lo lograrían sin ayuda.

Durante su buena media hora Otto y el cochero, intentaron sacar la rueda de tal atasco; pero ni azuzando a los caballos, ni haciendo palanca, consiguieron su objetivo.

Hasta que un jornalero fornido, hombre piadoso y sensible, se destacó de entre la multitud y fue derecho a la rueda atascada.

Ordenó a Otto que tirase de las riendas de los caballos cuando él le gritase. Mandó al cochero a la rueda opuesta a empujar lo que pudiera. El campesino se metió casi debajo del eje de las dos ruedas, y como si fuera Jesucristo portando la cruz acomodó el grueso eje de las ruedas en su espalda y sus brazos.

A una voz empezaron a tirar, con tal fuerza que la rueda se levanto por un segundo. El campesino bajó un momento para tomar impulso y con un grito tremendo, izó en sus espaldas el coche al completo y lo colocó un palmo delante, fuera del obstáculo. Ni siquiera necesitó esta segunda vez la ayuda de los caballos.

El aplauso de la multitud se escuchó en toda la población.

Otto sacó su billetera, y le tendió un fajo de billetes con los que el campesino hubiera podido comprar diez veces las tierras que necesitaba.

El pobre jornalero, sin embargo, rechazó los billetes.

Simplemente tendió su mano, que Otto recogió de manera displicente.

Otto partió por segunda vez, y los presentes quedaron maravillados de la cantidad de dinero que estaba dispuesto a dar Otto por una nadería.

Así es que los borrachos, que seguían murmurando en la taberna, estaban al tanto de lo que se podía esperar de Otto: malos modales y fustazos, pero una buena recompensa.

-¿Y qué ganaremos nosotros?- se alzó la voz de un borracho entre los parroquianos.

-El señor Otto será especialmente generoso con todos aquellos que participen en la búsqueda.

-¿Qué quiere el señor Otto exactamente de estos hombres?- preguntó el tabernero, un grueso y tranquilo bebedor, que hasta ese momento había observado detrás de la barra y en silencio la escena.

-Quiere que le ayuden a entrar en la mansión abandonada.

Los murmullos crecieron. Unos a otros hilaron historias de la mansión y de su bonito jardín. Aquellos huesos que Hans encontró entre la maleza, pertenecían a un niño desaparecido, y nunca fueron encontrados, por mucho que se buscó en aquel laberinto, en que algunos hombres se habían internado con cuerdas. Aun así, casi se pierden unos cuantos, en pleno día. Antes del anochecer los hombres abandonaron la búsqueda muertos de temor, ante el estupor de sus humildes padres. El niño no se pudo encontrar, y nadie volvió a atreverse jamás a entrar en el laberinto. Por lo tanto, no era cosa de broma lo que les venían a proponer.

Un borracho lanzó por encima de todos los presentes la siguiente advertencia:

-¡Más vale que la recompensa pague con creces el riesgo!

Otro borracho que estaba acodado en el alfeizar de la ventana, se asomó a la misma, y comentó, como si tal cosa:

-Ha dejado de llover.

Los borrachos apuraron sus jarras de cerveza, y como si se hubieran puesto de acuerdo, se fueron incorporando golpeándose con camaradería los hombros, agarraron sus abrigos y salieron a la calle en dirección a la casa de Otto.

Otto preparó candiles, antorchas, linternas, todo aquello que pudiera iluminar la oscura noche. Los borrachos iban armados con palas, cuerdas, cuchillos, machetes, varios bidones de gasolina, alguna que otra escopeta, un cartucho de dinamita, perros de caza, y una buena dosis de licores de la bodega del señor, sin los cuales no hubieran acumulado el valor suficiente para abordar la mansión, con su temible y laberíntico jardín.

Otto presidía la procesión armado con una gruesa antorcha, y un machete. Sus ojos llameaban como los de una bestia. Le seguía a duras penas aquella cohorte de borrachos. La escena, mitad ridícula, mitad espantosa, contenía el horror necesario como para embargar los corazones.

Empujaron sin miramiento la puerta de hierro y la tiraron al suelo. Luego entraron en el laberinto y, a voces y sin orden ni concierto, como si se tratara de un ejército sin mando, buscaron entre los senderos perdiéndose y encontrándose, pululando con los perros, que perdían y encontraban el rastro de Hans, para volverlo a perder entre otros tantos olores de animales. Las luces de las antorchas y los faroles recorrían los senderos, en un baile quimérico de gritos y fuegos espectrales.

De repente se escuchaban los gritos terribles de una pelea de perros. O peor aún, la lucha de un hombre contra un animal cruel que lo atacaba, como si fuera una jauría de lobos: los gritos desgarrados rompían la fina tela de la noche y, cuando cesaban, el silencio crecía alrededor de los supervivientes. De vez en cuando un borracho se encontraba un perro despedazado, con las tripas colgándole o el cuello fracturado. De vez en cuando algún borracho aparecía agonizando, herido por los mordiscos de un único animal, un lobo enorme y de fuerza sanguinaria y brutal, pidiendo ayuda y llorando como un niño.

Otto comenzó a desesperarse. Así que decidió reunir a los hombres para idear otro plan que pudiera sacarles del laberinto. Se trataba de un plan loco, del que quizá ninguno saliera con vida. A favor de dicho plan jugaba el hecho de que se encontraban en mitad de un maldito laberinto que parecía encantado, y que estaba recorrido por un lobo que despedazaba todo bicho viviente que se encontrase a su paso.

El plan consistía en abrirse paso a base de fuego y machetazos. En continuar todos juntos y en seguir una única dirección para atravesar el laberinto, con la esperanza de toparse con la mansión.

Fue un trabajo cruel y lleno de peligros. A pesar de la terca lluvia que humedecía la maleza, casi se vieron rodeados por el fuego en varias ocasiones. El maldito lobo les acosaba con sus aullidos, sin dejar de impresionar la imaginación de los borrachos, que sólo actuaban impelidos por la borrachera y el temor, y la loca fortaleza del señor Otto.

A eso del amanecer, abrieron la última brecha en el macizo laberinto, y ante sus ojos exhaustos se irguió la mansión abandonada.

A la extraña luz del amanecer, parecía deshabitada, y pacífica. Un pastor alemán estaba sentado en lo alto de las escaleras. Con un gesto altivo, las orejas y el morro en alto, y el rabo danzando a ritmo regular. Los escasos perros de caza que quedaban vivos  se lanzaron a por él. El pastor alemán rodeó la casa y se escabulló por un hueco de la maleza. Los perros olisquearon alrededor del lugar donde había desaparecido el perro, pero no se atrevieron a seguir.

Habían pasado más de doce horas desde la desaparición de Hans. Juzgando por el destino de los hombres y los perros destrozados por el fiero pastor alemán, Hans podría estar perfectamente muerto. De hecho es lo que pensaban la mayoría de esos hombres.

Cuando Otto se encaminó sin dudarlo hacía la mansión, los borrachos no le siguieron.

-Eso es cosa suya- dijo uno de ellos. La borrachera se les había pasado. Y se sentaron en el suelo a tomar aliento y digerir la muerte de sus amigos y el horror vivido aquella noche.

Otto subió las escaleras y sin llamar abrió el enorme portón. Llevaba una pistola con la que iba descubriendo cada rincón de aquella casa. No se le escapó la extraña decoración propia de un loco o un amante del terror. No se le escapó tampoco que las paredes estaban llenas de cuadros con un estilo tan particular que era inimitable.

Mientras tanto Hans había pasado una noche terrible, poblada de fuegos salvajes y gritos desgarrados, como sólo se podía soñar en los aquelarres de las brujas. Es como si hubiera entrado por una puerta de su imaginación en una pesadilla de Goya, en la quinta del sordo. Su pie amoratado por la hinchazón, sangraba muy despacio, empapando la venda inútil y cubriendo con un cerco de sangre las sabanas. Varias veces intentó levantarse, pero el dolor lo mantenía tumbado. Sudaba, y la fiebre agitaba con escalofríos sus brazos y piernas.

A duras penas murmuraba el nombre de Cordelia: Cordelia, Cordelia. Pero Cordelia no acudía a sus llamadas, haciéndole sufrir más por el abandono que por el dolor del mordisco del pastor alemán. Hans se sentía como si hubiera perdido a su madre por primera vez.

Por los ventanales escuchaba voces terribles, ladridos de perros, el ulular del viento, y en los techos de su cuarto se dibujaban luces de fuegos fatuos, como si fueran las almas de los borrachos asesinados por el pastor alemán.

A eso del amanecer una calma expectante tranquilizó a Hans, que se quedó profundamente dormido.

Despertó al escuchar las voces de Otto:

-¡Hans! ¡Hans!

Hans reunió fuerzas para gritar:

-¡Estoy aquí, padre!-, y luego se desmayó.

 

***

 

Cuando despertó en su cama de siempre,  Hans estaba rodeado de médicos, enfermeras y sirvientes. Sentado al borde de su cama su padre sonreía, como si fuera una mañana como otras. Hans se desperezó y los presentes saludaron sus gestos con un aplauso.

-Ya estás en casa. Eso es lo importante-. Dijo Otto con una voz suave y cariñosa, desconocida en él-. Has delirado durante tres noches, y nos has hecho reír con tus fantasiosas quimeras. Esa tarde cuando desapareciste, creí que no te volvería a ver. Menos mal que sólo ha sido una noche.

Hans se quedó perplejo:

-¿Una noche? Papá pero si he pasado todo un año viviendo con Cordelia en aquella mansión.

-Hijo, no sé quién es esa señora a la que tú llamas Cordelia, pero sin duda debía ser una mujer extraña y sensacional.

-Cordelia es mi madre,… Quiero decir Mary Anne. Por fin he conocido a mamá, y no está muerta- dijo Hans emocionado por el recuerdo.

-No te conviene alterarte, Hans. Todavía estás muy débil. Es normal que la imaginación nos haga ver cosas que no hemos vivido.

-Pero, papá, yo sé que es real, pasé todo un año pintando al lado de mamá.

-Déjalo, Hans, ya no tiene importancia.

-Sí, sí la tiene. No me crees, no me creerá nadie.

-No importa hijo, lo importante es que estás a salvo. Y que tu pierna se curará.

Hans echó un vistazo a los bultos de sus piernas, pues juraría que sentía las dos. Pero solo destacaba el bulto de una bajo las mantas.

-Lo siento Hans-, dijo el padre arrasado por las lágrimas-. No hemos podido hacer nada por salvarte la pierna.

Hans giró la vista a la ventana, donde nadie lo pudiera mirar, y se quedó en silencio, a la espera de que abandonasen la habitación y le dejasen solo. Una pierna no era poco castigo por una chiquillada.

Quedaron Hans y Otto, callados, petrificados por la emoción. Estaban sumidos en una extraña quietud, como si en el lapso de tiempo  de una noche hubieran vivido la vida entera.

-Otto-, dijo Hans-. Mamá era una buena mujer, a pesar de su locura.

-Desde luego hijo, desde luego. Tu madre era una mujer excepcional.

-Papá, ¿me prometes una cosa?

-Lo que quieras hijo.

-Que no volverás a usar la fusta contra mí, ni contra nadie.

-Lo prometo, hijo, lo prometo. Y te prometo que voy a cambiar. Puedes pintar cuanto desees.

-Quisiera una cosa más, quisiera volver a la mansión.

-Pero eso es imposible, hijo. La mansión ha sido destruida por las llamas. Los vecinos del pueblo se han encargado de hacerlo.

-Bueno, da igual- Hans hablaba con una madurez impropia de su edad.

Luego se quedaron callados durante mucho, mucho tiempo.

 

 

Hans tuvo que ayudarse de una pierna ortopédica para volver a caminar. Vivió todavía unos años junto a su padre. Años en los que fue razonablemente feliz, pintando y montando a caballo.

Cuando su padre murió, ya viejo y agotado por sus propios miedos, lo primero que hizo Hans fue pedir a un par de enterradores que levantasen la lápida de su madre; aquella lápida que plantaron como un monolito prehistórico en el prado de la casa, y que rezaba: “A la memoria de Mary Anne: fallecida el mismo día del nacimiento de su primer hijo; descanse en paz.”

Abrieron la caja y, tal y como se imaginaba Hans, y para sorpresa y estupor de los enterradores, la caja estaba vacía.

Hans caminó satisfecho, muy despacio, ayudándose de un bastón con la empuñadura de plata, alejándose de la lápida y con una sonrisa de felicidad en los labios. En su mente resonaba un nombre de mujer, la mujer del pequeño corazón: Cordelia, Cordelia, Cordelia…

 

Manolo Yagüe

TIENE QUE HABER ALGO QUE PUEDAS HACER (cuento)

 

 

“-La misión del hombre blanco es colonizar el mundo y bastante tiene con eso. ¿Cree que le queda tiempo para entender a los negros?

-Eso es cierto -dijo Roberts-, y por otra parte, tampoco parece que le sea muy necesario. Precisamente la estupidez de los blancos está en proporción directa con el éxito que han tenido en colonizar el mundo…”

Relatos de los Mares del Sur, Jack London. 

Había una vez un niño que no tenía pies. Tampoco tenía manos, pues un día pisó una mina, y bum, todo cambió de repente para él. Su familia lo llevó en una carreta alquilada con el poco dinero que les quedaba para comer ese mes, y lo dejaron tirado en el hospital de unos cooperantes españoles. Cuando se recuperó de sus terribles heridas, y tras ponerle unos pies ortopédicos, logró de nuevo caminar, eso sí, muy despacio, con las piernas un tanto separadas, y con el miedo constante a caer de bruces al mínimo obstáculo del camino. Entonces los jóvenes médicos españoles, que trabajaban sin descanso y por supuesto sin sueldo, le urgieron con delicadeza a abandonar su cama, pues estaban hasta arriba de casos parecidos al suyo.

Caminó quince kilómetros hasta la aldea familiar, donde su padre, madre y hermanos le echaron sin miramientos. Sin manos ni pies era un estorbo, ya que no podía trabajar.

Volvió ese mismo día a la puerta del hospital, y durmió a la intemperie, sin una triste manta con la que protegerse del frío. Tenía quince años, la mirada nublada por el dolor, y se sentía un objeto inservible en el mundo.

Al despertar, recién amanecía, decidió que tendría que largarse del hospital, pues no quería que esos jóvenes médicos que se habían portado tan bien con él, curándolo de todas sus heridas, lo expulsasen de igual forma que su propia familia.

A un centenar de kilómetros de donde estaba, se decía que brotaba el lago más maravilloso que hubiera dado la tierra a los hombres, y que con su belleza y prodigalidad, protegía a todas las almas necesitadas de ayuda.

Así que, sin perder un segundo, caminó hasta el borde del lago, lo cual le llevó tres días de duro camino. No probó bocado y apenas bebió de algún charco en todo el trayecto. Cuando sus pies ortopédicos se plantaron frente al imponente espectáculo del lago al atardecer, el niño alcanzó a ver la escena más bella que sus ojos contemplaron jamás. Arrodillado, bebió del tímido borde de aquel majestuoso lago, que parecía ofrecer su agua con una delicadeza impropia de un ser tan grande. Sus aguas se perdían en el horizonte, desdibujadas por un sol anaranjado y por una línea de moradas sombras.

El niño cayó rendido, y allí mismo se durmió.

Un golpe lo despertó. La mañana estaba avanzada, y el sol azotaba con fuerza. Ante él se encontró con un viejo mendigo:

-Eh, tú- le dijo el mendigo, lanzándole una patada como si fuera un perro-, levántate y acompáñame a mendigar, necesito un niño que provoque en los hombres tanta pena como la provocas tú. Te daré de comer de mis sobras y te dejaré un trozo de mi manta para el frío de la noche.

-Estoy muerto de hambre- contestó el niño-. No puedes darme algo de pan.

-Te daré pan cuando hayas trabajado.

El niño, que estaba muerto de hambre, se levantó y siguió al viejo mendigo, que por lo demás tenía muy malas pulgas.

Fueron a la ciudad, no muy distante.

Buscaron una esquina adecuada, donde ya yacían apostados unos cuantos mendigos pidiendo. No los recibieron precisamente con cariño, pero el viejo se hizo sitio a fuerza de empellones e insultos.

-Quítate esos zapatos ortopédicos, y enseña los muñones de manos y pies. Y pon cara de pena; aunque eso no te hará falta. Te daré de comer a última hora del día. Pero mucho cuidado con engordar, porque tu cara flaca y enfermiza me conviene al negocio.

Colocaron un cuenco de madera delante de sus penosas figuras, y se dispusieron a esperar.

Así pasaron la mañana y la tarde. El viejo, por toda distracción, discutía a voz en grito con los otros mendigos, entre zafios comentarios e insultos, o se tendía arrebujado a echar una siesta.

Después de la dura jornada, comieron un pequeño bocado, durmieron en la calle y volvieron a la mañana siguiente.

A eso del mediodía, cuando aún a la sombra escasa de las paredes de los edificios el calor aplastaba las cabezas como una plancha de metal, una mujer vestida con pantalones y camisa, al estilo occidental, pero de piel mulata, se paró frente a él y se lo quedó mirando. Llevaba un maletín de falso cuero en una mano, y en la otra portaba un bocadillo, del que apenas probó bocado.

-Tienes hambre. Toma.

-Gracias- dijo él, y con sus muñones atrapó como pudo el bocadillo.

-¿Has ido a la escuela? ¿Sabes leer y escribir?

El niño movió afirmativamente la cabeza, pues no podía hablar mientras tragaba a toda prisa el bocadillo con la avidez de un perro.

-Sabes. Este no es sitio para ti.

El niño miro a la joven -que era guapa, esbelta, de rostro amable y tono educado-, como si le estuvieran hablando en otro idioma, pues en aquel país el destino se acepta sin miramientos.

-Y dónde podría estar mejor, con estos muñones que usted ve.

-No sé cuál es tu sitio, pero no es este.

Sin saber qué más decir, hizo ademán de largarse, pero luego pareció pensárselo mejor y le dijo.

-Tiene que haber algo que puedas hacer. No todo se hace con las manos o los pies.

En ese momento el viejo mendigo se despertó y al ver que su pupilo, de quien ya se sentía dueño y señor, atrapaba entre los muñones de las manos un trozo de bocadillo, se lo arrebató y le golpeó en la cabeza.

-¡Te dije que nada de comida hasta la noche!

El niño bajó los ojos al cuenco donde descansaban unas humildes monedas ennegrecidas.

-No le trate así- dijo la mujer, con tono de autoridad en la voz.

-Perdóneme, señora- musitó el viejo, agachando zalamero la vista-, es que llevamos días sin comer, y este rufián aprovecha mi debilidad para robarme.

Lo dijo con tal falta de sinceridad que la joven mujer no pudo creerlo.

-Paso cada día por esta misma esquina. Como me entere de que lo tratas mal, haré que te arresten.

El viejo no respondió, pero el resto del día su actitud cambio respecto al muchacho, al que dedicó palabras amables. La amenaza pareció surtir efecto.

Al mediodía siguiente, el niño esperaba lleno de ilusión la llegada de la mujer, a la que ya confería dotes de salvadora. Sin embargo lo único que llegó es la noticia de otro golpe de estado, y un nuevo gobierno. Las gentes de aquel país y en especial las de aquella ciudad distante y tranquila, no entendían de gobiernos, pues todos parecían iguales. Pero eso a nuestro niño le daba igual, pues no pensaba en otra cosa que la visión por unos segundos de la mujer salvadora.

Las horas pasaron y ella no.

Al día siguiente, lo mismo.

Una semana después, el viejo se olvidó de la amenaza de la joven adinerada, y por la noche, después de beber más vino de la cuenta, le dio al chico una brutal paliza. Fue su manera de vengarse.

El chico pasó la noche apartado del viejo, curándose las heridas de la paliza y pensando. Durante ese tiempo recordó las palabras de la mujer. Esas palabras contenían un acertijo, un misterio, y le concernía a él resolverlo. “Tiene que haber algo que tú puedas hacer; este no es sitio para ti”. Pero por más que se esforzó no se le ocurrió otra cosa que pudiera hacer en su lamentable estado que mendigar, ni mejor sitio donde vivir que esa esquina el resto de sus días. También tuvo tiempo de recorrer los accidentes de su vida, recordar a su familia, a sus hermanos y hermanas especialmente, a quienes echaba de menos, y a los médicos españoles que lo curaron de sus heridas, y le proporcionaron unos nuevos pies para caminar. Y con tales preguntas sin resolver, y los recuerdos dando vueltas en su cabeza, se quedó dormido.

A la mañana siguiente, sin saber exactamente por qué, el niño estaba animado y contento, y sin darse cuenta comenzó a tararear una canción que le enseñaron en la escuela.

-Muy contento se te ve- aseveró el viejo, que no soportaba un atisbo de felicidad a su alrededor-. Se conoce que una buena paliza te dulcifica el carácter, y te hace olvidar los cuentos de princesas que llegan a rescatarte.

El viejo se rió con ganas, pero ni se molestó en atender a la canción del niño, ya que estaba algo sordo.

Así es como el niño comenzó a cantar, y descubrió que su voz era bonita y gustaba a los transeúntes, que se paraban a escucharlo.

El viejo al ver incrementarse las monedas en el cuenco, le animaba a cantar, e incluso le azotaba si no lo hacía como debía.

Al principio conocía dos o tres canciones, pero poco a poco fue aprendiendo otras que le iban enseñando los mendigos o los transeúntes, ya que deseaban oírlas cantadas por su melodiosa voz. Mientras el niño cantaba, ellos rememoraban el pasado y se trasladaban a viejos y buenos recuerdos que les llenaban los ojos de lágrimas. Agradecidos, llenaban el cuenco con monedas.

Llegó un momento en el que no necesitaban pasar el día entero mendigando. En unas cuantas horas ganaban lo suficiente para comer y beber, y todavía les quedaban unas monedas, con las que alquilar una habitación para vivir bajo techo.

Entre tanto, el niño fue creciendo; su musculatura se ensanchó, convirtiéndose en un joven apuesto y de agraciado rostro. También absorbió durante todos esos años de cantante callejero, el dolor y la alegría de sus paisanos, transmitiéndolo luego con gran emoción a sus canciones. Además, se hizo con una radio, que escuchaba a todas horas, y aprendió de un vendedor de instrumentos musicales los rudimentos del solfeo, y cuanto conocimiento pudo este transmitirle a cerca de la música, que era mucho.

Finalmente el niño comenzó a adaptar las canciones que pertenecían a su pueblo y a su país, de tal forma que las hizo suyas, y finalmente inventó sus propias letras y canciones. Por supuesto todas esas canciones estaban en el interior de su cabeza, ya que no tenía manos para escribir. Pero eso a él le daba igual.

¡Cómo recordaba las palabras de aquella mujer: tiene que haber algo que puedas hacer; no sé cuál es tu sitio, pero no es este!

Ya tenía una respuesta a esa primera pregunta. Cantar, cantar y cantar.

Sin embargo, no sabía que pudiera haber una respuesta a la segunda: ¿cuál sería su sitio?

Por extraño que parezca, el joven cantante había acabado por sentir cariño hacia el viejo mendigo. Al menos, lo había recogido al borde de un lago cuando los demás, incluso sus familiares lo repudiaron, y le había enseñado un oficio que le permitía subsistir. Por ello cuidaba del viejo, con el que vivía en una casa modesta a las afueras de la cuidad, y acudía a darle de comer y preocuparse de que tomara sus medicinas, ya que el viejo era incapaz de caminar. Una noche el viejo se puso a delirar más de la cuenta, y como todos aquellos que se acercan a la muerte, tuvo una conversación con un espíritu afín, que le dijo:” es tu momento, dame la mano, ven conmigo.” Y el viejo, haciéndole caso, como un niño que desea que lo abracen, se fue.

Por las calles se rumoreaba que había llegado la democracia, la democracia, que en aquel pequeño rincón de África sonaba a riqueza y libertad. Todos andaban por la calle festejando sin saber muy bien qué. Era una noche fresca y agradable, y se celebraba una fiesta improvisada en honor de la recién nacida democracia.

Aquella noche, con el pecho encogido de dolor por la muerte del viejo mendigo, se acercó a la plaza de todos los días y cantó, con la voz más bella y triste que se pueda haber escuchado en ese lugar, un montón de canciones sencillas y antiguas.

Los transeúntes se arremolinaban a su alrededor. Subido a lo alto de unas escaleras cantaba, mientras los niños invadían alegres los peldaños, los amantes se abrazaban y bailaban con acompasada melancolía, los ancianos recordaban su niñez, y las almas pesarosas y solitarias encontraban consuelo en su voz.

Cuando ya era muy tarde y quedaban unas pocas personas a su alrededor, y el joven y apuesto cantante sin manos, cantaba más bajito, acompañado de las voces dulces de los niños expósitos de la ciudad, unos ojos de mujer se cruzaron con los suyos, y la reconoció.

Dejando de cantar se acercó a ella, que ahora era toda una mujer madura y de rostro algo cansado, y le dijo:

-Donde has estado todo este tiempo. Te esperé y esperé, pero no volviste a aparecer- dijo con un ligero aire de reproche en su voz.

-Oh, hombre dulce, el mismo día que te vi y hablé contigo tuve que huir para no caer en manos de los militares, que me hubieran torturado y asesinado. Hoy he vuelto para construir la democracia.

La mujer mostraba tal sinceridad con sus palabras, que el rostro del joven se dulcificó. Con mucha emoción le dijo a esa todavía bella mujer unas palabras que había ensayado desde hace tiempo en su imaginación, y que por fin podía pronunciar delante de su destinataria:

-Tenías razón. Había algo que podía hacer: cantar y, como ves lo hago de maravilla. Pero, me faltaba la respuesta a la otra pregunta, y esta noche la he encontrado.

-¿Cuál es el sitio para ti?- pronuncio ella, demostrando recordar la antigua conversación.

El joven tragó saliva porque sentía que iba a decir unas palabras importantes:

-Este es mi lugar, alrededor de toda esta gente pobre y que sufre.

-Pues entonces- le dijo ella, llorando por no haber podido venir hasta ahora en busca del niño sin manos y sin pies-, tu lugar es el mundo.

 

 

Manolo Yagüe.