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UN HUESO DE CIRUELA (Historia verdadera)

 

La madre había comprado ciruelas, y queriendo distribuirlas entre los niños al final de la comida, púsolas en un plato.

Vania nunca había comido ciruelas, y aquella fruta le tentaba mucho; la había olfateado y deseaba probarla; así es que no cesaba de dar vueltas en torno al plato. Solo en el aposento, no pudo resistir la tentación; tomó una y se la comió.

La madre contó luego las ciruelas y vio que faltaba una.

Se lo dijo al padre.

Y en la mesa, el padre preguntó:

—decidme, hijos míos, ¿alguno de vosotros se ha comido la ciruela?

—No —respondieron todos.

Entonces agregó el padre:

—Si alguno de vosotros se la ha comido, no está bien, pero esa no es la desgracia verdadera; la desgracia es que las ciruelas tienen huesos, y que si se traga uno de esos huesos, se puede morir a las veinticuatro horas. Y he aquí lo que temo por vosotros.

Vania palideció y exclamó:

—No temáis, porque arrojé el hueso por la ventana.

Todo el mundo rió y Vania se echó a llorar.

 

Leon Tolstoi.

 

Recogido en la Antología de la literatura infantil Universal, Tomo II, de Carmen Bravo-Villasante.

CÓMO NO ESCRIBIR UNA NOVELA

“Como no escribir una novela” (Seix Barral), es uno de los libros más divertidos que hay en el mercado si lo que quieres es dedicarte al oficio de escribir. Aprenderas a distinguir los errores que hacen de las novelas textos impublicables.

Más de un escritor conocido se puede poner colorado recordando ese pasaje de su novela de éxito en el que cometió el fallo que se ilustra con ácido humor en el libro.

Aprender de los errores es la única manera de aprender. Y morirse de risa leyendo un manual de fallos de principiante, un método infalible para no tomarse tan en serio la propia escritura.

Los autores, Howard Mittelmark y Sandra Newman, nos enseñan a disfrutar con un humor desvergonzado de ese otro reverso de la buena literatura: la literatura infumable.

Pero cuidado: nadie está exento de cometer errores de este tipo. Ni el mismo menda que les recomienda con pasión esta lectura.

 

Manolo Yagüe.

 

EL COMEOREJAS

Inspirado en los Caracteres Morales de Teofrasto, en los Cincuenta caracteres (el testigo oidor) de Elias Canetti, en el humor que busca los defectos en los tipos humanos  para solazarse un tanto y compadecer un mucho, he compuesto este pequeño fragmento que espero les guste, y encuentren a quien acomodarlo. Y si se sienten reflejados, como si se mirasen en un espejo de bruja, no tengan en cuenta al autor, que tantos defectos acumula en su persona; mejor rían y lloren de emoción. O traten de perfeccionar este particular rasgo distintivo de su caracter.

 

 

EL COMEOREJAS

El comeorejas se acerca mucho para hablar, y habla en susurros. Aunque no tenga nada que decir, todo son secretos, secretos que él conoce de primera mano, y que suelta en confesión a quien tenga delante, sin importarle si es obispo o masón. El comeorejas nunca se asusta ante una conversación. Pero aunque dirija su discurso a un grupo, siempre lo hace como si sólo hablara a la persona que tiene a su lado, preferentemente a su izquierda. Es un experto del susurro, pues lo ha ensayado delante del espejo esa misma mañana, por enésima vez, dejando un circulito de vaho, en el que luego dibuja un corazón. Como experto del susurro, el comeorejas siempre adopta el tono necesario para ser escuchado, pero no tan fuerte como para que el oído de la víctima no tenga que hacer un pequeño esfuerzo por escuchar. Es importante este dato, pues todo secreto ha de obligarnos a forzar oído e imaginación.

El comeorejas elige el momento, y si no lo encuentra, no habla. En eso se diferencia del charlatán o del bocazas. Puede pasarse en silencio una velada si no encuentra campo propicio. No es, por tanto, una hiena de la palabra. Actúa como un tigre o un jaguar. Es sigiloso, pues sus zapatos parecen gamuzas, de tan poco como resuenan en el piso, más bien bisbisean.

El comeorejas, una vez te atrapa no te suelta, ni tú puedes desembarazarte. Ha habido comeorejas que me han seguido durante todo un día, pegados a mi costado, y que incluso han acabado metidos en mi cama, contando secretos que no interesan a nadie, y que a la mañana siguiente no era capaz de recordar.

Te dirá:

—Hay un asunto confidencial que quiero tratar contigo.

—Acércate —aunque quien en verdad se acerca es él—, que te cuento un secreto.

—Te voy a contar una anécdota que no te vas a creer.

Por desgracia el comeorejas se beneficia de la débil condición humana, dotada genéticamente para el chisme, el sexo, la comida y la venganza.

Por eso el comeorejas es un individuo feliz, pues sus dotes se ponen en práctica en cada encuentro.

El comeorejas, por lo demás, no necesita cultivar la amistad verdadera, pues le entorpecería para  ejercer su pasión, ya que debería dedicar un tiempo demasiado largo a escuchar al amigo. Tampoco suele agradecer el matrimonio, salvo si se casa con una sumisa, frígida y crédula mojigata, en cuyo caso tal pareja es irrompible. Pues el comeorejas no se preocupa por el sexo, únicamente por las confidencias que trae consigo el sexo.

El comeorejas se acerca a ti, y aunque des un paso atrás, el da uno adelante. No es cobarde. Valiente tampoco. Nunca arriesga. Es calculador, y suele ser tacaño a escondidas, y pródigo por necesidad social. Aunque jamás tendrá problemas económicos. Viste bien, demasiado a la moda, y tiende al amaneramiento, pues le ayuda a rodearse de mujeres ansiosas de chismorreos. Por eso a veces abusa de la colonia. Es su principal defecto de carácter.

 

 

Caracteres, Manolo Yagüe.

PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A partir de la lectura de Álvaro Cunqueiro y sus «Tesoros y otras magias», inspirado como no por el paisaje de Lugo, Viveiro, y la fantasía como refugio del hombre humilde, he escrito en una tardecita (que rima con tacita), en un hueco entre los llantos de un niño y los llantos de otro niño, este pequeño cuento sin moraleja, o con una muy tonta: «Cuidado padre cuando te pongas el calcetín.»

Para saber mas de Álvaro Cunqueiro, visiten la información del Centro Virtual Cervantes; o compren un libro, coño: http://cvc.cervantes.es/actcult/cunqueiro/

La cerámica de Sargadelos alimenta la imaginación

 PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A la hora de la siesta, durante las vacaciones de verano, jugando el pequeño Perucho al escondite con sus hermanas se escondió en el calcetín de su padre. En ese momento su padre despertó de la siesta y con los ojos entrecerrados por el sopor se puso un calcetín, se puso otro calcetín, ser puso un zapato y se puso el otro, y zas, de un brinco aplastó al pequeño Perucho, el menor de sus hijos y al que mas quería, pues era el único varón, además de bueno y callado. Don Pedro notó el crujido de los huesos y la viscosidad de algo así como una lagartija en el pie, y juraría que un gemido, pero tan débil como el de un ratón.

Se quitó el calcetín y allí estaba Perucho: un revoltijo de niño, donde apenas se adivinaba el ojo verde, el pelo negro y rizo, la nariz chata, los bracitos pecosos y los dedos de los pies portadores de una peculiaridad inusual en un humano: eran dedos unidos por una película o fibra o tejido, lo cual los tornaba palmeados como los de un pato.

Don Pedro lloró con amargura por la suerte de Perucho. Su decimoquinto hijo; nació sietemesino, canijo, en una noche de tormenta, consumida ya la madre por los partos y sin leche que dar. Fue amamantado por una perra Yorkshire, y de ahí el escaso crecimiento de la criatura. Don Pedro quiso que su primer hijo varón llevase su nombre, después de catorce hijas gritonas, caprichosas, mandonas y manirrotas, pero la mamá y las celosas hermanas lo apodaron Perucho, haciéndole de menos, menos todavía de lo que ya era.

Cuando don Pedro, alarmado, les enseño a su mujer y a sus hijas el revoltijo de Perucho, ellas no le dieron mayor importancia: «era de esperar que un día acabara aplastado, lo extraño es que hubiera aguantado tanto», dijo su mujer, sin apartar un instante el helado de cucurucho  de dos bolas sabor chocolate y vainilla que se estaba zampando.

Don Pedro se preguntó qué hubiera pasado si hubiera aplastado a la perrita yorkshire, aunque se imagino una escena de llantos femeninos digna de un coro de plañideras.

A Perucho no se molestaron en prepararle entierro. Las hijas dijeron que se le quemase en la barbacoa del jardín; se le arrojase por la borda de la lancha motora; se desperdigasen sus restos en un paseo a caballo; se guardase en una caja de zapatos y se tirase al contenedor de la basura. La madre le dijo a don Pedro: «Sácame ese bicho asqueroso de casa. No quiero verlo, me da igual lo que hagas con él».

Don Pedro recogió con sumo cuidado los restos de Perucho, los guardó en una cajita de porcelana de Sargadelos y salió abatido de casa con los restos de su hijo predilecto en el regazo. No sabía a dónde acudir, ni cómo enterrar a su Perucho, ni que ceremonial sería adecuado para honrar como es debido el amor que padre e hijo se habían profesado.

Cuando se cruzaba con algún vecino le decía: «Voy a enterrar a Perucho». Pero como era una tarde de mucho calor, y la caja de porcelana apenas ocupaba la palma de la mano de don Pedro, todos pensaron que el seso del hombre se había reblandecido dentro de su cráneo por efecto de las altas temperaturas y que ya retornaría a su estado normal con un baño en la playa o con la fresca de la noche.

La verdad es que don Pedro no quería enterrar a Perucho.

No lo quería enterrar porque había leído infinidad de cuentos de hadas en los que un niño es salvado de forma misteriosa por un conjuro. Así es que subió a un mirador desde el cual se dominaba la costa lucense, con sus pedruscos recortados por el mar en calma. Allí permaneció toda la tarde, observando el atardecer, y toda la noche, en duermevela, sin que aparición fantasmal, hada, mago, encantador, animal con cualidades humanas, santo o santa, se le apareciera, y le ayudase a recomponer a Perucho.

De madrugada, cansado, y abandonada su fe, arrojó la cajita de porcelana con Perucho acantilado abajo, donde escuchó el crujido del recipiente al estrellarse con uno de los farallones.

«Triste destino el de mi pequeño Perucho: servirá de alimento a las voraces gaviotas y a los peces mudos», fueron sus palabras de despedida.

A la tercera noche, don Pedro despertó sobresaltado por un sueño de mares profundos y chillidos de gaviota. Como un autómata salió a la calle en pijama y caminó con la fresca hasta el borde del mar. Se sentó en una roca que semejaba un huevo prehistórico y observó como las gaviotas desmenuzaban un cordero que se pudría en un bajío rocoso. No tardó mucho en verse Don Pedro rodeado de grises sombras de gaviota en el amanecer. Parecían ansiosas por acercársele y tentarle con los picos.

—¿Eres tú el padre de Perucho?

Le dijo una de ellas con su molesto graznido, que actuaba como portavoz de las más.

—Soy yo  —don Pedro apenas se extrañó de escuchar hablar a una gaviota—. ¿Dónde está Perucho?

—¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! —gritaron a coro todas las aves.

—Y, ¿a dónde se fue mi pequeño Perucho?

—Se enroló en el barco del gigante Ambabrod, que lo recompuso con pegamento de ballena y lo alimenta con carne cruda de atún.

Don Pedro se emocionó y respiró con alivio. Se sentía tan culpable de haber aplastado a su hijo al ponerse el calcetín, que al comprobar que estaba vivo dejaron de caérsele los dientes de la boca: durante aquellas noches infaustas había perdido hasta diez.

—¿Podré volver a ver a Perucho algún día?

—Lo dudo  —le dijo la gaviota jefe—. Sin embargo, cuando quiera tener noticias de él pregunte a las gaviotas del puerto y le darán mensajes suyos.

—¿Dejó alguno antes de irse? —Don Pedro temía cualquier reproche de su menudo retoño, y quería aliviar su conciencia.

—Por supuesto, dejó un mensaje.

—¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! —gritaron a coro las tontas aves.

—El mensaje fue el siguiente: «Padre lávese los pies todos los días, que huelen a queso de cabra. »

Don Pedro se quedó perplejo, sin habla. Pero enseguida reconoció el fino humor de Perucho, que no se preocupaba de asuntos sin importancia. Don Pedro se apartó del círculo de las gaviotas, que ya pugnaban con sus picos por deshacerle el pijama, y volvió a la cama con la cara de los bobos felices, a acostarse con la bruja de su mujer.

A partir de ese momento, don Pedro no dejó de tener noticias de Perucho, que le mandaba mensajes extraños y alegres desde parajes tan alejados y exóticos como Picutí o la región de Rucahuá.

Manolo Yagüe

JUEGO CON MUÑECAS

CAPÍTULO PRIMERO: MADRID

 

A mi novia le gustaba acostarse con mujeres. Eso no era un problema. Lo que pasa es que estuve pensando y se me ocurrió qué dado que yo le perdonaba ese pequeño placer ella podría perdonarme otro: quería poder verlo.

Así que se me ocurrió que podríamos instalar uno de esos espejos en la habitación del dormitorio, de los que utiliza la policía en las series de la televisión, en los que tú puedes ver sin que te vean.

Mi novia, a la que llamaremos Amelie, me dijo: «pero no te basta con una discreta mirilla como a todo el mundo». Ella pensaba, y tenía razón, que los artistas éramos muy rebuscados. Pero logré convencerla.

Vivo en un espacioso piso en el centro de una gran ciudad- aunque la ciudad es lo de menos-, y el dormitorio principal, está justo al lado de mi biblioteca. Contacté con un inmigrante rumano que hacía chapuzas por su cuenta. Le expliqué con detenimiento todos los detalles. Quería un buen trabajo. Un trabajo del que Sade estuviera satisfecho.

El rumano no era ni mucho menos tonto. Trabajó durante toda la semana, tiró un espacioso hueco en la pared, enmarcó con un soporte de madera el espacio, rellenó los sobrantes, dio de nuevo yeso a las paredes y, por último, trajo el magnífico cristal de espejo, junto con otros dos compañeros rumanos. Al parecer lo habían robado y me aseguraban que era de una calidad extraordinaria. Me daba igual cómo lo hubieran conseguido. El caso es que colocaron aquel enorme espejo a mi entera satisfacción.

Lo que pasa es que, una vez que los otros dos rumanos vieron a Amelie quisieron quedarse a ayudar a su amigo a terminar la obra. Se quedaban gratis. No les importaba trabajar a cambio de una recompensa especial. Los largué a empellones de mi piso.

Nicolai puso los elegantes marcos a ambos lados del cristal, uno de ancho cuerpo dorado estilo imperio en el lado del dormitorio, otro de clásica madera de nogal tallado en el lado de la biblioteca, y le pagué sus honorarios por el trabajo. El rumano, que llevaba la sonrisa dibujada desde que le conté el proyecto y aún más desde que vio a Amelie, me dijo que si me parecía bien,  sería un placer estrenarlo.

Amelie estaba en la cocina tomando zumo de pomelo y leyendo una revista insustancial de moda. Serían como las nueve de la mañana.

Amelie es delgada y elegante, es flexible como un fino tallo de bambú, pero de una rara sensualidad egipcia, ya que su padre es de Siria o Libia, nunca me acuerdo. Esa mezcla árabe y francesa, hace que sea muy apreciada por los hombres. Uno siente que se estuviera acostando con una hermana de Cleopatra, o algo parecido. Cómo no, trabaja de modelo.

—Buenos días Amelie —saludé, trayendo a mis espaldas al fornido y vivaracho rumano, que portaba su habitual atuendo con ropa vieja manchada de polvo de yeso y pintura.

—Buenos días caballeros —dijo sin alzar la vista de un reportaje de maquillaje indígena. Se la veía absorta a su manera, un tanto descuidada, en el interesante reportaje fotográfico.

—Nuestro obrero, Nicolai- Nicolai puso cara de disgusto cuando le llamé obrero, se sintió quizá humillado—, me ha hecho una proposición que necesitamos consultar contigo.

—Tú tienes buen gusto, querido, para el tema de las obras. ¿Has visto Nicolai —dijo sin mirar a Nicolai— otro piso decorado con tan buen gusto en toda la ciudad?

Nicolai, que seguramente era el único piso de estas características que había tenido ocasión de ver en la ciudad, y probablemente en su vida, negó con la cabeza, poniéndose colorado.

—Sin embargo, mi adorada Amelie, en este caso tu concurso es absolutamente necesario, imprescindible diría yo.

—¿Qué es ese asunto tan importante que reclama mi atención a estas horas de la mañana?

Amelie llevaba un camisón semitransparente, mientras que yo me cubría con una ridícula bata de seda color vino, de las que llevan los ricachones de cierta edad en las películas baratas. Se puede decir que la escenografía estaba preparada.

—Nuestro eficiente albañil Nicolai, ya ha terminado la obra para la que le hemos contratado, a nuestra entera satisfacción, y por supuesto ha recibido sus honorarios. Humildemente me ha sugerido que, los tres, podríamos probar el espejo. Teme quizá que nos falle —dije para rematar la pícara proposición.

Un albañil musculado no es cosa que cualquier mujer aburrida desprecie de buenas a primeras. Aunque he de reconocer que Nicolai tenía una cara, como decirlo suavemente, demasiado étnica. Redondeada, con la forma de un pan blanco y los carrillos rosados de los habitantes de la montaña.

Amelie levantó la mirada de su revista con desdén. Me aparté a un lado, para que el pobre Nicolai fuera diseccionado por el preciso gusto para los hombres que distinguía a Amelie. Amelie lo observó de arriba abajo como si fuera un tratante de ganado, o aún peor de esclavos, y luego me lanzó una rapidísima mirada captando todos los matices de la situación.

—Podría ser. Por favor, querido, ordénale que se de la vuelta.

—Nicolai, por favor.

Nicolai, visiblemente azorado, todavía deseaba tanto acostarse con Amelie, y quién no, como para darse la vuelta, dejándose someter a esta especie de jueguecito de humillación con el que nos estábamos divirtiendo.

Amelie se tomó unos segundos, durante los cuales casi perfiló con los ojos los glúteos y las espaldas del rumano, y luego sentenció:

—Hubiera sido posible, pero no en este lugar, ni a estas horas de la mañana. Y ahora, si me disculpáis, voy a tomar una ducha.

Nicolai y yo nos dirigimos a la puerta de entrada.

—Lo siento Nicolai, las mujeres son caprichosas —y esta vez le hablé con la sinceridad con la que le hablaría a un amigo—. Siempre estamos a su merced. Sobre todo si saben que somos capaces de todo por ellas.

Nicolai me pidió que le llamase si me surgía cualquier otro trabajo o si algún amigo mío necesitaba hacer obras en casa. Le prometí a Nicolai que le llamaría en cuanto me enterase de algo. ¡Y tanto que lo llamé! En cuanto mi jueguecito del espejo corrió de boca en boca por los barrios acomodados de la capital, Nicolai no dejó de poner espejos, y en ocasiones hasta de probarlos.

Pero eso fue tiempo después, y en otro capítulo.

Todavía sucedieron unas cuantas cosas en esta historia que son dignas de ser contadas.

Continuará…, si los lectores me lo piden.

 

Juego con muñecas, capítulo primero: Madrid. Manolo Yagüe.

El Pájaro Escritor
El pájaro escritor
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