DETRÁS DE LOS VISILLOS

 

 

          Tú eras todo lo contrario. Todo lo contrario a una mujer que uno admire en silencio. Todo lo contrario a la ropa caída con gracia, a la voz arrulladora, a los ojos cautivos de la belleza. Tú eras la mujer de las aristas, de los dientes afilados como un Drácula, de las manos frías y de las rodillas dolorosas. Tú eras la mujer que vivió la época de los granos y que sucumbió a la edad de las arrugas. Tú eras la mujer silencio incómodo, la mujer tarea doméstica, la mujer olor a repollo.

Yo me casé contigo por pena, por catolicismo mal entendido, por presiones del mal gusto, por la inercia y lo consabido. También por miedo y soledad.

Me venía grande el trabajo y la vida y los trajes de domingo y ayudar a los pobres.

Por eso que te has muerto y parece que me muriera yo. Me veo en tu caja, rodeado de tu gente y me lloro, pero no a ti. Y digo: “¡qué pena!”, pero la que me doy yo. Me siento como café con leche frío abandonado en la encimera de la cocina.

Ayer decidí tirarte poco a poco. Un día te tiraré junto a las fotografías de la boda, otro día te tiraré con la caja para colgar llaves. Y así te iré tirando cuando tire las estampas de la Virgen, cuando tire los tapetes que con tanto silencio tejías las noches de domingo, mientras yo veía con un ojo dormido y otro despierto los resúmenes del fútbol, y rompía la quiniela fallida.

Otro día tiraré la puerta del baño para que ya nunca más me la cierres cuando aún no ha amanecido y he de ir a trabajar. Otro día llamaré a alguien para que se lleve los armarios de feos espejos y las lámparas de dorados tiñosos. Otro día arrancaré la piel de las paredes, ese papel lleno de bultitos formados por bolsitas de aire, que cuando no me veías iba picando. Otro día romperé los cristales de las ventanas, esas ventanas con visillos desde las que te asomabas con tus vestidos de viuda de película. Otro día tiraré los zapatos y los abrigos y la ropa interior con olor a naftalina, tu ropa interior llena de costuras. Y tiraré la cama chirriante, grande, ocupando todo el dormitorio, y el colchón de muelles con su hondonada, a la que se caían nuestros cuerpos con recelo. Y tiraré la vajilla y tiraré las paredes y tiraré la casa.

Y así espero haberte tirado un día, y haberme olvidado de ti, y haberme olvidado de mí, muertos ese día para siempre.

 

Manolo Yagüe

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