EL ARTE DE PONER TÍTULOS: DAVID LODGE

“Los títulos de las primeras novelas inglesas fueron inevitablemente los nombres de sus protagonistas: Moll Flanders, Tom Jo­nes, Claríssa. La ficción se estaba formando a ejemplo de la biografía y autobiografía, ya veces se disfrazaba como taL Más tarde los novelistas se dieron cuenta de que los títulos podían indicar un tema (Sentido y sensibilidad), sugerir intriga y misterio (La mujer de blanco) o prometer cierto tipo de escenario y atmósfera (Cumbres borrascosas). En algún momento del siglo XIX empezaron a uncir sus historias a famosas citas literarias (Par from the madding crowd) (Lejos del mundanal ruido), una práctica que prosigue durante el siglo xx (Donde los ángeles no se aventuran, Un puñado de polvo, Por quién doblan las campanas), aunque hoy en día se considera quizá un poquitín hortera. Los grandes modernistas tuvieron tendencia a poner títulos simbólicos o metafóricos —El corazón de las tinieblas, Ulises, El arco iris—, mientras que novelistas más recientes prefieren con frecuencia títulos caprichosos, desconcertantes y originales, como El guardián entre el centeno, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, para las chicas negras que contemplan el suicidio cuando el arco iris no basta.”

David Lodge, El arte de la Ficción

QUIROGA, LA MUERTE Y LA SELVA

A la hora de comprender un cuento, en ocasiones no viene mal conocer algo, aunque sea poco, de la vida del escritor.

La vida de Horacio Quiroga está presidida por la selva y la muerte.

La muerte lo visitó de cerca: la muerte de su padre, por un accidente con una escopeta cuando descendía de un bote; la muerte de sus hermanas de fiebre tifoidea; el suicidio de su padrastro; el envenenamiento de su primera esposa, Ana María Cirés. Demasiadas muertes que se trasladan a sus relatos de muerte, donde la presencia de la misma es una constante angustiosa y acosadora.

La selva fue un refugio y un motivo de escritura. Allí se instaló en una barraca levantada con sus propias manos, donde vivió con su primera esposa y educó personalmente a sus hijos. El Paraná, con su fuerza y su enigma, y la selva, verdadero Paraíso del escritor, juegan un papel determinante en la ambientación de Quiroga, cuyos autores predilectos no dejan sombra de duda sobre sus intereses como escritor: Kipling, Conrad y Edgar Allan Poe. Allí en la selva, trató de sacar provecho de la tierra, en explotaciones agrícolas locas y poco afortunadas.

Lo dicho, selva y muerte en el cuento “A la deriva” de Quiroga.  A sufrir; y  a disfrutar. Que son una y la misma cosa en literatura.

A la deriva

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

Horacio Quiroga 

LA ROSA: JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

El escritor es sus lecturas. Continuando con la labor de difusión de obras interesantes para el escritor, traigo ahora un texto inigualable de Juan Eduardo Zúñiga.

Un escritor que se hace notar poco, y dice mucho, a veces mucho más de lo que uno puede soportar.

A “La rosa” -encarnada, húmeda y fresca-, no le sobra ni le falta nada. Es un ejemplo de sencillez, naturalidad, economía de medios, sensibilidad y simbolismo.  Os dejo con la rosa…

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Retrato de Juan Eduardo Zúñiga, por Amaya Aznar

 

LA ROSA

 

Ante el estudiante, un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada.
Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: sólo esperaría aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta.
Y al fin vio lo que anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche, andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar un puente.
Anduvo mucho tiempo y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche, pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o veranos.
 Tras un largo trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón. Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie.
Únicamente vio sobre el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.
Juan Eduardo Zúñiga 

EMPEZAR UN PROYECTO DE NOVELA

Hay pocos escritores aficionados que en un momento u otro no hayan sentido que querían escribir una novela. Sin embargo, escribir una novela requiere hacer un análisis en profundidad de cada aspecto de la misma, antes incluso de empezar a escribir.

Es bueno que hagas el trabajo previo, para que la historia este madura antes de comenzar. Eso no significa que no escribas. Al escribir salen materiales. Pero podemos decir que esos escritos son ensayos que harán que salgan a flote los rasgos y materiales reales de tu novela.

En ese sentido los escritores funcionan de maneras diversas. Hay quienes escriben al principio mucho, y luego reescriben. Pero para ello hace falta experiencia. Por  eso mejor, al iniciar un proyecto largo, definir todos aspectos que rondan vagamente por tu cabeza pero que quizás todavía no se hayan concretado demasiado bien, no sean visibles.

Aquí te propongo una lista de trabajos previos que pueden ayudarte a definir tu proyecto.

 

1-      Escribir una sinopsis. La sinopsis se va modificando con el tiempo. Es un material de trabajo.

2-      Personajes; principales y algunos secundarios. Haz una tabla, o escribe sobre ellos, redacta su biografía, una descripción de cada uno.

3-      Ambientaciones; escenarios. Lugares. Usa fotografías, dibujos, mapas. Todo cuanto permita que tus personajes se muevan por un espacio concreto y real, sobre todo real. Es un peligro dejar que tus personajes vivan en el vacío.

4-      Estilo narrativo: punto de vista. La voz. Tiempo, presente, pasado. Habrás de definir estos aspectos y ser riguroso con ellos. Porque el lector no tolerará que haya saltos en el tiempo inexplicables, cambios del punto de vista absurdos, o grandes diferencias en el tono.

5-      Cada proyecto de novela es un mundo. Ahora bien, si partimos de la base de que todo escritor trabaja a partir de modelos, te vendrá bien conocer y estudiar aquellas obras que te recuerdan al tipo de libro que tú quieres escribir. Si por ejemplo quieres escribir una novela de género (terror, ciencia-ficción, aventuras),  no te queda más remedio que conocer el género y transitar por él como lector.

Selecciona aquellas obras que se convertirán en tus libros de cabecera durante la redacción de la novela.

5-      Es muy importante que hagas un esfuerzo de investigación. Has de conocer bien todo aquello que puede ser susceptible de entrar a formar parte de tu novela. Por ejemplo, si tus personajes vivirán un tiempo en una ciudad que no conoces, habrás de buscar toda la información que te permita que tus personajes vivan en ella con naturalidad.

 

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CÓMO PUEDE AYUDARTE EL TALLER LITERARIO

La escritura de un relato, y no digamos de una novela, exige un esfuerzo grande. Y unos conocimientos amplios. Pero no nos pasemos. Con la ayuda adecuada, todos podemos sacar adelante un escrito.

Desde luego, hay que tener ganas. Y que te guste la literatura. Creo que con esos elementos, y algo de tiempo, siempre acaba saliendo agua del pozo de la escritura.

Si has valorado la posibilidad de buscar ayuda para iniciarte o profundizar en el campo de la creación escrita, aquí puedes ver una lista de opciones. Piensa que siempre podrás encontrar la solución que se acomode a tus necesidades:

  •  Puedes conocer y practicar las estrategias fundamentales con el curso de iniciación al relato.
  • Si ya tienes la idea para escribir un libro de cuentos o una novela, podemos trabajar en la elaboración de un proyecto más largo.
  • Si tienes un libro escrito, pero necesitas saber cuáles son sus puntos fuertes y débiles, y de qué manera puedes fortalecerlo, tienes la opción de recibir una lectura profesional.
  • En el caso de que quieras mejorar algún relato corto concreto, puedes solicitar un servicio que te permitirá reparar y pulir el cuento, a partir de un comentario que incluye propuestas de corrección.

 

Visita la página del Taller. No dudes en consultar cualquier opción a la hora de aprender a escribir.