EL ARTE DE PONER TÍTULOS: DAVID LODGE

“Los títulos de las primeras novelas inglesas fueron inevitablemente los nombres de sus protagonistas: Moll Flanders, Tom Jo­nes, Claríssa. La ficción se estaba formando a ejemplo de la biografía y autobiografía, ya veces se disfrazaba como taL Más tarde los novelistas se dieron cuenta de que los títulos podían indicar un tema (Sentido y sensibilidad), sugerir intriga y misterio (La mujer de blanco) o prometer cierto tipo de escenario y atmósfera (Cumbres borrascosas). En algún momento del siglo XIX empezaron a uncir sus historias a famosas citas literarias (Par from the madding crowd) (Lejos del mundanal ruido), una práctica que prosigue durante el siglo xx (Donde los ángeles no se aventuran, Un puñado de polvo, Por quién doblan las campanas), aunque hoy en día se considera quizá un poquitín hortera. Los grandes modernistas tuvieron tendencia a poner títulos simbólicos o metafóricos —El corazón de las tinieblas, Ulises, El arco iris—, mientras que novelistas más recientes prefieren con frecuencia títulos caprichosos, desconcertantes y originales, como El guardián entre el centeno, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, para las chicas negras que contemplan el suicidio cuando el arco iris no basta.”

David Lodge, El arte de la Ficción

EL CONDENADO

 

El condenado se levantó de su camastro justo cuando el cura entraba en la celda. El carcelero cerró la reja y después de echarles una mirada de desaprobación, se largó, dejándolos solos.

Se le veía demacrado:

—No has dormido esta noche, Sebastián.

—No padre.

—Yo tampoco he podido —dijo en joven cura, que no pasaba de los treinta años, y se sentó en el taburete que quedaba justo enfrente del modesto lecho, con la Biblia en el regazo—. He rezado por ti, toda la noche.

—No hacía falta, padre. Igual va a pasar.

—Rezo por tu salvación.

—Pues no lo conseguirá —dijo Sebastián, sentándose al borde del escuálido colchón de lana—. Lo tienen todo preparado. La máquina, y demás. Desde hace días todos me hablan muy bajo, como si temieran molestarme.

—Le temen. Tienen miedo de lo que van a hacer. Es natural.

—Más miedo tengo yo.

El padre manoseaba la Biblia. No sabía dónde posar los ojos, pues todos los detalles, Sebastián, el camastro, el lavabo sucio, el ventanuco enrejado que mostraba un escaso cielo de nubes grises, el pasillo, todo le causaba un profundo pesar. Era la primera vez. Al final fijó su atención en la pared, donde algunas marcas punzantes señalaban la presencia de sombras de anteriores presos en ese mismo lugar, y ya, incapaz de sopórtalo, bajo la mirada a sus manos, que sobaban el libro de manera automática. Hasta el movimiento de sus manos le pareció inadecuado.

—Padre, ¿tiene familia?

—Sí, una hermana. Se casó el año pasado, y esta por tener un hijo.

—¿Es bueno su marido, trata bien a su hermana? —dijo Sebastián en un acto reflejo, recordando su caso. Pero se arrepintió de pronunciar esas palabras—. No se angustie, padre. No es culpa suya.

Al joven cura no le gustó que el preso le tuviera tanta confianza.

—¿Por qué lo hiciste, Sebastián?

—Era cuestión de honor.

—Y qué has conseguido con el honor.

—Pero no lo podía permitir.

—Y de qué te ha servido. Ahora vas a…

—Una hermana es una hermana. No se puede dejar que venga uno y la…

—No te correspondía a ti hacer justicia. Para eso están ellos.

—¿Ellos? Así se podría haber pasado la vida mi hermana, si es por ellos. No, padre. Usted y yo sabemos.

El padre se frotó las manos contra las rodillas. El libro descansaba en sus piernas cerradas, y le pareció inútil haberlo traído.

—La justicia de Dios es implacable —dijo el cura sin saber qué se decía. No le salían las palabras importantes que había estado ensayando toda la noche. No servían, ahora se daba perfecta cuenta.

—Dios me perdonará, si yo se lo pido. Él me perdonará.

—Si tu arrepentimiento es sincero, sí.

—¿Y si no me arrepiento?

—Entonces no.

—Pero Dios sabe más que nosotros, mucho más. Sabrá comprender y perdonar.

—Tu arrepentimiento ha de ser sincero. O no vale.

El padre se percató de que estaba perdiendo la batalla.

—Padre. ¿Qué hubiera hecho si no hubiera sido cura?

—Labrador, supongo.

—¿Y se arrepiente, se arrepiente de no ser labrador?

—A veces. De vez en cuando flaqueo. Pero rezo, y entonces sé que tomé el camino adecuado.

—Yo también, padre, rezo. Y a veces me da por pensar qué hubiera pasado si no hubiera ido. Pero luego me digo que no. Que hice lo que tenía que hacer.

El padre se encontró en un callejón sin salida.

—Recemos, recemos por la salvación de tu alma. Es lo único que nos queda —dijo el padre, que seguía confiando en el rezo como única manera cierta de salir de todas las situaciones difíciles.

Rezaron durante veinte minutos.

Luego el padre le confesó los pecados, y lo absolvió.

Llamó al carcelero, que abrió la puerta de la reja y le dijo a Sebastián:

—¿Habrás pedido perdón por lo que has hecho? —y, luego, dirigiéndose al padre, añadió—: Todos piden perdón a última hora. Les entra miedo, son unos cobardes.

Ni el padre ni Sebastián contestaron.

 

 

Manolo Yagüe