LOS LIBROS EN MI VIDA: POR HENRY MILLER

“A pesar de las opiniones de los cínicos y misántropos, sostengo que el hombre siempre se empeñará en compartir sus más profundas experiencias.

Los libros son una de las pocas cosas que los hombres atesoran profundamente. Y cuanto mejor sea el hombre, con mayor facilidad será capaz de desprenderse de los bienes que más atesora. El libro que yace inane en un anaquel es munición desperdiciada. Los libros deben mantenerse en constante circulación como el dinero. ¡Prestad y tomad prestado ambas cosas: libros y dinero! Pero especialmente libros, porque los libros representan infinitamente más que el dinero. El libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. El libro enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.”

Los libros en mi vida, Henry Miller

EL ESCRITOR TIENE QUE SABER DECIR NO

Para aquellos que nunca han trabajado en casa, esa perspectiva suena estupenda. No habrá que salir a toda prisa, ni aguantar jefes, ni pasar frío en los días de invierno, ni calor en los de verano, no habrá largos atascos, o metros abarrotados de caras adormiladas. Uno podrá tomarse un café tranquilamente y pensar. Lo que sucede es que uno entra en una trampa de dilaciones, compromisos, tareas familiares o domésticas. El teléfono que suena a deshoras, o la revisión de la caldera, o el cartero, o la comida, o la compra, o una enfermedad de un hijo, que ese día no puede ir al cole. O la falta de una presión externa que le obligue a uno a levantarse a las siete en vez de a las ocho y media.

Sin embargo, y a pesar de que la escritura siempre tendría que ser placentera, es necesario asumir también que es una actividad muy exigente. Igual que lo es escalar montañas, o correr una maratón. La disciplina es fundamental. Claro, que si un montañero está en plena faena de escalar una montaña, no lo suele interrumpir el cartero, o la revisión del gas. Tampoco lo interrumpe un amigo que quiere charlar del tiempo. No es posible.

Pero al escritor se empeña en molestarlo todo el mundo. Por dos razones. La mayoría de las personas piensan que no es exactamente un trabajo. La mayoría de las personas no entienden la especial concentración que exige ponerse a escribir. Vamos, que, aunque no vayamos a caer de una montaña por culpa de un timbrazo o una simple interrupción familiar, caeremos de la altura de la fantasía al pozo de la realidad. Y luego, volver a subir no es cosa de poco. Tanto como escalar una montaña.

Por eso el buen escritor también se toma la molestia de hacerse un hueco temporal, un espacio vacío, en el que no existe para nadie. En cierto sentido, es como si el escritor hubiera desaparecido. No está de más advertir a las otras personas de esta situación. Y advertirles que les ladrarás y morderás si hace falta, si te interrumpen por estupideces durante tu hora de escritura. Solo te pueden molestar por asuntos realmente graves, y cuando verdaderamente no quede más remedio. Un incendio que no puede ser sofocado por los bomberos, por ejemplo.

 

Temario del Curso de Iniciación a la Escritura Creativa (fragmento).

 

 

 

 

 

 

BORGES, MENARD, CERVANTES, Y LA METALITERATURA

No habra fragmento de humor, si esto vale como humor, en la literatura de Borges, como el que veremos a continuación. Pertenece al fantástico Pierre Menard: autor del Quijote:

 

 

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente pragmáticas.
También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.
No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil.

 

 

Cómo no pensar que Borges se estaba burlando de nosotros y de sí mismo.