LA ROSA: JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

El escritor es sus lecturas. Continuando con la labor de difusión de obras interesantes para el escritor, traigo ahora un texto inigualable de Juan Eduardo Zúñiga.

Un escritor que se hace notar poco, y dice mucho, a veces mucho más de lo que uno puede soportar.

A “La rosa” -encarnada, húmeda y fresca-, no le sobra ni le falta nada. Es un ejemplo de sencillez, naturalidad, economía de medios, sensibilidad y simbolismo.  Os dejo con la rosa…

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Retrato de Juan Eduardo Zúñiga, por Amaya Aznar

 

LA ROSA

 

Ante el estudiante, un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada.
Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: sólo esperaría aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta.
Y al fin vio lo que anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche, andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar un puente.
Anduvo mucho tiempo y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche, pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o veranos.
 Tras un largo trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón. Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie.
Únicamente vio sobre el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.
Juan Eduardo Zúñiga 

EL REGALO DE LOS REYES MAGOS, O. HENRY

EL REGALO DE LOS REYES MAGOS
O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la se

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O. Henry

gunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de “Señor James Dillingham Young”.

 

La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde “D”. Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la “Sofronie” indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto… tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

“Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?.”

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: “Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita”.

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

 FIN

 

CONCURSO CAFÉ COMPÁS: UNA ALUMNA ENTRE LAS FINALISTAS

El trabajo va dando frutos. Despues de un duro curso de propuestas y correcciones, los textos terminados cominezan a lucir fuera del taller. Es el caso del relato “Una tarde con Manuela” de Miriam Tardón del Río. Excelente relato, que será publicado además, para orgullo y disfrute de familiares, amigos y literatos, y por supuesto para alegría de la escritura. Todo un acontecimiento para un escritor que empieza a abrirse camino. Mis más sinceras felicitaciones, Miriam.

cartel café compás 2013.finalistas

Manolo Yagüe, Profesor de Escritura Creativa (TEC)

 

http://www.manoloyague.com/taller-literario/

DE LA COMPASIÓN: POR MARÍA YAGÜE

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El tema de la compasión empezó a interesarme cuándo vivía en Irlanda, en aquel momento me hallaba enfrascada en terapia, preocupada por entender mi propio ser, por vivir en paz y plenitud, ¡casi nada!

Una de las cosas que más me ayudaron en los momentos en dónde el desaliento me podía, dónde nada tenía sentido para mí, sin razones obvias para ello, fue el poder de la palabra compasión. Como yo realizaba la terapia en inglés, la palabra que usaba como un mantra era compassion. La repetía o la escribía, siempre dirigida hacia mi propia persona, realizando una y mil veces un ejercicio de auto-compasión.

Lo curioso es que esta palabra tiene un rasgo peyorativo en español, siendo definida por la Real Academia como: “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. Por el contrario, por ejemplo, en inglés y francés compassion es algo positivo, siendo una virtud ser compasivo. Hay centros como  “The Center for Compassion and Altruism Research” de la Universidad de Standord  dónde se estudia desde un punto de vista científico y en el mundo anglosajón  se realizan diferentes estudios en dónde se intenta medir su poder curativo.

Me niego a pensar que lo que yo hacía era un ejercicio de lástima y conmiseración, sino todo lo opuesto. La compasión debería ser revisada en nuestros diccionarios, considerándosela un acto de amor que nos permite ser capaces de sentir el dolor ajeno.

Y para mi regocijo personal he descubierto que dos pensadores como Jose Antonio Marina y otro de la talla humana e intelectual de Bertrand Russell, escribieron sobre este asunto mucho antes que yo. Marina, según sus propias palabras, escribe que “considerar a la compasión como un sentimiento paternalista y humillante es una gigantesta corrupción afectiva”. Russell por su parte la consideraba, ya en su vejez, como una de los motores que había movido su vida. Ya sé que esto no valida mi argumentación, por mucho premio Nobel que uno posea puede estar muy equivocado en muchas cosas, pero permitánme que lo disfrute como una pequeña victoria.

La próxima vez que tengan que obsequiar a alguien, incluidos ustedes mismos, ya saben, regalen compasión. No se agota, es gratis y no necesita del odioso papel de regalo.

 

María Yagüe

HISTORIAS ACERBAS (un relato de amor)

 

 

Diccionario de la Lengua Española:

Acerbo, ba.(Del lat. acerbus).1. adj. Áspero al gusto.2. adj. Cruel, riguroso, desapacible.

 

 

 

Ninette entró en la librería de segunda mano del señor Ricard, y se sentó como siempre en una pila de libros viejos:

—Hola Ninette, ¿qué tal está su padre?

—Oh, a punto de morir.

—Su padre siempre está a punto de morir. Yo le he conocido así veinte años.

—No creo que aguante el invierno.

—Aguantará. Cómo iba a perderse la primavera. Su padre es un romántico. Aguardará la primavera y luego se irá. Por cierto Ninette, ¿cuántos cumple ya? Espero que le haya gustado mi regalo de cumpleaños.

—Sí, sí, claro. Una edición única de las Memorias de Chateaubriand. Creo que tiene tres ediciones distintas. Pero esta es la mejor, señor Ricard.

—¿Sabemos algo de Philipe? —preguntó Ninette. Siempre preguntaba. A sabiendas de que la respuesta solía ser invariablemente la misma: nada.

Sin embargo el señor Ricard se había metido en la trastienda y no escuchó la pregunta de Ninette.

Cuando salió, cargado con una montonera de libros que quizá nunca hubieran sido leídos, dijo:

—¿Busca algo, señorita?

—Cualquier libro para no sucumbir a este maldito tiempo.

—El frío ha llegado antes de la cuenta. Coge uno cualquiera. En estos casos lo mejor es meterse debajo de las mantas y leer un libro malo.

—Pues me llevo aquel rojo, parece tan feo por fuera como por dentro.

—“Las ánimas del purgatorio” —leyó el señor Ricard—, de Sor Catalina. Aprenderá mucho sobre el mundo en que vivimos.

—¿Qué le debo?

—Un beso. Un beso me vale de momento.

Ninette le dio un beso en la mejilla barbuda y el señor Ricard cerró los ojos, como un colegial.

—Me voy, antes de que se ponga a nevar.

—Si será lo mejor. Además, no me dejas trabajar.

Cuando Ninette estaba a punto de salir, poniéndose los guantes, el señor Ricard le dijo:

—Por cierto, Ya ha vuelto Philipe.

A Ninette le dio un vuelco al corazón. Pero no se giro tan siquiera. Respiró hondo, cruzó la puerta y salió disparada con el libro de la monja apretado a su pecho.

Philipe regresó de la guerra en un estado lamentable. Una mina estalló mientras patrullaban en un paraje perdido de Afganistán. Dos de sus compañeros murieron, y él perdió  las dos piernas, y un ojo. No quería ver a nadie, y menos a Ninette. Su tío, el señor Ricard, lo había cuidado desde niño e intentó por todos los medios que no se alistase en el ejército. Aunque de todas formas, acostumbrado como estaba a cuidarlo desde que fuera un muchacho, no veía gran diferencia en la situación actual.

A escondidas de Philipe, el señor Ricard invitó a cenar a Ninette el sábado por la noche. Fue muy triste, nos aseguró, verlos de nuevo frente a frente. Ella guapa, con ese aire desmañado de las chicas de París, y él con un parche en el ojo y en silla de ruedas, tapándose el espacio donde deberían reposar sus piernas con una manta de cuadros.

Philipe habló de la guerra. Ninette habló de libros, de la universidad, de las amigas.

—Yo no tengo amigos. Todos han muerto o están zumbados.

—Volverás a ver a los amigos de antes —propuso Ricard.

—Esos nunca han sido amigos. Amigos son los que se juegan la vida por ti.

Ricard estudió la cara de pena de Ninette. Philipe no hablaba de esa manera. Las palabras del ejército se habían cosido a su lengua, igual que si le hubiesen tatuado el cerebro.

—Oye Ninette, ¿sigues viendo al idiota de tu novio?

—Ya no.

—Pues si quieres joder con un lisiado, es tu oportunidad.

—Philipe, no seas estúpido.

El señor Ricard reprendió a su sobrino, y luego se dispuso a quitar la mesa, dando por concluida la velada.

Ninette se puso en pie y comenzó a ponerse el abrigo, los guantes y la bufanda.

—Oye Ninette, sabes una última cosa. Tu nombre es ridículo. Es el nombre de una niña estúpida o de una puta—. Ricard salió de la cocina, cogió la silla de ruedas de su sobrino y le arrastró hacía su habitación—. Igual me dices lo que cobras. Ahora que no me van a desear las mujeres, me tendré que ir con prostitutas. Preséntame a tus amigas… ¡Oye Ninette, devuélveme el libro que te regalé, es mío, ahora me pertenece!

El señor Ricard cerró la puerta de la habitación de su sobrino. Se escucharon golpes de objetos que caían por el suelo, y murmullo de imprecaciones e insultos.

—No te preocupes Ninette, ya sabes como es. En cuanto se le pase, volveréis a ser buenos amigos. Estáis hechos el uno para el otro.

—Me tengo que ir. He de atender a mi padre. Muchas gracias por la cena.

Ninette se acercó al señor Ricard y le dio un beso, pero un beso distinto, como los que se dan por última vez.

—Devuélvale este libro a Philipe.

—No, no. Quédatelo. Era un regalo. Ya se lo darás.

Ricard, intentaba evitar lo inevitable.

—Tómelo. Ya no lo necesito.

Cogió el libro que la joven traía envuelto en papel de regalo. Un papel de regalo sobado por el uso.

—Adiós.

—Pasa por la librería cuando quieras, allí estaremos.

Ninette no contestó y corrió escaleras abajo como alma que lleva el diablo.

Ricard cerró la puerta del piso y se quedo apoyado en ella. Con cuidado quitó el celo y desenvolvió el regalo, que ahora hacía su terrible camino de vuelta. Leyó la portada: Historias acerbas, Pierre Drieu La Rochelle.

 

Manolo Yagüe.