EL CONDENADO

 

El condenado se levantó de su camastro justo cuando el cura entraba en la celda. El carcelero cerró la reja y después de echarles una mirada de desaprobación, se largó, dejándolos solos.

Se le veía demacrado:

—No has dormido esta noche, Sebastián.

—No padre.

—Yo tampoco he podido —dijo en joven cura, que no pasaba de los treinta años, y se sentó en el taburete que quedaba justo enfrente del modesto lecho, con la Biblia en el regazo—. He rezado por ti, toda la noche.

—No hacía falta, padre. Igual va a pasar.

—Rezo por tu salvación.

—Pues no lo conseguirá —dijo Sebastián, sentándose al borde del escuálido colchón de lana—. Lo tienen todo preparado. La máquina, y demás. Desde hace días todos me hablan muy bajo, como si temieran molestarme.

—Le temen. Tienen miedo de lo que van a hacer. Es natural.

—Más miedo tengo yo.

El padre manoseaba la Biblia. No sabía dónde posar los ojos, pues todos los detalles, Sebastián, el camastro, el lavabo sucio, el ventanuco enrejado que mostraba un escaso cielo de nubes grises, el pasillo, todo le causaba un profundo pesar. Era la primera vez. Al final fijó su atención en la pared, donde algunas marcas punzantes señalaban la presencia de sombras de anteriores presos en ese mismo lugar, y ya, incapaz de sopórtalo, bajo la mirada a sus manos, que sobaban el libro de manera automática. Hasta el movimiento de sus manos le pareció inadecuado.

—Padre, ¿tiene familia?

—Sí, una hermana. Se casó el año pasado, y esta por tener un hijo.

—¿Es bueno su marido, trata bien a su hermana? —dijo Sebastián en un acto reflejo, recordando su caso. Pero se arrepintió de pronunciar esas palabras—. No se angustie, padre. No es culpa suya.

Al joven cura no le gustó que el preso le tuviera tanta confianza.

—¿Por qué lo hiciste, Sebastián?

—Era cuestión de honor.

—Y qué has conseguido con el honor.

—Pero no lo podía permitir.

—Y de qué te ha servido. Ahora vas a…

—Una hermana es una hermana. No se puede dejar que venga uno y la…

—No te correspondía a ti hacer justicia. Para eso están ellos.

—¿Ellos? Así se podría haber pasado la vida mi hermana, si es por ellos. No, padre. Usted y yo sabemos.

El padre se frotó las manos contra las rodillas. El libro descansaba en sus piernas cerradas, y le pareció inútil haberlo traído.

—La justicia de Dios es implacable —dijo el cura sin saber qué se decía. No le salían las palabras importantes que había estado ensayando toda la noche. No servían, ahora se daba perfecta cuenta.

—Dios me perdonará, si yo se lo pido. Él me perdonará.

—Si tu arrepentimiento es sincero, sí.

—¿Y si no me arrepiento?

—Entonces no.

—Pero Dios sabe más que nosotros, mucho más. Sabrá comprender y perdonar.

—Tu arrepentimiento ha de ser sincero. O no vale.

El padre se percató de que estaba perdiendo la batalla.

—Padre. ¿Qué hubiera hecho si no hubiera sido cura?

—Labrador, supongo.

—¿Y se arrepiente, se arrepiente de no ser labrador?

—A veces. De vez en cuando flaqueo. Pero rezo, y entonces sé que tomé el camino adecuado.

—Yo también, padre, rezo. Y a veces me da por pensar qué hubiera pasado si no hubiera ido. Pero luego me digo que no. Que hice lo que tenía que hacer.

El padre se encontró en un callejón sin salida.

—Recemos, recemos por la salvación de tu alma. Es lo único que nos queda —dijo el padre, que seguía confiando en el rezo como única manera cierta de salir de todas las situaciones difíciles.

Rezaron durante veinte minutos.

Luego el padre le confesó los pecados, y lo absolvió.

Llamó al carcelero, que abrió la puerta de la reja y le dijo a Sebastián:

—¿Habrás pedido perdón por lo que has hecho? —y, luego, dirigiéndose al padre, añadió—: Todos piden perdón a última hora. Les entra miedo, son unos cobardes.

Ni el padre ni Sebastián contestaron.

 

 

Manolo Yagüe

EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN: AUSTER

¿Cómo escribir un cuento de Navidad, cuando no quieres escribir un típico cuento de Navidad? El reto es fantástico. El mismo Auster nos lo dice: cómo escribir un cuento de Navidad que huya de las sensiblerías hipócritas, y que sea sentimental. Pues, Paul Auster lo consigue.

Y ese es el reto…

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El cuento de Navidad de Auggie Wren

 

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos, negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie, así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times, y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado, guerreando con los fantasmas de Dickens, O´Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería corno tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? -dijo él cuando yo hube terminado—, ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas en las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

–Fue en el verano del setenta y dos -dijo-. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podía haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o su abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años, vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

“Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

“La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

“–¿Eres tú, Robert? -dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

“–Sabía que vendrías, Robert -dice-. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

“–Está bien, abuela Ethel -dije-. He vuelto para verte el día de Navidad.

“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así, y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba, yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

“–Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo—. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

“Al cabo de un rato empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.

—Una sola —contestó—. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

—Probablemente había muerto.

—Sí, probablemente.

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.

—Le mentí, y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

—Todo por el arte, ¿eh, Paul?

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

—Y ahora tú tienes tu cuento de Navidad, ¿no?

—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos—. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

—Supongo que estoy en deuda contigo.

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

—Excepto el almuerzo.

—Eso es. Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

 

 

 

El cuento de Navidad de Auggie Wren, Paul Auster, Seix Barral, 2013

LO QUE IMPORTA ES QUE SEPAMOS EL UNO DE LA EXISTENCIA DEL OTRO

 

Le contaré algo. El otro día no podía dormir. Y me dije, haz caso al doctor. Ponte a hacer algo, distráete. Así que cogí una mopa y un trapo del polvo y me puse a limpiar el salón. A oscuras, intentando no hacer ruido para que no se despertara mi mujer.

¿Le ayudó distraerse?

Sí me hizo bien. Al principio quiero decir, porque luego pasó algo. Oí llegar un coche, y me asomé, procurando que no se me viera, a la ventana del salón. No era premeditado. Simplemente no quería que nadie se enterara de que ando despierto a esas horas. Era mi vecino. El cirujano. Paró el coche frente a la puerta, apagó las luces y se bajó. Rodeó el coche y abrió el maletero. Estaba de espaldas y al principio no vi lo que sacaba. Luego cuando avanzó con ese bulto enorme, me di cuenta. Llevaba un cuerpo envuelto en un saco negro, de esos que se utilizan para transportar cadáveres.

¿Cómo sabe que era un cuerpo y no otra cosa?

¿Qué como lo sé? Bueno, era como los de las películas. Como los que salen en la televisión. Tenía que ser un cuerpo. La forma. Las piernas y la cabeza colgaban a los lados. Y le costaba mucho transportar aquello.

¿Está seguro?

No, no lo sé. Pero estoy casi seguro. Tenía la forma de un cuerpo. Uno se da cuenta de esas cosas. El caso es que subió las escaleras de la entrada, dejó la bolsa en el piso y abrió con la llave. Luego, arrastró el cuerpo, quiero decir la bolsa hasta el interior, y cerró.

Y usted, ¿No llamó a la policía?

No, no llamé a la policía. Estaba limpiando el polvo. ¿Qué les iba a contar exactamente? A mí no me incumbe. Sabe, es un tipo raro, el cirujano. Muy delgado, y raro, no se habla con los vecinos. Hace años que no paga la comunidad. Mi mujer lo conoce del hospital donde trabaja. Trabajan en el mismo hospital. Allí tiene fama. Apenas lo dejan operar. Dicen que bebe, y por eso evitan que se meta en las operaciones complicadas, eso dicen. Bueno, mi mujer no trabaja con él. Es un hospital nuevo y muy grande. Lo ha visto de vez en cuando en la cafetería. Es igual, de todas formas, eso no tiene que ver.

Todo tiene que ver. Y, ¿qué dice su mujer?

No se lo he contado. Por quién me toma. No quiero parecer un loco.

No es un loco.

Eso lo dice para tranquilizarme. Pero si le contara esto a mi mujer, se podría hecha una furia. No creo que aguante otra historia de las mías. Vengo por ella. Ella me lo pidió. Es la condición que me puso para poder quedarme en casa. Me dijo, si no vas a terapia, ya te puedes ir largando. Y me comprometí a venir. Aunque no quería. No veo que avancemos mucho, si le soy sincero.

¿Por qué cree que no avanzamos?

No es culpa suya, entiéndame. Llevamos, qué, dos meses o tres viéndonos cada semana. Y, aunque todos creen que estoy mejor, porque me comporto como una persona normal, no estoy mejor. Eso se lleva dentro. He aprendido que es mejor disimular.

¿Disimula delante de su mujer?

Con ella más. Le digo que busco trabajo. Hago todas las tareas de la casa. Preparo la comida. Salimos. El sábado salimos a bailar. Aunque no bebo, no se asuste. He vuelto a ponerme el disfraz. Delante de mis padres también. Comienzan a hacerse mayores. Y como usted me dijo, ya tengo que dejar de darles problemas. Así que, cuando hablo con ellos por teléfono, hablo como una persona normal.

Es una persona normal. Solo que usted insiste en decir que no.

Es lo mismo doctor, no quiero discutir. Yo no discuto. ¿Para qué sirven las discusiones? En el trabajo me pasaba el día discutiendo. Así que llegaba a casa y seguía con las mismas. Discutíamos a todas horas. Cuanto más me esforzaba, más discutía con mi mujer. Y luego me dio por pensar que no era yo. Que yo era otro. Y que tenía que deshacerme de ese otro.

Fue cuando decidió quitarse la vida.

No fue un suicidio. Bueno, un intento de suicidio. Fue un intento de asesinato. El otro había tomado mi cuerpo. Ese hombre. No lo conocía. Sí, ya sé que era clavado a mí, la misma cara, la misma ropa, el mismo tono de voz. Pero ya le digo, se lo he dicho tantas veces que me estoy cansando. ¿Oiga, es necesario repetirlo una y otra vez? Me cansa. Me aburre. No creo que sea culpa suya. Es su trabajo. Y estoy convencido de que, si por usted fuera, lo haría diferente. Pero le han enseñado a no dar su opinión. A mantener las distancias.

¿Cree que soy distante contigo?

Es una forma de hacer el trabajo. No creo que sea así siempre. Aunque tampoco se lo ve como un tipo precisamente natural. No se ofenda. Pero su mujer tiene que estar exasperada. Seguro que le pasa como a mí: ¿a que su mujer no soporta que usted no discuta? La mía se pone nerviosa. ¿A que su mujer es más feliz cuando discuten?

Oh, no lo creo. Pero sí, tiene razón, a veces le molesta mi actitud tan sosegada.

¡Lo que le decía! Tengo o no tengo razón.

Bueno…

Me gusta verlo actuar en la consulta, se le da bien, se muestra sereno, imperturbable. Ahora, en el momento de actuar me acuerdo de usted. Entonces, cuando llega a casa con ganas de pelea, me acuerdo de su manera de psicoanalizarme, y trato de imitarlo. Al principio ella se lo tragaba, se calmaba, yo la dejaba hablar, dejaba que soltase toda su mierda. Pero creo que ya no le hace gracia. Ella viene con ganas de pelea. Necesita pelear con alguien para calmar sus nervios. Los  tiene todo el día a flor de piel. Se vuelve loca si no puede utilizarme como su vía de escape. Así de sencillo. Yo antes me ponía a discutir. Ahora no. Dejo que hable, que se desahogue, que me insulte si quiere. Que me pegue, si eso ayuda. Total, apenas puede hacerme daño. Y sabe una cosa bien buena. Cuanto más terrible soy con ella, y con los demás, menos aparece el otro.

¿Ha dejado de sentirlo?

No del todo. A veces se asoma. Pero ya no domina el cotarro. Si por él fuera volveríamos  a las andadas. Al trabajo, a las peleas con mi mujer, a beber cada noche. Como ella, que sigue bebiendo. Pero claro, ella no importa, porque es normal. Es muy difícil que pueda matarlo. Si lograse desplazarlo completamente a un brazo o una pierna. Entonces me cortaría el brazo o la pierna y me desharía de él. Aunque no las tengo todas conmigo.

¿Toma las pastillas?

¿Qué quiere que le diga? Las tomo, las tomo. No sé sorprenda. Me ayudan. Nada más. Pero no volveré a ser el mismo de antes. No me voy a meter en la vida de mi vecino, el cirujano, por ejemplo. Ni de coña. Eso es lo que hacía antes. Ahora no. ¿Qué ha matado a alguien y quiere tenerlo guardado en la nevera? Pues, por mí, perfecto. No me atañe. Nada de los demás me atañe. Suelen estar equivocados. Unos más que otros.

No tenemos más tiempo.

Oiga, doctor. ¿Hasta dónde llega el secreto profesional?

¿Qué quiere decir?

Mi vecino. ¿No irá a contárselo a la policía? Sabe, es un buen hombre. Sólo que no es como los demás. Usted no puede contar nada de lo que hablamos durante la consulta, ¿no es así?

No exactamente. El secreto profesional tiene unos límites.

¡No le contará lo de mi vecino a la policía!

No cree que sería mejor que fuera usted mismo quien lo hiciera. Estoy seguro de que se quedaría más a gusto.

No le he contado todo.

¿Hay más?

¿Lo contará? ¿Se lo contará a la policía?

Creo que se lo ha inventado, de todas formas…

Bueno doctor. Tiene razón. A veces me da por inventarme cosas. El suicidio, por ejemplo.

El intento de suicidio. Eso no fue ninguna invención, pasó usted casi un mes en el hospital.

No hay diferencia. Una última cosa que quería contarle. Es sobre mi vecino. Ayer fui a verlo. Sentí que necesitaba apoyarlo. Tomamos una coca-cola en su jardín. Acababa de plantar unos arbustos nuevos. Por debajo había removido la tierra, y tenía el tamaño de un hombre. Sabe lo que le digo. Creo que lo enterró allí. Tomamos la coca-cola y charlamos de jardinería. Pasamos una tarde estupenda. Creo que en las dos horas que he estado con él no he hablado con tanta libertad en mi vida. Y él tampoco. Cuando terminamos, estábamos exultantes, como dos almas gemelas que se encuentran en un mundo hostil. Le prometí volver. Aunque estoy casi seguro de que no volveremos a vernos. No importa. Lo que importa es que sepamos el uno de la existencia del otro.

Tenemos que dejarlo. Por hoy ha sido suficiente.

Supongo que no se ha tragado una palabra de todo lo que le he dicho.

La verdad. Lo del vecino me ha parecido una patraña. Aunque por unos minutos pensé que sí. ¿Vive ese hombre realmente en su calle, es su vecino?

Eso sí. Y que la otra noche limpiaba el polvo porque no podía dormir, eso también es cierto. Lo otro…

Me lo imaginaba.

De todas formas, ya le digo, que da igual.

 

Manolo Yagüe

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

 

«Buenas noches, señores invocadores de espíritus. Como andaban ustedes buscando un muerto, y estoy yo intranquilo por un asunto, me he dicho: me les presento a ustedes que están invocando un ánima, y de paso que les doy una alegría, les dejo un encargo. Ese que ven soy yo, Don Cástulo Abril Morrazo, Senador. No les asuste mi tez, ni mis zapatos negros, ni mi traje de domingo, ni mi postura, con los brazos cruzados en el pecho. Un muerto no se levanta así como así. Tiene que ocurrir un milagro, y los milagros suceden de ciento en viento, de pascuas a ramos, o a la buena de Dios, sobre todo.

«He ido al cielo. Aunque no lo crean de un político, he ido al cielo. Algo bueno hice, además de robar mucho.

«Pero no me he aparecido yo para traerles noticias de los suyos, ni voy a trasladar mensajes que ustedes me den. La comunicación entre los muertos y los humanos es contra natura. De todas formas llevo pocas horas metidito en la caja, y apenas mi alma se ha dado una vuelta por las nubes. He tenido el tiempo justo de cruzarme con unas cuantas almas descarriadas que acababan de sufrir el mismo trance que yo. Y todas dicen lo mismo, pues andamos preocupados, no se crean: «¡Qué haré yo ahora! —Me dicen cuando me vislumbran en el silencio azulado del cielo—. Estaba acostumbrado a los sufrimientos de la vida, y ahora me tocará acostumbrarme a la falta de dolores de la muerte.» Yo me encojo de hombros pues ya me quería morir.

«De todas formas vengo a decirles una cosa que se me olvidó la otra noche dejar arreglada con mis parientes, cuando me acompañaban en mis agonías y delirios de la última hora:

«¿Quién se va a hacer cargo de Felipín? Que no se lo quede la tía Engracia, que no le va a dar de comer, con lo esmirriada que está. Ni Aurelio el de Vigo, que no le tiene aprecio a los libros y odia a los franceses. Yo había pensado en la prima Cosme, la solterona, que tiene bemoles y no se le encoge la lengua para decir una verdad. Aunque en privado sé que es cariñosa con los niños, y Felipín es casi como un niño. Si no lo quiere la prima Cosme, que lo manden al pueblo, donde Román el Flautista, que por lo menos aprenderá una buena profesión pastoreando ovejas. Román es pastor serio y nunca ha dicho que vienen lobos cuando no vienen.

«Felipín ha sido mi consuelo en los últimos años de vida. ¡Y si es un perro qué! Pues yo lo quiero como a un hijo. Basta. He dejado la herencia a los expósitos, pues esa es mi voluntad. Felipín que yo sepa, el único que me hizo compañía cuando mi mujer falleció, como es un perro no puede heredar, pero con ganas me quedo. Ya lo he dicho, de la casa, de la cartilla y de las tierras, no van a tocar ni media los desagradecidos de mis hijos.

«Eso es lo que yo venía a decirles a ustedes, señores invocadores de espíritus. Y perdonen, no quería yo darles un susto con mi voz de fantasma y mi cuerpo tieso. Hagan el favor de ayudarme a que se cumpla mi voluntad. Adiós y gracias.»

 

 

Manolo Yagüe

A LA MUERTE DE UN POLÍTICO

 

 

Un político liberal y otro conservador gastaban la sana manía de insultarse a la menor ocasión. El liberal le solía llamar al conservador asesino, golpista, glotón, terrateniente esclavizador, mujeriego, cagón. El conservador por su parte se solía mofar del liberal con lindezas tales como: revolucionario, salteador de caminos, pedorro, ignorante, anarco-terrorista, borracho, ladrón.

A la muerte de uno de ellos —no diré cuál, para que cada uno ponga nombre y rostro a su entera satisfacción—, su eterno oponente, a la salida del velatorio, se despachó con estas palabras ante el reportero de turno:

—Es una gran pérdida. Se ha ido uno de los mejores políticos de este país. Su integridad y el amor a su oficio jamás se pusieron en duda. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, siempre mantuvo las buenas formas y fue un contrincante duro, ejemplar. Hombres como él han dignificado el arte de la política.

Y se marchó con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

El reportero se dio cuenta de la difícil papeleta que tenía delante: escribir el artículo de la muerte del finado siguiendo a pies juntillas la línea editorial de su periódico.

Manolo Yagüe, Historias verídicas de este país.