LAS CIUDADES INVISIBLES: ITALO CALVINO

 

 

“No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.”

Las ciudades invisibles, Italo Calvino. Editorial Siruela.

LA OTRA CARA DE LOS CUENTOS: RENÉ-LUCIEN ROUSSEAU

“Ocurre tanto en el cuento como en la poesía; el uno y la otra —que por lo demás a menudo se confunden— son alusivos, no explicativos. Son alusivos como los sueños —volvemos siempre al mismo punto— y la magna obra de lo imaginario se produce en la alquimia del inconsciente. Pero es imposible no admitir que esos cuentos, transmitidos a lo largo de los siglos y de un continente a otro (bien que deformándose en el curso de tales transferencias), hayan conservado algo de los impactos primordiales experimentados por el hombre ante el espectáculo de la naturaleza: el día, la noche, las estaciones, los meteoros, los seísmos, las revoluciones astrales, el paso de cometas. ¿Es verosímil que esos relatos procedentes del fondo de los tiempos no contengan un testimonio de la angustia experimentada por nuestros antepasados al sumirse la tierra en las tinieblas de la noche y del invierno (que es como la noche del año)? Ese ocultamiento de la luz y del calor no podía sino confundirse para ellos con la angustia de la muerte.”

La otra cara de los cuentos.

Valor iniciático y contenido secreto en los cuentos de hadas.

René-Lucien Rousseau.

Tikal ediciones, 1994.

La Mentira y la Verdad, Antología negra (mitos, leyendas y cuentos africanos)

La Mentira y la Verdad

Blaise Cendrars

 

 

 

Un día, la Mentira y la Verdad emprendieron juntas un viaje. La mentira dijo cortésmente a la verdad:

—Dónde quiera que nos presentemos, tú llevarás la palabra, porque, si me reconocen nadie querrá recibirnos.

En la primera casa en que entraron, los recibió la mujer del amo; el amo llegó al caer la noche, y pidió enseguida de comer.

—Aún no he preparado nada —dijo su mujer.

Ahora bien; a mediodía, había preparado comida para dos y escondido la mitad. El marido, a pesar de que no sabía nada, se encolerizó porque llegaba hambriento del campo. Volviéndose a

los forasteros, les preguntó:

—¿Les parece que esto es propio de una buena ama de casa?

La Mentira guardó silencio prudentemente; pero la Verdad, obligado a responder, dijo con sinceridad que una buena ama de casa debería tenerlo todo preparado para el regreso de su marido. Entonces la mujer del amo, irritada violentamente contra unos forasteros que se atrevían a mezclarse en las cosas del hogar, los arrojó de la casa.

En la segunda aldea a que llegaron, la Mentira y la Verdad encontraron a los chicos ocupados en descuartizar una vaca estéril, muy gorda, recién sacrificada.

Cuando los viajeros entraron en casa del jefe de la aldea, hallaron a los chicos que acababan de entregar al jefe la cabeza y los miembros de la vaca, diciéndole:

—Esta es tu parte.

Todos saben que el jefe hace siempre las raciones en un reparto de esa naturaleza.

El jefe, dirigiéndose a los forasteros, que acababan de presenciar estos detalles, les preguntó:

—¿Quién les parece que manda aquí?

—Al parecer —dijo la Verdad—, mandan los niños.

A estas palabras, el jefe se encolerizó e hizo expulsar inmediatamente a los forasteros, tan impertinentes.

La Mentira dijo entonces a la Verdad.

—No puedo, verdaderamente, dejarte gobernar más tiempo nuestros asuntos; nos matarías de hambre. Desde ahora, yo me ocuparé de todo.

En la aldea a la que llegaron poco después, se instalaron debajo de un árbol, cerca de un pozo. De la aldea salían grandes gritos, y no tardaron en saber que había muerto la favorita del rey.

Una sirviente, muy llorosa, vino en busca de agua. La Mentira, acercándose, dijo:

—¿Qué desgracia ha ocurrido para que llores así y toda la aldea se lamente?

—Es que nuestra buena ama, la mujer preferida del rey, ha muerto.

—¡Cómo! ¿Tanto ruido por tan poca cosa? —dijo la Mentira— Anda a decir al rey que no se aflija más, porque yo puedo devolver la vida incluso a personas muertas ya desde hace años.

El rey envió un hermoso carnero a los viajeros, en señal de bienvenida, y mandó a decir a la Mentira que tuviese paciencia, que utilizaría su habilidad cuando estimase oportuno.

Al siguiente día, y al otro, el rey envió también un hermoso carnero y mandó a decir a la Mentira las mismas palabras. Esta fingió perder la paciencia e hizo advertir al rey que estaba resuelta a marcharse si, al día siguiente, no le mandaba ir. El rey convocó a la Mentira para el día siguiente.

A la hora señalada, la Mentira se presentó en casa del rey. Este comenzó por enterarse del precio de sus servicios y ofreció, en fin, un ciento de cada una de las cosas que poseía. La Mentira rehusó diciendo:

—Quiero la mitad de lo que posees.

El rey aceptó delante de testigos.

Entonces la Mentira mandó construir una cabaña, exactamente encima del sitio en que habían inhumado a la favorita. Construida la cabaña y cubierta, la Mentira entró en ella, sola, con herramientas de cavador, y se cercioró de que todas las salidas estaban cerradas.

Al cabo de mucho tiempo de trabajo, que se adivinaba encarnizado, se oyó a la Mentira hablar en alta voz, como si disputase con varias personas; después salió, y dijo al rey:

—El asunto se complica, porque en cuanto he resucitado a tu mujer, tu padre la ha agarrado por los pies y me ha dicho:

«Deja aquí a esta mujer. ¿Qué falta hace en la tierra? ¿Qué puede hacer por ti? En cambio, si me devuelves la luz, te daré, no la mitad, sino los tres cuartos de los bienes de mi hijo, porque yo era más rico que él.» Apenas lo había dicho, se presentó su padre, lo rechazó y me ofreció por su cuenta todo lo que posees; a su vez fue rechazado por su padre, que ofreció todavía más. De modo y manera que todos tus abuelos están ahí, y ya no sé a cuál atender. Pero, a fin de no complicar tus dudas, dime solamente si he de resucitar a tu padre o a tu mujer.

El rey no vaciló un instante:

—A mi mujer —dijo.

Porque la sola idea de que reapareciese el terrible viejo que lo había tenido en tutela tanto tiempo lo hacía temblar.

—¡Bueno! —dijo la Mentira—, pero tu padre me ofrece mucho más que tú, y no puedo perder tan bonita ocasión de enriquecerme…, a no ser que —dijo la Mentira, viendo al rey aterrorizado—, a menos que tú me des por hacerlo desaparecer lo que te habías comprometido a entregarme por resucitar a tu mujer.

—Seguramente eso es lo mejor —dijeron a coro los morabitos, que habían contribuido al asesinato del difunto rey.

—Pues bien —dijo el rey exhalando un gran suspiro—, que mi padre y mi mujer se queden donde están.

Así se hizo, y la Mentira recibió, por no haber resucitado a nadie, la mitad de las riquezas del rey, que volvió a casarse para olvidar a la difunta.

Antología negra (mitos leyendas y cuentos africanos), Blaise Cendrars

HOLMES: la importancia de crear un buen protagonista en la literatura policiaca

 

 

Aunque «Los crímenes de la Rue Morgue», de Edgar Allan Poe, es considerado el primer relato policiaco, con su detective Dupin, las aventuras de Sherlock Holmes son el verdadero modelo del género en adelante, gracias a la fuerza de sus narraciones y a la popularidad alcanzada por su personaje protagonista. Se trata en este caso de un investigador de tipo cerebral, que destaca por sus dotes deductivas, frente a aquellos policías y detectives que destacan por otras cualidades algo distintas (obstinación, violencia, conocimiento del oficio), sobre todo a partir de la novela negra. Con el avance de la investigación científica, nos encontramos con un inspector profesional y moderno, propio de series como CSI.

La mayor parte de las historias de Holmes fueron narradas por su compañero Watson. Veamos como conoce Watson a Holmes indirectamente por boca de un antiguo compañero, en Estudio en escarlata.

 

—¡Pobre hombre! —me dijo con acento de conmiseración, después de oírme contar mis desdichas—. ¿Y qué hace ahora?

—Estoy buscando habitación —le contesté—. Trato de resolver el problema de la posibilidad de

encontrar habitaciones confortables a un precio puesto en razón.

—Es curioso —hizo notar mi acompañante—. Es usted el segundo hombre que hoy me habla en esos mismos términos.

—¿Quién fue el primero? —le pregunté.

—Un señor que trabaja en el laboratorio de química del hospital. Esta mañana se lamentaba de no dar con nadie que quisiese tomar a medias con él un lindo departamento que había encontrado y que resultaba demasiado gravoso para su bolsillo.

—¡Por Júpiter! —exclamé—. Si de veras busca a alguien con quien compartir las habitaciones y el gasto, yo soy el hombre que le conviene. Preferiría tener un compañero a vivir solo.

El joven Stamford me miró de un modo bastante raro, por encima de un vaso de vino, y dijo:

—No conoce usted aún a Sherlock Holmes; quizá no le interese tenerle constantemente de compañero.

—¿Por qué? ¿Hay algo en contra suya?

—Yo no he dicho que haya algo en contra suya. Es hombre de ideas raras. Le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Por lo que yo sé, es persona bastante aceptable.

—¿Estudia quizá Medicina? —le pregunté.

—No… Yo no creo que se proponga seguir esa carrera. En mi opinión, domina la anatomía y es un químico de primera clase; sin embargo, nunca asistió de manera sistemática, que yo sepa, a clases de Medicina. Es muy voluble y excéntrico en sus estudios; pero ha hecho un gran acopio de conocimientos poco corrientes, que asombrarían a sus profesores.

—¿Le ha preguntado usted alguna vez cuáles son sus propósitos? —pregunté yo.

—Nunca; no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque suele ser bastante comunicativo cuando está en vena.

—Me gustaría conocerlo —dije—. De tener que vivir con alguien, prefiero que sea con un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No me siento bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido o el barullo. Los que tuve que aguantar en el Afganistán, me bastan para todo lo que me resta de vida normal. Hay modo de que yo conozca a ese amigo suyo?

—De fijo que está ahora mismo en el laboratorio —contestó mi compañero—. Hay ocasiones en que no aparece por allí durante semanas, y otras en que no se mueve del laboratorio desde la mañana hasta la noche. Podemos acercarnos los dos en coche después del almuerzo, si usted lo desea.

—Claro que sí —le contesté.

Y la conversación se desvió por otros derroteros.

 

 

Y cómo lo describe tras sus primeros encuentros.

 

 

Desde luego no era difícil convivir con Holmes. Resultó hombre de maneras apacibles y de costumbres regulares. Era raro el que permaneciese sin acostarse después de las diez de la noche, y para cuando yo me levantaba por la mañana, él se había desayunado ya y marchado a la calle indefectiblemente. En ocasiones se pasaba el día en el laboratorio de Química; otras veces, en las salas de disección, y de cuando en cuando, en largas caminatas que lo llevaban, por lo visto, a los barrios más bajos de la ciudad. Cuando le acometían los accesos de trabajo, no había nada capaz de sobrepasarle en energía; pero de tiempo en tiempo se apoderaba de él una reacción y se pasaba los días enteros tumbado en el sofá del cuarto de estar, sin apenas pronunciar una palabra o mover un músculo desde la mañana hasta la noche. Durante tales momentos advertía yo en sus ojos una mirada tan perdida e inexpresiva que, si la templanza y la decencia de toda su vida no me lo hubiesen vedado, quizá yo habría sospechado que mi compañero era un consumidor habitual de algún estupefaciente.

Mi interés por él y mi curiosidad por conocer cuáles eran las finalidades de su vida fueron haciéndose mayores y más profundas a medida que transcurrían las semanas. Hasta su persona misma y su apariencia externa eran como para llamar la atención del menos dado a la observación. Su estatura sobrepasaba los seis pies, y era tan extraordinariamente enjuto que producía la impresión de ser aún más alto. Tenía la mirada aguda y penetrante, fuera de los intervalos de sopor a que antes me he referido; y su nariz, fina y aguileña, daba al conjunto de sus facciones un aire de viveza y de resolución. También su barbilla delataba al hombre de voluntad, por lo prominente y cuadrada. Aunque sus manos tenían siempre borrones de tinta y manchas de productos químicos, estaban dotadas de una delicadeza de tacto extraordinaria, según pude observar con frecuencia viéndole manipular sus frágiles instrumentos de Física.

Comprobamos así cómo el autor se ha preocupado por captar el interés del lector no sólo sobre sus habilidades deductivas, su aguda capacidad de percepción y su inusual inteligencia, sino también por dibujar un personaje pleno y sugerente. Y lo hace dotándolo de cualidades tanto positivas como negativas (creando un tipo humano convincente), y por supuesto envolviéndolo de cierto misterio, que nos lo hace indudablemente atractivo.

No es muy ordenado en la rutina cotidiana, es muy habilidoso disfrazándose, fuma en pipa, le gustan las galletas, toca el violín (un Stradivararius,  a menudo a horas poco adecuadas) con maestría, es un experto apicultor, excelente boxeador, tiene un gran conocimiento científico, en especial en química —aunque a juicio del propio Watson carece por completo de otros conocimientos propios de un hombre culto de su época, como literatura o filosofía—, y, cuando se aburre por falta de los retos intelectuales que suponen sus casos, consume cocaína en una solución al 7 por ciento.

¿Te imaginas compartiendo piso con un tipo de tales características?

Manolo Yagüe.