LA RUPTURA MATRIMONIAL

Las rupturas de pareja son todo un tema de la literatura moderna. Cómo no lo van a ser. A quién no le ha sucedido, dejar o que lo dejen. Todos tenemos una para contar. Y por suerte o desgracia, se parecen a un cuento de asesinatos, en que lo importante no es el qué pasó, si no el por qué y el cómo.

Os dejo con mi cuento, y otra forma de ruptura matrimonial:

LA RUPTURA MATRIMONIAL
Salgo de la cocina, sin desayunar, y abro la ventana del salón. Pero el olor no se me va de la nariz, lo tengo clavado en el cerebro. Un olor es lo más difícil de expulsar de un cerebro. Ni la fe consigue expulsar el recuerdo de un mal olor.
Pero ella desayuna como si tal cosa. Se está zampando una tortilla de chorizo, unos pepinillos, un bistec y tiene en el microondas un plato de callos, para luego. Cualquiera diría que está embarazada. Pero no consigo que la peste, que se acumula en la terraza de la cocina desde hace siete, siete días, nada menos que siete días, ¡con la de basura que se genera en una casa!, se quede allí. Al principio solo era la terraza, y un dulzor agrio en la cocina. Luego invadió la cocina con su maloliente invisibilidad. Finalmente abordo con descaro el salón y de allí pasó al único dormitorio con baño del apartamento.
Ella duerme, cose, ve la televisión, folla, como si el olor no la molestara en absoluto. Cada vez está más contenta, y dice que se alegra de lo que está pasando. Que es una suerte. Que desde que el olor de la basura ha invadido nuestra intimidad, se siente más, como decirlo, segura, más mujer. Se niega a bajar las bolsas, o a que las baje yo.
Por la noche intenté sacar unas bolsas a escondidas, pensando que dormía como un tronco. Cuando avanzaba a oscuras, con las dos bolsas grises por el pasillo, encendió la luz y me pilló con las manos en la masa. Me retuvo con un cuchillo en la mano derecha y con la cara desfigurada por la emoción y el espanto; rugió:

-Devuelve eso a su sitio. Y vete a la habitación. A partir de ahora dormiré en el sofá para tenerte vigilado.

Hice lo que me pidió sin decir una palabra.
Pero ni con el aire de la ventana del salón, ni con todas las ventanas abiertas de par en par, se mitiga el olor. Creo que el olor tiene consistencia líquida y que está empapando las paredes, los muebles, el sofá, incluso los electrodomésticos, los periódicos y revistas, los libros, que ya no soy capaz de leer.
He tratado de persuadirla, pero se niega a escucharme, dice que nunca ha sido tan feliz. He llamado a la policía, y ellos aseguran que hasta que no lo determine un juez, nada se puede hacer, y que pueden pasar meses.
Cuando termina su festín, se acerca al salón y me obliga a cerrar las ventanas. Una rata cruza la alfombra, se detiene un momento a la puerta del dormitorio, y se va, como si tal cosa.
Ella dice:
-Betsie, Betsie, ven con mamá.
¿Cómo puede tener el mal gusto de llamar Betsie a una rata?
La conocí en el instituto. Era la muchacha más guapa, delgada y limpia de todas. Años después, nos casamos de blanco, de blanco, que contradicción. Y ahora me viene con estas. Supongo que es fruto de una terrible enfermedad mental.
Por fin decido hacer las maletas. Llamo a mi madre por teléfono y le digo, entre lastimosos gimoteos:
-No puedo más. No lo aguanto. No sabía que esto iba a pasar.
-Te lo dije- replica mi madre, que disfruta teniendo la razón después de todo-, esa chica no era para ti.
Hago las maletas y, delante de la puerta, conteniendo las arcadas de asco, le doy un último abrazo a mi gran amor:
-Te he querido tanto.
Pero ella se ríe como un hurón y replica:
-¡Por fin! ¡Lo que me ha costado que te largaras!
Manolo Yagüe