NOS VAMOS DE EXCURSIÓN

“El niño rompió el espejo con el puño,

 pero no se cortó el puño.

¡Fue horrible! Empezó a brotar sangre de su la cara.”

Manolo Yagüe.

El niño aproxima la bicicleta al espejo.

—Ella también—, me dice.

—¿También la bicicleta? Ya llevamos el oso de peluche, una naranja para conquistar a una princesa, un brontosaurio, y al perro, que puede sernos de ayuda para volver.

Harpo olisquea el marco del espejo, mueve los bigotes y el rabo. Ha captado el rastro tenue de un roedor o de una ballena. Es un perro menudo, serio y no se amilana por tan poca cosa.

—La bicicleta no.

El niño protesta con un puchero.

—El otro lado está lleno de bicicletas. Y coches. Hay toda clase de vehículos raros. Te vas a cansar de la bicicleta. Es probable que la perdamos. Tú verás. Luego no me digas. Bueno, bueno,  pues la bicicleta se viene con nosotros.

El niño sonríe triunfal.

Me encamino a lo desconocido. ¿Cuántas veces habré entrado yo en un espejo? No más de diez, y todas ellas antes de cumplir los cinco años. No puedo recordarlas con precisión. Se confunden en una niebla de cuentos viejos.

—¿Tú también?— refunfuña mi mujer, que en ese momento irrumpe en el cuarto del piano blandiendo el tubo de la aspiradora.

—Se ha empeñado.

El niño ha metido el oso, el brontosaurio y la naranja en el cestillo de la bici. Todavía usa ruedines, pues no se atreve a montar a pelo, como un indio su caballo. Se entretiene dando vueltas a nuestro alrededor mientras nosotros discutimos.

—¡Deja de dar vueltas!— chilla mi mujer—. Vas a rayar la madera del piso. Tú qué, ¿no dices nada?

Me encojo de hombros.

—Ya tienes edad para no hacer tonterías.

—Me conoces, soy así. No puedo resistir la tentación, se me eriza el bello de la espalda y me entran ganas de mear.

—Andad con cuidado de los tigres.

Mi mujer sabe que al niño le dan miedo los tigres. Es su forma de advertirnos de que vayamos con mil ojos.

—Por si acaso, llevo gafas de repuesto. Vamos hijo.

Es un espejo de grandes dimensiones. Ocupa el espacio de una pared. El marco es dorado y lo tallaron en Ginebra con formas imposibles: raíces de miembros delgados, serpientes deshuesadas, pájaros adustos. Una fractura lo parte como un rayo: una profunda grieta de un milímetro de grosor. Es un peligro cruel: si por cualquier motivo caemos en la falla, iremos a parar a una región donde el espacio es negro y se oyen voces de cuerpos que caen al vacío.

—Ten cuidado al entrar —le digo al niño—, no te cortes con el filo del espejo o sangraras a borbotones.

El perro da un saltito y entra sin miedo alguno, no como yo.

Me despido de mi mujer, nos damos un tierno beso matrimonial.

—¿Llevas la cartera y el móvil?

—Sí.

No sé de qué me van a servir la cartera y el móvil dentro del espejo, pero en fin. Quizá dentro haya cobertura.

Doy una zancada mientras me agacho para evitar el peligroso filo de la grieta. Miro atrás. Si no volvemos, buscaré una segunda mujer, una que sepa escuchar los pasos maléficos de las arañas.

Ahora la otra pierna y ya estoy. El niño corretea con la bici, el perro olisquea un rastro en el suelo.

Mi mujer sonríe y agita la mano desde el lado de allá.

—¡Volved para la hora de la cena!— nos grita.

Pero se la ve feliz. Y eso a un marido siempre le da ánimo.

 

Manolo Yagüe

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El Pájaro Escritor
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