¿A QUÉ HORA PASA EL TREN?

Vieja estación de tren de Vega de Terrón, Florian Vicente

Los dos viejos salieron de madrugada embozados en sus raídos abrigos, pues todavía refrescaba por las noches, sin hablarse en todo el trayecto, en dirección a la apartada estación de Blesedau. Cuando llegaron al andén cubierto escasamente por un porche medio derruido, no encontraron a nadie allí. La oficina estaba cerrada y por los cristales sucios se veía tan sólo una pequeña habitación y en su interior una estufa, un banco de madera y un mostrador donde se vendían los billetes. Un gran mapa de Alemania amarillento, anterior a la guerra, estaba enmarcado en una pared, con sus extensiones inconcebibles. Los viejos, que vivían ahora otra vez en Polonia, esperaron sin inmutarse sentados en el banco de piedra que descansaba, algo desgastado de pintura y humedades, bajo el porche de la pequeña estación.

-Ha de pasar- dijo el marido, que llevaba por nombre Zopec.

Era lo único que se le ocurría decir. Zopec era un ganadero grueso de cinturón, de una estatura desmedida y un rostro temible. Acostumbraba a maltratar a su mujer y a sus vacas, robaba a los vecinos si se presentaba la ocasión, y bebía sin cesar. Su olor rancio y su mirada torva contribuían a que los vecinos del pueblo de Blesedau y sus alrededores evitasen en todo momento su contacto. Zopec se tornó huraño durante la guerra, aunque otras versiones no tan seguras afirman que ya lo era desde el mismo nacimiento.

-¿Y si no pasa?

Respondió la mujer. Basia era ancha de espaldas, había perdido el pelo de la cabeza —por lo cual siempre llevaba un pañuelo negro anudado—, pero no el de la barba, que le crecía en recios tallones canosos, que a duras penas se molestaba en quitar. Había ejercido de partera cuando los médicos no llegaban a la localidad, con los escasos conocimientos adquiridos en el trato con las reses. Como consecuencia Blesedau había sido el pueblo con mayor mortandad infantil de la región, y posiblemente de Europa, durante sus inestimables maniobras para traer bebés al mundo.

Basia sufría fuertes retortijones en el bajo vientre desde hacía una semana, cada cinco o diez minutos. Por fin convenció a su marido de que le llevase a ver a un médico en la ciudad.

Luego de más de dos horas de esperar entretenidos en esa misma conversación, se asomó un tipejo que no mediría más de metro cincuenta y que apestaba a vino, con el traje gris de la compañía de trenes agujereado y remendado en veinte sitios, y cubierto de una visera oficial de aspecto misérrimo, que igual servía para refugiar del sol que de la lluvia, hacía de cesto para huevos de gallina o valía de almohada.

Se quedó mirando a la extraña pareja, como si se hallase frente a una visión y, después, se tambaleó hasta la puerta. Del remendado bolsillo de su pantalón sacó un llavín y, tanteo a tanteo, se fue acercando con la punta metálica al ojo de la cerradura hasta que acertó. Abrió la puerta y sin disimulo se tumbó en el banco de madera de la oficina a dormir.

Los viejos no tardaron ni cinco minutos en entrar en la oficina.

—Queremos dos billetes para la ciudad— zarandeó Zopec al tipo que dormía la mona en el banco.

—¡No molesten, que estoy durmiendo!

—¡Venga, levántate, pellejo de víbora!— rugió Basia. En ese momento estaba sufriendo uno de los horribles retortijones y su cara se ponía roja, casi morada.

—Bueno, bueno, no se ponga usted así— contestó el tipejo, quitándose dos legañas verdosas—.  Queda mucho para que pase el primer tren.

El tipejo no recordaba ni su nombre verdadero aunque todos le conocían por su mote: Cagarruto.

—¿A qué hora pasa el tren?— pregunto Zopec.

—Bueno, en fin, eso es difícil de calcular. A media mañana…, a mediodía…, a eso del anochecer… Según y cómo— respondió meneando  las pulgas de su cabellera, que de inmediato saltaron para buscar un nuevo acomodo.

—Pero ¿entonces no pasa siempre a la misma hora?

—Jamás.

La afirmación de Cagarruto fue tan firme que no dejó lugar a dudas.

—¿No tendrá usted para hacer un café? Le pagaremos— propuso Basia.

—Claro, claro, y bollería recién horneada. ¿Dónde creen ustedes que han venido a parar? Al Palacio de los Zares. Esta es una humilde estación de tren que ya no aparece ni en los mapas. Les puedo ofrecer una sabrosa infusión que elaboro con plantas medicinales, y de cuya fórmula tengo yo la receta. Observaran que soy un hombre delgado— y al decirlo se subió los pantalones varias veces por encima de la cintura como hacen los payasos en sus números de circo—: sigo una dieta estricta. Pero gracias a la infusión me mantengo en forma.

Para demostrarlo abrió los brazos en cruz y los subió y bajó como un colegial haciendo gimnasia.

—Tomaremos de lo que se ofrezca. Hemos traído pan y queso para el desayuno. Así que nos parece bien —repuso Zopec henchido de confianza ante aquel despojo humano polaco. Zopec se consideraba alemán, y aseguraba que Basia era otro despojo polaco a pesar que los dos eran del mismo pueblo desde el nacimiento.

Cagarruto salió disparado en busca de sus hierbas especiales y volvió en un periquete, con un puñado de hierbajos arrancados del borde del sendero. Llenó una tetera oxidada con agua de un garrafón que escondía bajo el mostrador, y la puso sobre la estufa. Encendió la estufa con papeles de periódico del tiempo de la guerra y unos troncos menudos, y en unos minutos estaban los tres en el banco sorbiendo té de sus tres tacitas de auténtica porcelana, igual que tres embajadores en una recepción principesca.

—¿Dónde se hizo usted con las tacitas de porcelana? —preguntó Basia, que estaba deseosa, cual imberbe damisela, de entablar conversación con Cagarruto.

—Oh, es parte de los objetos que los judíos fueron dejando cuando tuvieron que irse de aquí. He vendido casi todo, pero todavía me quedan algunas cosas. Como estas tres tazas de porcelana de bohemia o el cuadro que ven ahí, ¿a que parece mi familia? —Cagarruto señaló una fotografía de gran tamaño en la que aparecían una veintena de judíos de diferentes edades y sexos, miembros todos ellos de una misma familia, que posaban con alegría y confianza en el jardín de su mansión—. Pues no, no lo es. Pero hace tan bien en la pared. Como yo no tengo familia.

Cagarruto se compungió unos segundos. Finalmente añadió:

—Y este diente de oro.

Cagarruto abrió la boca todo lo que pudo y mostró a sus compañeros de tertulia el diente de oro que lucía en la mitad superior de su cariada dentadura.

—Los judíos lo dejaron todo cuando se marcharon, la verdad —observó Cagarruto con normalidad—. Por entonces sí que pasaban por aquí trenes: iban llenos hacia el este, y volvían vacíos, no sé por qué. Fue la mejor época de la estación, sin duda —Cagarruto pareció tornarse nostálgico, pero enseguida se repuso—. ¡Que se le va a hacer! Así son las cosas. Ahora vivimos más tranquilos. No hemos de temer a los de un lado, ni a los del otro. Mientras tengamos de beber y comer.

—Bien dicho.

Basía alzó su taza de porcelana para brindar por ello, sin darse cuenta de que con las tazas de té no se acostumbra a proponer brindis. Pero los otros no se anduvieron con remilgos y brindaron de buena gana.

Basia empezó a encontrar sabroso el mejunje que estaban bebiendo y propuso sacar algo de viandas.

Comieron con satisfecha parsimonia el recio pan y el pedregoso queso que traía el matrimonio en el zurrón. No hablaron hasta dar despacho a ese asunto, tras el cual Basia dijo:

—Parece que las hierbas medicinales han hecho su efecto. Los retortijones no son tan fuertes.

—Vaya si quiere usted a cagar a la parte de atrás de la estación —dijo Cagarruto, sin reparar en que tenía al marido delante.

Zopec le largó un pescozón a Cagarruto que envió su gorra de plato a varios metros de distancia.

—Muy amable, pero no se moleste usted —respondió Basia, sin tomar en cuenta la reacción de su marido—. Cuando tenga que ir se lo haré saber.

Cagarruto inclinó la cabeza hacia la que ya consideraba toda una dama.

—¿Se puede saber qué asunto les lleva a la ciudad?

—Esta —dijo Zopec como si estuviera hablando de una de sus vacas—, que tiene retortijones y quiere ver a un médico. No me ha dado hijos sabe. Seca por dentro, así es. Si hubiera sido una vaca, hace tiempo la hubiera sacrificado. A lo mejor todavía lo hago.

—Los médicos no sirven de nada, les aseguro. Una vez en la guerra uno quiso cortarme la pierna derecha. Menos mal que me desperté a tiempo, antes de que el serrucho tocara hueso. Le dije: cosa la pierna y deje actuar a la naturaleza. Y ya ven, me salve la pierna.

—Pues no se nota la cojera —afirmó Basia juguetona.

—Tú calla —cortó Zopec—. No ves que está más cojo que una mula coja.

Después de la grata conversación, los tres quedaron callados, dormitando y dándose de cabezadas. Basia estaba en medio, y como si se encontrase dormida y sin querer, metía su mano de vieja por el bolsillo de Cagarruto, que tenía un oportuno agujero dentro. Cagarruto no estaba para muchos trotes pues venía de pasar la noche de juerga. Dormido, creyó que estaba en un sueño. Zopec roncó todo lo que le dio la gana.

Al cabo de la hora más o menos se despertaron.

—Te sigue doliendo la barriga —preguntó Zopec a su esposa.

—Me duele menos, pero no es cosa de volvernos ahora. Hay que ir al médico, no quiero morir sin que me vea.

—Pues entonces, boñiga de cerdo polaco —dijo, dirigiéndose a Cagarruto—, sería conveniente que nos vendiera unos billetes de tren.

—Como ustedes deseen.

Cagarruto, con su habitual ligereza de cuerpo y espíritu, se dirigió a la ventanilla y alzó la voz:

—¡Pasen los siguientes!

Zopec se acercó y extendió un billete bajo la ventanilla enrejada.

—Disculpe señor,  las tarifas han subido. ¿Hace mucho tiempo que no viaja usted en tren?

Zopec no había montado en un tren en su vida y se acaloró de la vergüenza. Como no quería pasar por un paleto sacó cinco billetes más y los paso bajo la ventanilla con la esperanza de que fuera suficiente.

En ese momento Cagarruto echó un vistazo a Basia y recordó que había tenido un sueño. Se quedó embobado, pues no había tenido contacto con una mujer desde hacía veinte años, y se sintió como un mozo de cuadra. Es decir, dispuesto a todo. Los ojos de Basia y Cagarruto cruzaron sus miradas, y chisporrotearon un segundo.

—Me das los billetes o qué.

—Oh sí por supuesto —Cagarruto retornó de su ensimismamiento a sus obligaciones profesionales. Le tendió dos billetes de un fajo carcomido—. Espero que tengan ustedes un buen viaje.

Luego se agachó e hizo como que manipulaba una caja fuerte, dando golpes con un hierro en el suelo, y se guardó los seis billetes de Zopec en el calcetín.

La vieja Basia no tenía ya asomo de dolores, aunque fingía de vez en cuando algún retortijón para no tener que volver a casa ahora que la cosa pintaba tan bien.

Carrarruto, al sentir la punzada del deseo, se puso a pensar la mejor manera de deshacerse por un buen rato del animal de Zopec.

Se le ocurrió que si sacaba una de sus botellitas de orujo de miel, elaborado de su propia cosecha, Zopec se animaría a beber hasta perder el conocimiento.

Zopec no hizo ascos a la botella, la agarró para sí solo, y como si fuera agua pura que brota de un fresco manantial, se la bebió sin respirar.

Basia y Cagarruto se contuvieron de beber, aunque no les faltaba sed.

—¡Eh, tú, despojo polaco! No tendrás otra botella de este mejunje asqueroso.

Cagarruto sacó otra botella.

De nuevo Zopec se la bebió a buen ritmo.

—¡Eh, tú, despojo polaco! No tendrás otra botella de este mejunje asqueroso.

Así sucedió hasta siete veces. Basia ya había perdido toda esperanza, y Cagarruto empezaba a temer por el destino de su bodega, cuando los primeros síntomas de ebriedad se manifestaron en Zopec:

—Si hubiéramos hecho lo mismo con los polacos que con los malditos judíos, la cosa estaría arreglada —rugió Zopec—. Pero faltó tiempo.

Dicho esto, se levantó y se acercó a Cagarruto con la intención de agarrarlo por el pescuezo. Cagarruto  saltó por encima del mostrador, y empuñó un hierro que mostró en tono de amenaza.

—Da igual, ya te pillaré. En cuanto a ti, perra polaca, te voy a dar una paliza en casa como no has recordado en tu vida —y lanzó una patada a Basia sin alcanzar su objetivo.

Cagarruto sacó dos botellas más del licor de su cosecha, y se las tendió a Zopec, que se había sentado en el suelo, pues ya le costaba caminar. Luego agarró de la mano a Basia, y la sacó a la calle:

—¡Dónde vais, excrementos de burra polaca! Da igual, ya os pillaré.

—No se preocupe, señor Zopec. Voy a enseñarle a su mujer un lugar donde puede aliviar su vientre. Enseguida vuelvo.

Zopec asintió con su gruesa cabezota, y siguió bebiendo y farfullando.

Cagarruto llevó a Basia a la parte de atrás de la estación, donde había un pequeño corral sin animales lleno de paja húmeda.

Una vez que se hubieron tendido en el lecho de paja igual que dos tiernos amantes, Cagarruto le habló a Basia con el ánimo acelerado por la emoción:

—Te tengo que contar un sueño que he tenido mientras dormitábamos en el banco esta mañana. Necesito contártelo, oh, Basia, porque si no lo cuento exploto.

—¿Cuál es ese sueño que me tienes que contar? —preguntó Basia emocionada ante tal escena romántica, inimaginable para ella ni en sus mejores pensamientos.

—Oh, Basia, he soñado con nosotros. Yo estaba en un dormitorio muy grande, dentro de un castillo, y tendido sobre una enorme cama con sábanas tan suaves como el terciopelo y reposada mi cabeza sobre mullidos almohadones de plumas de oca. Profundamente dormido, dormido como nunca recuerdo en mi vida haber dormido, cuando tú apareciste ataviada con un vestido de seda blanco con bordados de oro. Tu cabello relucía al sol de la mañana y tu rostro estaba sonrosado por la timidez y el deseo. Yacimos como amantes durante horas.

Basia, encandilada por el sueño de Cagarruto, no pudo contenerse:

—Lo has soñado ha sido sin duda inducido por mí.

—¿Cómo, explícate? —respondió él, que ya creía estar en manos de una bruja y dominado por la fantasía de un terrible conjuro.

—Si querido. Fui yo quien te indujo a soñar conmigo, pues mientras tú y mi esposo dormíais, aproveché para deslizar mi mano por el bolsillo de tu pantalón con el objeto de tomar la tuya. Tu mano no estaba, amado mío, pero sí hallé un oportuno agujero en el bolsillo, puesto ahí sin duda por la providencia para que yo pudiera llegar a acariciar lo que nunca hubiera imaginado volver a palpar.

-¡Oh, Basia! ¡Qué arriesgada y qué ladina! —excalmó Cagarruto, maravillado por la osadía de la mujer.

Ambos rompieron a reír, con la risa feliz que brota del amor y el deseo, y comenzaron a zafarse de sus ropas para iniciar el acto amoroso, donde discretamente les dejamos.

Una hora después, quizá dos —ya despabilados y vestidos— , Basia, que estaba terminando de ponerse la falda, sintió un terrible retortijón de naturaleza bien distinta a los anteriores. Corriendo cuanto pudo se apartó unos metros intentando protegerse de la mirada de su amante. Y allí mismo se alivió el bajo vientre con ruidos de trompetas y clarines. No duró mucho dicho espectáculo, y Basia quedó tan aliviada y serena, que comprendió que la naturaleza de los retortijones terribles que había tenido durante toda esa semana eran digestivos, y que se habían solucionado a las mil maravillas.

—Me has curado, y ni siquiera sé tu nombre.

—Mi nombre verdadero no lo recuerdo, pero me da mucha vergüenza delante de ti decirte el mote por el que me conocen.

—Da igual, yo te llamaré Iván.

Cuando por fin dieron la vuelta a la casucha de la estación, a eso de la media tarde, se encontraron a Zopec sentado en el banco del porche delante de las vías anegadas de maleza. Todavía no estaba recuperado del todo su sentido, y preguntó dónde estaba.

Basia le explicó la situación.

—¿A qué hora pasa el tren?

Cagarruto que tenía miedo de que el animal de Zopec se coscase de algo y le matase a patadas, repuso:

—Bueno es difícil de decir, pero de buen seguro que de no haber pasado todavía, ya no lo haga hasta mañana. En todo caso, yo termino mi jornada laboral en este preciso instante, así que me voy al pueblo a hacer unos recados.

Cagarruto se escabulló ante la atenta mirada de Basia.

—¿Qué hacemos? —dijo Basia.

—El tren habrá de pasar.

Zopec era testarudo como una mula.

—De todas formas, los retortijones se han pasado. Creo que ha sido gracias a té de mañana.

—Para eso me haces venir hasta aquí y perder toda la jornada —rezongó Zopec.

En ese momento vieron aproximarse por la senda que corría paralela a las vías del tren a un paisano tocado con un sombrero de paja y montado en un burro. El hombre se los quedó mirando como si se tratasen de dos ánimas.

Con parsimonia detuvo la cabalgadura y se quitó el sombrero de paja.

—¿A qué hora pasa el tren? —le gritó Zopec.

El hombre acarició a su burro con ternura, miró a su alrededor, se secó el sudor de la frente, lanzó un escupitajo al suelo y luego dijo, como si tal cosa:

—Aquí no pasa un tren desde hace por lo menos diez años.

 

“Cuentos de amor y su contrario”, Manolo Yagüe.

 

 

 

 

 

 

 

AL ESTE DE OCCIDENTE: LA IMPORTANCIA DE LOS IDEALES.

“-¿Te acuerdas, nieto –decía-, de la historia que te contaba, que viví en un refugio, con otros quince hombres, dos mujeres embarazadas y una cabra hambrienta, y que, desesperado y muerto de hambre, al final reuní el coraje necesario para bajar al pueblo? Bueno, pues no estaba desesperado ni muerto de hambre. Al menos no en el sentido físico. Simplemente, no podía soportarlo más. Los hombres hacían trampas a las cartas. Las mujeres cotilleaban. La cabra se cagaba en mis botas. Tres años después volví al mismo lugar del bosque. Quería ver el refugio otra vez, con mis ojos libres. Conté veinte pasos desde un roble torcido que usábamos como señal, encontré la entrada y bajé la escalera. Seguían allí, todos, momificados. Nadie les había dicho que la guerra había terminado. Nadie les había dicho que podían irse. No habían tenido el valor de salir y se habían muerto de hambre. Me sentía fatal. Cavé y cavé. Los enterré a todos. Me pregunté: ¿qué tipo de mundo es éste, donde la gente y las cabras mueren en refugios por nada? Y por eso he vivido mi vida como si los ideales importaran. Y al final así ha sido.”

 

Al este de occidente, Miroslav Penkov. Editorial Seix Barral.

Traducción del inglés por Daniel Gascón.

LA MALETA: UN MAGNÍFICO LIBRO DE SERGÉI DOVLÁTOV

 

 

Buena parte de la literatura que se publica hoy en día, viene de lugares apartados, Lejanos para nosotros. Otra buena parte de la literatura se escribe aquí mismo, en cocheras, sótanos, bibliotecas ruidosas, cuartuchos de alquiler, autobuses, celdas, psiquiátricos, bañeras, y no se publica jamás.

El caso de Dovlátov, pertenece a la primera categoría. Nacido en la antigua URSS, trabajó como guardia en un campo de prisioneros, y después de periodista. Hasta que no pudo soportar la persecución ideológica, y emigró a los EEUU. Le editorial RBA ha tenido el buen gusto de acercarnos esta joya de la narrativa titulada, que ya se me olvidaba, “La maleta”. La particularidad del libro es que son cuentos, pero cuentos con un denominador común: las aventuras del portagonista en la absurda URSS, y los escasos objetos que se llevó de allí después de toda una vida. Cada objeto vale por un capítulo.

Sufro últimamente un terror visceral a los escritores aburridos, y Dovlátov empieza así:

“En el OVIR, va aquella zorra y me dice:

-Cada emigrante tiene derecho a tres maletas. Esa es la norma establecida. Hay una resolución especial del ministerio.

No tenía sentido objetar. Pero, por supuesto, objeté.

-¡¿Sólamente tres maletas?! ¡¿Y qué hace uno con sus cosas?!

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo, con mi colección de coches de carreras.

-Véndala -respondió de inmediato la funcionaria; y añadió, frunciendo levemente las cejas-: Si algo no le satisface, escriba una reclamación.

-Estoy satisfecho -le digo.

Después de la cárcel todo me satisfacía.

-Entonces compórtese correctamente…

Una semana después recogía mis cosas. Y, como se vió después, me bastaba con una sola maleta. ”

 

“La maleta”, Sergéi Dovlátov, RBA editorial. Traducción de Justo E. Vasco.

 

Manolo YagÜe.