EL CÍRCULO DE TIZA

cosmogonia_cat__esp__ok_

Foto: http://www.albertvidal.es/site/es

 

a mis hijos

 

Es un juego al que jugábamos cuando yo era niño.

Dibujé en el asfalto del parque, donde de vez en cuando se reunían los patinadores, un grueso círculo de tiza, de unos tres o cuatro centímetros de grosor. El círculo tendría un diámetro de un metro y medio o más. Era un enorme círculo que destacaba contra el asfalto gris. Me observaban un par de chiquillos, amigos de mi hijo. Me gusta jugar con los niños. Esta vez les propuse el siguiente juego: cada niño, por turnos, entraría en el círculo de tiza. Una vez allí tendría que imaginar un lugar en el que quisiera estar en ese momento. El protagonista, el niño que estuviera dentro del maravilloso círculo de tiza, nos tendría que contar cómo era el lugar que estaba viendo. Los que estábamos fuera le podríamos hacer preguntas. Preguntas para que nos contase lo que se veía y lo que estaba haciendo allí.

Me pasaba las horas en el parque, sobre todo cuando mi mujer estaba trabajando, que era a menudo, pero también para que ella pudiera descansar tras su dura jornada de trabajo. El parque quedaba justo enfrente de nuestro piso. No teníamos más que cruzar una calle, y el parque estaba allí, con sus árboles todavía enanos, los recuadros de césped, los paseos de tierra rojiza y polvo, y los columpios, toboganes y cachivaches para que se montaran los niños. En el centro del parque, y unido a un carril para bicicletas, en un rectángulo enorme de asfalto los patinadores de la zona hacían sus ejercicios. Aunque hoy no había ni uno solo patinando. Los chicos correteaban de un lado a otro como si estuvieran en el patio del colegio. Más allá del parque, hacia el oeste, comenzaban los descampados. Vivíamos en el último edificio de la cuidad.

Cuando los otros niños vieron lo que estábamos haciendo, se acercaron. Niños y niñas de diferentes edades se sumaron al juego, rodeando el círculo de tiza, y esperando su turno con emoción.

—Una pista de carreras. Mi coche es rojo y voy ganando —dijo uno, y agitaba los brazos mientras movía el volante, poniendo cara de velocidad.

—Estoy montado en un caballo —dijo Roberto, mi hijo.

—¿Cómo es el caballo?

—El caballo tiene alas, alas blancas, es blanco. Mueve las alas y se pone a volar.

Abrió los brazos.

Admirados, dejamos que volase en soledad por unos segundos.

—Estoy en un castillo de chocolate —dijo una chica regordeta: se encogió de hombros, nos miró y sonrió.

—Se derretirá de tanto calor —dije yo.

Hacía calor, aunque ya era tarde, pero no acababa de anochecer. Nuestro piso daba a poniente, y la noche tardaba tanto en llegar que uno no acababa de creerlo. El agotamiento llegaba antes que el anochecer.

Sonó el teléfono móvil, era Nuria, mi mujer:

—¿Dónde estáis?

—En el parque. He hecho un círculo de tiza. ¿Te acuerdas?

—Y qué es eso. Bueno es igual, sube al niño a bañar. Ah, por cierto, has recogido lo que te pedí.

—¿El qué? —mierda, el vestido y el traje de la tintorería. Miré el reloj, ya era tarde.

—¡¿No lo has cogido?! Estúpido.

Los niños seguían con el juego, aunque ahora se metían en el círculo hasta dos y tres, y habían disparado de tal modo su imaginación que los lugares y viajes no llegaban a tener demasiado sentido. Eso les hacía reír.

Cogí a mi hijo y, a duras penas, conseguí sacarlo del juego.

—Mañana vamos de boda. Es la boda de tu tío. Así que hay que bañarse para que no digan que somos unos guarros.

En lo que preparé el baño, bañé a mi hijo, hicimos la cena, y nos pusimos a cenar, sin darme cuenta, se hizo de noche. Ya habíamos cenado y el niño cabeceaba en el sofá, delante del televisor. Dejé la luz apagada del salón para no molestarlo. Y por supuesto, la puerta corredera de la terraza permanecía abierta.

Me fumé un cigarrillo en la terraza. El parque se había vaciado de niños. Los adolescentes tomaron posiciones, reunidos en grupos, cuchicheando, gritando, pegándose, separándose y volviéndose a juntar. Vistos desde la prodigiosa altura de un décimo piso parecían insectos de una misma colonia. Casi no se veía nada de la parte del campo, donde el sol ya se había puesto y solo se insinuaba el reverbero de algo grande y potente, pero muerto. Seguía el calor. Ni siquiera a esta altura la brisa. El niño se quedó dormido. ¿Cuántos kilómetros puede llegar a correr un niño a lo largo de un día, o durante toda su infancia? ¿Cuántos segundos tardaría en caer un cuerpo humano desde esta altura? ¿Le daría tiempo a pensar en algo?

La llave de la puerta carraspeó. Era Nuria, que por fin llegaba a casa. En cuanto la viera el niño, no querría separarse de ella. Entonces nos pasaríamos hasta las doce de la noche luchando con la situación. Ella quería verlo. Yo quería ver a mi mujer, y el niño quería ver a su madre. Demasiado, cuando todos estábamos tan agotados.

—Es mamá —dijo Roberto, incorporándose a duras penas en el sofá.

—Sí.

Nuria dejó la chaqueta, el bolso, la cartera y las llaves encima de la mesa del comedor.

—Te traeré la cena. Te la caliento en un segundo.

—¿No la tienes preparada?

—Se calienta en el microondas en un minuto.

—Mamá, mamá —. Roberto llamó con voz somnolienta a su madre—. Papá nos ha dibujado un círculo de tiza mágico.

—Ah…, sí… ¿A qué hora piensas ir a por los trajes de la boda? Te recuerdo, por si no lo sabías, que la ceremonia es mañana a las doce.

—Mamá, si tú pudieras entrar en un círculo de tiza, donde irías.

—Me estás escuchando —dijo Nuria dirigiendo su pregunta a la puerta de la cocina.

Claro que la escuchaba, pero qué.

Salí con una bandeja y la cena preparada. Cenaba en el salón viendo la tele.

—Mamá, mamá, dónde irías…

—Yo qué sé hijo, al Caribe.

—¿Y qué es el Caribe?

—Roberto, ven a mi lado, no molestes a tu madre. El Caribe es un mar lleno de islas, con playas paradisiacas. Y tiburones.

—Mamá, puedo ir contigo a ese sitio.

—Si tu padre lo paga, por supuesto.

—Papá, mañana volvemos a jugar al círculo de tiza, y me pido estar en el Caribe.

—Claro hijo —dije con la voz más agradable que pude, para convencer a Roberto de marchar a la cama—, pero para eso tenemos que descansar mucho. Así que ahora dale un beso a tu madre y a descansar.

El niño se negó en redondo a moverse del sofá. No es que llorase mucho o gritase. Simplemente decía que no quería irse y lloriqueaba con voz queda. Daba tal lástima que era difícil que su madre no lo dejase allí en el sofá, por lo menos otra de hora.

Fui a la cocina a dejar la bandeja de la cena y en cinco minutos recogí los cacharros y barrí. A la vuelta, Roberto estaba acurrucado en el regazo de su madre, dormido.

—¡Quítamelo de encima! —Susurró mi mujer—. Me mata de calor.

Cogí al niño por las axilas y lo trasladé hasta una esquina del sofá.

—¿No lo llevas a la cama?

—Creí que querías estar un rato con él.

—Ah, bueno. Es que, si está el niño, no podemos hablar.

¿Discutir?

—Mañana a primera hora paso por la tintorería.

—He hablado con tu abogado. Dice que no aceptas el acuerdo —dijo ella, sin preocuparse de si había actuado bien o mal.

—¿Para qué hablas con mi abogado?

—Hablo con quien me da la gana. Soy una mujer libre. Por cierto —dijo mientras se quitaba los zapatos, y cambiaba desde el mando de la tele los dibujos animados por un canal cualquiera—, yo creo que tu abogado es gilipollas.

—No puedes atender al niño. Trabajas todo el día fuera de casa.

—¡No me jodas! —Alzó la voz—. No me jodas o te despellejo.

—¡Chist! Habla más bajo.

—Llévatelo a la cama.

Busqué los cigarrillos. Cada vez que volvíamos a lo mismo, me tenía que largar, me ponía tan enfermo, físicamente enfermo, que tenía que salir de la habitación donde ella estaba con su voz. Era su voz. Esas palabras que como buriles inciden en la carne y nos van marcando, hasta dejarnos heridas.

Salí a la terraza, era el único sitio donde me estaba permitido fumar. Por fin algo de brisa. Tibia. Ni siquiera fresca. Mirados desde el otro lado, en el sofá e iluminados por la luz fluctuante del televisor, me resultó una escena tan agradable, familiar, limpia. ¿Por qué no se podía vivir en el otro lado?

Apagué el cigarro y entré en el salón. Cogí a Roberto en brazos, y me lo llevé.

—Cuidado. No le hagas daño.

¿Y yo qué? Me preguntaba.

Lo acosté y volví al salón, pero no me senté, estuve paseando arriba y abajo, nervioso.

—Al menos habrás sacado el dinero del regalo.

Moví la cabeza por toda afirmación.

—¿Quinientos?

—Qué remedio.

—Es mi hermano.

—Nos estamos divorciando —dije, sin terminar de creerlo.

—¿Y qué? No deja de ser mi hermano. En la boda de tu hermana, ¿cuánto dimos?

—Dimos menos.

—Ya, pero eso fue hace quince años. Los tiempos cambian.

Y tanto que cambian.

Me acerqué a la televisión. Me puse delante.

—Aparta.

—¿Te acuerdas del círculo de tiza?

—No. Aparta que quiero ver la tele. No, no me acuerdo.

—Es un juego que jugaba cuando era niño —le expliqué, sin apartarme de la tele—. Se dibuja un círculo de tiza, y quien se mete dentro se tiene que imaginar  que está en un lugar especial, el sitio en el que desea estar. Y nos cuenta cómo es. Y le podemos hacer preguntas.

—Bueno, ya. Ahora quítate de en medio.

Pero yo no me moví un milímetro.

—¿Tú te acuerdas que una vez, siendo novios, jugamos al círculo de tiza?

—Algo me suena— dijo Nuria, subiendo las piernas en el sofá, y recostándose para descansar.

—¿Y te acuerdas del sitio donde querías estar?

—No, no me acuerdo. No me acuerdo ya de esas bobadas. Anda, aparta.

Me aparté.

Seguí paseando por el salón.

Se quedó dormida.

Era lo que estaba esperando.

Cogí el tabaco y las llaves, y muy despacio abrí y cerré la puerta de entrada. Bajé andando los diez pisos. Me dejé llevar. Crucé la calle. Estaba desierta. Ni un alma. En el parque, a lo lejos, un grupo de personas con sus perros hablaban muy bajo. Los adolescentes se escondían arracimados en las zonas oscuras.

Me encendí otro cigarro. Paseé despacio, con pasos tambaleantes. La brisa fresca de la noche aliviaba la situación. La cabeza a esas horas me bullía como una olla a presión. Si al menos se bajaba el fuego por un rato, podría pasar sin estallar. Ya no deseaba estallar. Me acerqué a una zona de hierba. El frescor se acentuaba. Entraban ganas de tumbarse. Pero no lo hice. Un grupo de adolescentes hablaban y reían en un espacio de oscuridad intensa con la animación inconsciente que concede la juventud.

Llegué a la pista de los patinadores. Una densa nube de calor ascendía del asfalto. Vi el círculo de tiza. No se había borrado. Aunque estaba algo desdibujado por las pisadas de los niños. Todavía era un círculo perfecto. Un círculo mágico. Entré en el círculo. Planté mis dos pies dentro. Ya estaba.

Tenía el cigarro a medio consumir. Di una larga calada y expulsé el humo en dirección a las alturas, a la noche infinita que se descubría al otro lado del reverbero de las farolas. ¿En qué lugar querría estar ahora? ¿En qué lugar estaba yo? No se me ocurría nada. Por mucho que estrujara mi hipertrofiada imaginación. No existía otro lugar, solo este mismo. El parque. La calle. El piso. Desde aquí se veía la terraza de nuestro salón, de la cual se desprendían haces de luz de distintos colores proyectados por el televisor. Igual que fuegos artificiales.

No. Era cierto. No lograba imaginar otro lugar. Maldita sea. Ni playas desiertas, ni mujeres maravillosas, ni riquezas, ni nada. Mañana tendría que ir a la tintorería, aguantar una boda, un divorcio. Acostar y despertar a un niño hasta que fuera grande y pudiera apañárselas solo. Ese era mi lugar, fuera o dentro del círculo de tiza, maldita sea, ese era ahora mi lugar.

 

Manolo Yagüe

Deja un comentario