HISTORIA BREVE DEL FUTURO RECIENTE: DE PUERTAS Y VENTANAS

Una mañana al bueno de Algimiro Bermúdez le dio por salir de su salón por la ventana. Ese sencillo acto de desobediencia cívica fue seguido por algunos de los vecinos de su calle, de su barrio, y al final se impuso como moda en todo el pueblo. Al tratarse de un pueblo pequeño, las casas eran de una sola altura, y el asunto no presentó mayores dificultades. Sin embargo, la horrible situación financiera y la extensión de esporádicas plagas de locura, hizo que tal insana costumbre se extendiera a las grandes ciudades. Hubo una oleada de aparentes suicidios, fruto del intento de algunos avezados imitadores que cayeron al vacío tratando de emular la hazaña de Algimiro.

La industria de la construcción aprovechó la moda para elevar complejas escaleras de hierro en el exterior de las fachadas. Los vecinos pudieron salir de sus casas por las ventanas y los balcones sin peligro de muerte. La industria de la forja vivió un efímero boom. Pero una vez quedaron todos los edificios servidos de escaleras, regresó a su insulso trabajo de moldear enrejados y cancelas.

No merece la pena explicar todos los cambios sociales y morales derivados de este hecho.

No obstante, y a pesar de las absurdas teorías que han intentado dilucidar la conducta de Algimiro, lo que nosotros sabemos con certeza es:

Que Algimiro sufría una enfermedad hereditaria cuyo síntoma principal se expresaba en un miedo atroz a los sobres. Los odiaba hasta tal punto que se le saltaban los ojos y la baba le desbordaba por el mentón al toparse con un sobre, y mas si este llevaba en su cuerpo pegado un sello.

Que Algimiro no recibía correo de ningún tipo. Ni cartas de banco, ni felicitaciones navideñas, ni telegramas. Todo ello le derrumbaba en la cama durante semanas, meses o años.

Que Algimiro vivía a dos pasos de una solterona, Aguedita Cristal, y que a ella se le iban las pestañas detrás de los anderes de Algimiro.

Que aquella histórica mañana, cuando Algimiro Bermudez se disponía a cruzar el umbral de su vivienda se topó con un inocente sobre rosa que la desaprensiva Aguedita  había tenido la maldad de colar por la rendija de su puerta.

Que Algimiro, muerto de miedo, imaginando toda suerte de desgracias invisibles, incapaz de enfrentarse al destino escondido en la oscuridad del sobre,  decidió salir por la ventana, y entrar por la ventana, así cada día y hasta su muerte, con los extraños resultados que todos conocemos.

 

Historia breve del futuro reciente, Manolo Yagüe.

GANDHI: A PARTIR DE UNA HUMILLACIÓN

 

 

Photograph by V.N. O'key, circa 1945

No exageraríamos demasiado si afirmásemos que toda la obra de Gandhi se debe a la humillación. En efecto, al volver de Londres a su casa de la India, ya como joven abogado, es humillado e incluso expulsado de la casa del Gobernador de Porbander, un tal Olivant, al que incluso Gandhi había llegado a tratar de forma cordial en su estancia en Inglaterra. El asunto, básicamente se resumía en la forma de gobierno que sobre las colonias británicas imponía la metrópoli. Explicado por un marxista esto significaría que las relaciones económicas de dominación imperial capitalista (la superestructura), determinaban una forma de cultura, de sociedad, de política e incluso de religión, que sancionaban dicha desigualdad y dominación. Dicho de otro modo menos rebuscado, las relaciones humanas se corrompen cuando un pueblo domina a otro, cuando alguien domina a otros individuos.

Podemos afirmar con total seguridad que hay personas especialmente sensibles al sentimiento de humillación. Pero seguramente este sentimiento de humillación se había acentuado en Gandhi por el hecho de ser un joven indio cuya familia había ocupado una posición acomodada dentro de la sociedad tradicional en la que había vivido. Para alguien acostumbrado a ser tratado con respeto y dignidad tener que enfrentarse a la humillación infringida por alguien que se cree superior, es infinitamente más duro que para alguien acostumbrado a ese suceso. Igual que para el niño que no ha pasado jamás necesidades ni frío ni penurias económicas, enfrentarse a esa situación de improviso puede llevarle incluso a la muerte, Gandhi despertó a ese sentimiento de humillación, seguramente porque no había estado acostumbrado a él.

Ya en Sudáfrica se sintió terriblemente humillado por el hecho de ser expulsado de un tren por negarse a abandonar el vagón de primera, para el que tenía comprado un billete. Me imagino que detalles como este resultan más humillantes a un nivel simbólico que toda la dominación imperial y económica juntas. Imagino al joven abogado indio, y siento la misma reacción de orgullosa indignación que sintió él.

Sin embargo, hay otro elemento que debemos atribuir en exclusiva a Gandhi, un mérito mayor, y es el hecho de ser de esos pocos hombres que no se resigna ante una injusta situación. La mayor parte de nosotros, en mayor o menor grado aceptamos atropellos menores contra nuestra dignidad, incluso en sociedades avanzadas, y en posesión de plenos derechos e igualdad legal. Su obra toda es un ejercicio de resistencia frente a la humillación.

Me imagino que a Gandhi le revolvía las tripas sentir que perdía la dignidad. No hay sentimiento que produzca desazón mayor en el hombre que este. Si ese sentimiento persiste, en la mayoría de las personas lleva a reproducir el mismo sentimiento en nuestras relaciones personales. Humillamos a quienes son inferiores a nosotros, porque nosotros hemos sido humillados por quienes eran superiores. Reproducimos con ello la cadena de relaciones humanas marcadas por la humillación y el ansia de poder.

 

Manolo Yagüe.