PINTAR LA REALIDAD

 

“La mayoría de los novelistas creen que leer las primeras páginas de una novela es algo parecido a adentrarse en una pintura paisajística. Recordemos cómo empieza Stendhal Rojo y negro.

El verdadero placer de leer una novela empieza con la capacidad de ver el mundo no desde el exterior, sino a través de los ojos de los protagonistas que viven en ese mundo. Cuando leemos una novela, oscilamos entre la visión a largo plazo y los momentos fugaces, los pensamientos generales y los hechos concretos, a una velocidad que ningún otro género literario puede ofrecer. Al observar una pintura paisajística de lejos, de repente nos encontramos entre los pensamientos del individuo sobre el paisaje y los matices del estado de ánimo de la persona. Es algo parecido al modo en que vemos una pequeña figura humana ante un peñasco, un río y la miríada de hojas de una arboleda de un paisaje chino: primero nos centramos en ella, y luego intentamos imaginar el paisaje que la rodea a través de sus ojos. (Las pinturas chinas están concebidas para que las miremos de este modo.) Luego nos damos cuenta de que el paisaje se ha compuesto de esa forma para reflejar los pensamientos, las emociones y las percepciones del personaje que aparece en él. Del mismo modo, percibimos que el paisaje de una novela es una extensión, una parte del estado mental de los protagonistas; nos damos cuenta de que nos identificamos con estos personajes a través de una transición fluida. Leer una novela significa que, mientras sometemos el contexto general a la memoria, seguimos, uno a uno, los pensamientos y las acciones de los protagonistas y les adscribimos un significado en el paisaje general.”

 

El novelista ingenuo y sentimental, Orhan Pamuk

LAS CIUDADES INVISIBLES: ITALO CALVINO

 

 

“No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.”

Las ciudades invisibles, Italo Calvino. Editorial Siruela.

EL VIEJO QUE SE NEGABA A MORIR

Este relato es un adaptación personal y libre de una historieta china leída en alguna parte, y que no se me iba de la cabeza. Espero se disculpen los errores propios al desconocimiento de una cultura tan alejada como la China, pero tan fértil y hermosa. Por supuesto, no ha de tomárseme muy en serio.

Sin embargo, si quisiera incluir dos apuntes al relato:

Ryokan, el tonto sabio, es un personaje real. Para saber algo de él, pueden visitar la siguiente entrada de este mismo blog http://www.manoloyague.com/ryokan-el-gran-tonto-un-consejo-literario-o-un-consejo-para-la-vida/. Mi uso es irónico, como se verá.

El Ginkgo, es según la introducción a la entrada de la sapientísima Wikipedia:

“(Ginkgo biloba, el Gingko, o árbol de los cuarenta escudos) árbol único en el mundo, sin parientes vivos. Está clasificado en su propia división, la Ginkgophyta, siendo el único miembro de la clase, Ginkgoopsida, orden Ginkgoales, familia Ginkgoaceae, género Ginkgo. Contiene una única especie, el Ginkgo biloba que constituye uno de los mejores ejemplos de relicto o fósil viviente conocido.”

Si no tienen cosa mejor que hacer, o no les gusta el fútbol y nadie les hace caso de seis a ocho de la tarde, o si son lectores de todo tipo de escritos que caen en sus manos, les invito a una pequeña historieta china:

 

 

EL VIEJO QUE SE NEGABA A MORIR

 

 

 

 

 

 

En una aldea lejana del antiguo imperio chino, vivía un noble anciano que pasaba de los ciento veinte años de edad. Llevaba más de treinta postrado en cama, y la familia, especialmente su bisnieta, Kumiko, que estaba haciéndose cargo del pobre anciano, de un casa llena de críos y de un marido ocioso y bebedor con el solo esfuerzo de sus brazos y piernas, se temía que pudiese permanecer en ese estado otros cien o doscientos años. El anciano aseguraba con sorna a quién quisiera oírlo que no pensaba morir, y que sobreviviría a todos.

Así es que la pobre mujer, Kumiko, estaba desesperada, ya que el viejo no se podía mover de la cama requería y demasiadas atenciones. Había que bañarle una vez al día, o dos en las épocas de calor, operación que demandaba los brazos de al menos dos personas. Darle de comer, pues aunque no se movía, consumía enormes cantidades de arroz, debido, según él decía, a que su mente estaba continuamente discurriendo y recordando. Y eso no dejaba de ser cierto pues no callaba ni debajo del agua. Por supuesto ocupaba una pieza de la humilde casa para él, y no dejaba que ninguno de los niños entrase en ella con su estera a dormir por las noches.

De resultas de lo cual Kumiko, que no pasaba de los treinta años y que podría haber seguido siendo una mujer de singular belleza, empalideció, adelgazó, se le llenó la cara de granos y empezó a perder el pelo y los dientes.

Un día Kumiko, desesperada, se acercó al camastro del viejo y le habló con palabras que intentaron resultar tiernas:

-Noble anciano. Sabe usted que venero a mis ancestros, y que cumplo con todas las ceremonias señaladas, para que ellos se sientan orgullosos de mí. No debería temer la muerte, pues siempre será recordado por los suyos.

El anciano, a pesar de que había perdido casi por completo la vista, alcanzó el bastón con el que se defendía de las bromas de sus  pequeños y revoltosos tataranietos, y del cual no se separaba ni dormido, y aunque al principio lo acercó muy despacio, luego con un rápido y hábil movimiento de mano, le arreó un bastonazo a Kumiko en mitad de la cabeza:

-Tú lo que quieres es que me muera, desgraciada. Pues que sepas que pienso vivir otros veinte años. Con él mal aspecto que presentas, no me extrañaría que te sobreviviese yo a ti, y no tú a mí, como estás deseando, bruja.

Kumiko se apartó de un salto, y mientras se frotaba el chichón que le crecía como un hongo bajo el pelo, le dijo:

-¡Oh, maldito viejo mal educado! Todos desean que te mueras. No me extraña, porque tu carácter es peor que el de un monje, apestas como un cochino y no haces otra cosa que comer y gruñir. Que sepas que estoy harta de ti, y que voy a hablar con el prefecto para que se haga cargo de este maldito asunto.

-Con esa pinta de vagabunda, y llena de chinches- respondió el viejo intentando adivinar con la turbia mirada el lugar donde se refugiaba Kumiko-; además, la boca te apesta. El prefecto no dejará que te acerques a él.

-Eso ya lo veremos- replicó Kumiko entre dientes, y dejó al anciano soltando espumarajos por la boca.

Kumiko, la niña de eterna belleza, estaba tan desesperada que sin pensarlo dos veces se engalanó como una yegua, poniéndose las ropas del día de su boda, se empolvó la cara para disimular los granos e hizo gárgaras cien veces con hojas de menta, para evitar el mal olor que desprendía su boca llena de dientes podridos.

Y de esa guisa, y sin que sus familiares se enteraran, al anochecer se presentó en la casa del prefecto.

En su mocedad Kumiko había recibido lecciones de canto y baile, y a pesar de que no poseía ningún instrumento de música, confiaba todavía en recordar algunas notas que hicieran las delicias del prefecto.

El prefecto se alojaba en una casa elegante con un precioso jardín, con una arboleda imposible en aquella región tan agreste, y un pequeño lago, sobre el que reposaba con su curvada elegancia un hermoso puentecillo de madera.

Cuando Kumiko se presentó delante de la puerta del prefecto, el oficial de la puerta, en la oscuridad de la noche confundió a Kumiko con un regalo, e hizo pasar a Kumiko al jardín donde el prefecto, grueso como un buey, se apoyaba en el pretil del puentecillo, que a duras penas sostenía su recia majestuosidad.

Kumiko se acercó al prefecto con pasos cortos y delicados, dando tiempo a que aquel hombre de pose aburrida y meditabunda tuviese tiempo de darse cuenta de su presencia, y de fantasear con aquella mujer antes de su encuentro.

El prefecto observó llegar aquella menuda y delicada sombra de mujer entre los reflejos de la luna llena, y su imaginación tuvo el tiempo necesario para imaginar toda esa clase de placeres que un hombre rico espera conseguir de una mujer bella.

-¿Ardo en deseos de conocer el nombre de este regalo maravilloso enviado sin duda por algún diablillo travieso?

Kumiko, que temía abrir la boca por si le apestaba, se tapó con delicadeza los labios con la mano, y agachó el rostro. Tales gestos de pudor juvenil enardecieron al prefecto, quien, por lo demás, era un hombre razonablemente bueno.

Kumiko se apartó unos metros y comenzó a cantar y bailar con suavidad, de tal manera que la elegancia del jardín, la frescura del lago, el misterio de la luz de la luna, y la fantasía del prefecto, se aliaron a favor de la sencilla voz de Kumiko, y de sus movimientos casi infantiles.

Kumiko y el prefecto pasaron la noche juntos, y antes del amanecer ella se escabullo de los pesados aunque agradables y cariñosos brazos del prefecto, y se fue, sin ser sorprendida, ni siquiera por su marido que dormía borracho al pie de la puerta de la casucha.

A la tarde siguiente, Kumiko y sus hijos mayores recolectaban arroz en un bancal cercano, cuando vieron venir por el serpenteante camino que recorría las laderas una carroza acompañada de dos oficiales montados a caballo, y detrás una procesión de humildes gentes que seguían el carruaje del prefecto.

Los oficiales preguntaron a un pastor, quien les indico la vivienda donde vivía Kumiko. Kumiko salió disparada, y sus hijos tras ella.

Cuando Kumiko entró en la oscura estancia donde yacía acostado su bisabuelo, observó una escena de lo más extraña. El prefecto conversaba amistosamente con el viejo, quien sin duda persuadido de la importancia de tal visita, se comportaba como el mismísimo sabio tonto Ryokan.

Hablaron sobre los malos tiempos que corrían, y sobre las bondades superiores de los viejos, y celebraron la ceremonia del té.

Después, el prefecto manifestando su autoridad con un ligero carraspeo, y  cambió el tono de la conversación, que se volvió seria:

-Venerable anciano, he oído hablar de usted pues es famoso en el país por su longevidad, y estoy preocupado. Si su ejemplo es seguido por la multitud de ancianos de este inmenso imperio, las familias no podrán mantener a sus hijos y el país entero se arruinará. Claro que nadie desea la muerte de un anciano respetado, y menos yo; pero si esta fuera su voluntad, haría un gran servicio al Imperio. El prefecto sabría agradecerle ese gesto con una recompensa que disfrutarían los hijos de sus hijos.

El viejo que se sintió atrapado por la argucia del prefecto, aun tuvo tiempo de intentar salvarse:

-Los ancianos son los hombres más respetados en este lugar. Aunque yo soy un humilde y pobre viejo, y aunque la salud de nuestro imperio pueda resentirse, la mía, como habrá podido comprobar con sus propios ojos es muy precaria y estoy al borde de la muerte. Quisiera por ello descansar tranquilo estos últimos meses, días quizás, de la compañía de los míos, y luego me iré, sin duda que me iré.

El anciano pensó que si conseguía que el prefecto se fuera, todos se olvidarían de él, y las cosas quedarían como estaban.

El prefecto no se arredró ante las aparentes muestras de sufrimiento del anciano, y repuso:

-Sin duda los motivos de esta visita habrán llegado a los oídos del emperador. Comprenderá que un hombre de mi posición no puede dejar un asunto tan trascendental como el que nos ocupa sin resolver.

El viejo comprendió que la batalla estaba perdida. ¡El mismísimo emperador en persona estaba al tanto de su muerte!

-Ayúdenme, quisiera salir al campo y descansar allí. Quisiera disfrutar por última vez del aire y la luz del paraje que me vio nacer.

El prefecto accedió a las demandas del anciano.

La misma Kumiko y su marido lo levantaron, y con pasitos muy cortos salió entre el murmullo y la admiración del centenar de personas que se agolpaban a la puerta de la casucha.

Llegaron a un estrecho campo sin árboles desde el cual se divisaba una porción del pequeño valle. El anciano pidió que le dejaran solo. Y allí permaneció tieso, ayudado por su bastón. La gente esperaba de un momento a otro verlo caer, señal de que habría muerto. Pero el anciano no se caía.

Al acercarse la noche, el viejo continuaba en la misma postura, mientras el valle se cubría de sombras moradas. Llegó la noche, y las gentes perdieron de vista al anciano, aunque supusieron que seguiría donde estaba. No se escuchó en toda la noche ni el más leve aleteo de un mosquito. Ni el caer de un cuerpo desfallecido.

Pero nadie se atrevió a comprobar si el anciano había muerto. El miedo a los espíritus atenazaba a los aldeanos, e incluso al mismísimo prefecto quien, escondido en su carruaje, se dispuso a esperar hasta el amanecer.

Cuando los primeros rayos de sol iluminaron el estrecho campo donde el anciano había parado de pies ayudado por su bastón, al parecer dispuesto a morir, en el lugar exacto donde debería estar el anciano, se erguía un raquítico, encorvado y leñoso tronco del árbol conocido como ginkgo. El ginkgo estaba completamente seco, y del anciano no se volvió a tener noticia.

El Ginkgo, como es sabido, es el árbol más antiguo de China.

 

 

Manolo Yagüe.