LA EXCRECENCIA: UN MICROCUENTO POÉTICO

Este cuento es un microcuento. También es un poema. También es un aviso, pues siempre hay algo que late escondido en alguna parte de nuestro cuerpo, algo maligno y enfermizo, que a veces despierta, y nos debora las entrañas con placer.

excrecencia en el tronco de un abedul

LA EXCRECENCIA

Qué es esta excrecencia que me ha salido en la espalda. No es un recuerdo ni una enfermedad. Qué es esta excrecencia, que me molesta al dormir y que quisiera se diluyese como el café soluble en la leche. Estoy persuadido de que no es mía. Tiene que haber sido mandada por alguien que me quiere. Alguien que quiere que sufra y que marque el número de la policía. Suben y bajan por la escalera. Evitan el ascensor. Se ha estropeado y un perro ha muerto al tercer día. Vienen a repararlo dos tipos disfrazados de vacas. Apesta. Cuando se hace de noche una vieja canta en el balcón. También cae rendida y la llevan en una caja acolchada. En el cajón hay unas tijeras. No me atrevo a utilizarlas. ¿Para qué sirven unas tijeras? Cuando tenía quince años me tiré por una ventana. No había suficiente altura. Estaba predestinada mi existencia. La protuberancia crece con alegría.  Tiene pelitos como de barba. Pica. Late. Ronronea. Es un bulbo gracioso. Mi amante la acaricia, y se olvida de mí. Hablan entre sí, y me dejan de lado. Corro al baño a explorarme el sexo. Las enfermedades venéreas no avisan. Vienen de un lugar enterrado con deseos de venganza. He enviado una postal a Berlín. No conozco a nadie en Berlín. Cuando vuelvo de mi periplo por el baño están jugando a las cartas y mi amante ríe con locura. Es feliz. Se quitará la vida a los veinte años. Hay un plan que incluye un atentado terrorista. Si no te implicas te rechazan. La excrecencia dice que hará todo lo necesario. Saca una pistola y la restriega por sus pechos. Es una declaración de intenciones y yo no soy capaz de ponerme a la altura. Digo que voy a degollar a un bebé. Digo que voy a quemar un bosque. Digo que voy a estafar a un jubilado. Ellos se ríen de mi esfuerzo. Han leído la postal, no sé cómo se han hecho con ella, y me la enseñan para ridiculizar mi estilo.  Pedía por favor que me mandaran una fotografía del muro. Han cerrado todas las ventanas y continúan la fiesta casi a oscuras. Tanteo las paredes, el escritorio, la cama. ¿Dónde se han metido? Enciendo la luz, pero no están. Vuelvo a apagar la luz. Se ríen como conejos. ¿Se habrán disfrazado de militares? Imagino cómo serán en este momento. Mi amante es una mujer muy delgada con pinta de drogadicta. Le sientan bien las ropas holgadas. La excrecencia parece un dictador rumano. Se ponen a follar a sabiendas de que me matan de celos. Corro hacia el cajón. Busco las tijeras. En una habitación de hotel no deberían guardar unas tijeras. Blandiendo mi arma, comido por la cólera, lanzo puñaladas al espacio donde creo que ellos están.  Se defienden, entre risas, les da placer la violencia. Siento como me atraviesan agujas de coser. De repente se callan, y unos pasos huyen hacia la puerta. Me tapo los ojos y los dejo marchar. Enciendo la luz, ya muerto de fatiga, y compruebo todas mis costuras. Estoy ensangrentado y tranquilo. Por fin se han ido y he comprendido el significado de las tijeras.

Manolo Yagüe.

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