JULIO CORTÁZAR: HISTORIAS DE CRONOPIOS Y DE FAMAS

INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA A UN RELOJ

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidadava corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

 

“Historias de cronopios y de famas”, Julio Cortázar.

 

 

Cortázar es un autor de sobra conocido. Rayuela. Pero hay muchos cuentos, cuentos enormes, en los que una mano cobra vida y un atasco dura meses en las cercanías de París, con un amor frustrado como en los buenos amores. Sin embargo, hay una obra que resplandece única con la singularidad que le concede la poesía, el humor, el surrealismo y el profundo saber del comportamiento del hombre: “Historias de cronopios y de famas”.

En la contraportada de la edición de Alfaguara se dice: “Esta colección de cuentos y viñetas entrañables es una introducción privilegiada al mundo inagotable de uno de los más grandes escritores de este siglo…” No puedo estar menos de acuerdo con algunas de las afirmaciones de esta frase. ¿Introducción privilegiada? ¿Es una obra cumbre una introducción? ¿Acaso no suena a menosprecio solapado? ¿Acaso no se sugiere que dicha obra está destinada al consumo de lectores poco avezados? ¿Viñetas entrañables? Navideño y vulgar. No suena muy esperanzador.

Por lo demás Alfaguara hace su trabajo a las mil maravillas. Da gusto leer el libro en letras grandes y en formato casi de niños.

Y por último, otra discrepancia de menor envergadura para otros, pero para mi no: entrecomillado en el texto final de la misma contraportada:

“Cortázar nos ha dejado una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.” Gabriel García Márquez.

En mi modesta opinión -quién se atreve a contradecir a un premio Nobel del que uno además ha aprendido tanto-, sobra la apreciación de inconclusa, aunque la matice un mezquino tal vez, para una obra que no puede ser cerrada por su misma enormidad. Que sea breve y fragmentaria, no hace de menos la obra, es más, constituye su esencia. La sugerencia, el enigma, la fantasía, no necesitan de obras cerradas o compactas, de obras que parezcan estudios exhaustivos al estilo de Proust o de Thomas Mann. Bien lo supo otro ilustre de las letras hispanas, el ciego Borges, que constituyo un mundo con fragmentos que respiran como los restos de huesos en las manos de un arqueólogo. ¿Y qué le hacía falta una novela? ¿Y qué le iba a hacer falta a Cortázar concluir el mundo, donde ya había concluido la sugerencia del mundo?

Por aquí, hablo de España, andan los cenotafios de los escritores consagrados a la gresca con la escritura de raza, con el riesgo, con la locura más loca y capaz. Por supuesto el monumento funerario ya se ha erigido, tan solo espera que el escritor consagrado por la academia venga a ocuparlo. Mientras tanto, hay quienes caban su tumba con sus propias manos. El escritor de verdad sabe que es eso precisamente lo que tiene que hacer.

Por eso se consagran las obras cerradas, de mas o menos tantas páginas, de tema tradicional, a la antigua usanza. Nada de fragmentos de batallas, nada de piezas de reloj que son tan complejas que uno no sabe hasta que desfallece como poderlas casar, amontonandolas en un cajón de madera con otros restos de naufragios, papeletas de lotería sin premio, cuchillos de asesino usados, cartas de amor a presos, a adolescentes, a monjas, a putas… Todo cuanto se salga del pequeño tiesto, se sale del mercadeo de la literatura. Y así andamos de emponzoñados.

Por eso es que una obra como la de Cortázar, “Historias de cronopios y de famas”, con su alegría salvaje, parece de ayer. De hoy. De mañana incluso.

 

Manolo Yagüe.

 

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