Archivo de la categoría ‘viajes literarios’

LOS ULDRA: LAPONIA MÁGICA

 

 

Laponia es la región más al norte de la Península Escandinava. En ella viven los lapones, aunque a ellos no les gusta que les llamen así: prefieren ser conocidos como los samis. La climatología en el lugar es extrema. En invierno se pueden alcanzar hasta treinta grados bajo cero, aunque en el verano no es raro que la temperatura sobrepase los veinte grados. Son por tanto muchos los días de nieve en Laponia. Otra de las peculiaridades del lugar es que durante los meses de invierno el sol apenas sobrepasa el horizonte. Aunque, incluso en el periodo más oscuro, hay algunas horas de penumbra al mediodía. Es entonces cuando se puede observar “la luz azul”, un cielo increíblemente bello. En las noches claras del otoño y el invierno también se puede observar “la luz del norte”, la conocida como Aurora Boreal: luces con todos los colores del arco iris danzando en el firmamento de la fría noche. Pero en el verano, en cambio, muy al norte, el sol no se pone en todo el día. A este suceso se le conoce como el sol de medianoche. Si uno quiere dormir, más vale que cierre todas las persianas.

Los samis, pues no les gusta que les llamen lapones, viven sobre todo de la cría del reno. Es tan importante la cría del reno, que desde luego en Laponia viven más renos que hombres. Hay 200.000 renos que cuidan unos 6.500 pastores sami. Es tan importante el reno para ellos, que hay unas 400 palabras distintas para nombrarlo.

Es, por supuesto, la región en la que dicen que vive Papá Noel, junto a los bendegums, los duendes que le ayudan a fabricar los juguetes que piden los niños.  Aunque yo en realidad no los he visto nunca.

En este texto del escritor Axel Munthe, médico que vivió en la última mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX, nos cuenta su viaje a Laponia. Allí conoce a Turi, un lapón, que cuenta historias muy curiosas sobre el lugar en el que vive, con su reducida familia y su buen montón de renos:

 

“Turi era un hombre poderoso, jefe indiscutido de su campamento con cinco tiendas, en las cuales estaban sus cinco hijos casados, con las mujeres y los niños, muy ocupados todos, desde la mañana a la noche, en vigilar su rebaño de mil renos.

-Por el modo de ladrar de los perros –dijo Turi-, comprendo que ya huelen a lobo. ¿No has dicho que viste el rastro del viejo oso ayer, cuando cruzaste la garganta de Sulmö? –preguntó a un joven lapón que acababa de entrar en la tienda y se había acurrucado junto al fuego.

Sí, lo había visto, y también abundantes huellas de lobos.

Aquél era un viejo oso que habitaba allí hacía muchos años; con frecuencia lo había visto rondar por la garganta. Tres veces fue acorralado durante el invierno, mientras dormía, pero siempre había conseguido escapar; era un viejo oso muy astuto. Turi disparó también sobre él, pero no hizo más que sacudir la cabeza y mirarle con ojos pícaros: sabía que ninguna bala corriente podía matarlo. Solo le mataría una bala de plata, disparada un sábado por la noche cerca del cementerio, porque era protegido por los uldra.

-¿Los uldra?

Sí, ¿no conocía a los uldra, el pueblecito que vive bajo tierra? Cuando el oso iba adormir durante el invierno los uldra le llevaban de noche la comida. Es ley del oso que no debe matar al hombre. Si quebranta la ley, los uldra no le vuelven a llevar comida y ya no puede dormir en invierno.

Pregunté a Turi si había visto a los uldra.

No; nunca los había visto; su mujer no los había visto, y los niños los veían con frecuencia. Pero los había oído moverse bajo tierra. Los uldra se movían durante la noche y dormían de día, pues no podían ver con la luz diurna. Los uldra eran más bien afables, mientras los dejasen en paz. Si los molestaban, esparcían por el musgo un polvo que mataba los renos a docenas. También había sucedido que se llevasen un niño lapón, reemplazándolo en la cuna con uno suyo. Sus hijos tenían la faz cubierta de pelo negro y largos y afilados dientes.”

 

La historia de San Michele, Axel Munthe, editorial juventud. Adaptación.

 Mapa mostrando lo lugares donde realizó las medidas Maupertuis en su expedición a Laponia, en "La Figure de la Terre" (1738) http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Maupertuis_map.jpg

 

 

THOREAU: BIOGRAFIA ESENCIAL

 

 

Mi trabajo es escribir, y no vacilo, aunque sé que ningún tema me parece demasiado trivial, según las pautas normales; porque el tema no es nada, hombres necios, la vida lo es todo. Lo que le interesa al lector es la profundidad y la intensidad de la vida agitada. Rozamos nuestro tema sólo en un punto que no tiene anchura, pero la pirámide de nuestra experiencia, o nuestro interés en ella, se apoya en nosotros en una base mayor o menor. Es decir, el hombre lo es todo en todos los sentidos, la Naturaleza nada, menos cuando lo saca y lo refleja. A mí dadme temas simples, sencillos y hogareños.

 

Thoreau, diarios.

 

 

Thoreau anotaba sus impresiones como quien recoge plantas vivas, haciendo pasar las palabras de su experiencia a las páginas del diario, del diario a la conferencia pública, de la conferencia al libro de ensayos. Le gustaba que las palabras, como las verduras en el mercado, llegasen al libro con algo de tierra todavía en sus raíces.

 

Antonio Casado da Rocha, Thoreau: Biografía esencial, Acuarela libros, 2005.

LAS CIUDADES INVISIBLES: ITALO CALVINO

 

 

“No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.”

Las ciudades invisibles, Italo Calvino. Editorial Siruela.

DAR VISIBILIDAD Y MOVIMIENTO A UN RELATO

 

 

Podríamos llegar a pensar que para dar suficiente visibilidad y movimiento a una escena poco menos que tenemos que imitar una película de acción. Pero eso no es cierto. Lo importante de nuevo es el detalle.

Aunque no lo parezca, aunque nos encontremos ante un relato que narra de manera pausada acontecimientos cotidianos, siempre hay suficientes elementos visuales, sensoriales, pequeñas acciones, objetos, como para sumergirnos en la historia, y como para hacernos sentir que el escritor nos cuenta algo importante.

En el siguiente ejemplo, principio de la novela «Un caso acabado» de Graham Greene, sucede lo contrario a un relato de acción, pero pasan muchas pequeñas cosas.  En negrita he señalado los elementos tangibles y he subrayado las acciones:

 

«El pasajero del camarote escribió en su diario una parodia de Descartes: «Me siento incómodo, luego estoy vivo», y se quedó sentado, pluma en ristre, sin nada más que añadir. El capitán, con sotana blanca, permanecía junto a las ventanas abiertas del salón, leyendo su breviario. No había aire siquiera para agitar las hebras de su barba. Ambos habían estado solos en el río durante diez días… solos, aparte los seis miembros de la tripulación africana y la docena, poco más o menos, de pasajeros de cubierta que cambiaban, de manera casi indiscernible, en cada aldea donde paraban. La embarcación, propiedad del obispo, parecía un pequeño y destartalado vapor de ruedas del Mississippi, con una alta chimenea cuya pintura blanca anhelaba pronta reparación. De las ventanas del salón los dos hombres podían ver, ante sí, el río que se devanaba interminablemente, y abajo, en los pontones, a los pasajeros sentados, peinándose entre los leños acumulados para la caldera.

Si ningún cambio significa paz, ésa era sin duda paz, escondida como una nuez en el centro de la dura cáscara de la incomodidad: el calor que se los tragaba cuando el río se estrechaba hasta un escaso centenar de metros, y la ducha, siempre caliente a causa de las máquinas del barco. De noche los mosquitos, de días las moscas tse-tsé, con las alas echadas atrás como minúsculos aviones a chorro (un letrero en la orilla, al pasar la última aldea, les había advertido en tres lenguas: “zona de la enfermedad del sueño. Cuidado con las moscas tse-tsé). El capitán leía su breviario con una palmeta en la mano, y cada vez que lograba una muerte sostenía el minúsculo cadáver para que el pasajero lo examinara, diciendo “tse-tsé”: era casi el límite de su comunicación, porque ninguno de los dos hablaba el idioma del otro con facilidad o destreza.

De este modo transcurrían los días.»

 

Casi podríamos decir que el escritor se preocupa por contarnos lo que está sucediendo tal y como sucede. Sin escatimar esfuerzos, ni por supuesto detalles, y procurando que esos detalles estén descritos con fidelidad y sean singulares.

 

Manolo Yagüe

PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A partir de la lectura de Álvaro Cunqueiro y sus «Tesoros y otras magias», inspirado como no por el paisaje de Lugo, Viveiro, y la fantasía como refugio del hombre humilde, he escrito en una tardecita (que rima con tacita), en un hueco entre los llantos de un niño y los llantos de otro niño, este pequeño cuento sin moraleja, o con una muy tonta: «Cuidado padre cuando te pongas el calcetín.»

Para saber mas de Álvaro Cunqueiro, visiten la información del Centro Virtual Cervantes; o compren un libro, coño: http://cvc.cervantes.es/actcult/cunqueiro/

La cerámica de Sargadelos alimenta la imaginación

 PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A la hora de la siesta, durante las vacaciones de verano, jugando el pequeño Perucho al escondite con sus hermanas se escondió en el calcetín de su padre. En ese momento su padre despertó de la siesta y con los ojos entrecerrados por el sopor se puso un calcetín, se puso otro calcetín, ser puso un zapato y se puso el otro, y zas, de un brinco aplastó al pequeño Perucho, el menor de sus hijos y al que mas quería, pues era el único varón, además de bueno y callado. Don Pedro notó el crujido de los huesos y la viscosidad de algo así como una lagartija en el pie, y juraría que un gemido, pero tan débil como el de un ratón.

Se quitó el calcetín y allí estaba Perucho: un revoltijo de niño, donde apenas se adivinaba el ojo verde, el pelo negro y rizo, la nariz chata, los bracitos pecosos y los dedos de los pies portadores de una peculiaridad inusual en un humano: eran dedos unidos por una película o fibra o tejido, lo cual los tornaba palmeados como los de un pato.

Don Pedro lloró con amargura por la suerte de Perucho. Su decimoquinto hijo; nació sietemesino, canijo, en una noche de tormenta, consumida ya la madre por los partos y sin leche que dar. Fue amamantado por una perra Yorkshire, y de ahí el escaso crecimiento de la criatura. Don Pedro quiso que su primer hijo varón llevase su nombre, después de catorce hijas gritonas, caprichosas, mandonas y manirrotas, pero la mamá y las celosas hermanas lo apodaron Perucho, haciéndole de menos, menos todavía de lo que ya era.

Cuando don Pedro, alarmado, les enseño a su mujer y a sus hijas el revoltijo de Perucho, ellas no le dieron mayor importancia: «era de esperar que un día acabara aplastado, lo extraño es que hubiera aguantado tanto», dijo su mujer, sin apartar un instante el helado de cucurucho  de dos bolas sabor chocolate y vainilla que se estaba zampando.

Don Pedro se preguntó qué hubiera pasado si hubiera aplastado a la perrita yorkshire, aunque se imagino una escena de llantos femeninos digna de un coro de plañideras.

A Perucho no se molestaron en prepararle entierro. Las hijas dijeron que se le quemase en la barbacoa del jardín; se le arrojase por la borda de la lancha motora; se desperdigasen sus restos en un paseo a caballo; se guardase en una caja de zapatos y se tirase al contenedor de la basura. La madre le dijo a don Pedro: «Sácame ese bicho asqueroso de casa. No quiero verlo, me da igual lo que hagas con él».

Don Pedro recogió con sumo cuidado los restos de Perucho, los guardó en una cajita de porcelana de Sargadelos y salió abatido de casa con los restos de su hijo predilecto en el regazo. No sabía a dónde acudir, ni cómo enterrar a su Perucho, ni que ceremonial sería adecuado para honrar como es debido el amor que padre e hijo se habían profesado.

Cuando se cruzaba con algún vecino le decía: «Voy a enterrar a Perucho». Pero como era una tarde de mucho calor, y la caja de porcelana apenas ocupaba la palma de la mano de don Pedro, todos pensaron que el seso del hombre se había reblandecido dentro de su cráneo por efecto de las altas temperaturas y que ya retornaría a su estado normal con un baño en la playa o con la fresca de la noche.

La verdad es que don Pedro no quería enterrar a Perucho.

No lo quería enterrar porque había leído infinidad de cuentos de hadas en los que un niño es salvado de forma misteriosa por un conjuro. Así es que subió a un mirador desde el cual se dominaba la costa lucense, con sus pedruscos recortados por el mar en calma. Allí permaneció toda la tarde, observando el atardecer, y toda la noche, en duermevela, sin que aparición fantasmal, hada, mago, encantador, animal con cualidades humanas, santo o santa, se le apareciera, y le ayudase a recomponer a Perucho.

De madrugada, cansado, y abandonada su fe, arrojó la cajita de porcelana con Perucho acantilado abajo, donde escuchó el crujido del recipiente al estrellarse con uno de los farallones.

«Triste destino el de mi pequeño Perucho: servirá de alimento a las voraces gaviotas y a los peces mudos», fueron sus palabras de despedida.

A la tercera noche, don Pedro despertó sobresaltado por un sueño de mares profundos y chillidos de gaviota. Como un autómata salió a la calle en pijama y caminó con la fresca hasta el borde del mar. Se sentó en una roca que semejaba un huevo prehistórico y observó como las gaviotas desmenuzaban un cordero que se pudría en un bajío rocoso. No tardó mucho en verse Don Pedro rodeado de grises sombras de gaviota en el amanecer. Parecían ansiosas por acercársele y tentarle con los picos.

—¿Eres tú el padre de Perucho?

Le dijo una de ellas con su molesto graznido, que actuaba como portavoz de las más.

—Soy yo  —don Pedro apenas se extrañó de escuchar hablar a una gaviota—. ¿Dónde está Perucho?

—¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! —gritaron a coro todas las aves.

—Y, ¿a dónde se fue mi pequeño Perucho?

—Se enroló en el barco del gigante Ambabrod, que lo recompuso con pegamento de ballena y lo alimenta con carne cruda de atún.

Don Pedro se emocionó y respiró con alivio. Se sentía tan culpable de haber aplastado a su hijo al ponerse el calcetín, que al comprobar que estaba vivo dejaron de caérsele los dientes de la boca: durante aquellas noches infaustas había perdido hasta diez.

—¿Podré volver a ver a Perucho algún día?

—Lo dudo  —le dijo la gaviota jefe—. Sin embargo, cuando quiera tener noticias de él pregunte a las gaviotas del puerto y le darán mensajes suyos.

—¿Dejó alguno antes de irse? —Don Pedro temía cualquier reproche de su menudo retoño, y quería aliviar su conciencia.

—Por supuesto, dejó un mensaje.

—¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! —gritaron a coro las tontas aves.

—El mensaje fue el siguiente: «Padre lávese los pies todos los días, que huelen a queso de cabra. »

Don Pedro se quedó perplejo, sin habla. Pero enseguida reconoció el fino humor de Perucho, que no se preocupaba de asuntos sin importancia. Don Pedro se apartó del círculo de las gaviotas, que ya pugnaban con sus picos por deshacerle el pijama, y volvió a la cama con la cara de los bobos felices, a acostarse con la bruja de su mujer.

A partir de ese momento, don Pedro no dejó de tener noticias de Perucho, que le mandaba mensajes extraños y alegres desde parajes tan alejados y exóticos como Picutí o la región de Rucahuá.

Manolo Yagüe

El Pájaro Escritor
El pájaro escritor
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