EL CAMINO DE CHOCOLATE

Dentro de la primera sesión del Taller Literario Infantil, el primero de los cuales ya está en marcha en el Colegio Público Ana de Austria, de Cigales (Valladolid), los niños leen el delicioso cuento -mucho más por el sabor-  “El camino de chocolate” de Gianni Rodari.

Conocidísimo por su “Gramática de la fantasía”, en este cuento pone en práctica uno de sus juegos para crear historias, el binómio fantástico. Pero además utiliza dos de los recursos básicos de la narratividad infantil, por no decir de todo tipo de narración, el deseo y el miedo.

Os traigo también la portada del libro en el que se incluye dicho relato: “Cuentos por teléfono”, editado con muy buen gusto por la Editorial Juventud, regalo ideal para un niño, aunque  a los padres les gustará también. Estos últimos aprenderan sin duda.

 

 

EL CAMINO DE CHOCOLATE

 

Una vez, tres hermanitos de Barletta se encontraron, yendo por el campo, con un camino muy liso y de color marrón.

—¿Qué será? —dijo el primero.

—Madera no es —dijo el segundo.

—Ni carbón —dijo el tercero.

Con el fin de saberlo, los tres se arrodillaron y dieron una chupadita.

Era chocolate; era un camino de chocolate. Empezaron a comer un pedacito y luego otro; llegó la noche y los tres hermanitos todavía permanecían allí comiéndose el camino de chocolate, hasta que no quedó siquiera un pedacito. Ya no quedaba ni chocolate ni camino.

—¿Dónde estamos? —preguntó el primero.

—No estamos en Bari —dijo el segundo.

—Ni en Molfetta —añadió el tercero.

No sabían qué hacer. Por fortuna apareció por el lugar un campesino. Montado en su carrito.

—Yo os llevaré a casa —dijo el campesino.

Y los llevó hasta Barletta, hasta la puerta de casa. Al descender del carro advirtieron que este era de bizcocho. Y entonces, sin esperar a que se lo dijeran, empezaron a comérselo, y no dejaron las ruedas ni los barrotes.

En Barletta nunca había habido tres hermanitos con tanta suerte, y quién sabe cuándo los volverá a haber.

 

 

Cuentos por teléfono, Gianni Rodari


Manolo Yagüe.

 

UN HUESO DE CIRUELA (Historia verdadera)

 

La madre había comprado ciruelas, y queriendo distribuirlas entre los niños al final de la comida, púsolas en un plato.

Vania nunca había comido ciruelas, y aquella fruta le tentaba mucho; la había olfateado y deseaba probarla; así es que no cesaba de dar vueltas en torno al plato. Solo en el aposento, no pudo resistir la tentación; tomó una y se la comió.

La madre contó luego las ciruelas y vio que faltaba una.

Se lo dijo al padre.

Y en la mesa, el padre preguntó:

—decidme, hijos míos, ¿alguno de vosotros se ha comido la ciruela?

—No —respondieron todos.

Entonces agregó el padre:

—Si alguno de vosotros se la ha comido, no está bien, pero esa no es la desgracia verdadera; la desgracia es que las ciruelas tienen huesos, y que si se traga uno de esos huesos, se puede morir a las veinticuatro horas. Y he aquí lo que temo por vosotros.

Vania palideció y exclamó:

—No temáis, porque arrojé el hueso por la ventana.

Todo el mundo rió y Vania se echó a llorar.

 

Leon Tolstoi.

 

Recogido en la Antología de la literatura infantil Universal, Tomo II, de Carmen Bravo-Villasante.

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

 

«Buenas noches, señores invocadores de espíritus. Como andaban ustedes buscando un muerto, y estoy yo intranquilo por un asunto, me he dicho: me les presento a ustedes que están invocando un ánima, y de paso que les doy una alegría, les dejo un encargo. Ese que ven soy yo, Don Cástulo Abril Morrazo, Senador. No les asuste mi tez, ni mis zapatos negros, ni mi traje de domingo, ni mi postura, con los brazos cruzados en el pecho. Un muerto no se levanta así como así. Tiene que ocurrir un milagro, y los milagros suceden de ciento en viento, de pascuas a ramos, o a la buena de Dios, sobre todo.

«He ido al cielo. Aunque no lo crean de un político, he ido al cielo. Algo bueno hice, además de robar mucho.

«Pero no me he aparecido yo para traerles noticias de los suyos, ni voy a trasladar mensajes que ustedes me den. La comunicación entre los muertos y los humanos es contra natura. De todas formas llevo pocas horas metidito en la caja, y apenas mi alma se ha dado una vuelta por las nubes. He tenido el tiempo justo de cruzarme con unas cuantas almas descarriadas que acababan de sufrir el mismo trance que yo. Y todas dicen lo mismo, pues andamos preocupados, no se crean: «¡Qué haré yo ahora! —Me dicen cuando me vislumbran en el silencio azulado del cielo—. Estaba acostumbrado a los sufrimientos de la vida, y ahora me tocará acostumbrarme a la falta de dolores de la muerte.» Yo me encojo de hombros pues ya me quería morir.

«De todas formas vengo a decirles una cosa que se me olvidó la otra noche dejar arreglada con mis parientes, cuando me acompañaban en mis agonías y delirios de la última hora:

«¿Quién se va a hacer cargo de Felipín? Que no se lo quede la tía Engracia, que no le va a dar de comer, con lo esmirriada que está. Ni Aurelio el de Vigo, que no le tiene aprecio a los libros y odia a los franceses. Yo había pensado en la prima Cosme, la solterona, que tiene bemoles y no se le encoge la lengua para decir una verdad. Aunque en privado sé que es cariñosa con los niños, y Felipín es casi como un niño. Si no lo quiere la prima Cosme, que lo manden al pueblo, donde Román el Flautista, que por lo menos aprenderá una buena profesión pastoreando ovejas. Román es pastor serio y nunca ha dicho que vienen lobos cuando no vienen.

«Felipín ha sido mi consuelo en los últimos años de vida. ¡Y si es un perro qué! Pues yo lo quiero como a un hijo. Basta. He dejado la herencia a los expósitos, pues esa es mi voluntad. Felipín que yo sepa, el único que me hizo compañía cuando mi mujer falleció, como es un perro no puede heredar, pero con ganas me quedo. Ya lo he dicho, de la casa, de la cartilla y de las tierras, no van a tocar ni media los desagradecidos de mis hijos.

«Eso es lo que yo venía a decirles a ustedes, señores invocadores de espíritus. Y perdonen, no quería yo darles un susto con mi voz de fantasma y mi cuerpo tieso. Hagan el favor de ayudarme a que se cumpla mi voluntad. Adiós y gracias.»

 

 

Manolo Yagüe

A LA MUERTE DE UN POLÍTICO

 

 

Un político liberal y otro conservador gastaban la sana manía de insultarse a la menor ocasión. El liberal le solía llamar al conservador asesino, golpista, glotón, terrateniente esclavizador, mujeriego, cagón. El conservador por su parte se solía mofar del liberal con lindezas tales como: revolucionario, salteador de caminos, pedorro, ignorante, anarco-terrorista, borracho, ladrón.

A la muerte de uno de ellos —no diré cuál, para que cada uno ponga nombre y rostro a su entera satisfacción—, su eterno oponente, a la salida del velatorio, se despachó con estas palabras ante el reportero de turno:

—Es una gran pérdida. Se ha ido uno de los mejores políticos de este país. Su integridad y el amor a su oficio jamás se pusieron en duda. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, siempre mantuvo las buenas formas y fue un contrincante duro, ejemplar. Hombres como él han dignificado el arte de la política.

Y se marchó con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

El reportero se dio cuenta de la difícil papeleta que tenía delante: escribir el artículo de la muerte del finado siguiendo a pies juntillas la línea editorial de su periódico.

Manolo Yagüe, Historias verídicas de este país.

PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A partir de la lectura de Álvaro Cunqueiro y sus «Tesoros y otras magias», inspirado como no por el paisaje de Lugo, Viveiro, y la fantasía como refugio del hombre humilde, he escrito en una tardecita (que rima con tacita), en un hueco entre los llantos de un niño y los llantos de otro niño, este pequeño cuento sin moraleja, o con una muy tonta: «Cuidado padre cuando te pongas el calcetín.»

Para saber mas de Álvaro Cunqueiro, visiten la información del Centro Virtual Cervantes; o compren un libro, coño: http://cvc.cervantes.es/actcult/cunqueiro/

La cerámica de Sargadelos alimenta la imaginación

 PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A la hora de la siesta, durante las vacaciones de verano, jugando el pequeño Perucho al escondite con sus hermanas se escondió en el calcetín de su padre. En ese momento su padre despertó de la siesta y con los ojos entrecerrados por el sopor se puso un calcetín, se puso otro calcetín, ser puso un zapato y se puso el otro, y zas, de un brinco aplastó al pequeño Perucho, el menor de sus hijos y al que mas quería, pues era el único varón, además de bueno y callado. Don Pedro notó el crujido de los huesos y la viscosidad de algo así como una lagartija en el pie, y juraría que un gemido, pero tan débil como el de un ratón.

Se quitó el calcetín y allí estaba Perucho: un revoltijo de niño, donde apenas se adivinaba el ojo verde, el pelo negro y rizo, la nariz chata, los bracitos pecosos y los dedos de los pies portadores de una peculiaridad inusual en un humano: eran dedos unidos por una película o fibra o tejido, lo cual los tornaba palmeados como los de un pato.

Don Pedro lloró con amargura por la suerte de Perucho. Su decimoquinto hijo; nació sietemesino, canijo, en una noche de tormenta, consumida ya la madre por los partos y sin leche que dar. Fue amamantado por una perra Yorkshire, y de ahí el escaso crecimiento de la criatura. Don Pedro quiso que su primer hijo varón llevase su nombre, después de catorce hijas gritonas, caprichosas, mandonas y manirrotas, pero la mamá y las celosas hermanas lo apodaron Perucho, haciéndole de menos, menos todavía de lo que ya era.

Cuando don Pedro, alarmado, les enseño a su mujer y a sus hijas el revoltijo de Perucho, ellas no le dieron mayor importancia: «era de esperar que un día acabara aplastado, lo extraño es que hubiera aguantado tanto», dijo su mujer, sin apartar un instante el helado de cucurucho  de dos bolas sabor chocolate y vainilla que se estaba zampando.

Don Pedro se preguntó qué hubiera pasado si hubiera aplastado a la perrita yorkshire, aunque se imagino una escena de llantos femeninos digna de un coro de plañideras.

A Perucho no se molestaron en prepararle entierro. Las hijas dijeron que se le quemase en la barbacoa del jardín; se le arrojase por la borda de la lancha motora; se desperdigasen sus restos en un paseo a caballo; se guardase en una caja de zapatos y se tirase al contenedor de la basura. La madre le dijo a don Pedro: «Sácame ese bicho asqueroso de casa. No quiero verlo, me da igual lo que hagas con él».

Don Pedro recogió con sumo cuidado los restos de Perucho, los guardó en una cajita de porcelana de Sargadelos y salió abatido de casa con los restos de su hijo predilecto en el regazo. No sabía a dónde acudir, ni cómo enterrar a su Perucho, ni que ceremonial sería adecuado para honrar como es debido el amor que padre e hijo se habían profesado.

Cuando se cruzaba con algún vecino le decía: «Voy a enterrar a Perucho». Pero como era una tarde de mucho calor, y la caja de porcelana apenas ocupaba la palma de la mano de don Pedro, todos pensaron que el seso del hombre se había reblandecido dentro de su cráneo por efecto de las altas temperaturas y que ya retornaría a su estado normal con un baño en la playa o con la fresca de la noche.

La verdad es que don Pedro no quería enterrar a Perucho.

No lo quería enterrar porque había leído infinidad de cuentos de hadas en los que un niño es salvado de forma misteriosa por un conjuro. Así es que subió a un mirador desde el cual se dominaba la costa lucense, con sus pedruscos recortados por el mar en calma. Allí permaneció toda la tarde, observando el atardecer, y toda la noche, en duermevela, sin que aparición fantasmal, hada, mago, encantador, animal con cualidades humanas, santo o santa, se le apareciera, y le ayudase a recomponer a Perucho.

De madrugada, cansado, y abandonada su fe, arrojó la cajita de porcelana con Perucho acantilado abajo, donde escuchó el crujido del recipiente al estrellarse con uno de los farallones.

«Triste destino el de mi pequeño Perucho: servirá de alimento a las voraces gaviotas y a los peces mudos», fueron sus palabras de despedida.

A la tercera noche, don Pedro despertó sobresaltado por un sueño de mares profundos y chillidos de gaviota. Como un autómata salió a la calle en pijama y caminó con la fresca hasta el borde del mar. Se sentó en una roca que semejaba un huevo prehistórico y observó como las gaviotas desmenuzaban un cordero que se pudría en un bajío rocoso. No tardó mucho en verse Don Pedro rodeado de grises sombras de gaviota en el amanecer. Parecían ansiosas por acercársele y tentarle con los picos.

—¿Eres tú el padre de Perucho?

Le dijo una de ellas con su molesto graznido, que actuaba como portavoz de las más.

—Soy yo  —don Pedro apenas se extrañó de escuchar hablar a una gaviota—. ¿Dónde está Perucho?

—¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! —gritaron a coro todas las aves.

—Y, ¿a dónde se fue mi pequeño Perucho?

—Se enroló en el barco del gigante Ambabrod, que lo recompuso con pegamento de ballena y lo alimenta con carne cruda de atún.

Don Pedro se emocionó y respiró con alivio. Se sentía tan culpable de haber aplastado a su hijo al ponerse el calcetín, que al comprobar que estaba vivo dejaron de caérsele los dientes de la boca: durante aquellas noches infaustas había perdido hasta diez.

—¿Podré volver a ver a Perucho algún día?

—Lo dudo  —le dijo la gaviota jefe—. Sin embargo, cuando quiera tener noticias de él pregunte a las gaviotas del puerto y le darán mensajes suyos.

—¿Dejó alguno antes de irse? —Don Pedro temía cualquier reproche de su menudo retoño, y quería aliviar su conciencia.

—Por supuesto, dejó un mensaje.

—¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! —gritaron a coro las tontas aves.

—El mensaje fue el siguiente: «Padre lávese los pies todos los días, que huelen a queso de cabra. »

Don Pedro se quedó perplejo, sin habla. Pero enseguida reconoció el fino humor de Perucho, que no se preocupaba de asuntos sin importancia. Don Pedro se apartó del círculo de las gaviotas, que ya pugnaban con sus picos por deshacerle el pijama, y volvió a la cama con la cara de los bobos felices, a acostarse con la bruja de su mujer.

A partir de ese momento, don Pedro no dejó de tener noticias de Perucho, que le mandaba mensajes extraños y alegres desde parajes tan alejados y exóticos como Picutí o la región de Rucahuá.

Manolo Yagüe