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CARACTERES: EL EMPRENDEDOR

 Tiempo

EMPRENDEDOR

 

El emprendedor es un tipo de carácter un tanto loco, que las más de las veces sufre en carne viva el dolor de su locura, y cuyos cadáveres suelen ser un divorcio, alguna ruina, muchas deudas, y un par de éxitos modestos, gloría de tiempos mejores. El emprendedor apenas tiene tiempo y ya le persigue el reloj, con su imparable fisco de deudas y demoras. El cliente es el maná del emprendedor. En su caverna ha dibujado clientes, igual que los hombres prehistóricos dibujaron mamuts y gacelas en las paredes inaccesibles de Altamira. Emprendedores de ayer y de hoy. El emprendedor, cuenta ante quien le quiera escuchar su último proyecto, con pelos y señales, con cuentas de resultados falseadas por su tórrida imaginación. Es un Colón que siempre ve la tierra en exceso estrecha, adelgazada por la cintura gracias a la constante acción del fitness. Es un Colón que busca reyes para un cascarón de nuez, y que, una vez en tierra nueva, parlotea en mal esperanto y con gestos y con dibujos con cualquiera al que pueda sacarle provecho. Parece un mono, mírenlo, haciendo esfuerzos por aprender el chino, para embarcarse en el sueño chino, que antes era americano, y mucho antes inglés, alemán o francés. Se empapa el emprendedor de conocimientos prácticos e impracticables, técnicos y efímeros, esotéricos y milagrosos. Anda todo el tiempo estudiando, aprendiendo, mejorando, pero si se le pregunta no sabe concretar qué es aquello que con tal urgencia estudia, pues sus estudios siempre quedan a medias,  siempre surgen nuevos saberes imprescindibles para que sus negocios suban y suban.

Un emprendedor no tiene hijos. Y si los tiene, no los cuida. No le sería posible atender a sus hijos, la falta de tiempo es su cáncer, hasta que tengan edad legal de trabajar. Una vez alcanzada dicha edad, los hijos pasan de la potestad de la madre a la potestad del padre, que,  por arte de birlibirloque, pasa de mantener a los hijos a ser mantenido por los hijos, que ya no son hijos, son empleados. La relación paterno-filial siempre está a un tris del desgarro, pero la sujetan los intereses. Mejor manera que conoce el sistema social moderno de mantener relaciones duraderas, estables e incluso respetuosas. Los hijos adoran con un cuchillo entre los dientes a su padre, a quien dispensan un respeto digno de un dictador caribeño. En cuanto se muere, corren a la sala de juntas y se emborrachan como bestias dichosas.

Un emprendedor no tiene mujer. La mantiene pero no la da uso. De resultas, la mujer lo engaña —en el mejor de los casos—, toda vez se ha dado cuenta de que ha sido engañada cien veces. La mujer del emprendedor es una Penélope que espera con las croquetas siempre a punto de quemarse en la sartén. La mujer emprendedora suele estar casada con un hombre emprendedor, lo que iguala las cosas, por el lado de la mala pata. Los dos viven mal. Los dos andan solos. Los dos ganan o pierden, sueñan paraísos, temen a las horas. La mujer emprendedora es la más apaleada. Con hijos es una sombra de huesos rompiendo los calambres de la noche. Siempre con mala conciencia. Con la espada de Damocles de la sociedad tocino, pronta a criticar.

Dicen que no hay cultura del emprendedor en España. Pero dicen mal. El emprendedor español es un emprendedor de parque y taberna, un emprendedor hipotético, formal, artístico, teórico, vago, malhadado, de preparación escasa, de ínfulas soberbias, corniprieto, bragao y meano. El hispano es un emprendedor de poses religiosas, de matriz rebelde, de catadura facinerosa; o angelical y vulnerable, banal, esquivo, nebuloso, virginal, asustadizo, cabizbajo, imberbe, moralista, mujeril. Los opuestos se topan las espaldas, en torno a una sociedad que no los entiende, ni cuando ganan y se hacen ricos (rico en España es aquel que posee un coche de gama alta) ni cuando se hacen pobres (pobres en España son los demás, es decir los del pequeño comercio, y los autónomos con coche de pegatinas y letreros descoloridos). El emprendedor hispano ha de vérselas con la noble pose del empleaducho sin  apenas asuntos, con el funcioneta que pega sobres con mala leche —por más de un sueldo digno—, con el parao ambicioso y vago, con el político robaperas.

 

Caracteres, Manolo Yagüe

EL COMEOREJAS

Inspirado en los Caracteres Morales de Teofrasto, en los Cincuenta caracteres (el testigo oidor) de Elias Canetti, en el humor que busca los defectos en los tipos humanos  para solazarse un tanto y compadecer un mucho, he compuesto este pequeño fragmento que espero les guste, y encuentren a quien acomodarlo. Y si se sienten reflejados, como si se mirasen en un espejo de bruja, no tengan en cuenta al autor, que tantos defectos acumula en su persona; mejor rían y lloren de emoción. O traten de perfeccionar este particular rasgo distintivo de su caracter.

 

 

EL COMEOREJAS

El comeorejas se acerca mucho para hablar, y habla en susurros. Aunque no tenga nada que decir, todo son secretos, secretos que él conoce de primera mano, y que suelta en confesión a quien tenga delante, sin importarle si es obispo o masón. El comeorejas nunca se asusta ante una conversación. Pero aunque dirija su discurso a un grupo, siempre lo hace como si sólo hablara a la persona que tiene a su lado, preferentemente a su izquierda. Es un experto del susurro, pues lo ha ensayado delante del espejo esa misma mañana, por enésima vez, dejando un circulito de vaho, en el que luego dibuja un corazón. Como experto del susurro, el comeorejas siempre adopta el tono necesario para ser escuchado, pero no tan fuerte como para que el oído de la víctima no tenga que hacer un pequeño esfuerzo por escuchar. Es importante este dato, pues todo secreto ha de obligarnos a forzar oído e imaginación.

El comeorejas elige el momento, y si no lo encuentra, no habla. En eso se diferencia del charlatán o del bocazas. Puede pasarse en silencio una velada si no encuentra campo propicio. No es, por tanto, una hiena de la palabra. Actúa como un tigre o un jaguar. Es sigiloso, pues sus zapatos parecen gamuzas, de tan poco como resuenan en el piso, más bien bisbisean.

El comeorejas, una vez te atrapa no te suelta, ni tú puedes desembarazarte. Ha habido comeorejas que me han seguido durante todo un día, pegados a mi costado, y que incluso han acabado metidos en mi cama, contando secretos que no interesan a nadie, y que a la mañana siguiente no era capaz de recordar.

Te dirá:

—Hay un asunto confidencial que quiero tratar contigo.

—Acércate —aunque quien en verdad se acerca es él—, que te cuento un secreto.

—Te voy a contar una anécdota que no te vas a creer.

Por desgracia el comeorejas se beneficia de la débil condición humana, dotada genéticamente para el chisme, el sexo, la comida y la venganza.

Por eso el comeorejas es un individuo feliz, pues sus dotes se ponen en práctica en cada encuentro.

El comeorejas, por lo demás, no necesita cultivar la amistad verdadera, pues le entorpecería para  ejercer su pasión, ya que debería dedicar un tiempo demasiado largo a escuchar al amigo. Tampoco suele agradecer el matrimonio, salvo si se casa con una sumisa, frígida y crédula mojigata, en cuyo caso tal pareja es irrompible. Pues el comeorejas no se preocupa por el sexo, únicamente por las confidencias que trae consigo el sexo.

El comeorejas se acerca a ti, y aunque des un paso atrás, el da uno adelante. No es cobarde. Valiente tampoco. Nunca arriesga. Es calculador, y suele ser tacaño a escondidas, y pródigo por necesidad social. Aunque jamás tendrá problemas económicos. Viste bien, demasiado a la moda, y tiende al amaneramiento, pues le ayuda a rodearse de mujeres ansiosas de chismorreos. Por eso a veces abusa de la colonia. Es su principal defecto de carácter.

 

 

Caracteres, Manolo Yagüe.

El Pájaro Escritor
El pájaro escritor
Autodestrocción (plaquette, poesía)

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