ESCRIBIR Y ESCRIBIR: NO VENDAN SU BRAZO

 

Me he pasado mucho tiempo escribiendo. Pero no tanto como el que yo me imaginaba. Me he pasado mucho más tiempo leyendo. Esa es la cuestión. No es que piense que todo aquel esfuerzo haya caído en saco roto. Me ha venido de maravilla para mis clases; tengo referencias, y puedo defender con cierta solidez un punto de vista o un argumento (a veces). Me lo he pasado francamente bien. He aprendido cuatro o cinco cosas importantes sobre la vida y sobre las personas, y una o dos sobre mi.

Pero yo quería ser escritor. Os lo aseguro. Lo deseaba de verdad. Tanto que, si un demonio se me hubiera aparecido una noche de insomnio para proponerme cambiar un brazo a cambio del premio, hubiera aceptado sin dudar. Ahora, con un poco de perspectiva, prefiero que ningún demonio travieso hubiera querido jugar con mis deseos. Sin ese brazo ahora mismo me hubiera tenido que turnar para llevar de la mano a uno de mis hijos cada vez. Y gracias a las dos manos puedo, no solo llevarlos a los dos, sino que he podido cogerlos de recién nacidos. Y hay otra buena cantidad de cosas que puedo hacer gracias a esos dos brazos que sigo manteniendo pegados a mi tronco. Por ejemplo: puedo darle un beso a mi mujer, tocarle el culo, y a la vez silenciar el móvil en el bolsillo del pantalón (hay quienes dirán que no es el móvil). Por ejemplo: puedo sujetar una cerveza al tiempo que mi otra mano alcanza el cuenco de los cacahuetes.

 

Sé que hay gloriosos ejemplos de grandes escritores que han perdido brazos, o manos. Pero ya no me cambiaría por ellos.Volvamos al asunto. Me he pasado mucho más tiempo leyendo que escribiendo. Y eso no ha ayudado a mi carrera como escritor (sea cual sea esa carrera, que ese es otro asunto).

Cuando alguien seriamente se plantea que quiere ser escritor, a menudo se olvida de lo esencial. Por ello es habitual que ante un nuevo proyecto escriba dos o tres paginas, que suelen empezar con mucha fuerza, pero se van diluyendo en imprecisiones, y suelen cortarse de manera abrupta. Tengo por lo menos cien novelas de ese tipo en el archivo de mi viejo ordenador.

Aunque siéndome sincero, ahora estoy convencido de que ninguna de ellas será una novela. Se escribieron al calor del momento, en un arrebato de pasión que obedecía a dos impulsos naturales del escritor:

El impulso de emular las grandes obras que nos han conmovido.

El impulso de emular a aquellos escritores pésimos que han tenido un éxito de ventas milagroso.

No me parece que sean buenos puntos de partid

Yo creo que el mejor punto de partida es uno lo suficientemente modesto como para aceptar que, si nunca hemos pasado de una página, un éxito razonable, incluso meritorio, digno de mi alabanza, sería llegar a las dos páginas. Y si hemos llegado a las dos páginas, es bueno que no lancemos las campanas al vuelo. Sigamos escribiendo todavía una buena cantidad de textos de dos páginas, hasta que nos sintamos con fuerzas de aceptar el reto de llegar a las tres. Y, si entrenemos lo suficiente, superando dichos retos, quizás, y solo quizás, después de un continuado y superior esfuerzo de la voluntad, puede que lleguemos a la tan ansiada novela. Aunque tampoco hay que rasgarse las vestiduras. Probablemente la primera novela, no sea muy buena que digamos. Al igual que hemos ensayado con una primera página, y luego nos hemos lanzado a dos, y luego hemos repetido ese esfuerzo de escribir dos páginas, lo más probable es que nos veamos obligados a escribir dos, tres, cuatro o cinco novelas, antes de dominar el trabajo medianamente. Al menos como para llegar a saber de qué narices va eso de escribir una novela. Qué significa. En qué atolladeros nos vamos a ver envueltos. Qué estrategias vamos a generar para salir de la aventura de escribir una novela sin perder un brazo.

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Así pues, mi mejor recomendación, no es mía. La he comprendido en figuras como la de Henry Miller, autor al que admiro:

Escribir, escribir y escribir. Aprender, aprender y aprender. Leer, leer y leer. Pero primero escribir como un poseso.

Esto que pongo no son palabras literales de Henry Miller, ni nada parecido. Son las líneas maestras que yo he podido entresacar de la lectura de su biografía, de sus libros, de sus testimonios personales.

Escribir está primero. Y no hay nada que sea tan impagable para un escritor que no atienda a los requerimientos del ego o de los mercados, como pasar cinco, seis o siete horas escribiendo sin parar. Son mis momentos felices. Mientras tecleo a toda prisa, mi cabeza gira como un tornado a mil por hora, levantando hierbas, desperdicios, tractores, vacas, o una casa del medio oeste, y mis dedos apenas son capaces de seguirle el ritmo, yo no existo, nada de lo que he dado por sentado existe, las facturas no existen, los alumnos no existen, el pacto con el diablo no existe -ni por asomo se me ocurre no tener el brazo, la mano, los dedos, que tanto necesito para la actividad que tan feliz me hace-; no existe nada que esté fuera o lejos de la pantalla del ordenador y de los malditos signos que como hormigas siguen imparables devorando la selva de la realidad.

No vendan su brazo. Si ya consideran que han leído a un buen puñado de clásicos y modernos de la gran literatura, no se atormenten pensando que todavía no han leído a Proust, (y desde luego no hay autor que se precie que no haya leído a Proust), porque es mentira. Se puede ser un escritor competente, efectivo, divertido, e incluso tremendamente brillante sin leer a Proust. Shakespeare lo hizo. Desde luego Cervantes, que tanto escribió también, tampoco leyó a Proust. Voltaire, no. Yo, desde luego lo he evitado.

No vendan su brazo; manden unos cuantos tópicos a la basura, y dedique el tiempo que deja libre la frustración no correspondida a escribir.

 

Manolo Yagüe

EL CÍRCULO DE TIZA

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Foto: http://www.albertvidal.es/site/es

 

a mis hijos

 

Es un juego al que jugábamos cuando yo era niño.

Dibujé en el asfalto del parque, donde de vez en cuando se reunían los patinadores, un grueso círculo de tiza, de unos tres o cuatro centímetros de grosor. El círculo tendría un diámetro de un metro y medio o más. Era un enorme círculo que destacaba contra el asfalto gris. Me observaban un par de chiquillos, amigos de mi hijo. Me gusta jugar con los niños. Esta vez les propuse el siguiente juego: cada niño, por turnos, entraría en el círculo de tiza. Una vez allí tendría que imaginar un lugar en el que quisiera estar en ese momento. El protagonista, el niño que estuviera dentro del maravilloso círculo de tiza, nos tendría que contar cómo era el lugar que estaba viendo. Los que estábamos fuera le podríamos hacer preguntas. Preguntas para que nos contase lo que se veía y lo que estaba haciendo allí.

Me pasaba las horas en el parque, sobre todo cuando mi mujer estaba trabajando, que era a menudo, pero también para que ella pudiera descansar tras su dura jornada de trabajo. El parque quedaba justo enfrente de nuestro piso. No teníamos más que cruzar una calle, y el parque estaba allí, con sus árboles todavía enanos, los recuadros de césped, los paseos de tierra rojiza y polvo, y los columpios, toboganes y cachivaches para que se montaran los niños. En el centro del parque, y unido a un carril para bicicletas, en un rectángulo enorme de asfalto los patinadores de la zona hacían sus ejercicios. Aunque hoy no había ni uno solo patinando. Los chicos correteaban de un lado a otro como si estuvieran en el patio del colegio. Más allá del parque, hacia el oeste, comenzaban los descampados. Vivíamos en el último edificio de la cuidad.

Cuando los otros niños vieron lo que estábamos haciendo, se acercaron. Niños y niñas de diferentes edades se sumaron al juego, rodeando el círculo de tiza, y esperando su turno con emoción.

—Una pista de carreras. Mi coche es rojo y voy ganando —dijo uno, y agitaba los brazos mientras movía el volante, poniendo cara de velocidad.

—Estoy montado en un caballo —dijo Roberto, mi hijo.

—¿Cómo es el caballo?

—El caballo tiene alas, alas blancas, es blanco. Mueve las alas y se pone a volar.

Abrió los brazos.

Admirados, dejamos que volase en soledad por unos segundos.

—Estoy en un castillo de chocolate —dijo una chica regordeta: se encogió de hombros, nos miró y sonrió.

—Se derretirá de tanto calor —dije yo.

Hacía calor, aunque ya era tarde, pero no acababa de anochecer. Nuestro piso daba a poniente, y la noche tardaba tanto en llegar que uno no acababa de creerlo. El agotamiento llegaba antes que el anochecer.

Sonó el teléfono móvil, era Nuria, mi mujer:

—¿Dónde estáis?

—En el parque. He hecho un círculo de tiza. ¿Te acuerdas?

—Y qué es eso. Bueno es igual, sube al niño a bañar. Ah, por cierto, has recogido lo que te pedí.

—¿El qué? —mierda, el vestido y el traje de la tintorería. Miré el reloj, ya era tarde.

—¡¿No lo has cogido?! Estúpido.

Los niños seguían con el juego, aunque ahora se metían en el círculo hasta dos y tres, y habían disparado de tal modo su imaginación que los lugares y viajes no llegaban a tener demasiado sentido. Eso les hacía reír.

Cogí a mi hijo y, a duras penas, conseguí sacarlo del juego.

—Mañana vamos de boda. Es la boda de tu tío. Así que hay que bañarse para que no digan que somos unos guarros.

En lo que preparé el baño, bañé a mi hijo, hicimos la cena, y nos pusimos a cenar, sin darme cuenta, se hizo de noche. Ya habíamos cenado y el niño cabeceaba en el sofá, delante del televisor. Dejé la luz apagada del salón para no molestarlo. Y por supuesto, la puerta corredera de la terraza permanecía abierta.

Me fumé un cigarrillo en la terraza. El parque se había vaciado de niños. Los adolescentes tomaron posiciones, reunidos en grupos, cuchicheando, gritando, pegándose, separándose y volviéndose a juntar. Vistos desde la prodigiosa altura de un décimo piso parecían insectos de una misma colonia. Casi no se veía nada de la parte del campo, donde el sol ya se había puesto y solo se insinuaba el reverbero de algo grande y potente, pero muerto. Seguía el calor. Ni siquiera a esta altura la brisa. El niño se quedó dormido. ¿Cuántos kilómetros puede llegar a correr un niño a lo largo de un día, o durante toda su infancia? ¿Cuántos segundos tardaría en caer un cuerpo humano desde esta altura? ¿Le daría tiempo a pensar en algo?

La llave de la puerta carraspeó. Era Nuria, que por fin llegaba a casa. En cuanto la viera el niño, no querría separarse de ella. Entonces nos pasaríamos hasta las doce de la noche luchando con la situación. Ella quería verlo. Yo quería ver a mi mujer, y el niño quería ver a su madre. Demasiado, cuando todos estábamos tan agotados.

—Es mamá —dijo Roberto, incorporándose a duras penas en el sofá.

—Sí.

Nuria dejó la chaqueta, el bolso, la cartera y las llaves encima de la mesa del comedor.

—Te traeré la cena. Te la caliento en un segundo.

—¿No la tienes preparada?

—Se calienta en el microondas en un minuto.

—Mamá, mamá —. Roberto llamó con voz somnolienta a su madre—. Papá nos ha dibujado un círculo de tiza mágico.

—Ah…, sí… ¿A qué hora piensas ir a por los trajes de la boda? Te recuerdo, por si no lo sabías, que la ceremonia es mañana a las doce.

—Mamá, si tú pudieras entrar en un círculo de tiza, donde irías.

—Me estás escuchando —dijo Nuria dirigiendo su pregunta a la puerta de la cocina.

Claro que la escuchaba, pero qué.

Salí con una bandeja y la cena preparada. Cenaba en el salón viendo la tele.

—Mamá, mamá, dónde irías…

—Yo qué sé hijo, al Caribe.

—¿Y qué es el Caribe?

—Roberto, ven a mi lado, no molestes a tu madre. El Caribe es un mar lleno de islas, con playas paradisiacas. Y tiburones.

—Mamá, puedo ir contigo a ese sitio.

—Si tu padre lo paga, por supuesto.

—Papá, mañana volvemos a jugar al círculo de tiza, y me pido estar en el Caribe.

—Claro hijo —dije con la voz más agradable que pude, para convencer a Roberto de marchar a la cama—, pero para eso tenemos que descansar mucho. Así que ahora dale un beso a tu madre y a descansar.

El niño se negó en redondo a moverse del sofá. No es que llorase mucho o gritase. Simplemente decía que no quería irse y lloriqueaba con voz queda. Daba tal lástima que era difícil que su madre no lo dejase allí en el sofá, por lo menos otra de hora.

Fui a la cocina a dejar la bandeja de la cena y en cinco minutos recogí los cacharros y barrí. A la vuelta, Roberto estaba acurrucado en el regazo de su madre, dormido.

—¡Quítamelo de encima! —Susurró mi mujer—. Me mata de calor.

Cogí al niño por las axilas y lo trasladé hasta una esquina del sofá.

—¿No lo llevas a la cama?

—Creí que querías estar un rato con él.

—Ah, bueno. Es que, si está el niño, no podemos hablar.

¿Discutir?

—Mañana a primera hora paso por la tintorería.

—He hablado con tu abogado. Dice que no aceptas el acuerdo —dijo ella, sin preocuparse de si había actuado bien o mal.

—¿Para qué hablas con mi abogado?

—Hablo con quien me da la gana. Soy una mujer libre. Por cierto —dijo mientras se quitaba los zapatos, y cambiaba desde el mando de la tele los dibujos animados por un canal cualquiera—, yo creo que tu abogado es gilipollas.

—No puedes atender al niño. Trabajas todo el día fuera de casa.

—¡No me jodas! —Alzó la voz—. No me jodas o te despellejo.

—¡Chist! Habla más bajo.

—Llévatelo a la cama.

Busqué los cigarrillos. Cada vez que volvíamos a lo mismo, me tenía que largar, me ponía tan enfermo, físicamente enfermo, que tenía que salir de la habitación donde ella estaba con su voz. Era su voz. Esas palabras que como buriles inciden en la carne y nos van marcando, hasta dejarnos heridas.

Salí a la terraza, era el único sitio donde me estaba permitido fumar. Por fin algo de brisa. Tibia. Ni siquiera fresca. Mirados desde el otro lado, en el sofá e iluminados por la luz fluctuante del televisor, me resultó una escena tan agradable, familiar, limpia. ¿Por qué no se podía vivir en el otro lado?

Apagué el cigarro y entré en el salón. Cogí a Roberto en brazos, y me lo llevé.

—Cuidado. No le hagas daño.

¿Y yo qué? Me preguntaba.

Lo acosté y volví al salón, pero no me senté, estuve paseando arriba y abajo, nervioso.

—Al menos habrás sacado el dinero del regalo.

Moví la cabeza por toda afirmación.

—¿Quinientos?

—Qué remedio.

—Es mi hermano.

—Nos estamos divorciando —dije, sin terminar de creerlo.

—¿Y qué? No deja de ser mi hermano. En la boda de tu hermana, ¿cuánto dimos?

—Dimos menos.

—Ya, pero eso fue hace quince años. Los tiempos cambian.

Y tanto que cambian.

Me acerqué a la televisión. Me puse delante.

—Aparta.

—¿Te acuerdas del círculo de tiza?

—No. Aparta que quiero ver la tele. No, no me acuerdo.

—Es un juego que jugaba cuando era niño —le expliqué, sin apartarme de la tele—. Se dibuja un círculo de tiza, y quien se mete dentro se tiene que imaginar  que está en un lugar especial, el sitio en el que desea estar. Y nos cuenta cómo es. Y le podemos hacer preguntas.

—Bueno, ya. Ahora quítate de en medio.

Pero yo no me moví un milímetro.

—¿Tú te acuerdas que una vez, siendo novios, jugamos al círculo de tiza?

—Algo me suena— dijo Nuria, subiendo las piernas en el sofá, y recostándose para descansar.

—¿Y te acuerdas del sitio donde querías estar?

—No, no me acuerdo. No me acuerdo ya de esas bobadas. Anda, aparta.

Me aparté.

Seguí paseando por el salón.

Se quedó dormida.

Era lo que estaba esperando.

Cogí el tabaco y las llaves, y muy despacio abrí y cerré la puerta de entrada. Bajé andando los diez pisos. Me dejé llevar. Crucé la calle. Estaba desierta. Ni un alma. En el parque, a lo lejos, un grupo de personas con sus perros hablaban muy bajo. Los adolescentes se escondían arracimados en las zonas oscuras.

Me encendí otro cigarro. Paseé despacio, con pasos tambaleantes. La brisa fresca de la noche aliviaba la situación. La cabeza a esas horas me bullía como una olla a presión. Si al menos se bajaba el fuego por un rato, podría pasar sin estallar. Ya no deseaba estallar. Me acerqué a una zona de hierba. El frescor se acentuaba. Entraban ganas de tumbarse. Pero no lo hice. Un grupo de adolescentes hablaban y reían en un espacio de oscuridad intensa con la animación inconsciente que concede la juventud.

Llegué a la pista de los patinadores. Una densa nube de calor ascendía del asfalto. Vi el círculo de tiza. No se había borrado. Aunque estaba algo desdibujado por las pisadas de los niños. Todavía era un círculo perfecto. Un círculo mágico. Entré en el círculo. Planté mis dos pies dentro. Ya estaba.

Tenía el cigarro a medio consumir. Di una larga calada y expulsé el humo en dirección a las alturas, a la noche infinita que se descubría al otro lado del reverbero de las farolas. ¿En qué lugar querría estar ahora? ¿En qué lugar estaba yo? No se me ocurría nada. Por mucho que estrujara mi hipertrofiada imaginación. No existía otro lugar, solo este mismo. El parque. La calle. El piso. Desde aquí se veía la terraza de nuestro salón, de la cual se desprendían haces de luz de distintos colores proyectados por el televisor. Igual que fuegos artificiales.

No. Era cierto. No lograba imaginar otro lugar. Maldita sea. Ni playas desiertas, ni mujeres maravillosas, ni riquezas, ni nada. Mañana tendría que ir a la tintorería, aguantar una boda, un divorcio. Acostar y despertar a un niño hasta que fuera grande y pudiera apañárselas solo. Ese era mi lugar, fuera o dentro del círculo de tiza, maldita sea, ese era ahora mi lugar.

 

Manolo Yagüe

LO QUE IMPORTA ES QUE SEPAMOS EL UNO DE LA EXISTENCIA DEL OTRO

 

Le contaré algo. El otro día no podía dormir. Y me dije, haz caso al doctor. Ponte a hacer algo, distráete. Así que cogí una mopa y un trapo del polvo y me puse a limpiar el salón. A oscuras, intentando no hacer ruido para que no se despertara mi mujer.

¿Le ayudó distraerse?

Sí me hizo bien. Al principio quiero decir, porque luego pasó algo. Oí llegar un coche, y me asomé, procurando que no se me viera, a la ventana del salón. No era premeditado. Simplemente no quería que nadie se enterara de que ando despierto a esas horas. Era mi vecino. El cirujano. Paró el coche frente a la puerta, apagó las luces y se bajó. Rodeó el coche y abrió el maletero. Estaba de espaldas y al principio no vi lo que sacaba. Luego cuando avanzó con ese bulto enorme, me di cuenta. Llevaba un cuerpo envuelto en un saco negro, de esos que se utilizan para transportar cadáveres.

¿Cómo sabe que era un cuerpo y no otra cosa?

¿Qué como lo sé? Bueno, era como los de las películas. Como los que salen en la televisión. Tenía que ser un cuerpo. La forma. Las piernas y la cabeza colgaban a los lados. Y le costaba mucho transportar aquello.

¿Está seguro?

No, no lo sé. Pero estoy casi seguro. Tenía la forma de un cuerpo. Uno se da cuenta de esas cosas. El caso es que subió las escaleras de la entrada, dejó la bolsa en el piso y abrió con la llave. Luego, arrastró el cuerpo, quiero decir la bolsa hasta el interior, y cerró.

Y usted, ¿No llamó a la policía?

No, no llamé a la policía. Estaba limpiando el polvo. ¿Qué les iba a contar exactamente? A mí no me incumbe. Sabe, es un tipo raro, el cirujano. Muy delgado, y raro, no se habla con los vecinos. Hace años que no paga la comunidad. Mi mujer lo conoce del hospital donde trabaja. Trabajan en el mismo hospital. Allí tiene fama. Apenas lo dejan operar. Dicen que bebe, y por eso evitan que se meta en las operaciones complicadas, eso dicen. Bueno, mi mujer no trabaja con él. Es un hospital nuevo y muy grande. Lo ha visto de vez en cuando en la cafetería. Es igual, de todas formas, eso no tiene que ver.

Todo tiene que ver. Y, ¿qué dice su mujer?

No se lo he contado. Por quién me toma. No quiero parecer un loco.

No es un loco.

Eso lo dice para tranquilizarme. Pero si le contara esto a mi mujer, se podría hecha una furia. No creo que aguante otra historia de las mías. Vengo por ella. Ella me lo pidió. Es la condición que me puso para poder quedarme en casa. Me dijo, si no vas a terapia, ya te puedes ir largando. Y me comprometí a venir. Aunque no quería. No veo que avancemos mucho, si le soy sincero.

¿Por qué cree que no avanzamos?

No es culpa suya, entiéndame. Llevamos, qué, dos meses o tres viéndonos cada semana. Y, aunque todos creen que estoy mejor, porque me comporto como una persona normal, no estoy mejor. Eso se lleva dentro. He aprendido que es mejor disimular.

¿Disimula delante de su mujer?

Con ella más. Le digo que busco trabajo. Hago todas las tareas de la casa. Preparo la comida. Salimos. El sábado salimos a bailar. Aunque no bebo, no se asuste. He vuelto a ponerme el disfraz. Delante de mis padres también. Comienzan a hacerse mayores. Y como usted me dijo, ya tengo que dejar de darles problemas. Así que, cuando hablo con ellos por teléfono, hablo como una persona normal.

Es una persona normal. Solo que usted insiste en decir que no.

Es lo mismo doctor, no quiero discutir. Yo no discuto. ¿Para qué sirven las discusiones? En el trabajo me pasaba el día discutiendo. Así que llegaba a casa y seguía con las mismas. Discutíamos a todas horas. Cuanto más me esforzaba, más discutía con mi mujer. Y luego me dio por pensar que no era yo. Que yo era otro. Y que tenía que deshacerme de ese otro.

Fue cuando decidió quitarse la vida.

No fue un suicidio. Bueno, un intento de suicidio. Fue un intento de asesinato. El otro había tomado mi cuerpo. Ese hombre. No lo conocía. Sí, ya sé que era clavado a mí, la misma cara, la misma ropa, el mismo tono de voz. Pero ya le digo, se lo he dicho tantas veces que me estoy cansando. ¿Oiga, es necesario repetirlo una y otra vez? Me cansa. Me aburre. No creo que sea culpa suya. Es su trabajo. Y estoy convencido de que, si por usted fuera, lo haría diferente. Pero le han enseñado a no dar su opinión. A mantener las distancias.

¿Cree que soy distante contigo?

Es una forma de hacer el trabajo. No creo que sea así siempre. Aunque tampoco se lo ve como un tipo precisamente natural. No se ofenda. Pero su mujer tiene que estar exasperada. Seguro que le pasa como a mí: ¿a que su mujer no soporta que usted no discuta? La mía se pone nerviosa. ¿A que su mujer es más feliz cuando discuten?

Oh, no lo creo. Pero sí, tiene razón, a veces le molesta mi actitud tan sosegada.

¡Lo que le decía! Tengo o no tengo razón.

Bueno…

Me gusta verlo actuar en la consulta, se le da bien, se muestra sereno, imperturbable. Ahora, en el momento de actuar me acuerdo de usted. Entonces, cuando llega a casa con ganas de pelea, me acuerdo de su manera de psicoanalizarme, y trato de imitarlo. Al principio ella se lo tragaba, se calmaba, yo la dejaba hablar, dejaba que soltase toda su mierda. Pero creo que ya no le hace gracia. Ella viene con ganas de pelea. Necesita pelear con alguien para calmar sus nervios. Los  tiene todo el día a flor de piel. Se vuelve loca si no puede utilizarme como su vía de escape. Así de sencillo. Yo antes me ponía a discutir. Ahora no. Dejo que hable, que se desahogue, que me insulte si quiere. Que me pegue, si eso ayuda. Total, apenas puede hacerme daño. Y sabe una cosa bien buena. Cuanto más terrible soy con ella, y con los demás, menos aparece el otro.

¿Ha dejado de sentirlo?

No del todo. A veces se asoma. Pero ya no domina el cotarro. Si por él fuera volveríamos  a las andadas. Al trabajo, a las peleas con mi mujer, a beber cada noche. Como ella, que sigue bebiendo. Pero claro, ella no importa, porque es normal. Es muy difícil que pueda matarlo. Si lograse desplazarlo completamente a un brazo o una pierna. Entonces me cortaría el brazo o la pierna y me desharía de él. Aunque no las tengo todas conmigo.

¿Toma las pastillas?

¿Qué quiere que le diga? Las tomo, las tomo. No sé sorprenda. Me ayudan. Nada más. Pero no volveré a ser el mismo de antes. No me voy a meter en la vida de mi vecino, el cirujano, por ejemplo. Ni de coña. Eso es lo que hacía antes. Ahora no. ¿Qué ha matado a alguien y quiere tenerlo guardado en la nevera? Pues, por mí, perfecto. No me atañe. Nada de los demás me atañe. Suelen estar equivocados. Unos más que otros.

No tenemos más tiempo.

Oiga, doctor. ¿Hasta dónde llega el secreto profesional?

¿Qué quiere decir?

Mi vecino. ¿No irá a contárselo a la policía? Sabe, es un buen hombre. Sólo que no es como los demás. Usted no puede contar nada de lo que hablamos durante la consulta, ¿no es así?

No exactamente. El secreto profesional tiene unos límites.

¡No le contará lo de mi vecino a la policía!

No cree que sería mejor que fuera usted mismo quien lo hiciera. Estoy seguro de que se quedaría más a gusto.

No le he contado todo.

¿Hay más?

¿Lo contará? ¿Se lo contará a la policía?

Creo que se lo ha inventado, de todas formas…

Bueno doctor. Tiene razón. A veces me da por inventarme cosas. El suicidio, por ejemplo.

El intento de suicidio. Eso no fue ninguna invención, pasó usted casi un mes en el hospital.

No hay diferencia. Una última cosa que quería contarle. Es sobre mi vecino. Ayer fui a verlo. Sentí que necesitaba apoyarlo. Tomamos una coca-cola en su jardín. Acababa de plantar unos arbustos nuevos. Por debajo había removido la tierra, y tenía el tamaño de un hombre. Sabe lo que le digo. Creo que lo enterró allí. Tomamos la coca-cola y charlamos de jardinería. Pasamos una tarde estupenda. Creo que en las dos horas que he estado con él no he hablado con tanta libertad en mi vida. Y él tampoco. Cuando terminamos, estábamos exultantes, como dos almas gemelas que se encuentran en un mundo hostil. Le prometí volver. Aunque estoy casi seguro de que no volveremos a vernos. No importa. Lo que importa es que sepamos el uno de la existencia del otro.

Tenemos que dejarlo. Por hoy ha sido suficiente.

Supongo que no se ha tragado una palabra de todo lo que le he dicho.

La verdad. Lo del vecino me ha parecido una patraña. Aunque por unos minutos pensé que sí. ¿Vive ese hombre realmente en su calle, es su vecino?

Eso sí. Y que la otra noche limpiaba el polvo porque no podía dormir, eso también es cierto. Lo otro…

Me lo imaginaba.

De todas formas, ya le digo, que da igual.

 

Manolo Yagüe

UN ARTISTA DEL HAMBRE: FRANZ KAFKA

“En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.”

 

Un artista del hambre (fragmento), Franz Kafka.

EL PAPÁ NOEL NEGRO: UN CUENTO DE NAVIDAD

 

 

El Papá Noel se puso a la puerta de la FNAC. Era un hombre negro, que escondía buena parte de sus rasgos en una enorme barba postiza blanca, pero en sus ojos se veía que era un hombre negro. No había hecho apenas dinero y no quería irse a casa todavía. Pero la calle se iba vaciando, y la plaza de Callao estaba casi desierta, con varios grupos de personas, jóvenes en su mayoría, retrasados de la Noche Buena que iban colándose con alegría hacia las bocas del metro. Las luces de los negocios seguían encendidas, pero las puertas estaban cerradas y las últimas cortinas de seguridad habían caído hacía unos minutos.

No le cabía esperar ya gran cosa. Y sin embargo, rebuscando con las manos enguantadas, con unos guantes con los dedos cortados para que pudiera recoger con rapidez las monedas, las cuentas apenas le salían. ¿Dónde compraría además algo de cena para su mujer y su hijo? Esperó un golpe de suerte, un último billete caído de la mano de un hombre trajeado, o de una señora cómodamente enfundada en  un abrigo de pieles, o un matrimonio joven con un niño, que al leer el cartel de cartón en el que escribió un mensaje en el que pedía dinero para dar una cena de Noche Buena digna a su familia y a su hijo, pudieran conmoverse. Se conformaba con poder comprar una barra de pan, un pollo para hacer al horno y puede que una botella de Coca-cola.

Pero el dinero  no alcanzaba. Y lo peor era que el termómetro no paraba de bajar, y tenía los dedos morados, y no sentía los pies desde hacía horas.

Además se puso a nevar.

Aunque no dejaba de golpear con uno y otro pie en el suelo, y cuando se acercaba algún despistado con la mirada gacha, se ponía a entonar el Merry Christmas sin mucha fe, con una monotonía y falta de emoción impropia de la felicidad del villancico, el frío no dejaba de posarse con su maléfico silencio sobre las cosas y las personas, y él mismo ya parecía un adorno enorme e inmóvil de la navidad. Algo más propio de una visión a través del otro lado de la ventana, como si toda la calle hubiera pasado a ser un decorado de cartón piedra y él fuera una extraña figura en una maqueta de un Belén. El Caganet, y el Papá Noël negro.

Cuarto de hora después recogió su cartón y el pañuelo con un puñado de monedas del suelo, y quitándose las gomas de detrás de las orejas se deshizo por fin de la ridícula barba y del estúpido gorro colorado con la borla blanca, y subió en dirección a la Gran Vía. Un grupo de jóvenes ruidosos y borrachos se cruzó en su camino, y lo rodearon.

—Un Papa Noël negro.

Y todos corearon con risas la gracia.

—Es mejor que no bebamos más, no vaya a ser que aparezcan unos Reyes Magos mutantes.

Y se perdieron calle abajo, en dirección a Sol, no sin antes propinarle algunos empellones.

En la Gran Vía no quedaba más que un taxi parado en doble fila, y una fulana de un local cercano fumando, con una minifalda tan corta que le temblaban las rodillas.

En ese instante una mujer de unos cincuenta, vestida de negro, salió de un lujoso portal y se dirigió al taxi, taconeando con determinación la acera.

Sus ojos se cruzaron un instante, un segundo durante el cual ella pudo verlo en toda su miseria y él comprobar que era una mujer pudiente y no tenía a dónde ir.

La mujer se metió en el taxi. Aunque el taxi no se decidió a arrancar. El Papa Noël y la prostituta, que casi estaban al lado, se quedaron mirando el taxi, que no acababa de arrancar, como si la mujer tuviera terribles dudas sobre su destino de esa noche.

La ventanilla trasera derecha del taxi se bajó y por entre los copos de nieve vieron que la mujer hacía gestos con la mano.

La prostituta, una mujer del este, de fina piel blanquísima y con cara de muñeca de porcelana, y el negro se miraron porque no sabían a quién de los dos reclamaba desde el interior oscuro del automóvil.

Pero al final se dieron cuenta de que le llamaba a él. La prostituta apagó la colilla y se volvió decepcionada.

Subió al asiento trasero y sacudió los copos de nieve de su cabeza. La mujer estaba sentada de medio lado y observaba con atención de tasador al negro.

—Arranque, y de unas vueltas por ahí— le dijo ella—. Parece que no tenemos a dónde ir esta noche. Casi mejor.

No sabía qué contestar. Quería ir con su familia, pero no había que andarse muy avispado para imaginar lo que esa mujer esperaba de él. Y eso significaba dinero fácil. O rápido al menos.

Varias horas después el taxi se detuvo un segundo a la puerta de un edificio de ladrillo sucio, en una calle miserable de un barrio desconocido de Madrid.

—Gracias —dijo el hombre, una vez hubo salido del taxi con dos bolsas de plástico en las manos: una con el traje de Papa Noel hecho un ovillo, y otra bolsa de un conocido restaurante del centro llena de comida.

—Gracias a ti —se oyó la voz de la mujer desde el interior.

El hombre negro dibujó una media sonrisa de satisfacción cuando el taxi rodó calle adelante y se perdió en la primera esquina. Pensó en su mujer y en su hijo.

Hoy tendrían una cena especial de Noche Buena.

Y, por cierto, había dejado de nevar.

 

Manolo Yagüe