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BAILANDO, PARA NO ESTAR MUERTO

Entrada dedicada a Gómez Recio, y a mis alumnos de los Talleres Literarios.

 

¿Para qué se escribe? ¿Por qué escribimos y no nos dedicamos a cazar moscas o a ver todo el día la televisión? Antes o después, en algún momento de su vida de escritor, surge esa pregunta, que parece hecha por un demonio malicioso que sabe que las ambiciones humanas son inútiles. Sin embargo, los seres humanos nos vemos obligados a dar respuesta a nuestros actos, a darle sentido a nuestra existencia. Como si a la piedra no le fuera suficiente con ser piedra, o al árbol con ser árbol, al hombre no le basta con ser hombre.

Si le preguntáramos a un perro, por qué olisquea el mismo sendero todos los días, el perro se encogería de hombros, y nos miraría pensando que somos estúpidos. «Simplemente lo hago porque me gusta, y porque soy un perro, idiota». Si le preguntan a un escritor por qué escribe, en la mayoría de los casos elabora un rebuscado razonamiento, en el que seguramente no cree.

«Simplemente lo hago porque me gusta, y porque soy un escritor, idiota».

Esa es mi última respuesta. No me la creo del todo. Todavía soy demasiado joven. Cuando llegue a la edad que tenía Bradbury en el siguiente texto, seguro que la afirmación que acabo de realizar cobre más sentido. Los viejos tienen la ventaja de que ya no se dejan engatusar fácilmente por los razonamientos o las preocupaciones.

Y si no les vale la razón que he dado. Tengo otra, la extraigo del siguiente fragmento de mi viejo Bradbury.

 

«Una noche, mientras me estaba sirviendo, mi amigo camarero, Laurent, que trabaja en la Brasserie Champs du Mars cerca de la Torre Eiffel, me habló de su vida.

—Trabajo de diez a doce horas, a veces catorce —me dijo— y después de media noche me voy a bailar, bailar, bailar hasta las cuatro o cinco de la mañana, y me acuesto y duermo hasta las diez y luego arriba a las once a trabajar diez o doce horas y a veces quince.

—¿Cómo consigue hacerlo? —le pregunté.

—Fácilmente —dijo—. Dormir es estar muerto. Es como la muerte. Así que bailamos, bailamos para no estar muertos. No queremos que eso ocurra.

—¿Qué edad tiene usted? —le pregunté.

—Veintitrés —me dijo.

—Ah —deje, y lo tomé gentilmente por el codo—. Ah. Veintitrés, ¿no?

—Veintitrés —dijo sonriendo—. ¿Y usted?

—Setenta  y seis —dije—. Y yo tampoco quiero estar muerto. Pero no tengo veintitrés. ¿Qué puedo hacer?

—Sí —dijo Laurent, inocente y todavía sonriendo—, ¿qué hace usted a las tres de la mañana?

—Escribir —dije al cabo de un momento.

—¿Escribir? —dijo Laurent asombrado—. ¿Escribir?

—Para no estar muerto —dije—, como usted.

—¿Yo?

—Sí —dije, sonriendo ahora—. A las tres de la mañana escribo, escribo, ¡escribo!

—Tiene mucha suerte —me dijo Laurent—. Es usted muy joven.

—Hasta ahora —dije y apure mi cerveza y me fui a sentar delante de mi máquina de escribir, a terminar un cuento.»

 

 

Introducción a El Hombre Ilustrado, Ray Bradbury. Editorial Booket.

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El pájaro escritor
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