ESCRIBIR Y ESCRIBIR: NO VENDAN SU BRAZO

 

Me he pasado mucho tiempo escribiendo. Pero no tanto como el que yo me imaginaba. Me he pasado mucho más tiempo leyendo. Esa es la cuestión. No es que piense que todo aquel esfuerzo haya caído en saco roto. Me ha venido de maravilla para mis clases; tengo referencias, y puedo defender con cierta solidez un punto de vista o un argumento (a veces). Me lo he pasado francamente bien. He aprendido cuatro o cinco cosas importantes sobre la vida y sobre las personas, y una o dos sobre mi.

Pero yo quería ser escritor. Os lo aseguro. Lo deseaba de verdad. Tanto que, si un demonio se me hubiera aparecido una noche de insomnio para proponerme cambiar un brazo a cambio del premio, hubiera aceptado sin dudar. Ahora, con un poco de perspectiva, prefiero que ningún demonio travieso hubiera querido jugar con mis deseos. Sin ese brazo ahora mismo me hubiera tenido que turnar para llevar de la mano a uno de mis hijos cada vez. Y gracias a las dos manos puedo, no solo llevarlos a los dos, sino que he podido cogerlos de recién nacidos. Y hay otra buena cantidad de cosas que puedo hacer gracias a esos dos brazos que sigo manteniendo pegados a mi tronco. Por ejemplo: puedo darle un beso a mi mujer, tocarle el culo, y a la vez silenciar el móvil en el bolsillo del pantalón (hay quienes dirán que no es el móvil). Por ejemplo: puedo sujetar una cerveza al tiempo que mi otra mano alcanza el cuenco de los cacahuetes.

 

Sé que hay gloriosos ejemplos de grandes escritores que han perdido brazos, o manos. Pero ya no me cambiaría por ellos.Volvamos al asunto. Me he pasado mucho más tiempo leyendo que escribiendo. Y eso no ha ayudado a mi carrera como escritor (sea cual sea esa carrera, que ese es otro asunto).

Cuando alguien seriamente se plantea que quiere ser escritor, a menudo se olvida de lo esencial. Por ello es habitual que ante un nuevo proyecto escriba dos o tres paginas, que suelen empezar con mucha fuerza, pero se van diluyendo en imprecisiones, y suelen cortarse de manera abrupta. Tengo por lo menos cien novelas de ese tipo en el archivo de mi viejo ordenador.

Aunque siéndome sincero, ahora estoy convencido de que ninguna de ellas será una novela. Se escribieron al calor del momento, en un arrebato de pasión que obedecía a dos impulsos naturales del escritor:

El impulso de emular las grandes obras que nos han conmovido.

El impulso de emular a aquellos escritores pésimos que han tenido un éxito de ventas milagroso.

No me parece que sean buenos puntos de partid

Yo creo que el mejor punto de partida es uno lo suficientemente modesto como para aceptar que, si nunca hemos pasado de una página, un éxito razonable, incluso meritorio, digno de mi alabanza, sería llegar a las dos páginas. Y si hemos llegado a las dos páginas, es bueno que no lancemos las campanas al vuelo. Sigamos escribiendo todavía una buena cantidad de textos de dos páginas, hasta que nos sintamos con fuerzas de aceptar el reto de llegar a las tres. Y, si entrenemos lo suficiente, superando dichos retos, quizás, y solo quizás, después de un continuado y superior esfuerzo de la voluntad, puede que lleguemos a la tan ansiada novela. Aunque tampoco hay que rasgarse las vestiduras. Probablemente la primera novela, no sea muy buena que digamos. Al igual que hemos ensayado con una primera página, y luego nos hemos lanzado a dos, y luego hemos repetido ese esfuerzo de escribir dos páginas, lo más probable es que nos veamos obligados a escribir dos, tres, cuatro o cinco novelas, antes de dominar el trabajo medianamente. Al menos como para llegar a saber de qué narices va eso de escribir una novela. Qué significa. En qué atolladeros nos vamos a ver envueltos. Qué estrategias vamos a generar para salir de la aventura de escribir una novela sin perder un brazo.

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Así pues, mi mejor recomendación, no es mía. La he comprendido en figuras como la de Henry Miller, autor al que admiro:

Escribir, escribir y escribir. Aprender, aprender y aprender. Leer, leer y leer. Pero primero escribir como un poseso.

Esto que pongo no son palabras literales de Henry Miller, ni nada parecido. Son las líneas maestras que yo he podido entresacar de la lectura de su biografía, de sus libros, de sus testimonios personales.

Escribir está primero. Y no hay nada que sea tan impagable para un escritor que no atienda a los requerimientos del ego o de los mercados, como pasar cinco, seis o siete horas escribiendo sin parar. Son mis momentos felices. Mientras tecleo a toda prisa, mi cabeza gira como un tornado a mil por hora, levantando hierbas, desperdicios, tractores, vacas, o una casa del medio oeste, y mis dedos apenas son capaces de seguirle el ritmo, yo no existo, nada de lo que he dado por sentado existe, las facturas no existen, los alumnos no existen, el pacto con el diablo no existe -ni por asomo se me ocurre no tener el brazo, la mano, los dedos, que tanto necesito para la actividad que tan feliz me hace-; no existe nada que esté fuera o lejos de la pantalla del ordenador y de los malditos signos que como hormigas siguen imparables devorando la selva de la realidad.

No vendan su brazo. Si ya consideran que han leído a un buen puñado de clásicos y modernos de la gran literatura, no se atormenten pensando que todavía no han leído a Proust, (y desde luego no hay autor que se precie que no haya leído a Proust), porque es mentira. Se puede ser un escritor competente, efectivo, divertido, e incluso tremendamente brillante sin leer a Proust. Shakespeare lo hizo. Desde luego Cervantes, que tanto escribió también, tampoco leyó a Proust. Voltaire, no. Yo, desde luego lo he evitado.

No vendan su brazo; manden unos cuantos tópicos a la basura, y dedique el tiempo que deja libre la frustración no correspondida a escribir.

 

Manolo Yagüe