QUIROGA, LA MUERTE Y LA SELVA

A la hora de comprender un cuento, en ocasiones no viene mal conocer algo, aunque sea poco, de la vida del escritor.

La vida de Horacio Quiroga está presidida por la selva y la muerte.

La muerte lo visitó de cerca: la muerte de su padre, por un accidente con una escopeta cuando descendía de un bote; la muerte de sus hermanas de fiebre tifoidea; el suicidio de su padrastro; el envenenamiento de su primera esposa, Ana María Cirés. Demasiadas muertes que se trasladan a sus relatos de muerte, donde la presencia de la misma es una constante angustiosa y acosadora.

La selva fue un refugio y un motivo de escritura. Allí se instaló en una barraca levantada con sus propias manos, donde vivió con su primera esposa y educó personalmente a sus hijos. El Paraná, con su fuerza y su enigma, y la selva, verdadero Paraíso del escritor, juegan un papel determinante en la ambientación de Quiroga, cuyos autores predilectos no dejan sombra de duda sobre sus intereses como escritor: Kipling, Conrad y Edgar Allan Poe. Allí en la selva, trató de sacar provecho de la tierra, en explotaciones agrícolas locas y poco afortunadas.

Lo dicho, selva y muerte en el cuento “A la deriva” de Quiroga.  A sufrir; y  a disfrutar. Que son una y la misma cosa en literatura.

A la deriva

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

Horacio Quiroga 

DETALLES DE ESCRITURA: TOBIAS WOLFF

Los grandes escritores me impresionan (entre otros) por dos motivos:

1- Me hacen vivir lo que sus personajes viven.

2- Consiguen, al tiempo, que lo que yo he experimentado alguna vez, vuelva a mí durante la lectura. Es un camino de ida y vuelta.

Y es que el escritor ha de estar pendiente de cada sensación, gesto, movimiento que haya vivido. Para poder luego transmitírselo a sus personajes, y poder devolvérselo al lector.

Pondré un ejemplo, quizás demasiado pequeño, cosa de un instante. Yo calificaría a este momento el de la risa nerviosa:

 

Charlie emprendió la vuelta a casa por el camino más largo, por Columbus Avenue, porque el Columbus Avenue tenía las farolas más luminosas. Pero con esta niebla las farolas eran sólo una presencia, una mancha lechosa aquí y allí entre el vapor. Charlie anduvo despacio y pegándose a las paredes. No se encontró a nadie en el camino; pero una vez, cuando se detuvo para secarse la humedad de la cara, oyó un extraño ruido de pasos tras él, y al volverse vio a un perro de tres patas surgir entre la niebla. Pasó junto a él dando una serie de sacudidas y desapareció. 

–Dios –dijo Charlie. 

Luego se rió, pero el sonido fue poco convincente y decidió meterse en algún sitio durante un rato.

 

Aquí empieza nuestra historia, Tobias Wolff, Ed. Alfaguara

 

Charlie camina por una ciudad fantasmal, neblinosa, a altas horas de la noche. Se apoya contra las paredes, como para resguardarse de su propio miedo. Cuando oye un ruido de pasos inquietante: un perro de tres patas pasa a su lado. Casi da miedo. Pero al tiempo es ridículo. ¿Cómo le ha podido asustar a Charlie un perro de tres patas, y una niebla espesa, y la noche? Charlie se ríe. Pero con esa risa no ha espantado el miedo del todo. Y decide guarecerse en un café.

Juro que he vivido esa sensación de miedo injustificado, paseando por mi pueblo, en medio de una noche de niebla invernal. Y puedo jurar, que si no un perro de tres patas, sí se me ha cruzado un gato, puede que negro.  Y puedo asegurar, sin faltar un punto a la verdad, que al ver al gato escaparse con sus mullidas y terroríficas patitas en dirección a la nada, se me ha escapado un juramento, y la risa nerviosa de la que habla Tobias Wolff.

 

portada-aqui-empieza-nuestra-historia.jpg

LA ROSA: JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

El escritor es sus lecturas. Continuando con la labor de difusión de obras interesantes para el escritor, traigo ahora un texto inigualable de Juan Eduardo Zúñiga.

Un escritor que se hace notar poco, y dice mucho, a veces mucho más de lo que uno puede soportar.

A “La rosa” -encarnada, húmeda y fresca-, no le sobra ni le falta nada. Es un ejemplo de sencillez, naturalidad, economía de medios, sensibilidad y simbolismo.  Os dejo con la rosa…

20-Juan-Eduardo-Zúñiga_mini

Retrato de Juan Eduardo Zúñiga, por Amaya Aznar

 

LA ROSA

 

Ante el estudiante, un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada.
Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: sólo esperaría aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta.
Y al fin vio lo que anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche, andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar un puente.
Anduvo mucho tiempo y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche, pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o veranos.
 Tras un largo trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón. Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie.
Únicamente vio sobre el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.
Juan Eduardo Zúñiga 

PRIMEROS PASOS PARA CREAR UN PERSONAJE

El personaje es el alma de nuestra historia. Y dado que queremos escribir una historia, el personaje es sobre todo lo que el personaje hace, más incluso de lo que piensa o dice.

Pero tampoco el personaje es todo lo que hace, o no es solo lo que hace, por supuesto. Nos ayuda a entenderlo el hecho de que en la mayoría de las novelas que presentan a un buen personaje recordamos menos lo que hacen, que cómo son.

Igual que nadie el solo lo que piensa, o siente.

Por ello el personaje es sobre todo su contexto.

Para empezar a trazar un personaje, os propongo seguir las recetas de Syd Field.

Syd Field nos diría que el secreto de un buen personaje lo encontramos en:

  • La necesidad dramática: Qué es lo que quiere conseguir nuestro personaje. Quizá quiera conseguir al chico que le gusta, o que su padre esté orgulloso de él
  • El punto de vista del personaje: Cómo ve el mundo nuestro protagonista. Cuando un personaje tiene un sólido punto de vista, actúa conforme a él. ¿Qué piensa el personaje respecto a alistarse voluntario a la guerra del Vietnam?
  • El cambio: ¿Qué cambio se produce en tu personaje a lo largo de la historia? Quizá tu personaje empieza siendo un perdedor, para llegar a ser un ganador nato.
  • La actitud: Conocer la actitud del personaje, dice Field, le aportará más profundidad. Es fuerte o débil. Valiente o cobarde. Alegre o triste.

Por supuesto, solo con esto no tendremos a nuestro personaje. Digamos que empezaremos a conocerlo. Empezamos, eso sí, a conocer aspectos de su vida muy importantes. Los más importantes quizás.

Nos queda todavía otra tarea: vivir con él. Conocer su biografía, su trabajo, su familia, y su vida privada, incluso en sus detalles más oscuros.

Sin embargo, habremos empezado a trazar un personaje eficaz.

 

libro-de-ana-karenina_1e2ac78b_3.jpg

 

 

DESCRIBIR UN ESPACIO CON EFICACIA: PAUL AUSTER

Imagina que tienes a dos personajes a los que pretendes llevar a un restaurante para que se pongan a charlar. El restaurante no importa demasiado, salvo como mera ambientación. Lo que importa de verdad es lo que ellos tengan que contarse.

Cuando el escritor se ve obligado a mostrar un espacio al que acaban de llegar sus personajes, se debate entre distintas opciones: mencionar el lugar sin más (fuimos a un restaurante y me contó todo); o embarcarse en una descripción pormenorizada del sitio, a costa, claro, de fatigar o aburrir al lector (describir mesas y sillas, la decoración,  la cubertería, las cortinas, al camarero, a los vecinos de mesa…)

La primera de las opciones es peligrosa, porque el escritor se expone a que sus lectores no vean el lugar, y piensen que los personajes podrían estar tanto en un restaurante como en el banco de una iglesia.

La segunda, no es menos arriesgada, si lo que queremos es precisamente que se resguarden en un lugar agradable, de los que permiten las conversaciones llenas de confidencias; es decir, poner a los personajes en situación para que se lancen a hablar.

Sin embargo, la escritura es cuestión de medida. Y de eficacia.

El pequeño fragmento de Paul Auster seleccionado para la ocasión, perteneciente al relato El cuento de navidad de Auggie Wren, e ilustra perfectamente un caso similar al expuesto. El narrador y Auggie van a comer, invita Paul Auster, a cambio de escuchar de boca de Auggie el mejor cuento de Navidad. ¿Qué escritor se resistiría? Por lo tanto, lo que pretende el escritor es situar a los personajes frente a frente, que se sientan cómodos delante de un plato de comida, y que así puedan charlar sin sentirse cohibidos.

Y ahora, el restaurante al que los lleva el escritor:

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sándwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas en las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

¿Qué nos dice Auster del restaurante? Es un sitio como otro cualquiera: angosto y ruidoso (aspecto general del local y del ambiente); tiene buenos sándwiches de pastrami (tipo de comida); fotografías de béisbol (afición que al parecer comparten los dos interlocutores). Luego nos explica dónde se sitúan (al fondo, por supuesto, el mejor sitio para que no los interrumpan los ruidosos clientes que hablan con camaradería); lo que hacen: piden un almuerzo (algo corriente, no es cosa del otro mundo, pero apetecible para quitar el hambre, es un lugar en el que estamos seguros de encontrar a un precio razonable buena comida). Es un típico local neoyorkino, de esos que uno conoce, y que frecuenta a lo largo de su vida. Y luego Auggie se lanza a contar su historia.

¿No es a un local parecido al que llevaríamos a un amigo al que no vemos en mucho tiempo? Paul Auster ha tocado todas las teclas necesarias para que nos sintamos cómodos allí. Y lo mejor de todo, no ha necesitado más que unas pocas líneas.

Por último, y si te ha interesado este post, puedes leer el relato completo de Paul Auster también aquí:

http://www.manoloyague.com/el-cuento-de-navidad-de-auggie-wren-auster/