LA TIRANÍA DEL CULTO AL CUERPO (2): SUSIE ORBACH

 

La tiranía del culto al cuerpo (II).

 

En la anterior entrada hice referencia al libro de Susie Orbarch “La tiranía del culto al cuerpo” (“Bodies” en el original). En ella explicaba brevemente las ideas principales y que más me impactaron del libro. Pero me ha sabido a poco y por eso estoy nuevamente dándole vueltas al asunto.

Sobre todo la idea de como unos poderes que ni comprendo, ni entiendo, me dictan como tengo que ser, que es lo tolerable con respecto a mi físico y que no, y como tengo que vestir. No estoy descubriendo América, claro está. Y no pretendo cambiar el mundo, pero sí mejorar mi vida, entender porque en ocasiones me siento mal considerando mi cuerpo desagradable a la vista del espejo, y comprender de dónde proceden esos sentimientos.

Por tomar un ejemplo, la obsesión de nuestros tiempos por estar bronceado. Yo lo vivo desde mi piel blanca.  En un país como España, en el que el sol luce con fuerza durante más de seis meses es inevitable tener cierto color, pero yo que he vivido en Irlanda, sé lo que significa un verano allí. En resumidas cuentas, no hay verano y son pocos los días de sol.

Las mujeres irlandesas tienen la piel nívea (me refiero sólo a ellas, porque en aquel país son las mujeres las que más sufran las idas y venidas de la moda). Es una piel hermosa, que va a la perfección con sus ojos claros, sus melenas rubias, pelirrojas fuego o morenas. Pero, quién sabe por qué, consideran que sus pieles no merecen ser lucidas en su esplendor y su blancor, sino bajo una capa repugnante y anaranjada de autobronceador. No importa que, obviamente, sea falso, ya que  muchos de los irlandeses no pasan de ponerse rojos y jamás llegarán a tener nada parecido a una piel morena. Eso da igual, sólo que, por una razón completamente aleatoria, está de moda ser moreno.  Y es también contradictorio, porque la gente pasa la mayor parte del día encerrada en edificios, ¿De dónde van a sacar esos morenos? Pués de tarros, de rayos uva peligrosos para la salud o de una sobre exposición al sol durante el fin de semana.

En las novelas del periodo romántico tardío, ya casi el periodo victoriano, a las que soy muy aficionada, una piel morena era todo lo contrario y opuesto al ideal de belleza. En la archiconocida  novela “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen hay un párrafo dónde un grupo de mujeres, consideradas como elegantes y a la moda, se burlan de la heroína, Elizabeth Bennet.  Ésta ha viajado con familiares en verano en un carruaje abierto y se ha puesto morena.

´How very ill Eliza Bennet looks this morning, Mr Darcy´, she cried; ´I never in my life saw any one so much altered as she is since the winter. She is grown so brown and coarse! Louisa and I were agreeing that we should not have known her again.´

 

¿Volverá algún día la blancura a ser algo hermoso? ¿Vamos a sufrir por una moda pasajera como todas? Según vemos en el ejemplo, hace menos de 200 años el estar moreno no estaba a la moda. Aunque el color de la piel es uno de tantos ejemplos que podríamos usar.

No hace falta sino mirar las cuadros de Rubens para comprobar que mujeres de curvas verdaderamente generosas, eran consideras hermosas en otros tiempos. Podrían ustedes responder a una pregunta, si yo me arreglo los dientes acorde a la moda imperante ahora mismo ¿quién me asegura que en 15 años esa uniformidad dental no estará pasada de moda? Seré tan maleable como para, cuando eso ocurra, ¿dejar que el dentista me desordene y amarillezca los dientes?

Yo no quier hacer apología de la dejadez física, sino todo lo contrario. En nuestro deber cuidar de eso que que nos es dado. Entendiendo por “eso” nuestro cuerpo. La relación que tenemos con nuestro cuerpo es compleja, ni podemos cebarnos y dar a nuestro cuerpo cualquier cosa que nos apetezca, ni podemos matarle de hambre. Debemos cuidar, respetar y aceptar nuestro cuerpo-hogar.

Pero una sociedad que hace creer a los calvos que deberían tener pelo, a las mujeres de pelo rizado que su pelo no es aceptable y éste debe llevarse siempre liso, a las personas de piel blanca que deben ser morenos, a personas con cuerpos normales que estos deben ser excepcionales y deben rozar la perfección. A cualquiera que quiera y tenga dinero, cambiar y esculpir su cuerpo a golpe de bisturí. Eso es, nunca mejor dicho y usando el título del libro, una monumental tiranía.

Una sociedad que en lugar de potenciar la individualidad y la naturalidad, lo que nos hace genuinos, la castiga a crear individuos enfermos física y mentalmente. Esa sociedad no tiene ninguna autoridad moral, ningún poder e influencia sobre mí, como mujer y como ser humano. Y yo, siguiendo mi costumbre, me niego a vivir bajo la dictadura de la perseguida y ansiada perfección física.

 

María Yagüe.

CONCURSO CAFÉ COMPÁS: UNA ALUMNA ENTRE LAS FINALISTAS

El trabajo va dando frutos. Despues de un duro curso de propuestas y correcciones, los textos terminados cominezan a lucir fuera del taller. Es el caso del relato “Una tarde con Manuela” de Miriam Tardón del Río. Excelente relato, que será publicado además, para orgullo y disfrute de familiares, amigos y literatos, y por supuesto para alegría de la escritura. Todo un acontecimiento para un escritor que empieza a abrirse camino. Mis más sinceras felicitaciones, Miriam.

cartel café compás 2013.finalistas

Manolo Yagüe, Profesor de Escritura Creativa (TEC)

 

http://www.manoloyague.com/taller-literario/

LO QUE IMPORTA ES QUE SEPAMOS EL UNO DE LA EXISTENCIA DEL OTRO

 

Le contaré algo. El otro día no podía dormir. Y me dije, haz caso al doctor. Ponte a hacer algo, distráete. Así que cogí una mopa y un trapo del polvo y me puse a limpiar el salón. A oscuras, intentando no hacer ruido para que no se despertara mi mujer.

¿Le ayudó distraerse?

Sí me hizo bien. Al principio quiero decir, porque luego pasó algo. Oí llegar un coche, y me asomé, procurando que no se me viera, a la ventana del salón. No era premeditado. Simplemente no quería que nadie se enterara de que ando despierto a esas horas. Era mi vecino. El cirujano. Paró el coche frente a la puerta, apagó las luces y se bajó. Rodeó el coche y abrió el maletero. Estaba de espaldas y al principio no vi lo que sacaba. Luego cuando avanzó con ese bulto enorme, me di cuenta. Llevaba un cuerpo envuelto en un saco negro, de esos que se utilizan para transportar cadáveres.

¿Cómo sabe que era un cuerpo y no otra cosa?

¿Qué como lo sé? Bueno, era como los de las películas. Como los que salen en la televisión. Tenía que ser un cuerpo. La forma. Las piernas y la cabeza colgaban a los lados. Y le costaba mucho transportar aquello.

¿Está seguro?

No, no lo sé. Pero estoy casi seguro. Tenía la forma de un cuerpo. Uno se da cuenta de esas cosas. El caso es que subió las escaleras de la entrada, dejó la bolsa en el piso y abrió con la llave. Luego, arrastró el cuerpo, quiero decir la bolsa hasta el interior, y cerró.

Y usted, ¿No llamó a la policía?

No, no llamé a la policía. Estaba limpiando el polvo. ¿Qué les iba a contar exactamente? A mí no me incumbe. Sabe, es un tipo raro, el cirujano. Muy delgado, y raro, no se habla con los vecinos. Hace años que no paga la comunidad. Mi mujer lo conoce del hospital donde trabaja. Trabajan en el mismo hospital. Allí tiene fama. Apenas lo dejan operar. Dicen que bebe, y por eso evitan que se meta en las operaciones complicadas, eso dicen. Bueno, mi mujer no trabaja con él. Es un hospital nuevo y muy grande. Lo ha visto de vez en cuando en la cafetería. Es igual, de todas formas, eso no tiene que ver.

Todo tiene que ver. Y, ¿qué dice su mujer?

No se lo he contado. Por quién me toma. No quiero parecer un loco.

No es un loco.

Eso lo dice para tranquilizarme. Pero si le contara esto a mi mujer, se podría hecha una furia. No creo que aguante otra historia de las mías. Vengo por ella. Ella me lo pidió. Es la condición que me puso para poder quedarme en casa. Me dijo, si no vas a terapia, ya te puedes ir largando. Y me comprometí a venir. Aunque no quería. No veo que avancemos mucho, si le soy sincero.

¿Por qué cree que no avanzamos?

No es culpa suya, entiéndame. Llevamos, qué, dos meses o tres viéndonos cada semana. Y, aunque todos creen que estoy mejor, porque me comporto como una persona normal, no estoy mejor. Eso se lleva dentro. He aprendido que es mejor disimular.

¿Disimula delante de su mujer?

Con ella más. Le digo que busco trabajo. Hago todas las tareas de la casa. Preparo la comida. Salimos. El sábado salimos a bailar. Aunque no bebo, no se asuste. He vuelto a ponerme el disfraz. Delante de mis padres también. Comienzan a hacerse mayores. Y como usted me dijo, ya tengo que dejar de darles problemas. Así que, cuando hablo con ellos por teléfono, hablo como una persona normal.

Es una persona normal. Solo que usted insiste en decir que no.

Es lo mismo doctor, no quiero discutir. Yo no discuto. ¿Para qué sirven las discusiones? En el trabajo me pasaba el día discutiendo. Así que llegaba a casa y seguía con las mismas. Discutíamos a todas horas. Cuanto más me esforzaba, más discutía con mi mujer. Y luego me dio por pensar que no era yo. Que yo era otro. Y que tenía que deshacerme de ese otro.

Fue cuando decidió quitarse la vida.

No fue un suicidio. Bueno, un intento de suicidio. Fue un intento de asesinato. El otro había tomado mi cuerpo. Ese hombre. No lo conocía. Sí, ya sé que era clavado a mí, la misma cara, la misma ropa, el mismo tono de voz. Pero ya le digo, se lo he dicho tantas veces que me estoy cansando. ¿Oiga, es necesario repetirlo una y otra vez? Me cansa. Me aburre. No creo que sea culpa suya. Es su trabajo. Y estoy convencido de que, si por usted fuera, lo haría diferente. Pero le han enseñado a no dar su opinión. A mantener las distancias.

¿Cree que soy distante contigo?

Es una forma de hacer el trabajo. No creo que sea así siempre. Aunque tampoco se lo ve como un tipo precisamente natural. No se ofenda. Pero su mujer tiene que estar exasperada. Seguro que le pasa como a mí: ¿a que su mujer no soporta que usted no discuta? La mía se pone nerviosa. ¿A que su mujer es más feliz cuando discuten?

Oh, no lo creo. Pero sí, tiene razón, a veces le molesta mi actitud tan sosegada.

¡Lo que le decía! Tengo o no tengo razón.

Bueno…

Me gusta verlo actuar en la consulta, se le da bien, se muestra sereno, imperturbable. Ahora, en el momento de actuar me acuerdo de usted. Entonces, cuando llega a casa con ganas de pelea, me acuerdo de su manera de psicoanalizarme, y trato de imitarlo. Al principio ella se lo tragaba, se calmaba, yo la dejaba hablar, dejaba que soltase toda su mierda. Pero creo que ya no le hace gracia. Ella viene con ganas de pelea. Necesita pelear con alguien para calmar sus nervios. Los  tiene todo el día a flor de piel. Se vuelve loca si no puede utilizarme como su vía de escape. Así de sencillo. Yo antes me ponía a discutir. Ahora no. Dejo que hable, que se desahogue, que me insulte si quiere. Que me pegue, si eso ayuda. Total, apenas puede hacerme daño. Y sabe una cosa bien buena. Cuanto más terrible soy con ella, y con los demás, menos aparece el otro.

¿Ha dejado de sentirlo?

No del todo. A veces se asoma. Pero ya no domina el cotarro. Si por él fuera volveríamos  a las andadas. Al trabajo, a las peleas con mi mujer, a beber cada noche. Como ella, que sigue bebiendo. Pero claro, ella no importa, porque es normal. Es muy difícil que pueda matarlo. Si lograse desplazarlo completamente a un brazo o una pierna. Entonces me cortaría el brazo o la pierna y me desharía de él. Aunque no las tengo todas conmigo.

¿Toma las pastillas?

¿Qué quiere que le diga? Las tomo, las tomo. No sé sorprenda. Me ayudan. Nada más. Pero no volveré a ser el mismo de antes. No me voy a meter en la vida de mi vecino, el cirujano, por ejemplo. Ni de coña. Eso es lo que hacía antes. Ahora no. ¿Qué ha matado a alguien y quiere tenerlo guardado en la nevera? Pues, por mí, perfecto. No me atañe. Nada de los demás me atañe. Suelen estar equivocados. Unos más que otros.

No tenemos más tiempo.

Oiga, doctor. ¿Hasta dónde llega el secreto profesional?

¿Qué quiere decir?

Mi vecino. ¿No irá a contárselo a la policía? Sabe, es un buen hombre. Sólo que no es como los demás. Usted no puede contar nada de lo que hablamos durante la consulta, ¿no es así?

No exactamente. El secreto profesional tiene unos límites.

¡No le contará lo de mi vecino a la policía!

No cree que sería mejor que fuera usted mismo quien lo hiciera. Estoy seguro de que se quedaría más a gusto.

No le he contado todo.

¿Hay más?

¿Lo contará? ¿Se lo contará a la policía?

Creo que se lo ha inventado, de todas formas…

Bueno doctor. Tiene razón. A veces me da por inventarme cosas. El suicidio, por ejemplo.

El intento de suicidio. Eso no fue ninguna invención, pasó usted casi un mes en el hospital.

No hay diferencia. Una última cosa que quería contarle. Es sobre mi vecino. Ayer fui a verlo. Sentí que necesitaba apoyarlo. Tomamos una coca-cola en su jardín. Acababa de plantar unos arbustos nuevos. Por debajo había removido la tierra, y tenía el tamaño de un hombre. Sabe lo que le digo. Creo que lo enterró allí. Tomamos la coca-cola y charlamos de jardinería. Pasamos una tarde estupenda. Creo que en las dos horas que he estado con él no he hablado con tanta libertad en mi vida. Y él tampoco. Cuando terminamos, estábamos exultantes, como dos almas gemelas que se encuentran en un mundo hostil. Le prometí volver. Aunque estoy casi seguro de que no volveremos a vernos. No importa. Lo que importa es que sepamos el uno de la existencia del otro.

Tenemos que dejarlo. Por hoy ha sido suficiente.

Supongo que no se ha tragado una palabra de todo lo que le he dicho.

La verdad. Lo del vecino me ha parecido una patraña. Aunque por unos minutos pensé que sí. ¿Vive ese hombre realmente en su calle, es su vecino?

Eso sí. Y que la otra noche limpiaba el polvo porque no podía dormir, eso también es cierto. Lo otro…

Me lo imaginaba.

De todas formas, ya le digo, que da igual.

 

Manolo Yagüe

LA TIRANÍA DEL CULTO AL CUERPO: SUSIE ORBACH

 

Hace unas semanas dando una vuelta por la biblioteca pública de Segovia, me encontré en la sección de psicología con un libro titulado “La tiranía del culto al cuerpo” de Susie Orbach (título original “Bodies”).

La pregunta sobre la que gira el libro es: ¿cómo tener un cuerpo? Puede que vosotros penséis lo mismo que yo, pues el cuerpo nos es dado. Porque según Orbach ahora más que nunca vivimos bajo el paradigma de que el cuerpo no nace, sino que se hace. Por tanto, ella considera que es fundamental reaprender cómo habitarlo, es nuestro hogar, sin considerarlo un objeto y más bien como el resultado de la biología.

Otra de las ideas más importantes del libro es el “mito del hombre posmoderno”, hecho a sí mismo. En el mundo anglosajón el “selfmade man” tiene mucha preponderancia en la sociedad y en el mundo de los negocios, un claro ejemplo sería el fallecido Steve Jobs.  Debo reconocer que nunca había considerado esto como algo negativo, pero la idea que Orbach desarrolla basándose en este mito y con respecto a nuestro cuerpo es muy sugerente.

Según la autora, constantemente nos vemos bomdardeados por imágenes, muchas de las cuales han sido manipuladas digitalmente. En lugar de considerar que son ellas las que presentan una imagen discordante, asumimos que es nuestro cuerpo el defectuoso y necesita de una transformación urgente. Nuestra apariencia se convierte en el foco de todo lo que va mal y nos embarcamos en un proceso doloroso en busca de la “perfectibilidad”.  Y digo doloroso porque el susodicho proceso genera sufrimiento, nos convertimos en los peores jueces de nosotros mismos,  hemos decidido de forma inconsciente participar en un proceso de mutilación y violencia.

Por tanto, nuestro cuerpo es algo que puede ser cambiado a nuestro gusto y antojo (aquí es dónde entraría en juego el anteriormente citado mito). Podemos crear una nueva corporalidad según nuestra idea mental de lo que deberíamos ser. No me gusta mi pelo, me compro uno nuevo. Mis dientes son demasiado pequeños, me pongo unos nuevos. Mi vientre curvado es horripilante a la vista, voy al gimnasio para que sea tan plano como una tabla.

 Nos sometemos sin más a un mundo visual que no hemos creado. Esto es una  de tantas perversiones de nuestra sociedad. Ahora ser hermoso es un imperativo, todos debemos encajar en unos cánones de belleza que, por otro lado, son limitados y restrictivos.

Y este asunto es muy preocupante porque, siendo una patología social, se vive y sufre de forma individual. Nos han arrebatado el placer y el gozo de tener un cuerpo. Reivindiquémoslo.  Aceptemos y disfrutemos lo que tenemos, no anhelemos lo que no somos.

Por mi parte, yo me niego, nuevamente, a vivir así. Mi pequeña revolución es pasear por el mundo mi blancura pasada de moda, unos dientes grandes y torcidos, pelo corto  y mi tendencia al “rechonchismo”.

María Yagüe.