LAS ESCRITORAS QUE SE ESCONDÍAN, un fragmento de Esther Tusquets

Cuenta uno de sus sobrinos que Jane Austen, que escribió la mayor parte de sus obras en la sala de estar, sujeta a todo tipo de interrupciones, «tuvo siempre buen cuidado de que no sospecharan sus actividades los criados, ni las visitas, ni nadie ajeno a su círculo familiar». Y comenta Virginia Woolf: «Sin alardear ni tratar de herir al sexo opuesto, puede decirse que Orgullo y prejuicio es un buen libro. En cualquier caso, a uno no le hubiera avergonzado que le sorprendieran escribiéndolo. No obstante, Jane Austen se alegraba de que chirriara el gozne de la puerta para poder esconder su manuscrito antes de que entrara nadie. A los ojos de Jane Austen había algo vergonzoso en el hecho de escribir Orgullo y prejuicio. Y me pregunto, ¿hubiera sido Orgullo y prejuicio una novela mejor si a Jane Austen no le hubiera parecido necesario esconder su manuscrito para que no lo vieran las visitas?»

Así pues, respecto al siglo XIX no cabe duda. Escribir era una profesión considerada impropia de la mujer, una transgresión a las normas, algo de lo cual, lejos de envanecerse, había que avergonzarse, y que hacía la vida más difícil y le añadía un suplemento de riesgo. Las novelistas del siglo XIX no escribían con ánimos de triunfar ni de hacerse famosas: escribían por la misma razón que los escritores de cualquier sexo y de cualquier época: porque no podían dejar de hacerlo, porque escribir era una necesidad ineludible. Habían sido desde siempre grandes receptoras de historias, magníficas narradoras orales, les había llegado el momento de, aun con limitaciones y dificultades, poder escribirlas, y no iban a perder la oportunidad de hacerlo.

 

Esther Tusquets

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