EL COMIENZO DEL RELATO

Dentro del Taller literario Manolo Yagüe, en nuestro primer tema veremos el comienzo del relato. Aquí os dejo dos comienzos magníficos con unas notas de lectura. En los materiales del Taller estudiaremos muchos ejemplo más.

El aprendiz de escritor necesita analizar con detenimiento, párrafo a párrafo, frase por frase, palabra por palabra, las obras de los grandes escritores, para encontrar lo que los hace diferentes, e imitar, copiar, tomar prestado, utilizar sus recursos.

Pongámonos en marcha.

 

1/

Había una vez un niño bueno, cuyo nombre era Jacob Blivens. Siempre obedecía a sus padres, por absurdas e irrazonables que sus demandas fueran; siempre se aprendía sus lecciones y nunca llegaba tarde a la escuela dominical. Se resistía a jugar al hockey incluso cuando su austero juicio le decía que era lo más conveniente que podía hacer. Ninguno de los otros chicos lograba sacar nada en claro de aquel niño que se comportaba de una manera tan rara. No había manera de que mintiera, por conveniente que fuese. Se limitaba a decir que mentir no estaba bien, y eso le bastaba. Y era tan honrado que resultaba simplemente ridículo. El curioso proceder de Jacob sobrepasaba toda medida. No quería jugar a canicas en domingo; se negaba a robar nidos; no quería dar monedas candentes a los monos de los organilleros; no demostraba el menor interés en ninguna clase de diversión racional.

 

El cuento del niño bueno, Mark Twain.

 

Notas de lectura:

  • Versión de un cuento tradicional. Comienza con el típico había una vez, pero da la vuelta a la historia, pues lo malo del protagonista, y la fuente de sus problemas posteriores, es precisamente que es demasiado bueno, formal, obediente.
  • Este cuento está contado desde un punto de vista muy particular: el punto de vista de los niños. Fijémonos en que los cuentos son escritos por adultos, bajo la férula implacable de su moral, gustos, o intereses. Sin embargo en este caso por fin son los niños los que nos dan su punto de vista.
  • No se limita a decirnos que ese niño era demasiado bueno para el común de los demás niños de su pueblo. Lo ilustra con jugosos ejemplos: « No quería jugar a canicas en domingo; se negaba a robar nidos; no quería dar monedas candentes a los monos de los organilleros; no demostraba el menor interés en ninguna clase de diversión racional.»

 

2/

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de los que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia—pregonaba el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima”. José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: “Para eso no sirve”. Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. “Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa”, replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

Notas de lectura:

  • El libro comienza con una frase sublime: pero además esa frase nos aporta mucha información. Personaje protagonista: Aureliano Buendía. Profesión: militar, militar derrotado, pues está ante un pelotón de fusilamiento. Transcurso del tiempo: es una larga historia, que se remonta al momento mágico en el que su padre lo llevó a ver el hielo. Relación de los personajes: padre e hijo van juntos, casi nos los imaginamos de la mano, y eso establece un importante vínculo familiar. Nos hayamos además ante un momento crucial de la vida del personaje, presumiblemente el final de su vida, frente a un pelotón que lo va a fusilar. Pero en esa escena hay una dosis muy fuerte de suspense. ¿Llegará a cumplirse la sentencia y Aureliano morirá? Tendremos que esperar para saberlo.
  • Luego viene una descripción del lugar. Es un lugar mágico: piedras como huevos prehistóricos; mundo reciente, recién inventado, origen del mundo bíblico, y origen de la vida, de la infancia, de lo que nos sorprende por primera vez.
  • Y después comienza la acción, también llena de magia, la de los gitanos: mundo del circo, y de los descubrimientos, y cómo no, de la infancia.
  • Por último señalar el carácter de Aureliano Buendía: el mismo nombre alude a un rasgo de su carácter. Buendía sugiere alguien alegre, optimista, positivo. Además nos lo describe como un hombre luchador, imaginativo y tenaz. Pero como todo buen relato el escritor lo ilustra con la historia del imán y la loca búsqueda del oro.

 

Manolo Yagüe.

 

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