UN ARTISTA DEL HAMBRE: FRANZ KAFKA

“En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.”

 

Un artista del hambre (fragmento), Franz Kafka.

LA EXCRECENCIA: UN MICROCUENTO POÉTICO

Este cuento es un microcuento. También es un poema. También es un aviso, pues siempre hay algo que late escondido en alguna parte de nuestro cuerpo, algo maligno y enfermizo, que a veces despierta, y nos debora las entrañas con placer.

excrecencia en el tronco de un abedul

LA EXCRECENCIA

Qué es esta excrecencia que me ha salido en la espalda. No es un recuerdo ni una enfermedad. Qué es esta excrecencia, que me molesta al dormir y que quisiera se diluyese como el café soluble en la leche. Estoy persuadido de que no es mía. Tiene que haber sido mandada por alguien que me quiere. Alguien que quiere que sufra y que marque el número de la policía. Suben y bajan por la escalera. Evitan el ascensor. Se ha estropeado y un perro ha muerto al tercer día. Vienen a repararlo dos tipos disfrazados de vacas. Apesta. Cuando se hace de noche una vieja canta en el balcón. También cae rendida y la llevan en una caja acolchada. En el cajón hay unas tijeras. No me atrevo a utilizarlas. ¿Para qué sirven unas tijeras? Cuando tenía quince años me tiré por una ventana. No había suficiente altura. Estaba predestinada mi existencia. La protuberancia crece con alegría.  Tiene pelitos como de barba. Pica. Late. Ronronea. Es un bulbo gracioso. Mi amante la acaricia, y se olvida de mí. Hablan entre sí, y me dejan de lado. Corro al baño a explorarme el sexo. Las enfermedades venéreas no avisan. Vienen de un lugar enterrado con deseos de venganza. He enviado una postal a Berlín. No conozco a nadie en Berlín. Cuando vuelvo de mi periplo por el baño están jugando a las cartas y mi amante ríe con locura. Es feliz. Se quitará la vida a los veinte años. Hay un plan que incluye un atentado terrorista. Si no te implicas te rechazan. La excrecencia dice que hará todo lo necesario. Saca una pistola y la restriega por sus pechos. Es una declaración de intenciones y yo no soy capaz de ponerme a la altura. Digo que voy a degollar a un bebé. Digo que voy a quemar un bosque. Digo que voy a estafar a un jubilado. Ellos se ríen de mi esfuerzo. Han leído la postal, no sé cómo se han hecho con ella, y me la enseñan para ridiculizar mi estilo.  Pedía por favor que me mandaran una fotografía del muro. Han cerrado todas las ventanas y continúan la fiesta casi a oscuras. Tanteo las paredes, el escritorio, la cama. ¿Dónde se han metido? Enciendo la luz, pero no están. Vuelvo a apagar la luz. Se ríen como conejos. ¿Se habrán disfrazado de militares? Imagino cómo serán en este momento. Mi amante es una mujer muy delgada con pinta de drogadicta. Le sientan bien las ropas holgadas. La excrecencia parece un dictador rumano. Se ponen a follar a sabiendas de que me matan de celos. Corro hacia el cajón. Busco las tijeras. En una habitación de hotel no deberían guardar unas tijeras. Blandiendo mi arma, comido por la cólera, lanzo puñaladas al espacio donde creo que ellos están.  Se defienden, entre risas, les da placer la violencia. Siento como me atraviesan agujas de coser. De repente se callan, y unos pasos huyen hacia la puerta. Me tapo los ojos y los dejo marchar. Enciendo la luz, ya muerto de fatiga, y compruebo todas mis costuras. Estoy ensangrentado y tranquilo. Por fin se han ido y he comprendido el significado de las tijeras.

Manolo Yagüe.

LA METAMORFOSIS

LA METAMORFOSIS

 

Aquella tarde llegué muy cansado del trabajo, tosía y me dolían todos los músculos del cuerpo. En pleno mes de Febrero una ola de frío siberiano se había colado enla Península Ibérica, y no parecía con ganas de menearse. Supongo que también tenía algo de fiebre, pero estaba tan mortalmente cansado, que ni siquiera tuve fuerzas para ponerme el termómetro. Los niños chillaban como locos, jugaban a indios y vaqueros, y me disparaban a la vez, porque yo era enemigo de unos y de otros; mi mujer gritaba no se qué sobre la factura del gas, empuñaba la factura con gesto amenazante, y yo sentía, es cierto, mucho frío en esa casa, a pesar de que la calefacción, como la máquina de un expreso siberiano, funcionaba a todas horas; mi suegra me volvió la espalda cuando le dije que lo sentía, pero que mi jefe no concedía aumentos desde hacía veinte años; y mi suegro gritó desde la taza del váter, donde se pasaba las horas muertas intentando expulsar no se que clase de humores de los que nos daba cumplida cuenta en las comidas: ¡Ya te decía yo! ¡Qué es un zopenco!

Comí unos trozos de una tortilla francesa que me revolvieron el estómago. Mi suegra se empeñó en que tomase un vaso de leche caliente, y por no fastidiarla otra vez, y evitar así su cara de desprecio, me tomé el vaso de leche. Pero no puede evitar de todas formas su cara de desprecio, que continúo todo el tiempo que tardé en beberme el dichoso vaso.

El vaso de leche me sentó como un tiro. Tenía ganas de mear. Pero mi suegro no parecía dispuesto a abandonar su preciado trono. Me tomé una aspirina, que por el aspecto de su caja parecía caducada, y me fui a dormir.

-¿No les vas a contar un cuento a tus hijos antes de dormir?- me dijo mi mujer al cruzarse conmigo en el pasillo.

-Esta noche cuéntaselo tú, por favor, que no me encuentro bien.

-Bueno, bueno, pero luego no te quejes de que tienen pesadillas por las noches.

-Pues no les hables de cuerpos degollados ni de borrachos asesinos, cuéntales el cuento de caperucita. Y ahora, por favor, querida, déjame descansar un rato.

Por fin cerré la puerta del dormitorio matrimonial y respiré. Me quité los zapatos y masajeé mis pies entumecidos. Me desnudé y me puse el pijama de cuadros, que era algo más caliente que el de rayas. Algo de alivio sentí al tumbarme en la cama entre sábanas limpias, y tapado por las mantas hasta la barbilla. Apagué la lámpara de la habitación y dejé entrar la luz de la calle, por temor a marearme en medio de una oscuridad total.

Algún efecto debió hacerme la aspirina, porque me quedé dormido durante un rato. Cuando me desperté chorreaba sudor por todos los poros de mi piel, lo cual juzgué bueno, pero era un sudor frío, y en ese preciso instante mi estómago se encogió como una vieja rata aplastada por la rueda de un camión, y me quedé contraído al borde de la cama. Luego sentí una feroz presión gaseosa en la boca del estómago, y cuando esa compuerta se abrió, no pude detener un chorro rabioso de vómito, que cayó a mis pies, justo en la alfombra de los perros que juegan con un balón de playa. Varias arcadas más terminaron de vaciar el estómago de comida, pero aún estuve unos minutos escupiendo bilis, en chorros que colgaban desde mi boca a la alfombra.

Me encontré tan a gusto por haberme quitado el revuelto de encima, y por haberlo hecho en esa alfombra que tanto odiaba, que por unos instantes ni me moví.

Pero mi paz no fue demasiado duradera. Mi mujer gritó desde el pasillo:

-¿Qué pasa querido? ¿Estás bien? Los niños quieren que les cuentes un cuento.

Salí de la habitación.

-He vomitado, pero ya estoy mejor.

Toda la familia estaba asomada al pasillo.

Qué asco, como huele, vaya mierda, que cerdo eres papá, mira como lo has puesto todo, no te da vergüenza, eres un zopenco.

Con las zapatillas manchadas por mi propio vómito, y la cabeza gacha, fui a sentarme un momento en el sillón. Pero todos corrieron como buitres a colocarse en los mejores asientos. Mi suegro y mi suegra ocuparon los sillones, mi mujer el lado derecho del sofá, y un puñado de niños se apiñaban en el lado izquierdo. Las niñas pequeñas jugaban tiradas en el suelo. Me senté en una silla de madera, incomodísima.

-Por qué no vas a limpiar la habitación- le sugerí a mi mujer.

-Luego, luego, cuando termine el Un, dos, tres.

-Pero mujer, que va a oler a pestes la habitación.

-Deja a mi hija en paz, que ya tiene que aguantar bastante.

Me callé y me dispuse a seguir el programa. Todos reían y gritaban felices. A mi no me hacía ni puñetera gracia. Nunca me había gustado ese preograma, gusto que mi familia achacaba a mi soberana estupidez.

Cuando estaba la cosa por terminar, y quedaba todavía el premio del apartamento en Alicante, mis intestinos se manifestaron de la forma más brutal que pudieran manifestarse intestinos humanos, y del tremendo retortijón del vientre, un sonoro gas explotó en mi culo, arañándome el esfínter. Todos se quedaron callados, hasta los concursantes de la tele, y luego prorrumpieron en una risotada general, hasta el público de la tele, con una rabia y una falta de pudor enfermizas.

Qué asco, como huele, vaya mierda, que cerdo eres papá, mira como lo has puesto todo, no te da vergüenza, eres un zopenco.

Me levanté de la silla y para mayor vergüenza mía, efectivamente lo había puesto todo perdido; y además, al levantarme, otro retortijón me sobrevino, y sin casi tiempo me lancé a por la taza del váter, que por suerte a estas horas ya no ocupaba mi querido suegro. A punto de cerrar la puerta del excusado, el pie de uno de mis hijos me impidió la maniobra, y allí todos se asomaron para observar, escuchar y exhalar los efluvios que salían de mis entrañas. Una mezcla de ruidos de cañerías averiadas, de olores sulfurosos, y de gestos extraños de mi cara, que hicieron las delicias de la familia al completo.

Terminada la operación, me incorporé, al parecer con tal cara de muerte, que se hizo el silencio, y todos se escabulleron para sus habitaciones.

-Nos hemos perdido el final del Un, dos, tres.- dijo uno de los chicos.

-Va, total, no se han llevado el apartamento.

Me quedé a solas en el baño. Me quité los pantalones del pijama, y los calzoncillos, y los puse en remojo en la bañera. Limpié un poco las zapatillas manchadas de vómito con papel higiénico, y me enrollé una toalla a la cintura. Efectivamente, mi cara debía causar temor. La piel de mi rostro estaba entre verde y amarilla, parecía tan delgado como un judío salido de Auschwitz, las ojeras me llegaban hasta los tobillos, mis ojos estaban fuera de sus órbitas, y tenía una expresión desencajada.

Me lavé la cara con agua fría. Salí de esa guisa del baño, y me encontré con mi mujer que llevaba en una mano el cubo de la fregona y en la otra la alfombra chorreante de vómito.

-Anda, y vete a contarles a los niños el cuento, ahora que estás mejor.

Por alguna razón extraña, en tal estado de humillación y abandono, obedecí como un autómata, sin tan siquiera rechistar.

Cuando entré en la habitación de mis hijos, que se apiñaban como lebreles en las literas que rodeaban el cuartucho, todavía se reían de la escenita de su papá. Vaya pedos, eh, papá. Joder como olía. Niña no uses palabrotas. Pdrrrrrrrrrrrrrr. Ja, ja, ja. Bueno callaros ya, y tumbaros que voy a contaros un cuento.  Hoy mejor no nos lo cuentes papá, dijo la niñita mas pequeña de todas con su carilla de ángel, hoy no nos cuentes el cuento que hueles mal.

Sin capacidad de responder, le di un tierno beso a la niña en la frente, apagué la luz y cerré el dormitorio.

Me acosté en la cama matrimonial, con ese tufo de vómito mezclado con lejía. Mi mujer apartó su oronda figura, para hacerme un hueco.

-Menos mal que te has recuperado, yo te veo mucho mejor.

-Estoy tan cansado, que me siento morir.

-Anda, anda, que eres un exagerado. Además hoy te he encontrado muy apuesto. Te sienta bien la corbata.

-Creo que mañana no voy a ir a trabajar.

-Pero te descontarán el día.

-Un día de trabajo ni se va a notar.

-Anda cariño, ven aquí, ponte encima, y hazme el amor.

-Qué quieres ahora, de qué te has encaprichado, no ves que estamos hasta el cuello.

-He visto unos zapatos de piel, buenísimos. Anda venga, amorcito, ponte encima, que yo te digo guarradas al oído, que se que te gustan.

Yo por lo general no desperdiciaba la ocasión, que solía presentarse de pascuas a ramos. Pero esta vez estaba tan cansado que no podía ni moverme.

-Lo siento, pero no voy a poder.

-Bueno, bueno, tú verás lo que haces- me amenazó mi mujer dándome la espalda-. ¡Mañana te presentas a trabajar, como que yo me llamo Pepa!

Excepcionalmente, aquella noche dormí como si estuviera en el cielo.

Cuando sonó el despertador, no me hizo falta encender la luz, ni levantarme de la cama, ni mirarme en el espejo, para saber que me había convertido en una cucaracha.

 

 

 

Manolo Yagüe