EL GRAN PSIQUIÁTRICO

Un día le dije a Silvano:

—¿No te parece un error que clausuraran los psiquiátricos? Ahora resulta difícil distinguir a los locos de los cuerdos. 

Creía recordar que Silvano me había dicho algo así como que era médico o psicoanalista —aunque sospecho que muchos de los personajes que conozco en el mundo flotante mienten con el descaro propio de los locos—, y pensé que su opinión profesional podría tener más peso que la media. Más peso al menos que la opinión de un profesor de escritura sin opiniones (el hombre sin opiniones propias). 

Se quedó un rato pensando, mientras caminábamos, siempre caminamos por la ciudad durante nuestras largas e incoherentes conversaciones. 

Al rato me dijo:

—Los psiquiátricos no se cerraron. En realidad se abrieron a la sociedad. La engulleron. Dejaron de ser prácticos como instituciones médicas. ¿Cómo encerrar a toda una sociedad de perturbados mentales en instituciones parecidas a cárceles? ¿Cómo atender a todos? El psiquiátrico es la ciudad. 

La idea, por descabellada, sonaba verosímil. Es como la idea de que una sociedad de criminales tenga sus propias cárceles. La sociedad criminal tendrá sus leyes propias y su justicia, cruel e incomprensible, útil; pero jamás tendrá cárceles. 

Fantaseamos durante horas con las implicaciones sociales, políticas, económicas, vitales de la ciudad manicomio. Supusimos, con acierto, que los mismos terapeutas estaban también locos, lo que daba pie a una imposibilidad fragante: la curación. 

La idea de una ciudad manicomio no me pareció del todo extraña. Aunque no había pensado antes en ella como una realidad posible, con las implicaciones totales de ese gran psiquiátrico post paranoico, más propio de la ciencia ficción que de la realidad, que dibujaba en mi cerebro licuado la conversación fluctuante y evasiva de Silvano, me di cuenta de que era tan cierta que solo me quedaba por observar con detenimiento cada rostro, y que en cada rostro encontraría esa locura del manicomio, esa locura repetitiva y peligrosa a la que tanto se teme. 

—La pregunta es la siguiente: ¿cómo distinguiremos a los cuerdos de los locos? ¿No seremos ahora mismo nosotros dos perturbados de paseo por el jardín de este gran manicomio que es ahora la ciudad? 

Un final: cuando volví a casa, en la soledad del espejo me vi como a un loco, uno como tantos, uno más. Asustado, me aparté del espejo.