DIARIOS

Cuando hicimos la sesión sobre el diario en el taller, no sospechaba que me iba a topar con las confesiones sucesivas de Arturo y Estela. Arturo y Estela son un matrimonio de treintañeros sin hijos que vienen juntos a mis clases de escritura. Arturo es arquitecto pero quiere ser escritor y Estela es profesora pero quiere ser cantante. Son cultos, visten bien, en exceso a la moda, con la que parecen esmerarse a condición de que esta les preste ese plus de personalidad que a todas luces sienten que les falta. 

Después de la sesión tomamos algo y en un aparte, mientras Arturo se entretenía explicando a Jacobo Cerán algún concepto arquitectónico-filosófico a los que nos solía tener acostumbrados, Estela me contó:

—Arturo ha mentido. 

—¿En qué? —dije yo sin darle mayor importancia a lo que Estela pretendiera confesarme. No creo en las verdades ni en las mentiras, así tomadas como categorías. Las mentiras me parecen tan legítimas en una conversación como la invención de una fantasía en un libro; y, por otro lado, ¿al diablo si sé yo a estas alturas lo que es una verdad?

—Dijo que no escribía un diario. Pero sí. Tiene un diario.

—Mucha gente esconde que escribe un diario por pudor o vergüenza.

Estela me miró con esa intensidad de cantante que ha perdido las canciones que fueron suyas, y que las anda buscando sin esperanza y sin demasiada desesperación:

—No es este el caso. Verás, Arthur —Estela practica el snobismo de americanizar a su Arturo—, escribe casi todas las noches antes de acostarse. Lo hace desde aproximadamente un año. Al principio escribía mientras yo leía en la cama, uno al lado del otro, con cuidado para que yo no pudiera leer lo que estaba escribiendo. Cuando terminaba, cerraba el diario, y lo escondía en un cajón del escritorio que descansa solemne e inútil, a unos metros de la cama matrimonial. El escritorio está siempre cubierto de ropa, papeles… No realiza ya su función. Los cajones del escritorio tienen cerradura y llave. Si uno desea puede cerrarlos para proteger lo que quiera que uno esconda dentro. Así que Arturo guardaba el diario en uno de los cajones, cerraba con llave, y se guardaba la llave en la cartera. He de decir que yo jamás miro en su cartera. No por ausencia de celos, sino incluso de interés. 

»Una noche le pregunté, como supongo ocurre siempre en estos casos, que si me dejaría leer su diario. Muy ofendido me contestó que no se me ocurriera intentarlo. Que ese sería el fin de nuestra relación. Asustada, me tomé al pie de la letra su amenaza, y aunque a veces una punzada de deseo me hacía pensar en quitarle la llave y leer los cuadernos (ahora ya son unos cuantos), el temor a ofenderlo me contenía. 

»Así siguieron las cosas, hasta que un día me di cuenta de que mientras escribía su diario, me miraba a hurtadillas. Pensé: estará confesándose un deseo erótico en el diario, o incluso alguna infidelidad. Así fue la cosa, esa noche. A la noche siguiente, al ir a guardar el cuaderno todo ocurrió según el plan previsto. Salvo por un detalle menor. Se dejó la llave puesta. 

A la mañana siguiente, era sábado, salió temprano a hacer footing. Salí de la cama, abrí el cajón y leí el diario. Unas pocas hojas. Cinco minutos, entre emocionada y aturdida. Temiendo que volviera de improviso, lo guardé y dejé las cosas como estaban. 

»Ese día no me percaté de lo que ocurría, pero al amanecer del domingo ocurrió de la misma manera. Él se fue, dejando la llave puesta, y yo volví a leer el diario. Y me di cuenta de algo que me inquietó más todavía que la propia lectura del diario: me percaté de que Arturo dejaba a propósito la llave para que yo lo leyera. Es más, y no sabría decir en qué noté que eso era así, pero en el estilo también se percibía que Arturo escribía no para si, tampoco para otros o para la posteridad, sino para mi, exclusivamente para mi. Para una única lectora, ósea, yo. 

No supe que decir. Me fascinaba la historia de Estela, pues proponía infinitos caminos tortuosos por los que deambular, pero no quería hacerle las típicas preguntas que uno desea responder en estos casos: por ejemplo, si se la pegaba con otra. 

Como me quedará callado, ella concluyó:

—Por más que sus confesiones me dañen o me humillen. Por más que su falsa desnudez me torture y me castigue, saber que lo escribe para mi es un halago que me tiene atrapada. —Ahogó un suspiro de satisfacción masoquista, bebió un sorbo de la copa, y luego me dijo—: ¿Te importaría si yo te trajera un cuaderno de ese diario para que lo echaras un vistazo? 

Abrumado por la oferta, y temiendo que la mancha peligrosa me salpicase también a mi, en un triángulo de consecuencias imprevisibles, me excusé diciéndole que lo pensaría. Ella hizo una mueca que me pareció significar algo: algo así como Arturo y yo hemos planeado este juego y sabemos que al final lo jugarás con nosotros.