Escribir, un don tan “imprevisible” como un pavo real

Escribir, un don tan “imprevisible” como un pavo real

Davide Ori

20/01/2015 – Il Sussidiario

Nacida a mediados de los noventa, este año volverá con nuevos invitados de excepción la escuela de escritura Flannery O’Connor, organizada por el Centro Cultural de Milán, con la participación de figuras del mundo de la literatura, el teatro, la música y las artes audiovisuales. Hablamos con uno de sus fundadores, el escritor Luca Doninelli.

¿Cómo nace la Escuela de escritura Flannery O’Connor?
A mediados de los noventa ya formaba parte de la redacción del Centro Cultural de Milán y organicé una serie de encuentros que se llamaba “Oficina del relato”. En aquellos años gané algunos premios literarios y de ahí nació la idea de que quizá podría enseñar lo que había aprendido. Enseñaba cómo se hace una introducción, una descripción o sencillos diálogos sobre el arte de narrar. Fue Camillo Fornasieri, director del centro, quien pensó en transformar aquella Oficina en una escuela de escritura.

¿Por qué tomó el nombre de la escritora americana?
A Flannery O’Connor no la conocía casi nadie hasta hace veinte años. Nosotros la empezamos a leer en los noventa. Y seguramente ella más que nadie revolucionó el arte de la “short story”. Yo la conocí gracias a Mauro Marcolla, escritor pero también empresario. En aquellos años solo se había publicado en italiano un libro de relatos, con una óptima traducción de Marisa Caramella. Lo primero que me impactó de aquella escritora era que era católica pero no tenía ese aspecto consolador del cristianismo. Era más católica que todos los católicos y más laica que todos los laicos.

¿Qué valor tiene el símbolo de la escuela, un pavo?
A Flannery O’Connor le gustaban mucho y los criaba. Es un animal especial: hace unos arcos maravillosos cuando él decide, sin una razón lógica. Es un poco el símbolo de la realidad: una belleza que no responde a unas reglas preestablecidas. Nuestro objetivo es acompañar a los participantes y mirar esta belleza que sucede inesperadamente todos los días.

¿Qué ha aprendido en estos años?
Que, más allá de las técnicas, uno puede ser ayudado a mejorar. Otra cosa que me he llevado a casa en estos años es que siempre se puede descubrir el don de uno, que no se puede prever sino que sucede. El don nunca se da según nuestros parámetros. Y no todos los que se inscriben en nuestra escuela tienen el don de escribir, de hecho lo tienen pocos. En todo caso es la victoria de un reconocimiento: un talento, si está, sucede. Nosotros no hacemos otra cosa que guiar a los que tenemos delante. Les guiamos, pero son ellos los que se ponen en marcha. Y mirando cómo se implican en su trabajo volvemos a descubrir la literatura.

¿Qué quiere enseñar a los nuevos participantes?
¿Por qué enseña un profesor? ¿Basta un profesor para explicar bien el latín? ¿Cómo se enseñan los trucos del oficio? Dentro de un encuentro, encuentro a la persona que tengo delante y, en la medida en que uno se implica, se convierte en un encuentro irrepetible. A esto ayuda la perspectiva de un trabajo concreto: la publicación de los mejores trabajos en formato e-book. Pero no hay que engañarse ni entrar en la lógica de los talent show. Mi objetivo no es enseñar los trucos sino atender una necesidad. Dentro de esta necesidad sucede algo. Nos ayudamos a transformar un impulso centrífugo en un trabajo para mirar mejor la realidad.

EL ARTE DE PONER TÍTULOS: DAVID LODGE

“Los títulos de las primeras novelas inglesas fueron inevitablemente los nombres de sus protagonistas: Moll Flanders, Tom Jo­nes, Claríssa. La ficción se estaba formando a ejemplo de la biografía y autobiografía, ya veces se disfrazaba como taL Más tarde los novelistas se dieron cuenta de que los títulos podían indicar un tema (Sentido y sensibilidad), sugerir intriga y misterio (La mujer de blanco) o prometer cierto tipo de escenario y atmósfera (Cumbres borrascosas). En algún momento del siglo XIX empezaron a uncir sus historias a famosas citas literarias (Par from the madding crowd) (Lejos del mundanal ruido), una práctica que prosigue durante el siglo xx (Donde los ángeles no se aventuran, Un puñado de polvo, Por quién doblan las campanas), aunque hoy en día se considera quizá un poquitín hortera. Los grandes modernistas tuvieron tendencia a poner títulos simbólicos o metafóricos —El corazón de las tinieblas, Ulises, El arco iris—, mientras que novelistas más recientes prefieren con frecuencia títulos caprichosos, desconcertantes y originales, como El guardián entre el centeno, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, para las chicas negras que contemplan el suicidio cuando el arco iris no basta.”

David Lodge, El arte de la Ficción

EL CONDENADO

 

El condenado se levantó de su camastro justo cuando el cura entraba en la celda. El carcelero cerró la reja y después de echarles una mirada de desaprobación, se largó, dejándolos solos.

Se le veía demacrado:

—No has dormido esta noche, Sebastián.

—No padre.

—Yo tampoco he podido —dijo en joven cura, que no pasaba de los treinta años, y se sentó en el taburete que quedaba justo enfrente del modesto lecho, con la Biblia en el regazo—. He rezado por ti, toda la noche.

—No hacía falta, padre. Igual va a pasar.

—Rezo por tu salvación.

—Pues no lo conseguirá —dijo Sebastián, sentándose al borde del escuálido colchón de lana—. Lo tienen todo preparado. La máquina, y demás. Desde hace días todos me hablan muy bajo, como si temieran molestarme.

—Le temen. Tienen miedo de lo que van a hacer. Es natural.

—Más miedo tengo yo.

El padre manoseaba la Biblia. No sabía dónde posar los ojos, pues todos los detalles, Sebastián, el camastro, el lavabo sucio, el ventanuco enrejado que mostraba un escaso cielo de nubes grises, el pasillo, todo le causaba un profundo pesar. Era la primera vez. Al final fijó su atención en la pared, donde algunas marcas punzantes señalaban la presencia de sombras de anteriores presos en ese mismo lugar, y ya, incapaz de sopórtalo, bajo la mirada a sus manos, que sobaban el libro de manera automática. Hasta el movimiento de sus manos le pareció inadecuado.

—Padre, ¿tiene familia?

—Sí, una hermana. Se casó el año pasado, y esta por tener un hijo.

—¿Es bueno su marido, trata bien a su hermana? —dijo Sebastián en un acto reflejo, recordando su caso. Pero se arrepintió de pronunciar esas palabras—. No se angustie, padre. No es culpa suya.

Al joven cura no le gustó que el preso le tuviera tanta confianza.

—¿Por qué lo hiciste, Sebastián?

—Era cuestión de honor.

—Y qué has conseguido con el honor.

—Pero no lo podía permitir.

—Y de qué te ha servido. Ahora vas a…

—Una hermana es una hermana. No se puede dejar que venga uno y la…

—No te correspondía a ti hacer justicia. Para eso están ellos.

—¿Ellos? Así se podría haber pasado la vida mi hermana, si es por ellos. No, padre. Usted y yo sabemos.

El padre se frotó las manos contra las rodillas. El libro descansaba en sus piernas cerradas, y le pareció inútil haberlo traído.

—La justicia de Dios es implacable —dijo el cura sin saber qué se decía. No le salían las palabras importantes que había estado ensayando toda la noche. No servían, ahora se daba perfecta cuenta.

—Dios me perdonará, si yo se lo pido. Él me perdonará.

—Si tu arrepentimiento es sincero, sí.

—¿Y si no me arrepiento?

—Entonces no.

—Pero Dios sabe más que nosotros, mucho más. Sabrá comprender y perdonar.

—Tu arrepentimiento ha de ser sincero. O no vale.

El padre se percató de que estaba perdiendo la batalla.

—Padre. ¿Qué hubiera hecho si no hubiera sido cura?

—Labrador, supongo.

—¿Y se arrepiente, se arrepiente de no ser labrador?

—A veces. De vez en cuando flaqueo. Pero rezo, y entonces sé que tomé el camino adecuado.

—Yo también, padre, rezo. Y a veces me da por pensar qué hubiera pasado si no hubiera ido. Pero luego me digo que no. Que hice lo que tenía que hacer.

El padre se encontró en un callejón sin salida.

—Recemos, recemos por la salvación de tu alma. Es lo único que nos queda —dijo el padre, que seguía confiando en el rezo como única manera cierta de salir de todas las situaciones difíciles.

Rezaron durante veinte minutos.

Luego el padre le confesó los pecados, y lo absolvió.

Llamó al carcelero, que abrió la puerta de la reja y le dijo a Sebastián:

—¿Habrás pedido perdón por lo que has hecho? —y, luego, dirigiéndose al padre, añadió—: Todos piden perdón a última hora. Les entra miedo, son unos cobardes.

Ni el padre ni Sebastián contestaron.

 

 

Manolo Yagüe

PESSOA Y EL DESASOSIEGO DE LA ESCRITURA

En el escritor viven deseos contradictorios. La finitud, la infinitud. Lo racional, lo irracional. El todo, la nada. La obra cerrada y la que no se cierra nunca.

Pessoa representa no solo el desasosiego vital, sino también, por qué no, el desasosiego del artista ante una obra multiforme. En esa cualidad precisamente reside uno de los rasgos de la modernidad de Pessoa.

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Pessoa se queja de solo escribir nada menos que “fragmentos, fragmentos, fragmentos”; o también en versos del poeta Caeiro: “como si escribir fuese una cosa que me ocurriese/ como darme el sol de fuera”. Pero, ¿qué valor puede alcanzar una obra compuesta de fragmentos?

Aquí reside la lucha del escritor, su desasosiego artístico, que sabe que se enfrenta a la tarea infinita de la comunicación total: llegar a ser a un tiempo todos los escritores posibles. ¿Es necesario que el escritor elija a uno solo, de entre todos los posibles? Pues, ¿no es acaso el escritor todos los hombres posibles? Luego, ¿por qué no ser también todos los escritores posibles?
Aunque toda obra grande parece hacernos pensar en la infinitud, en el ilimitado alcance vital de esos monstruos de la escritura, el escritor, humano como es, vive inscrito en su espacio y su tiempo, en su finitud. La infinitud proviene de la sensación que produce la gran obra, la sensación de representar el mundo, y no desde luego de la real finitud del artista, que es, por desgracia, tan limitado en su humanidad como los demás hombres cogidos uno a uno al azar. Shakespeare, por ejemplo, parece inexistente en su vida personal, dejando apenas unos pocos documentos insignificantes de su paso por el mundo, y sin embargo construye en sus piezas teatrales un mundo total.

El drama de Pessoa se percibe en sus últimos intentos, desesperados y abúlicos, por poner en orden sus escritos. La obra que naufraga en el hombre, y el hombre que naufraga en la obra. La obra que espera, revuelta en un cofre, a que los estudiosos del autor ordenen y saqueen. ¡Qué le va a importar ya al escritor!

Un hombre que deja cientos de proyectos inconclusos. Que escribe cuando el alcohol, la depresión y la tristeza le dejan un segundo de descanso. Es un ejemplo de literatura moderna y trascendente. Un ejemplo de lo que puede llegar a ser, a pesar quizá del ser mismo.

 

Manolo Yagüe

QUIROGA, LA MUERTE Y LA SELVA

A la hora de comprender un cuento, en ocasiones no viene mal conocer algo, aunque sea poco, de la vida del escritor.

La vida de Horacio Quiroga está presidida por la selva y la muerte.

La muerte lo visitó de cerca: la muerte de su padre, por un accidente con una escopeta cuando descendía de un bote; la muerte de sus hermanas de fiebre tifoidea; el suicidio de su padrastro; el envenenamiento de su primera esposa, Ana María Cirés. Demasiadas muertes que se trasladan a sus relatos de muerte, donde la presencia de la misma es una constante angustiosa y acosadora.

La selva fue un refugio y un motivo de escritura. Allí se instaló en una barraca levantada con sus propias manos, donde vivió con su primera esposa y educó personalmente a sus hijos. El Paraná, con su fuerza y su enigma, y la selva, verdadero Paraíso del escritor, juegan un papel determinante en la ambientación de Quiroga, cuyos autores predilectos no dejan sombra de duda sobre sus intereses como escritor: Kipling, Conrad y Edgar Allan Poe. Allí en la selva, trató de sacar provecho de la tierra, en explotaciones agrícolas locas y poco afortunadas.

Lo dicho, selva y muerte en el cuento “A la deriva” de Quiroga.  A sufrir; y  a disfrutar. Que son una y la misma cosa en literatura.

A la deriva

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

Horacio Quiroga