EL HIJO ABANDONADO (un cuento tradicional)

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Es un cuento viejo, viejo como el viento. No sucede nada de especial. Un niño es abandonado por sus padres, a los que no cabe guardarles rencor, pues son pobres y honrados. Tan pobres que una noche, no teniendo otro alimento que dar a su pobre criatura que una mosca y la cáscara de un cangrejo, deciden sacarlo dormido en un canasto de mimbre, y lo depositan a la puerta de la mansión de unos ricos hacendados que desean tener un hijo, un hijo varón.

Los aullidos del hambriento bebé despiertan a los moradores de la mansión, que al punto deciden quedarse el regalo y que será el hijo que herede la hacienda, su primogénito. Lo esconden durante nueve meses, para fingir el parto de la señora de la casa.

El niño se cría a la perfección, sano y robusto, inteligente y educado, todo un caballero, digno del apellido que porta.

Una tarde, el joven, que jamás ha salido de las lindes de la finca paterna, salta en persecución de un cervatillo la vieja tapia en un punto derruida y corriendo en pos del juguetón ejemplar, llega hasta la casucha de sus octogenarios padres.

Encuentra al viejo agachado sobre un surco de patatas, extrayendo con sus manos rugosas tubérculos podridos.

—Ha visto, anciano, pasar un cervatillo por aquí. Ando en su busca.

El viejo se incorpora despacio y hace una reverencia al joven noble. Ha reconocido en él, como no podría ser de otro modo, a su hijo.

—Siento no poder ayudarle, Sir. Sin embargo puedo ofrecerle una modesta jarra de cerveza.

El joven tiene una sed horrible incluso para su delicada apostura, y acepta el ofrecimiento.

Cuando entra en la misérrima casucha percibe un olor familiar, y queda turbado por un recuerdo que le espanta.

—Mujer, ven aquí, y trae dos jarras de cerveza. Tenemos un invitado y un buen motivo para brindar.

La mujer se queda patidifusa cuando aparece en la estancia principal con las dos jarras de barro rebosantes de espuma. Tanto que las jarras caen de sus manos y se estrellan en el piso de tierra. El apuesto noble interpreta el suceso como un mal augurio, se persigna, y balbuciendo escusas abandona la choza.

Cuando llega a la mansión le dice a su padre:

—Padre, he visto la casa de unos miserables ancianos. Y, por extraño que resulte, me ha parecido que ya había estado allí.

—Tonterías hijo. Eres un joven afortunado, pues eres heredero de un noble linaje.

Esa noche, en mitad del sueño, se le aparece un fantasma.

—¿Fantasma, qué quieres de mi?

—Quiero llevarte de vuelta a casa.

—Pero esta es mi casa.

—Ahora verás— y envolviendo al señor en un manto de niebla, lo transporta en volandas hasta el camastro de paja de los pobres ancianos.

A la mañana siguiente, cuando despierta, se haya vestido con las modestas ropas de un pobre labrador.

Sale de la cuadra y se encuentra con sus decrépitos padres, a los que reverencia tanto como un monje reverencia a su abad.

—He tenido un sueño rarísimo. Soñé que era el hijo de un noble y que vivía en un castillo, rodeado de lujo y comodidades de príncipe.

—Hijo mío. No debes fantasear con las riquezas. Y Ahora sal a cortar leña y a recoger frutos a la orilla del río.

El joven se va, sumido en el encanto del ensueño que ha vivido esa noche.

—Oh mujer —dice el viejo esposo—, no debimos haber abandonado a nuestro bebé. No volveremos a dejar que se vaya de nuestro lado.

 

Manolo Yagüe.

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