La Mentira y la Verdad, Antología negra (mitos, leyendas y cuentos africanos)

La Mentira y la Verdad

Blaise Cendrars

 

 

 

Un día, la Mentira y la Verdad emprendieron juntas un viaje. La mentira dijo cortésmente a la verdad:

—Dónde quiera que nos presentemos, tú llevarás la palabra, porque, si me reconocen nadie querrá recibirnos.

En la primera casa en que entraron, los recibió la mujer del amo; el amo llegó al caer la noche, y pidió enseguida de comer.

—Aún no he preparado nada —dijo su mujer.

Ahora bien; a mediodía, había preparado comida para dos y escondido la mitad. El marido, a pesar de que no sabía nada, se encolerizó porque llegaba hambriento del campo. Volviéndose a

los forasteros, les preguntó:

—¿Les parece que esto es propio de una buena ama de casa?

La Mentira guardó silencio prudentemente; pero la Verdad, obligado a responder, dijo con sinceridad que una buena ama de casa debería tenerlo todo preparado para el regreso de su marido. Entonces la mujer del amo, irritada violentamente contra unos forasteros que se atrevían a mezclarse en las cosas del hogar, los arrojó de la casa.

En la segunda aldea a que llegaron, la Mentira y la Verdad encontraron a los chicos ocupados en descuartizar una vaca estéril, muy gorda, recién sacrificada.

Cuando los viajeros entraron en casa del jefe de la aldea, hallaron a los chicos que acababan de entregar al jefe la cabeza y los miembros de la vaca, diciéndole:

—Esta es tu parte.

Todos saben que el jefe hace siempre las raciones en un reparto de esa naturaleza.

El jefe, dirigiéndose a los forasteros, que acababan de presenciar estos detalles, les preguntó:

—¿Quién les parece que manda aquí?

—Al parecer —dijo la Verdad—, mandan los niños.

A estas palabras, el jefe se encolerizó e hizo expulsar inmediatamente a los forasteros, tan impertinentes.

La Mentira dijo entonces a la Verdad.

—No puedo, verdaderamente, dejarte gobernar más tiempo nuestros asuntos; nos matarías de hambre. Desde ahora, yo me ocuparé de todo.

En la aldea a la que llegaron poco después, se instalaron debajo de un árbol, cerca de un pozo. De la aldea salían grandes gritos, y no tardaron en saber que había muerto la favorita del rey.

Una sirviente, muy llorosa, vino en busca de agua. La Mentira, acercándose, dijo:

—¿Qué desgracia ha ocurrido para que llores así y toda la aldea se lamente?

—Es que nuestra buena ama, la mujer preferida del rey, ha muerto.

—¡Cómo! ¿Tanto ruido por tan poca cosa? —dijo la Mentira— Anda a decir al rey que no se aflija más, porque yo puedo devolver la vida incluso a personas muertas ya desde hace años.

El rey envió un hermoso carnero a los viajeros, en señal de bienvenida, y mandó a decir a la Mentira que tuviese paciencia, que utilizaría su habilidad cuando estimase oportuno.

Al siguiente día, y al otro, el rey envió también un hermoso carnero y mandó a decir a la Mentira las mismas palabras. Esta fingió perder la paciencia e hizo advertir al rey que estaba resuelta a marcharse si, al día siguiente, no le mandaba ir. El rey convocó a la Mentira para el día siguiente.

A la hora señalada, la Mentira se presentó en casa del rey. Este comenzó por enterarse del precio de sus servicios y ofreció, en fin, un ciento de cada una de las cosas que poseía. La Mentira rehusó diciendo:

—Quiero la mitad de lo que posees.

El rey aceptó delante de testigos.

Entonces la Mentira mandó construir una cabaña, exactamente encima del sitio en que habían inhumado a la favorita. Construida la cabaña y cubierta, la Mentira entró en ella, sola, con herramientas de cavador, y se cercioró de que todas las salidas estaban cerradas.

Al cabo de mucho tiempo de trabajo, que se adivinaba encarnizado, se oyó a la Mentira hablar en alta voz, como si disputase con varias personas; después salió, y dijo al rey:

—El asunto se complica, porque en cuanto he resucitado a tu mujer, tu padre la ha agarrado por los pies y me ha dicho:

«Deja aquí a esta mujer. ¿Qué falta hace en la tierra? ¿Qué puede hacer por ti? En cambio, si me devuelves la luz, te daré, no la mitad, sino los tres cuartos de los bienes de mi hijo, porque yo era más rico que él.» Apenas lo había dicho, se presentó su padre, lo rechazó y me ofreció por su cuenta todo lo que posees; a su vez fue rechazado por su padre, que ofreció todavía más. De modo y manera que todos tus abuelos están ahí, y ya no sé a cuál atender. Pero, a fin de no complicar tus dudas, dime solamente si he de resucitar a tu padre o a tu mujer.

El rey no vaciló un instante:

—A mi mujer —dijo.

Porque la sola idea de que reapareciese el terrible viejo que lo había tenido en tutela tanto tiempo lo hacía temblar.

—¡Bueno! —dijo la Mentira—, pero tu padre me ofrece mucho más que tú, y no puedo perder tan bonita ocasión de enriquecerme…, a no ser que —dijo la Mentira, viendo al rey aterrorizado—, a menos que tú me des por hacerlo desaparecer lo que te habías comprometido a entregarme por resucitar a tu mujer.

—Seguramente eso es lo mejor —dijeron a coro los morabitos, que habían contribuido al asesinato del difunto rey.

—Pues bien —dijo el rey exhalando un gran suspiro—, que mi padre y mi mujer se queden donde están.

Así se hizo, y la Mentira recibió, por no haber resucitado a nadie, la mitad de las riquezas del rey, que volvió a casarse para olvidar a la difunta.

Antología negra (mitos leyendas y cuentos africanos), Blaise Cendrars

EL MONO PIENSA EN ESE TEMA: MONTERROSO

¿Por qué será tan atractivo –pensaba el mono en otra ocasión, cuando le dio por la literatura- y al mismo tiempo como tan sin gracia ese tema del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, o el socorrido (el más universal) del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir, o el del que entre más inteligente es, menos escribe, en tanto que a su alrededor otros quizá no tan inteligentes como él y a quienes él conoce y desprecia un poco publican obras que todo el mundo comenta y que en efecto a veces son hasta buenas, o el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida, o el del tonto que se cree inteligente y escribe cosas tan inteligentes que los inteligentes se admiran, o el del que ni es inteligente ni tonto ni escribe ni nadie conoce ni existe ni nada?

 

 

Augusto Monterroso

CÓMO ME DESHICE DE QUINIENTOS LIBROS: MONTERROSO

Augusto Monterroso, en Movimiento perpetuo, Editorial Alfaguara.    

 

Poeta: no regales tu libro, destrúyelo tu mismo.

EDUARDO TORRES

 

Hace varios años leí un ensayo de no recuerdo qué autor inglés en el que éste contaba las dificultades que se le presentaron para deshacerse de un paquete de libros que por ningún motivo quería conservar en su biblioteca. Ahora bien, en el curso de mi existencia he podido observar que entre los intelectuales es corriente oír la queja de que los libros terminan por sacarlos de sus casas. Algunos hasta justifican el tamaño de sus mansiones señoriales con la excusa de que los libros ya no los dejaban dar un paso en sus antiguos departamentos. Yo no he estado, y probablemente no lo estaré jamás, en este último extremo; pero nunca hubiera podido imaginar que algún día me encontraría en el del ensayista inglés, y que tendría que luchar por desprenderme de 500 volúmenes.

Trataré de contar mi experiencia. De pasada diré que es probable que esta historia irrite a muchos. No importa. La verdad es que en determinado momento de su vida o uno conoce demasiada gente (escritores), o a uno lo conoce demasiada gente (escritores), o uno se da cuenta de que le ha tocado vivir en una época en que se editan demasiados libros. Llega el momento en que tus amigos escritores te regalan tantos libros (aparte de los que generosamente te pasan para leer aún inéditos) que necesitarías dedicar todos los días del año para enterarte de sus interpretaciones del mundo y de la vida. Como si esto fuera poco, el hecho es que desde hace veinte años mi afición por la lectura se vino contaminando con el hábito de comprar libros, hábito que en muchos casos termina por confundirse tristemente con la primera. Por ese tiempo di en la torpeza de visitar las librerías de viejo. En la primera página de Moby Dick Ismael observa que cuando Catón se hastió de vivir se suicidó arrojándose sobre su espada, y que cuando a él le sucedía hastiarse, sencillamente tomaba un barco. Yo, en cambio, durante años tomé el camino de las librerías de viejo. En cuanto uno empieza a sentir la atracción de estos establecimientos llenos de polvo y penuria espiritual, el placer que proporcionan los libros ha empezado a degenerar en la manía de comprarlos, y ésta a su vez en la vanidad de adquirir algunos raros para asombrar a los amigos o a simples conocidos.

¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad ésta de poseer muchos libros.

En tal situación, el otro día me armé de valor y decidí quedarme únicamente con aquellos libros que de veras me interesaran, hubiera leído, o fuera realmente a leer. Mientras consume su cuota de vida, ¿cuántas verdades elude el ser humano? Entre éstas, ¿no es la de su cobardía una de las más constantes? ¿A cuántos sofismas acudes diariamente para ocultarte que eres un cobarde? Yo soy un cobarde. De los varios miles de libros que poseo por inercia, apenas me atreví a eliminar unos quinientos, y eso con dolor, no por lo que representaran espiritualmente para mí, sino por el coeficiente de menor prestigio que los diez metros menos de estanterías llenas irían a significar. Día y noche mis ojos recorrieron una y otra vez (como decían los clásicos) las vastas hileras, discriminando hasta el cansancio (como decimos los modernos). ¡Qué increíble cantidad de poesía, qué cantidad de novelas, cuántas soluciones sociológicas para los males del mundo! Se supone que la poesía se escribe para enriquecer el espíritu; que las novelas han sido concebidas, cuando menos, para la distracción; y aun, con optimismo, que las soluciones sociológicas se encaminan a solucionar algo. Viéndolo con calma, me di cuenta de que en su mayor parte la primera, o sea la poesía, era capaz de empobrecer al espíritu más rico, las segundas de aburrir al más alegre y las terceras de embrollar al más lúcido. Y no obstante, qué de consideraciones hice para descartar cualquier volumen, por insignificante que pareciera. Si un cura y un barbero me hubieran ayudado sin yo saberlo, ¿habrían dejado en sus estantes más de cien? Cuando en 1955 visité a Pablo Neruda en su casa de Santiago me sorprendió ver que escasamente poseía treinta o cuarenta libros, entre novelas policiales y traducciones de sus propias obras a diversos idiomas. Acababa de donar a la Universidad una cantidad enorme de verdaderos tesoros bibliográficos. El poeta se dio ese gusto en vida; único estado, viéndolo bien, en que uno se lo puede dar.

No haré aquí el censo de los libros de que estaba dispuesto a desprenderme; pero entre ellos había de todo, más o menos así: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro), unos 50; sociología y economía, alrededor de 49; geografía general e historia general, 2; geografía e historia patrias, 48; literatura mundial, 14; literatura hispanoamericana, 86; estudios norteamericanos sobre literatura latinoamericana, 37; astronomía, 1; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace), 6; métodos para descubrir manantiales, 1; biografías de cantantes de ópera, 1; géneros indefinidos (tipo Yo escogí la libertad), 14; erotismo, 1/2 (conservé las ilustraciones del único que tenía); métodos para adelgazar, 1; métodos para dejar de beber, 19; psicología y psicoanálisis, 27; gramáticas, 5; métodos para hablar inglés en diez días, 1; métodos para hablar francés en diez días, 1; métodos para hablar italiano en diez días, 1; estudios sobre cine, 8; etc.

Pero esto constituía nada más el principio. Pronto descubrí que eran pocas las personas que querían aceptar la mayor parte de los libros que yo había comprado cuidadosamente a través de los años perdiendo tiempo y dinero. Si bien esto me reconcilió algo con el género humano al descubrir que el mero afán de acumular no era una aberración tan generalizada, me causó las molestias consiguientes, por cuanto una vez decidido a ello, deshacerme de esos libros se convirtió en una necesidad espiritual apremiante. Un incendio como el de la Biblioteca de Alejandría, al que están dedicados estos recuerdos, es el camino más llano, pero resulta ridículo y hasta mal visto quemar 500 libros en el patio de la casa (suponiendo que la casa lo tuviera). Y se acepta que la Inquisición quemara gente, pero la mayoría se indigna de que quemara libros. Ciertas personas aficionadas a estas cosas me sugirieron donar todos esos volúmenes a tales o cuales bibliotecas públicas; pero una solución tan fácil le restaba espíritu aventurero al asunto y la idea me aburría un poco, además de que estaba convencido de que en las bibliotecas públicas serían tan inútiles como en mi casa o en cualquier otro sitio. Tirarlos uno por uno a la basura no era digno de mí, de los libros, ni del basurero. La única solución eran mis amigos. Pero mis amigos políticos o sociólogos poseían ya los libros correspondientes a sus especialidades, o eran enemigos de ellos en gran cantidad de casos; los poetas no querían contaminarse con nada de contemporáneos suyos a quienes conocieran personalmente; y el libro sobre erotismo era una carga para cualquiera, aun despojado de sus ilustraciones francesas.

Sin embargo, no quiero hacer de estos recuerdos una historia de falsas aventuras supuestamente divertidas. Lo cierto es que de alguna manera he ido encontrando espíritus afines al mío que han aceptado llevarse a sus casas esos fetiches, a ocupar un lugar que restará espacio y oxigeno a los niños, pero que darán a los padres la sensación de ser más sabios e incluso la más falaz e inútil de ser los depositarios de un saber que en todo caso no es sino el repetido testimonio de la ignorancia o la ingenuidad humanas. Mi optimismo me llevó a suponer que al terminar estas líneas, comenzadas hace quince días, en alguna forma justificaría cabalmente su título; si el número de quinientos que aparece en él es sustituido por el de veinte (que empieza a acortarse debido a una que otra devolución por correo), ese título estará más apegado a la verdad.

 

HISTORIAS ACERBAS (un relato de amor)

 

 

Diccionario de la Lengua Española:

Acerbo, ba.(Del lat. acerbus).1. adj. Áspero al gusto.2. adj. Cruel, riguroso, desapacible.

 

 

 

Ninette entró en la librería de segunda mano del señor Ricard, y se sentó como siempre en una pila de libros viejos:

—Hola Ninette, ¿qué tal está su padre?

—Oh, a punto de morir.

—Su padre siempre está a punto de morir. Yo le he conocido así veinte años.

—No creo que aguante el invierno.

—Aguantará. Cómo iba a perderse la primavera. Su padre es un romántico. Aguardará la primavera y luego se irá. Por cierto Ninette, ¿cuántos cumple ya? Espero que le haya gustado mi regalo de cumpleaños.

—Sí, sí, claro. Una edición única de las Memorias de Chateaubriand. Creo que tiene tres ediciones distintas. Pero esta es la mejor, señor Ricard.

—¿Sabemos algo de Philipe? —preguntó Ninette. Siempre preguntaba. A sabiendas de que la respuesta solía ser invariablemente la misma: nada.

Sin embargo el señor Ricard se había metido en la trastienda y no escuchó la pregunta de Ninette.

Cuando salió, cargado con una montonera de libros que quizá nunca hubieran sido leídos, dijo:

—¿Busca algo, señorita?

—Cualquier libro para no sucumbir a este maldito tiempo.

—El frío ha llegado antes de la cuenta. Coge uno cualquiera. En estos casos lo mejor es meterse debajo de las mantas y leer un libro malo.

—Pues me llevo aquel rojo, parece tan feo por fuera como por dentro.

—“Las ánimas del purgatorio” —leyó el señor Ricard—, de Sor Catalina. Aprenderá mucho sobre el mundo en que vivimos.

—¿Qué le debo?

—Un beso. Un beso me vale de momento.

Ninette le dio un beso en la mejilla barbuda y el señor Ricard cerró los ojos, como un colegial.

—Me voy, antes de que se ponga a nevar.

—Si será lo mejor. Además, no me dejas trabajar.

Cuando Ninette estaba a punto de salir, poniéndose los guantes, el señor Ricard le dijo:

—Por cierto, Ya ha vuelto Philipe.

A Ninette le dio un vuelco al corazón. Pero no se giro tan siquiera. Respiró hondo, cruzó la puerta y salió disparada con el libro de la monja apretado a su pecho.

Philipe regresó de la guerra en un estado lamentable. Una mina estalló mientras patrullaban en un paraje perdido de Afganistán. Dos de sus compañeros murieron, y él perdió  las dos piernas, y un ojo. No quería ver a nadie, y menos a Ninette. Su tío, el señor Ricard, lo había cuidado desde niño e intentó por todos los medios que no se alistase en el ejército. Aunque de todas formas, acostumbrado como estaba a cuidarlo desde que fuera un muchacho, no veía gran diferencia en la situación actual.

A escondidas de Philipe, el señor Ricard invitó a cenar a Ninette el sábado por la noche. Fue muy triste, nos aseguró, verlos de nuevo frente a frente. Ella guapa, con ese aire desmañado de las chicas de París, y él con un parche en el ojo y en silla de ruedas, tapándose el espacio donde deberían reposar sus piernas con una manta de cuadros.

Philipe habló de la guerra. Ninette habló de libros, de la universidad, de las amigas.

—Yo no tengo amigos. Todos han muerto o están zumbados.

—Volverás a ver a los amigos de antes —propuso Ricard.

—Esos nunca han sido amigos. Amigos son los que se juegan la vida por ti.

Ricard estudió la cara de pena de Ninette. Philipe no hablaba de esa manera. Las palabras del ejército se habían cosido a su lengua, igual que si le hubiesen tatuado el cerebro.

—Oye Ninette, ¿sigues viendo al idiota de tu novio?

—Ya no.

—Pues si quieres joder con un lisiado, es tu oportunidad.

—Philipe, no seas estúpido.

El señor Ricard reprendió a su sobrino, y luego se dispuso a quitar la mesa, dando por concluida la velada.

Ninette se puso en pie y comenzó a ponerse el abrigo, los guantes y la bufanda.

—Oye Ninette, sabes una última cosa. Tu nombre es ridículo. Es el nombre de una niña estúpida o de una puta—. Ricard salió de la cocina, cogió la silla de ruedas de su sobrino y le arrastró hacía su habitación—. Igual me dices lo que cobras. Ahora que no me van a desear las mujeres, me tendré que ir con prostitutas. Preséntame a tus amigas… ¡Oye Ninette, devuélveme el libro que te regalé, es mío, ahora me pertenece!

El señor Ricard cerró la puerta de la habitación de su sobrino. Se escucharon golpes de objetos que caían por el suelo, y murmullo de imprecaciones e insultos.

—No te preocupes Ninette, ya sabes como es. En cuanto se le pase, volveréis a ser buenos amigos. Estáis hechos el uno para el otro.

—Me tengo que ir. He de atender a mi padre. Muchas gracias por la cena.

Ninette se acercó al señor Ricard y le dio un beso, pero un beso distinto, como los que se dan por última vez.

—Devuélvale este libro a Philipe.

—No, no. Quédatelo. Era un regalo. Ya se lo darás.

Ricard, intentaba evitar lo inevitable.

—Tómelo. Ya no lo necesito.

Cogió el libro que la joven traía envuelto en papel de regalo. Un papel de regalo sobado por el uso.

—Adiós.

—Pasa por la librería cuando quieras, allí estaremos.

Ninette no contestó y corrió escaleras abajo como alma que lleva el diablo.

Ricard cerró la puerta del piso y se quedo apoyado en ella. Con cuidado quitó el celo y desenvolvió el regalo, que ahora hacía su terrible camino de vuelta. Leyó la portada: Historias acerbas, Pierre Drieu La Rochelle.

 

Manolo Yagüe.

UN HUESO DE CIRUELA (Historia verdadera)

 

La madre había comprado ciruelas, y queriendo distribuirlas entre los niños al final de la comida, púsolas en un plato.

Vania nunca había comido ciruelas, y aquella fruta le tentaba mucho; la había olfateado y deseaba probarla; así es que no cesaba de dar vueltas en torno al plato. Solo en el aposento, no pudo resistir la tentación; tomó una y se la comió.

La madre contó luego las ciruelas y vio que faltaba una.

Se lo dijo al padre.

Y en la mesa, el padre preguntó:

—decidme, hijos míos, ¿alguno de vosotros se ha comido la ciruela?

—No —respondieron todos.

Entonces agregó el padre:

—Si alguno de vosotros se la ha comido, no está bien, pero esa no es la desgracia verdadera; la desgracia es que las ciruelas tienen huesos, y que si se traga uno de esos huesos, se puede morir a las veinticuatro horas. Y he aquí lo que temo por vosotros.

Vania palideció y exclamó:

—No temáis, porque arrojé el hueso por la ventana.

Todo el mundo rió y Vania se echó a llorar.

 

Leon Tolstoi.

 

Recogido en la Antología de la literatura infantil Universal, Tomo II, de Carmen Bravo-Villasante.