9º CONCURSO “VILLA DEL DUERO”

Yolanda Martín Tejero, alumna del Taller Literario de Tudela de Duero, ha recibido una “Mención especial” en el 9º Concurso Literario “Villa del Duero”, con un cuento breve titulado “La aventura de una página el blanco”. Felicidades. Tu trabajo durante el año ha sido excelente y la progresión de tu escritura sensacional.

 

Aquí está el cuento:

 

LA AVENTURA DE UNA PÁGINA EN BLANCO

Llevaba mucho tiempo sobre aquella mesa, formando parte de un montón, todas iguales, que descansaban allí esperando a que alguien viniera a llenarlas de palabras, dibujos o bocetos. En lugar de eso, ese alguien la cogió para hacer con ella un barco de papel. El día se prestaba a ello, llovía y la perspectiva de otra diversión quedaba lejos en el horizonte. Sintió cómo aquellas manos acostumbradas a escribir sobre aquella mesa, la doblaban una y otra vez meticulosamente hasta que quedaron satisfechas de su obra. En sus manos salió fuera y de repente el barquito comenzó a deslizarse calle abajo impulsado por el agua que bajaba de los canalones. Lograba mantenerse a flote y dobló hábilmente una esquina y otra hasta que se perdió por la calle principal y terminó cayendo por una alcantarilla con agua sucia a su alrededor, ratas y otras inmundicias que dejaron su, hasta entonces, impoluto casco, con algunas salpicaduras que prefería no pensar de qué podrían ser.

Aunque tenía miedo de zozobrar entre tanta suciedad, luchaba por mantenerse firme entre los túneles negros y sombríos. Allá a lo lejos vislumbró un punto de luz que se iba agrandando por momentos y esto le animó a continuar en esa dirección.

De pronto, una catarata lo empujó hasta el río. Una vuelta y otra vuelta y de nuevo salió a flote. Allí el paisaje cambió por completo. Ante el barco se presentaba la gran aventura de navegar por un caudal inmensamente mayor que el de la calle o el de la alcantarilla. Algunos patos se acercaban para picotearlo confundiéndolo  con comida, pero él seguía impasible por aquella corriente, aguantando para no desfallecer.

Bajo su casco notaba cómo los peces se acercaban a curiosear, pues estaban acostumbrados a ver pasar hojas secas, trozos de árbol o alguna que otra basura flotante que la gente desaprensiva tiraba al río, pero no era habitual que por aquellas aguas navegara un pequeño barco de papel casi blanco.

Él se sentía cada vez más orgulloso de sí mismo: había logrado salvar varios obstáculos y ahora se encontraba navegando donde jamás habría imaginado. Los juncos, los árboles y hasta las garzas parecían saludarlo mientras pasaba.

En estas estaba cuando comenzó a escuchar un sonido extraño. Al principio no sabría decir qué era, pero a medida que iba avanzando se dio cuenta que sonaba mucho más fuerte que aquella por la que había salido de los túneles. Una gran catarata. Ya está, aquello sería su fin, estaba casi seguro de que allí terminaría su viaje. En fin, “fue bonito mientras duró”, pensó y se preparó para la gran caída que le aguardaba, pues el ruido se oía cada vez más cerca.

Notaba que la corriente aceleraba su paso, y se veía en el horizonte el vapor que se desprendía del agua al caer. Adiós, aquí terminaría todo, pero… ¿qué es esto? De pronto notó que se elevaba por los aires en el momento justo en que debía caer. Sobre él, una enorme urraca se lo llevaba agarrándolo con sus patas y salvándolo de una muerte segura.

Abajo quedaba el río y los peces, todo se veía distinto desde tan alto.

Después de volar un rato lo depositó con delicadeza sobre un cúmulo de palos, plumas y otros materiales que formaban un círculo. En el centro, dos enormes bolas blancas que aún no sabía lo que eran. “Después de todo aquí no se está tan mal. Veo el río, los juncos, las aves y más allá me parece ver la casa de la que he salido.” Pero después de tanto viaje, allí, quieto, no estaba muy a gusto. Afortunadamente una ráfaga de aire terminó por llevárselo de aquella atalaya en que lo habían depositado y, de ser barco casi pasó a convertirse en avión y empujado por el viento, que cuando quiere puede ser muy juguetón, fue a colarse a través de una ventana abierta, yendo a parar sobre aquella mesa donde aún descansaban un montón de páginas en blanco.

 

Yolanda Martín Tejero

EUGÉNIO DE ANDRADE: POESÍA DE LA SENCILLEZ

En la Antología de Eugénio de Andrade “Todo el oro del día” de la Editorial Pre-Textos (colección La cruz del sur), he leído este bello poema, muestra inabarcable de sencillez -acaso la sencillez se puede abarcar-, rigor, alegría… La sonrisa, ah, la sonrisa. ¿Se puede escribir un poema a la sonrisa sin soltar solemnes tonterías? Parece que se puede. Es un poema para dedicar. Yo se lo dedico a Yolanda.

Por cierto, es tan importante para mi seleccionar un buen poema, como escribirlo, o más.

 

LA SONRISA

 

 

Creo que fue la sonrisa,eug_comercio.jpg

la sonrisa fue quien abrió la puerta.

Era una sonrisa con mucha luz

allá dentro, apetecía

entrar en ella, quitarse la ropa, quedarse

desnudo dentro de aquella sonrisa.

Correr, navegar, morir en aquella sonrisa.

 

  Eugénio de Andrade

UN CONSEJO DE ESCRITURA Y UN POEMA DE ROGER WOLFE

 

Sólo serás escritor cuando seas capaz de reducirte diariamente a puré y reconstituirte luego, para volver a comenzar la labor de perpetua autodemolición y reconstrucción propia al día siguiente, y seguir con ella sin misericordia hasta el final de tu vida, sin esperar a cambio absolutamente nada, ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni en posteridad alguna.

Roger Wolfe  http://www.rogerwolfe.es/

 

EL TRABAJO SUCIO

Yo haré

el trabajo

sucio.

Karmelo C. Iribarren

He vuelto a la poesía.

a la que siempre

me ha gustado:

la poesía elegíaca, narrativa,

de reflexión profunda y medidas dosis de ensimismamiento.

Leo a Parcerisas, a Joan Margarit.

Releo a Juan Luis Panero,

a Cesare Pavese y a Cernuda.

Descubro los poemas amorosos

de Abelardo Linares. Me deslumbro.

Son una maravilla.

Buena parte de mi propia

poesía no es así, lo sé.

Pero uno no siempre escribe

lo que le gusta leer.

Uno no escribe necesariamente

lo que quiere, sino lo que debe escribir.

Uno mira alrededor y se da cuenta

de que hay montañas de ropa sin lavar.

El trabajo sucio.

Alguien -como dice

mi amigo Iribarren- lo tiene que hacer.

                                        Roger Wolfe