EL ARTE DE PONER TÍTULOS: DAVID LODGE

“Los títulos de las primeras novelas inglesas fueron inevitablemente los nombres de sus protagonistas: Moll Flanders, Tom Jo­nes, Claríssa. La ficción se estaba formando a ejemplo de la biografía y autobiografía, ya veces se disfrazaba como taL Más tarde los novelistas se dieron cuenta de que los títulos podían indicar un tema (Sentido y sensibilidad), sugerir intriga y misterio (La mujer de blanco) o prometer cierto tipo de escenario y atmósfera (Cumbres borrascosas). En algún momento del siglo XIX empezaron a uncir sus historias a famosas citas literarias (Par from the madding crowd) (Lejos del mundanal ruido), una práctica que prosigue durante el siglo xx (Donde los ángeles no se aventuran, Un puñado de polvo, Por quién doblan las campanas), aunque hoy en día se considera quizá un poquitín hortera. Los grandes modernistas tuvieron tendencia a poner títulos simbólicos o metafóricos —El corazón de las tinieblas, Ulises, El arco iris—, mientras que novelistas más recientes prefieren con frecuencia títulos caprichosos, desconcertantes y originales, como El guardián entre el centeno, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, para las chicas negras que contemplan el suicidio cuando el arco iris no basta.”

David Lodge, El arte de la Ficción