RIGOBERTO EL VICECÓNSUL

 

Para festejar mi primera entrada del blog del Taller Literario Infantil he escrito un cuento idiota para niños listos. Aquí lo tengo, sin papel de regalo,  sin vela de cumpleaños, sin arroz, sin champán, sin cohetes…, apenas unas tristes migas de pan lo trajeron a casa. Pero lo queremos mucho. Le damos besos de cucaracha y le hacemos cosquillas con escarpias. Se ríe, se ríe. Ya sabe lo que se puede esperar de nosotros los humanos.

Ha nacido, canijo, pero con ganas de crecer, el Taller Literario Infantil. Le daremos de comer: monstruos, princesas, caballos, acordeones, hogueras, triglifos…

 

 

 

 

RIGOBERTO EL VICECÓNSUL

 

Había una vez un niño muy raro, que estornudaba por las orejas. Por la izquierda, por la derecha o por las dos a la vez. En cuanto había estornudado, se pasaba un pañuelo de seda por la oreja para limpiarse los mocos.

Sus compañeros de colegio no albergaban dudas de que Rigoberto, pues así se llamaba, era especial, y por ello le nombraron vicecónsul de la clase. Ninguno de los niños sabía a ciencia cierta cuáles eran las tareas de un vicecónsul, y por ello decidieron encargar a Rigoberto la limpieza de la jaula del periquito de la clase. El periquito vivía en una jaula que el maestro colocó encima de su mesa.

Cuando un niño se equivocaba al decir la lección el periquito se reía y los niños se morían de vergüenza. Por eso todos los niños se traían la lección bien aprendida y el periquito apenas cantaba. De tan poco que cantaba se fue poniendo mustio y se secó.

Entonces el pobre Rigoberto se quedó sin trabajo, y por temor a perder su cargo de vicecónsul decidió que todos los niños tenían que aprender a estornudar por las orejas.

Rigoberto trajo de casa una bolsa llena de polvos pica-pica y un largo rollo de esparadrapo. Cerró la boca de los compañeros con esparadrapo y esparció pica-pica por la clase, formando una nube de polvo rosa que hizo a todos estornudar. Los estornudos, sin embargo, eran tan fuertes que el esparadrapo salía volando de la boca, y Rigoberto no consiguió que ningún otro niño estornudase por las orejas.

Los niños decidieron retirar a Rigoberto el cargo de vicecónsul ya que había intentado hacer su santa voluntad. Metieron al periquito en un cubo de agua y el periquito absorbió el líquido hasta que despertó. El periquito daba fenomenales risotadas de contento, y los niños rieron a pleno pulmón, hasta que cada uno perdió un diente.

 

 

Manolo Yagüe

Compañía Cómica “El vuelo del hipopótamo”

EL HIJO ABANDONADO (un cuento tradicional)

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Es un cuento viejo, viejo como el viento. No sucede nada de especial. Un niño es abandonado por sus padres, a los que no cabe guardarles rencor, pues son pobres y honrados. Tan pobres que una noche, no teniendo otro alimento que dar a su pobre criatura que una mosca y la cáscara de un cangrejo, deciden sacarlo dormido en un canasto de mimbre, y lo depositan a la puerta de la mansión de unos ricos hacendados que desean tener un hijo, un hijo varón.

Los aullidos del hambriento bebé despiertan a los moradores de la mansión, que al punto deciden quedarse el regalo y que será el hijo que herede la hacienda, su primogénito. Lo esconden durante nueve meses, para fingir el parto de la señora de la casa.

El niño se cría a la perfección, sano y robusto, inteligente y educado, todo un caballero, digno del apellido que porta.

Una tarde, el joven, que jamás ha salido de las lindes de la finca paterna, salta en persecución de un cervatillo la vieja tapia en un punto derruida y corriendo en pos del juguetón ejemplar, llega hasta la casucha de sus octogenarios padres.

Encuentra al viejo agachado sobre un surco de patatas, extrayendo con sus manos rugosas tubérculos podridos.

—Ha visto, anciano, pasar un cervatillo por aquí. Ando en su busca.

El viejo se incorpora despacio y hace una reverencia al joven noble. Ha reconocido en él, como no podría ser de otro modo, a su hijo.

—Siento no poder ayudarle, Sir. Sin embargo puedo ofrecerle una modesta jarra de cerveza.

El joven tiene una sed horrible incluso para su delicada apostura, y acepta el ofrecimiento.

Cuando entra en la misérrima casucha percibe un olor familiar, y queda turbado por un recuerdo que le espanta.

—Mujer, ven aquí, y trae dos jarras de cerveza. Tenemos un invitado y un buen motivo para brindar.

La mujer se queda patidifusa cuando aparece en la estancia principal con las dos jarras de barro rebosantes de espuma. Tanto que las jarras caen de sus manos y se estrellan en el piso de tierra. El apuesto noble interpreta el suceso como un mal augurio, se persigna, y balbuciendo escusas abandona la choza.

Cuando llega a la mansión le dice a su padre:

—Padre, he visto la casa de unos miserables ancianos. Y, por extraño que resulte, me ha parecido que ya había estado allí.

—Tonterías hijo. Eres un joven afortunado, pues eres heredero de un noble linaje.

Esa noche, en mitad del sueño, se le aparece un fantasma.

—¿Fantasma, qué quieres de mi?

—Quiero llevarte de vuelta a casa.

—Pero esta es mi casa.

—Ahora verás— y envolviendo al señor en un manto de niebla, lo transporta en volandas hasta el camastro de paja de los pobres ancianos.

A la mañana siguiente, cuando despierta, se haya vestido con las modestas ropas de un pobre labrador.

Sale de la cuadra y se encuentra con sus decrépitos padres, a los que reverencia tanto como un monje reverencia a su abad.

—He tenido un sueño rarísimo. Soñé que era el hijo de un noble y que vivía en un castillo, rodeado de lujo y comodidades de príncipe.

—Hijo mío. No debes fantasear con las riquezas. Y Ahora sal a cortar leña y a recoger frutos a la orilla del río.

El joven se va, sumido en el encanto del ensueño que ha vivido esa noche.

—Oh mujer —dice el viejo esposo—, no debimos haber abandonado a nuestro bebé. No volveremos a dejar que se vaya de nuestro lado.

 

Manolo Yagüe.

HISTORIAS ACERBAS (un relato de amor)

 

 

Diccionario de la Lengua Española:

Acerbo, ba.(Del lat. acerbus).1. adj. Áspero al gusto.2. adj. Cruel, riguroso, desapacible.

 

 

 

Ninette entró en la librería de segunda mano del señor Ricard, y se sentó como siempre en una pila de libros viejos:

—Hola Ninette, ¿qué tal está su padre?

—Oh, a punto de morir.

—Su padre siempre está a punto de morir. Yo le he conocido así veinte años.

—No creo que aguante el invierno.

—Aguantará. Cómo iba a perderse la primavera. Su padre es un romántico. Aguardará la primavera y luego se irá. Por cierto Ninette, ¿cuántos cumple ya? Espero que le haya gustado mi regalo de cumpleaños.

—Sí, sí, claro. Una edición única de las Memorias de Chateaubriand. Creo que tiene tres ediciones distintas. Pero esta es la mejor, señor Ricard.

—¿Sabemos algo de Philipe? —preguntó Ninette. Siempre preguntaba. A sabiendas de que la respuesta solía ser invariablemente la misma: nada.

Sin embargo el señor Ricard se había metido en la trastienda y no escuchó la pregunta de Ninette.

Cuando salió, cargado con una montonera de libros que quizá nunca hubieran sido leídos, dijo:

—¿Busca algo, señorita?

—Cualquier libro para no sucumbir a este maldito tiempo.

—El frío ha llegado antes de la cuenta. Coge uno cualquiera. En estos casos lo mejor es meterse debajo de las mantas y leer un libro malo.

—Pues me llevo aquel rojo, parece tan feo por fuera como por dentro.

—“Las ánimas del purgatorio” —leyó el señor Ricard—, de Sor Catalina. Aprenderá mucho sobre el mundo en que vivimos.

—¿Qué le debo?

—Un beso. Un beso me vale de momento.

Ninette le dio un beso en la mejilla barbuda y el señor Ricard cerró los ojos, como un colegial.

—Me voy, antes de que se ponga a nevar.

—Si será lo mejor. Además, no me dejas trabajar.

Cuando Ninette estaba a punto de salir, poniéndose los guantes, el señor Ricard le dijo:

—Por cierto, Ya ha vuelto Philipe.

A Ninette le dio un vuelco al corazón. Pero no se giro tan siquiera. Respiró hondo, cruzó la puerta y salió disparada con el libro de la monja apretado a su pecho.

Philipe regresó de la guerra en un estado lamentable. Una mina estalló mientras patrullaban en un paraje perdido de Afganistán. Dos de sus compañeros murieron, y él perdió  las dos piernas, y un ojo. No quería ver a nadie, y menos a Ninette. Su tío, el señor Ricard, lo había cuidado desde niño e intentó por todos los medios que no se alistase en el ejército. Aunque de todas formas, acostumbrado como estaba a cuidarlo desde que fuera un muchacho, no veía gran diferencia en la situación actual.

A escondidas de Philipe, el señor Ricard invitó a cenar a Ninette el sábado por la noche. Fue muy triste, nos aseguró, verlos de nuevo frente a frente. Ella guapa, con ese aire desmañado de las chicas de París, y él con un parche en el ojo y en silla de ruedas, tapándose el espacio donde deberían reposar sus piernas con una manta de cuadros.

Philipe habló de la guerra. Ninette habló de libros, de la universidad, de las amigas.

—Yo no tengo amigos. Todos han muerto o están zumbados.

—Volverás a ver a los amigos de antes —propuso Ricard.

—Esos nunca han sido amigos. Amigos son los que se juegan la vida por ti.

Ricard estudió la cara de pena de Ninette. Philipe no hablaba de esa manera. Las palabras del ejército se habían cosido a su lengua, igual que si le hubiesen tatuado el cerebro.

—Oye Ninette, ¿sigues viendo al idiota de tu novio?

—Ya no.

—Pues si quieres joder con un lisiado, es tu oportunidad.

—Philipe, no seas estúpido.

El señor Ricard reprendió a su sobrino, y luego se dispuso a quitar la mesa, dando por concluida la velada.

Ninette se puso en pie y comenzó a ponerse el abrigo, los guantes y la bufanda.

—Oye Ninette, sabes una última cosa. Tu nombre es ridículo. Es el nombre de una niña estúpida o de una puta—. Ricard salió de la cocina, cogió la silla de ruedas de su sobrino y le arrastró hacía su habitación—. Igual me dices lo que cobras. Ahora que no me van a desear las mujeres, me tendré que ir con prostitutas. Preséntame a tus amigas… ¡Oye Ninette, devuélveme el libro que te regalé, es mío, ahora me pertenece!

El señor Ricard cerró la puerta de la habitación de su sobrino. Se escucharon golpes de objetos que caían por el suelo, y murmullo de imprecaciones e insultos.

—No te preocupes Ninette, ya sabes como es. En cuanto se le pase, volveréis a ser buenos amigos. Estáis hechos el uno para el otro.

—Me tengo que ir. He de atender a mi padre. Muchas gracias por la cena.

Ninette se acercó al señor Ricard y le dio un beso, pero un beso distinto, como los que se dan por última vez.

—Devuélvale este libro a Philipe.

—No, no. Quédatelo. Era un regalo. Ya se lo darás.

Ricard, intentaba evitar lo inevitable.

—Tómelo. Ya no lo necesito.

Cogió el libro que la joven traía envuelto en papel de regalo. Un papel de regalo sobado por el uso.

—Adiós.

—Pasa por la librería cuando quieras, allí estaremos.

Ninette no contestó y corrió escaleras abajo como alma que lleva el diablo.

Ricard cerró la puerta del piso y se quedo apoyado en ella. Con cuidado quitó el celo y desenvolvió el regalo, que ahora hacía su terrible camino de vuelta. Leyó la portada: Historias acerbas, Pierre Drieu La Rochelle.

 

Manolo Yagüe.

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

EL MENSAJE DE UN ESPÍRITU

 

«Buenas noches, señores invocadores de espíritus. Como andaban ustedes buscando un muerto, y estoy yo intranquilo por un asunto, me he dicho: me les presento a ustedes que están invocando un ánima, y de paso que les doy una alegría, les dejo un encargo. Ese que ven soy yo, Don Cástulo Abril Morrazo, Senador. No les asuste mi tez, ni mis zapatos negros, ni mi traje de domingo, ni mi postura, con los brazos cruzados en el pecho. Un muerto no se levanta así como así. Tiene que ocurrir un milagro, y los milagros suceden de ciento en viento, de pascuas a ramos, o a la buena de Dios, sobre todo.

«He ido al cielo. Aunque no lo crean de un político, he ido al cielo. Algo bueno hice, además de robar mucho.

«Pero no me he aparecido yo para traerles noticias de los suyos, ni voy a trasladar mensajes que ustedes me den. La comunicación entre los muertos y los humanos es contra natura. De todas formas llevo pocas horas metidito en la caja, y apenas mi alma se ha dado una vuelta por las nubes. He tenido el tiempo justo de cruzarme con unas cuantas almas descarriadas que acababan de sufrir el mismo trance que yo. Y todas dicen lo mismo, pues andamos preocupados, no se crean: «¡Qué haré yo ahora! —Me dicen cuando me vislumbran en el silencio azulado del cielo—. Estaba acostumbrado a los sufrimientos de la vida, y ahora me tocará acostumbrarme a la falta de dolores de la muerte.» Yo me encojo de hombros pues ya me quería morir.

«De todas formas vengo a decirles una cosa que se me olvidó la otra noche dejar arreglada con mis parientes, cuando me acompañaban en mis agonías y delirios de la última hora:

«¿Quién se va a hacer cargo de Felipín? Que no se lo quede la tía Engracia, que no le va a dar de comer, con lo esmirriada que está. Ni Aurelio el de Vigo, que no le tiene aprecio a los libros y odia a los franceses. Yo había pensado en la prima Cosme, la solterona, que tiene bemoles y no se le encoge la lengua para decir una verdad. Aunque en privado sé que es cariñosa con los niños, y Felipín es casi como un niño. Si no lo quiere la prima Cosme, que lo manden al pueblo, donde Román el Flautista, que por lo menos aprenderá una buena profesión pastoreando ovejas. Román es pastor serio y nunca ha dicho que vienen lobos cuando no vienen.

«Felipín ha sido mi consuelo en los últimos años de vida. ¡Y si es un perro qué! Pues yo lo quiero como a un hijo. Basta. He dejado la herencia a los expósitos, pues esa es mi voluntad. Felipín que yo sepa, el único que me hizo compañía cuando mi mujer falleció, como es un perro no puede heredar, pero con ganas me quedo. Ya lo he dicho, de la casa, de la cartilla y de las tierras, no van a tocar ni media los desagradecidos de mis hijos.

«Eso es lo que yo venía a decirles a ustedes, señores invocadores de espíritus. Y perdonen, no quería yo darles un susto con mi voz de fantasma y mi cuerpo tieso. Hagan el favor de ayudarme a que se cumpla mi voluntad. Adiós y gracias.»

 

 

Manolo Yagüe

A LA MUERTE DE UN POLÍTICO

 

 

Un político liberal y otro conservador gastaban la sana manía de insultarse a la menor ocasión. El liberal le solía llamar al conservador asesino, golpista, glotón, terrateniente esclavizador, mujeriego, cagón. El conservador por su parte se solía mofar del liberal con lindezas tales como: revolucionario, salteador de caminos, pedorro, ignorante, anarco-terrorista, borracho, ladrón.

A la muerte de uno de ellos —no diré cuál, para que cada uno ponga nombre y rostro a su entera satisfacción—, su eterno oponente, a la salida del velatorio, se despachó con estas palabras ante el reportero de turno:

—Es una gran pérdida. Se ha ido uno de los mejores políticos de este país. Su integridad y el amor a su oficio jamás se pusieron en duda. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, siempre mantuvo las buenas formas y fue un contrincante duro, ejemplar. Hombres como él han dignificado el arte de la política.

Y se marchó con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

El reportero se dio cuenta de la difícil papeleta que tenía delante: escribir el artículo de la muerte del finado siguiendo a pies juntillas la línea editorial de su periódico.

Manolo Yagüe, Historias verídicas de este país.