EL COMIENZO DEL RELATO

Dentro del Taller literario Manolo Yagüe, en nuestro primer tema veremos el comienzo del relato. Aquí os dejo dos comienzos magníficos con unas notas de lectura. En los materiales del Taller estudiaremos muchos ejemplo más.

El aprendiz de escritor necesita analizar con detenimiento, párrafo a párrafo, frase por frase, palabra por palabra, las obras de los grandes escritores, para encontrar lo que los hace diferentes, e imitar, copiar, tomar prestado, utilizar sus recursos.

Pongámonos en marcha.

 

1/

Había una vez un niño bueno, cuyo nombre era Jacob Blivens. Siempre obedecía a sus padres, por absurdas e irrazonables que sus demandas fueran; siempre se aprendía sus lecciones y nunca llegaba tarde a la escuela dominical. Se resistía a jugar al hockey incluso cuando su austero juicio le decía que era lo más conveniente que podía hacer. Ninguno de los otros chicos lograba sacar nada en claro de aquel niño que se comportaba de una manera tan rara. No había manera de que mintiera, por conveniente que fuese. Se limitaba a decir que mentir no estaba bien, y eso le bastaba. Y era tan honrado que resultaba simplemente ridículo. El curioso proceder de Jacob sobrepasaba toda medida. No quería jugar a canicas en domingo; se negaba a robar nidos; no quería dar monedas candentes a los monos de los organilleros; no demostraba el menor interés en ninguna clase de diversión racional.

 

El cuento del niño bueno, Mark Twain.

 

Notas de lectura:

  • Versión de un cuento tradicional. Comienza con el típico había una vez, pero da la vuelta a la historia, pues lo malo del protagonista, y la fuente de sus problemas posteriores, es precisamente que es demasiado bueno, formal, obediente.
  • Este cuento está contado desde un punto de vista muy particular: el punto de vista de los niños. Fijémonos en que los cuentos son escritos por adultos, bajo la férula implacable de su moral, gustos, o intereses. Sin embargo en este caso por fin son los niños los que nos dan su punto de vista.
  • No se limita a decirnos que ese niño era demasiado bueno para el común de los demás niños de su pueblo. Lo ilustra con jugosos ejemplos: « No quería jugar a canicas en domingo; se negaba a robar nidos; no quería dar monedas candentes a los monos de los organilleros; no demostraba el menor interés en ninguna clase de diversión racional.»

 

2/

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de los que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia—pregonaba el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima”. José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: “Para eso no sirve”. Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. “Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa”, replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

Notas de lectura:

  • El libro comienza con una frase sublime: pero además esa frase nos aporta mucha información. Personaje protagonista: Aureliano Buendía. Profesión: militar, militar derrotado, pues está ante un pelotón de fusilamiento. Transcurso del tiempo: es una larga historia, que se remonta al momento mágico en el que su padre lo llevó a ver el hielo. Relación de los personajes: padre e hijo van juntos, casi nos los imaginamos de la mano, y eso establece un importante vínculo familiar. Nos hayamos además ante un momento crucial de la vida del personaje, presumiblemente el final de su vida, frente a un pelotón que lo va a fusilar. Pero en esa escena hay una dosis muy fuerte de suspense. ¿Llegará a cumplirse la sentencia y Aureliano morirá? Tendremos que esperar para saberlo.
  • Luego viene una descripción del lugar. Es un lugar mágico: piedras como huevos prehistóricos; mundo reciente, recién inventado, origen del mundo bíblico, y origen de la vida, de la infancia, de lo que nos sorprende por primera vez.
  • Y después comienza la acción, también llena de magia, la de los gitanos: mundo del circo, y de los descubrimientos, y cómo no, de la infancia.
  • Por último señalar el carácter de Aureliano Buendía: el mismo nombre alude a un rasgo de su carácter. Buendía sugiere alguien alegre, optimista, positivo. Además nos lo describe como un hombre luchador, imaginativo y tenaz. Pero como todo buen relato el escritor lo ilustra con la historia del imán y la loca búsqueda del oro.

 

Manolo Yagüe.

 

UN HUESO DE CIRUELA (Historia verdadera)

 

La madre había comprado ciruelas, y queriendo distribuirlas entre los niños al final de la comida, púsolas en un plato.

Vania nunca había comido ciruelas, y aquella fruta le tentaba mucho; la había olfateado y deseaba probarla; así es que no cesaba de dar vueltas en torno al plato. Solo en el aposento, no pudo resistir la tentación; tomó una y se la comió.

La madre contó luego las ciruelas y vio que faltaba una.

Se lo dijo al padre.

Y en la mesa, el padre preguntó:

—decidme, hijos míos, ¿alguno de vosotros se ha comido la ciruela?

—No —respondieron todos.

Entonces agregó el padre:

—Si alguno de vosotros se la ha comido, no está bien, pero esa no es la desgracia verdadera; la desgracia es que las ciruelas tienen huesos, y que si se traga uno de esos huesos, se puede morir a las veinticuatro horas. Y he aquí lo que temo por vosotros.

Vania palideció y exclamó:

—No temáis, porque arrojé el hueso por la ventana.

Todo el mundo rió y Vania se echó a llorar.

 

Leon Tolstoi.

 

Recogido en la Antología de la literatura infantil Universal, Tomo II, de Carmen Bravo-Villasante.

NOS VAMOS DE EXCURSIÓN

“El niño rompió el espejo con el puño,

 pero no se cortó el puño.

¡Fue horrible! Empezó a brotar sangre de su la cara.”

Manolo Yagüe.

El niño aproxima la bicicleta al espejo.

—Ella también—, me dice.

—¿También la bicicleta? Ya llevamos el oso de peluche, una naranja para conquistar a una princesa, un brontosaurio, y al perro, que puede sernos de ayuda para volver.

Harpo olisquea el marco del espejo, mueve los bigotes y el rabo. Ha captado el rastro tenue de un roedor o de una ballena. Es un perro menudo, serio y no se amilana por tan poca cosa.

—La bicicleta no.

El niño protesta con un puchero.

—El otro lado está lleno de bicicletas. Y coches. Hay toda clase de vehículos raros. Te vas a cansar de la bicicleta. Es probable que la perdamos. Tú verás. Luego no me digas. Bueno, bueno,  pues la bicicleta se viene con nosotros.

El niño sonríe triunfal.

Me encamino a lo desconocido. ¿Cuántas veces habré entrado yo en un espejo? No más de diez, y todas ellas antes de cumplir los cinco años. No puedo recordarlas con precisión. Se confunden en una niebla de cuentos viejos.

—¿Tú también?— refunfuña mi mujer, que en ese momento irrumpe en el cuarto del piano blandiendo el tubo de la aspiradora.

—Se ha empeñado.

El niño ha metido el oso, el brontosaurio y la naranja en el cestillo de la bici. Todavía usa ruedines, pues no se atreve a montar a pelo, como un indio su caballo. Se entretiene dando vueltas a nuestro alrededor mientras nosotros discutimos.

—¡Deja de dar vueltas!— chilla mi mujer—. Vas a rayar la madera del piso. Tú qué, ¿no dices nada?

Me encojo de hombros.

—Ya tienes edad para no hacer tonterías.

—Me conoces, soy así. No puedo resistir la tentación, se me eriza el bello de la espalda y me entran ganas de mear.

—Andad con cuidado de los tigres.

Mi mujer sabe que al niño le dan miedo los tigres. Es su forma de advertirnos de que vayamos con mil ojos.

—Por si acaso, llevo gafas de repuesto. Vamos hijo.

Es un espejo de grandes dimensiones. Ocupa el espacio de una pared. El marco es dorado y lo tallaron en Ginebra con formas imposibles: raíces de miembros delgados, serpientes deshuesadas, pájaros adustos. Una fractura lo parte como un rayo: una profunda grieta de un milímetro de grosor. Es un peligro cruel: si por cualquier motivo caemos en la falla, iremos a parar a una región donde el espacio es negro y se oyen voces de cuerpos que caen al vacío.

—Ten cuidado al entrar —le digo al niño—, no te cortes con el filo del espejo o sangraras a borbotones.

El perro da un saltito y entra sin miedo alguno, no como yo.

Me despido de mi mujer, nos damos un tierno beso matrimonial.

—¿Llevas la cartera y el móvil?

—Sí.

No sé de qué me van a servir la cartera y el móvil dentro del espejo, pero en fin. Quizá dentro haya cobertura.

Doy una zancada mientras me agacho para evitar el peligroso filo de la grieta. Miro atrás. Si no volvemos, buscaré una segunda mujer, una que sepa escuchar los pasos maléficos de las arañas.

Ahora la otra pierna y ya estoy. El niño corretea con la bici, el perro olisquea un rastro en el suelo.

Mi mujer sonríe y agita la mano desde el lado de allá.

—¡Volved para la hora de la cena!— nos grita.

Pero se la ve feliz. Y eso a un marido siempre le da ánimo.

 

Manolo Yagüe

TIENE QUE HABER ALGO QUE PUEDAS HACER (cuento)

 

 

“-La misión del hombre blanco es colonizar el mundo y bastante tiene con eso. ¿Cree que le queda tiempo para entender a los negros?

-Eso es cierto -dijo Roberts-, y por otra parte, tampoco parece que le sea muy necesario. Precisamente la estupidez de los blancos está en proporción directa con el éxito que han tenido en colonizar el mundo…”

Relatos de los Mares del Sur, Jack London. 

Había una vez un niño que no tenía pies. Tampoco tenía manos, pues un día pisó una mina, y bum, todo cambió de repente para él. Su familia lo llevó en una carreta alquilada con el poco dinero que les quedaba para comer ese mes, y lo dejaron tirado en el hospital de unos cooperantes españoles. Cuando se recuperó de sus terribles heridas, y tras ponerle unos pies ortopédicos, logró de nuevo caminar, eso sí, muy despacio, con las piernas un tanto separadas, y con el miedo constante a caer de bruces al mínimo obstáculo del camino. Entonces los jóvenes médicos españoles, que trabajaban sin descanso y por supuesto sin sueldo, le urgieron con delicadeza a abandonar su cama, pues estaban hasta arriba de casos parecidos al suyo.

Caminó quince kilómetros hasta la aldea familiar, donde su padre, madre y hermanos le echaron sin miramientos. Sin manos ni pies era un estorbo, ya que no podía trabajar.

Volvió ese mismo día a la puerta del hospital, y durmió a la intemperie, sin una triste manta con la que protegerse del frío. Tenía quince años, la mirada nublada por el dolor, y se sentía un objeto inservible en el mundo.

Al despertar, recién amanecía, decidió que tendría que largarse del hospital, pues no quería que esos jóvenes médicos que se habían portado tan bien con él, curándolo de todas sus heridas, lo expulsasen de igual forma que su propia familia.

A un centenar de kilómetros de donde estaba, se decía que brotaba el lago más maravilloso que hubiera dado la tierra a los hombres, y que con su belleza y prodigalidad, protegía a todas las almas necesitadas de ayuda.

Así que, sin perder un segundo, caminó hasta el borde del lago, lo cual le llevó tres días de duro camino. No probó bocado y apenas bebió de algún charco en todo el trayecto. Cuando sus pies ortopédicos se plantaron frente al imponente espectáculo del lago al atardecer, el niño alcanzó a ver la escena más bella que sus ojos contemplaron jamás. Arrodillado, bebió del tímido borde de aquel majestuoso lago, que parecía ofrecer su agua con una delicadeza impropia de un ser tan grande. Sus aguas se perdían en el horizonte, desdibujadas por un sol anaranjado y por una línea de moradas sombras.

El niño cayó rendido, y allí mismo se durmió.

Un golpe lo despertó. La mañana estaba avanzada, y el sol azotaba con fuerza. Ante él se encontró con un viejo mendigo:

-Eh, tú- le dijo el mendigo, lanzándole una patada como si fuera un perro-, levántate y acompáñame a mendigar, necesito un niño que provoque en los hombres tanta pena como la provocas tú. Te daré de comer de mis sobras y te dejaré un trozo de mi manta para el frío de la noche.

-Estoy muerto de hambre- contestó el niño-. No puedes darme algo de pan.

-Te daré pan cuando hayas trabajado.

El niño, que estaba muerto de hambre, se levantó y siguió al viejo mendigo, que por lo demás tenía muy malas pulgas.

Fueron a la ciudad, no muy distante.

Buscaron una esquina adecuada, donde ya yacían apostados unos cuantos mendigos pidiendo. No los recibieron precisamente con cariño, pero el viejo se hizo sitio a fuerza de empellones e insultos.

-Quítate esos zapatos ortopédicos, y enseña los muñones de manos y pies. Y pon cara de pena; aunque eso no te hará falta. Te daré de comer a última hora del día. Pero mucho cuidado con engordar, porque tu cara flaca y enfermiza me conviene al negocio.

Colocaron un cuenco de madera delante de sus penosas figuras, y se dispusieron a esperar.

Así pasaron la mañana y la tarde. El viejo, por toda distracción, discutía a voz en grito con los otros mendigos, entre zafios comentarios e insultos, o se tendía arrebujado a echar una siesta.

Después de la dura jornada, comieron un pequeño bocado, durmieron en la calle y volvieron a la mañana siguiente.

A eso del mediodía, cuando aún a la sombra escasa de las paredes de los edificios el calor aplastaba las cabezas como una plancha de metal, una mujer vestida con pantalones y camisa, al estilo occidental, pero de piel mulata, se paró frente a él y se lo quedó mirando. Llevaba un maletín de falso cuero en una mano, y en la otra portaba un bocadillo, del que apenas probó bocado.

-Tienes hambre. Toma.

-Gracias- dijo él, y con sus muñones atrapó como pudo el bocadillo.

-¿Has ido a la escuela? ¿Sabes leer y escribir?

El niño movió afirmativamente la cabeza, pues no podía hablar mientras tragaba a toda prisa el bocadillo con la avidez de un perro.

-Sabes. Este no es sitio para ti.

El niño miro a la joven -que era guapa, esbelta, de rostro amable y tono educado-, como si le estuvieran hablando en otro idioma, pues en aquel país el destino se acepta sin miramientos.

-Y dónde podría estar mejor, con estos muñones que usted ve.

-No sé cuál es tu sitio, pero no es este.

Sin saber qué más decir, hizo ademán de largarse, pero luego pareció pensárselo mejor y le dijo.

-Tiene que haber algo que puedas hacer. No todo se hace con las manos o los pies.

En ese momento el viejo mendigo se despertó y al ver que su pupilo, de quien ya se sentía dueño y señor, atrapaba entre los muñones de las manos un trozo de bocadillo, se lo arrebató y le golpeó en la cabeza.

-¡Te dije que nada de comida hasta la noche!

El niño bajó los ojos al cuenco donde descansaban unas humildes monedas ennegrecidas.

-No le trate así- dijo la mujer, con tono de autoridad en la voz.

-Perdóneme, señora- musitó el viejo, agachando zalamero la vista-, es que llevamos días sin comer, y este rufián aprovecha mi debilidad para robarme.

Lo dijo con tal falta de sinceridad que la joven mujer no pudo creerlo.

-Paso cada día por esta misma esquina. Como me entere de que lo tratas mal, haré que te arresten.

El viejo no respondió, pero el resto del día su actitud cambio respecto al muchacho, al que dedicó palabras amables. La amenaza pareció surtir efecto.

Al mediodía siguiente, el niño esperaba lleno de ilusión la llegada de la mujer, a la que ya confería dotes de salvadora. Sin embargo lo único que llegó es la noticia de otro golpe de estado, y un nuevo gobierno. Las gentes de aquel país y en especial las de aquella ciudad distante y tranquila, no entendían de gobiernos, pues todos parecían iguales. Pero eso a nuestro niño le daba igual, pues no pensaba en otra cosa que la visión por unos segundos de la mujer salvadora.

Las horas pasaron y ella no.

Al día siguiente, lo mismo.

Una semana después, el viejo se olvidó de la amenaza de la joven adinerada, y por la noche, después de beber más vino de la cuenta, le dio al chico una brutal paliza. Fue su manera de vengarse.

El chico pasó la noche apartado del viejo, curándose las heridas de la paliza y pensando. Durante ese tiempo recordó las palabras de la mujer. Esas palabras contenían un acertijo, un misterio, y le concernía a él resolverlo. “Tiene que haber algo que tú puedas hacer; este no es sitio para ti”. Pero por más que se esforzó no se le ocurrió otra cosa que pudiera hacer en su lamentable estado que mendigar, ni mejor sitio donde vivir que esa esquina el resto de sus días. También tuvo tiempo de recorrer los accidentes de su vida, recordar a su familia, a sus hermanos y hermanas especialmente, a quienes echaba de menos, y a los médicos españoles que lo curaron de sus heridas, y le proporcionaron unos nuevos pies para caminar. Y con tales preguntas sin resolver, y los recuerdos dando vueltas en su cabeza, se quedó dormido.

A la mañana siguiente, sin saber exactamente por qué, el niño estaba animado y contento, y sin darse cuenta comenzó a tararear una canción que le enseñaron en la escuela.

-Muy contento se te ve- aseveró el viejo, que no soportaba un atisbo de felicidad a su alrededor-. Se conoce que una buena paliza te dulcifica el carácter, y te hace olvidar los cuentos de princesas que llegan a rescatarte.

El viejo se rió con ganas, pero ni se molestó en atender a la canción del niño, ya que estaba algo sordo.

Así es como el niño comenzó a cantar, y descubrió que su voz era bonita y gustaba a los transeúntes, que se paraban a escucharlo.

El viejo al ver incrementarse las monedas en el cuenco, le animaba a cantar, e incluso le azotaba si no lo hacía como debía.

Al principio conocía dos o tres canciones, pero poco a poco fue aprendiendo otras que le iban enseñando los mendigos o los transeúntes, ya que deseaban oírlas cantadas por su melodiosa voz. Mientras el niño cantaba, ellos rememoraban el pasado y se trasladaban a viejos y buenos recuerdos que les llenaban los ojos de lágrimas. Agradecidos, llenaban el cuenco con monedas.

Llegó un momento en el que no necesitaban pasar el día entero mendigando. En unas cuantas horas ganaban lo suficiente para comer y beber, y todavía les quedaban unas monedas, con las que alquilar una habitación para vivir bajo techo.

Entre tanto, el niño fue creciendo; su musculatura se ensanchó, convirtiéndose en un joven apuesto y de agraciado rostro. También absorbió durante todos esos años de cantante callejero, el dolor y la alegría de sus paisanos, transmitiéndolo luego con gran emoción a sus canciones. Además, se hizo con una radio, que escuchaba a todas horas, y aprendió de un vendedor de instrumentos musicales los rudimentos del solfeo, y cuanto conocimiento pudo este transmitirle a cerca de la música, que era mucho.

Finalmente el niño comenzó a adaptar las canciones que pertenecían a su pueblo y a su país, de tal forma que las hizo suyas, y finalmente inventó sus propias letras y canciones. Por supuesto todas esas canciones estaban en el interior de su cabeza, ya que no tenía manos para escribir. Pero eso a él le daba igual.

¡Cómo recordaba las palabras de aquella mujer: tiene que haber algo que puedas hacer; no sé cuál es tu sitio, pero no es este!

Ya tenía una respuesta a esa primera pregunta. Cantar, cantar y cantar.

Sin embargo, no sabía que pudiera haber una respuesta a la segunda: ¿cuál sería su sitio?

Por extraño que parezca, el joven cantante había acabado por sentir cariño hacia el viejo mendigo. Al menos, lo había recogido al borde de un lago cuando los demás, incluso sus familiares lo repudiaron, y le había enseñado un oficio que le permitía subsistir. Por ello cuidaba del viejo, con el que vivía en una casa modesta a las afueras de la cuidad, y acudía a darle de comer y preocuparse de que tomara sus medicinas, ya que el viejo era incapaz de caminar. Una noche el viejo se puso a delirar más de la cuenta, y como todos aquellos que se acercan a la muerte, tuvo una conversación con un espíritu afín, que le dijo:” es tu momento, dame la mano, ven conmigo.” Y el viejo, haciéndole caso, como un niño que desea que lo abracen, se fue.

Por las calles se rumoreaba que había llegado la democracia, la democracia, que en aquel pequeño rincón de África sonaba a riqueza y libertad. Todos andaban por la calle festejando sin saber muy bien qué. Era una noche fresca y agradable, y se celebraba una fiesta improvisada en honor de la recién nacida democracia.

Aquella noche, con el pecho encogido de dolor por la muerte del viejo mendigo, se acercó a la plaza de todos los días y cantó, con la voz más bella y triste que se pueda haber escuchado en ese lugar, un montón de canciones sencillas y antiguas.

Los transeúntes se arremolinaban a su alrededor. Subido a lo alto de unas escaleras cantaba, mientras los niños invadían alegres los peldaños, los amantes se abrazaban y bailaban con acompasada melancolía, los ancianos recordaban su niñez, y las almas pesarosas y solitarias encontraban consuelo en su voz.

Cuando ya era muy tarde y quedaban unas pocas personas a su alrededor, y el joven y apuesto cantante sin manos, cantaba más bajito, acompañado de las voces dulces de los niños expósitos de la ciudad, unos ojos de mujer se cruzaron con los suyos, y la reconoció.

Dejando de cantar se acercó a ella, que ahora era toda una mujer madura y de rostro algo cansado, y le dijo:

-Donde has estado todo este tiempo. Te esperé y esperé, pero no volviste a aparecer- dijo con un ligero aire de reproche en su voz.

-Oh, hombre dulce, el mismo día que te vi y hablé contigo tuve que huir para no caer en manos de los militares, que me hubieran torturado y asesinado. Hoy he vuelto para construir la democracia.

La mujer mostraba tal sinceridad con sus palabras, que el rostro del joven se dulcificó. Con mucha emoción le dijo a esa todavía bella mujer unas palabras que había ensayado desde hace tiempo en su imaginación, y que por fin podía pronunciar delante de su destinataria:

-Tenías razón. Había algo que podía hacer: cantar y, como ves lo hago de maravilla. Pero, me faltaba la respuesta a la otra pregunta, y esta noche la he encontrado.

-¿Cuál es el sitio para ti?- pronuncio ella, demostrando recordar la antigua conversación.

El joven tragó saliva porque sentía que iba a decir unas palabras importantes:

-Este es mi lugar, alrededor de toda esta gente pobre y que sufre.

-Pues entonces- le dijo ella, llorando por no haber podido venir hasta ahora en busca del niño sin manos y sin pies-, tu lugar es el mundo.

 

 

Manolo Yagüe.

 

 

EL FUEGO DE LA FE: UN MICROCUENTO

Este microcuento ha sido inspirado por el comienzo de un cuento infantil de H. C. Andersen y un relato triste de Tolstói. Por eso es que tiene una forma breve y sencilla, y está ambientado en la antigua Rusia.

Espero que lo disfruten, tanto como yo he sudado escribiéndolo (y cuidado con meterse en el interior de los troncos de los árboles):

 

EL FUEGO DE LA FE

 

 

Un joven viajaba caminando por la estepa rusa en dirección a Moscú. Sus pobres padres lo habían enviado en busca de trabajo, pues tenían puestas todas las esperanzas de felicidad en su único hijo.

El joven fue sorprendido por una tormenta de nieve y, no viendo donde resguardarse, se acercó al único árbol que había en los alrededores. Allí comprobó que su tronco se hallaba parcialmente hueco, y se introdujo en él. Muerto de hambre, frío y cansancio, se quedó profundamente dormido.

A la caída del sol, cinco jinetes cabalgaron al galope hasta la altura del árbol y decidieron pernoctar allí. Los jinetes bebieron en el interior de su tienda celebrando su último robo y, cuando la tormenta amainó y dejó de nevar, ebrios de alcohol, salieron y prendieron fuego a la madera medio seca del viejo árbol.

En unos segundos la hoguera creció de forma espectacular.

El pobre joven que dormía en su interior apenas tuvo tiempo de abrir los ojos, cuando quedó envuelto en llamas. Incapaz de salir del árbol, se puso a gritar poseído por el horror, pidiendo ayuda a la virgen.

Los cinco ladrones quedaron estupefactos al escuchar las terroríficas voces del árbol pidiendo ayuda a la virgen, mientras observaban en el corazón del fuego los atormentados movimientos de algo parecido a un ánima. Sin perder un segundo, corrieron a todo galope a una aldea que distaba unas verstas del lugar. Levantaron a todos los vecinos, y en tropel fueron a contemplar los rescoldos de la hoguera y oraron por el milagro.

Sobre las cenizas del lugar se construyó una ermita encalada, con el botín que los ladrones habían donado en penitencia por lo sucedido. Todos los años desde entonces recibe la visita de una fervorosa romería al comienzo del otoño.

La familia del joven, que ansiaba recibir noticias suyas una vez llegado a Moscú, esperó durante años en vano.

 

Manolo Yagüe.