HOLMES: la importancia de crear un buen protagonista en la literatura policiaca

 

 

Aunque «Los crímenes de la Rue Morgue», de Edgar Allan Poe, es considerado el primer relato policiaco, con su detective Dupin, las aventuras de Sherlock Holmes son el verdadero modelo del género en adelante, gracias a la fuerza de sus narraciones y a la popularidad alcanzada por su personaje protagonista. Se trata en este caso de un investigador de tipo cerebral, que destaca por sus dotes deductivas, frente a aquellos policías y detectives que destacan por otras cualidades algo distintas (obstinación, violencia, conocimiento del oficio), sobre todo a partir de la novela negra. Con el avance de la investigación científica, nos encontramos con un inspector profesional y moderno, propio de series como CSI.

La mayor parte de las historias de Holmes fueron narradas por su compañero Watson. Veamos como conoce Watson a Holmes indirectamente por boca de un antiguo compañero, en Estudio en escarlata.

 

—¡Pobre hombre! —me dijo con acento de conmiseración, después de oírme contar mis desdichas—. ¿Y qué hace ahora?

—Estoy buscando habitación —le contesté—. Trato de resolver el problema de la posibilidad de

encontrar habitaciones confortables a un precio puesto en razón.

—Es curioso —hizo notar mi acompañante—. Es usted el segundo hombre que hoy me habla en esos mismos términos.

—¿Quién fue el primero? —le pregunté.

—Un señor que trabaja en el laboratorio de química del hospital. Esta mañana se lamentaba de no dar con nadie que quisiese tomar a medias con él un lindo departamento que había encontrado y que resultaba demasiado gravoso para su bolsillo.

—¡Por Júpiter! —exclamé—. Si de veras busca a alguien con quien compartir las habitaciones y el gasto, yo soy el hombre que le conviene. Preferiría tener un compañero a vivir solo.

El joven Stamford me miró de un modo bastante raro, por encima de un vaso de vino, y dijo:

—No conoce usted aún a Sherlock Holmes; quizá no le interese tenerle constantemente de compañero.

—¿Por qué? ¿Hay algo en contra suya?

—Yo no he dicho que haya algo en contra suya. Es hombre de ideas raras. Le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Por lo que yo sé, es persona bastante aceptable.

—¿Estudia quizá Medicina? —le pregunté.

—No… Yo no creo que se proponga seguir esa carrera. En mi opinión, domina la anatomía y es un químico de primera clase; sin embargo, nunca asistió de manera sistemática, que yo sepa, a clases de Medicina. Es muy voluble y excéntrico en sus estudios; pero ha hecho un gran acopio de conocimientos poco corrientes, que asombrarían a sus profesores.

—¿Le ha preguntado usted alguna vez cuáles son sus propósitos? —pregunté yo.

—Nunca; no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque suele ser bastante comunicativo cuando está en vena.

—Me gustaría conocerlo —dije—. De tener que vivir con alguien, prefiero que sea con un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No me siento bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido o el barullo. Los que tuve que aguantar en el Afganistán, me bastan para todo lo que me resta de vida normal. Hay modo de que yo conozca a ese amigo suyo?

—De fijo que está ahora mismo en el laboratorio —contestó mi compañero—. Hay ocasiones en que no aparece por allí durante semanas, y otras en que no se mueve del laboratorio desde la mañana hasta la noche. Podemos acercarnos los dos en coche después del almuerzo, si usted lo desea.

—Claro que sí —le contesté.

Y la conversación se desvió por otros derroteros.

 

 

Y cómo lo describe tras sus primeros encuentros.

 

 

Desde luego no era difícil convivir con Holmes. Resultó hombre de maneras apacibles y de costumbres regulares. Era raro el que permaneciese sin acostarse después de las diez de la noche, y para cuando yo me levantaba por la mañana, él se había desayunado ya y marchado a la calle indefectiblemente. En ocasiones se pasaba el día en el laboratorio de Química; otras veces, en las salas de disección, y de cuando en cuando, en largas caminatas que lo llevaban, por lo visto, a los barrios más bajos de la ciudad. Cuando le acometían los accesos de trabajo, no había nada capaz de sobrepasarle en energía; pero de tiempo en tiempo se apoderaba de él una reacción y se pasaba los días enteros tumbado en el sofá del cuarto de estar, sin apenas pronunciar una palabra o mover un músculo desde la mañana hasta la noche. Durante tales momentos advertía yo en sus ojos una mirada tan perdida e inexpresiva que, si la templanza y la decencia de toda su vida no me lo hubiesen vedado, quizá yo habría sospechado que mi compañero era un consumidor habitual de algún estupefaciente.

Mi interés por él y mi curiosidad por conocer cuáles eran las finalidades de su vida fueron haciéndose mayores y más profundas a medida que transcurrían las semanas. Hasta su persona misma y su apariencia externa eran como para llamar la atención del menos dado a la observación. Su estatura sobrepasaba los seis pies, y era tan extraordinariamente enjuto que producía la impresión de ser aún más alto. Tenía la mirada aguda y penetrante, fuera de los intervalos de sopor a que antes me he referido; y su nariz, fina y aguileña, daba al conjunto de sus facciones un aire de viveza y de resolución. También su barbilla delataba al hombre de voluntad, por lo prominente y cuadrada. Aunque sus manos tenían siempre borrones de tinta y manchas de productos químicos, estaban dotadas de una delicadeza de tacto extraordinaria, según pude observar con frecuencia viéndole manipular sus frágiles instrumentos de Física.

Comprobamos así cómo el autor se ha preocupado por captar el interés del lector no sólo sobre sus habilidades deductivas, su aguda capacidad de percepción y su inusual inteligencia, sino también por dibujar un personaje pleno y sugerente. Y lo hace dotándolo de cualidades tanto positivas como negativas (creando un tipo humano convincente), y por supuesto envolviéndolo de cierto misterio, que nos lo hace indudablemente atractivo.

No es muy ordenado en la rutina cotidiana, es muy habilidoso disfrazándose, fuma en pipa, le gustan las galletas, toca el violín (un Stradivararius,  a menudo a horas poco adecuadas) con maestría, es un experto apicultor, excelente boxeador, tiene un gran conocimiento científico, en especial en química —aunque a juicio del propio Watson carece por completo de otros conocimientos propios de un hombre culto de su época, como literatura o filosofía—, y, cuando se aburre por falta de los retos intelectuales que suponen sus casos, consume cocaína en una solución al 7 por ciento.

¿Te imaginas compartiendo piso con un tipo de tales características?

Manolo Yagüe.

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