EL PAPÁ NOEL NEGRO: UN CUENTO DE NAVIDAD

 

 

El Papá Noel se puso a la puerta de la FNAC. Era un hombre negro, que escondía buena parte de sus rasgos en una enorme barba postiza blanca, pero en sus ojos se veía que era un hombre negro. No había hecho apenas dinero y no quería irse a casa todavía. Pero la calle se iba vaciando, y la plaza de Callao estaba casi desierta, con varios grupos de personas, jóvenes en su mayoría, retrasados de la Noche Buena que iban colándose con alegría hacia las bocas del metro. Las luces de los negocios seguían encendidas, pero las puertas estaban cerradas y las últimas cortinas de seguridad habían caído hacía unos minutos.

No le cabía esperar ya gran cosa. Y sin embargo, rebuscando con las manos enguantadas, con unos guantes con los dedos cortados para que pudiera recoger con rapidez las monedas, las cuentas apenas le salían. ¿Dónde compraría además algo de cena para su mujer y su hijo? Esperó un golpe de suerte, un último billete caído de la mano de un hombre trajeado, o de una señora cómodamente enfundada en  un abrigo de pieles, o un matrimonio joven con un niño, que al leer el cartel de cartón en el que escribió un mensaje en el que pedía dinero para dar una cena de Noche Buena digna a su familia y a su hijo, pudieran conmoverse. Se conformaba con poder comprar una barra de pan, un pollo para hacer al horno y puede que una botella de Coca-cola.

Pero el dinero  no alcanzaba. Y lo peor era que el termómetro no paraba de bajar, y tenía los dedos morados, y no sentía los pies desde hacía horas.

Además se puso a nevar.

Aunque no dejaba de golpear con uno y otro pie en el suelo, y cuando se acercaba algún despistado con la mirada gacha, se ponía a entonar el Merry Christmas sin mucha fe, con una monotonía y falta de emoción impropia de la felicidad del villancico, el frío no dejaba de posarse con su maléfico silencio sobre las cosas y las personas, y él mismo ya parecía un adorno enorme e inmóvil de la navidad. Algo más propio de una visión a través del otro lado de la ventana, como si toda la calle hubiera pasado a ser un decorado de cartón piedra y él fuera una extraña figura en una maqueta de un Belén. El Caganet, y el Papá Noël negro.

Cuarto de hora después recogió su cartón y el pañuelo con un puñado de monedas del suelo, y quitándose las gomas de detrás de las orejas se deshizo por fin de la ridícula barba y del estúpido gorro colorado con la borla blanca, y subió en dirección a la Gran Vía. Un grupo de jóvenes ruidosos y borrachos se cruzó en su camino, y lo rodearon.

—Un Papa Noël negro.

Y todos corearon con risas la gracia.

—Es mejor que no bebamos más, no vaya a ser que aparezcan unos Reyes Magos mutantes.

Y se perdieron calle abajo, en dirección a Sol, no sin antes propinarle algunos empellones.

En la Gran Vía no quedaba más que un taxi parado en doble fila, y una fulana de un local cercano fumando, con una minifalda tan corta que le temblaban las rodillas.

En ese instante una mujer de unos cincuenta, vestida de negro, salió de un lujoso portal y se dirigió al taxi, taconeando con determinación la acera.

Sus ojos se cruzaron un instante, un segundo durante el cual ella pudo verlo en toda su miseria y él comprobar que era una mujer pudiente y no tenía a dónde ir.

La mujer se metió en el taxi. Aunque el taxi no se decidió a arrancar. El Papa Noël y la prostituta, que casi estaban al lado, se quedaron mirando el taxi, que no acababa de arrancar, como si la mujer tuviera terribles dudas sobre su destino de esa noche.

La ventanilla trasera derecha del taxi se bajó y por entre los copos de nieve vieron que la mujer hacía gestos con la mano.

La prostituta, una mujer del este, de fina piel blanquísima y con cara de muñeca de porcelana, y el negro se miraron porque no sabían a quién de los dos reclamaba desde el interior oscuro del automóvil.

Pero al final se dieron cuenta de que le llamaba a él. La prostituta apagó la colilla y se volvió decepcionada.

Subió al asiento trasero y sacudió los copos de nieve de su cabeza. La mujer estaba sentada de medio lado y observaba con atención de tasador al negro.

—Arranque, y de unas vueltas por ahí— le dijo ella—. Parece que no tenemos a dónde ir esta noche. Casi mejor.

No sabía qué contestar. Quería ir con su familia, pero no había que andarse muy avispado para imaginar lo que esa mujer esperaba de él. Y eso significaba dinero fácil. O rápido al menos.

Varias horas después el taxi se detuvo un segundo a la puerta de un edificio de ladrillo sucio, en una calle miserable de un barrio desconocido de Madrid.

—Gracias —dijo el hombre, una vez hubo salido del taxi con dos bolsas de plástico en las manos: una con el traje de Papa Noel hecho un ovillo, y otra bolsa de un conocido restaurante del centro llena de comida.

—Gracias a ti —se oyó la voz de la mujer desde el interior.

El hombre negro dibujó una media sonrisa de satisfacción cuando el taxi rodó calle adelante y se perdió en la primera esquina. Pensó en su mujer y en su hijo.

Hoy tendrían una cena especial de Noche Buena.

Y, por cierto, había dejado de nevar.

 

Manolo Yagüe

 

 

 

 

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