LA CRISIS ALIENTA LA ORGANIZACIÓN CIUDADANA EN VALLADOLID

En noticia aparecida en el Diario de Valladolid, el pasado lunes 21 de enero de 2013, se nos explica cómo la necesidad y la falta de respuestas eficaces por parte de las instituciones, que siguen a lo suyo, va obligando a los ciudadanos silenciosos a buscar alternativas reales a sus problemas reales. Por desgracia estas noticias no abundan. Y terminan escondidas en la montonera de escándalos de corrupción, índices bursátiles, recortes de presupuesto, fútbol, esquelas y anuncios de contactos.

Tal es así, que o bien yo soy un negado en el asunto, o creo que ni siquiera, y espero que alguien me corrija, que ni siquiera ha sido publicada en versión digital.

Y eso que tendría que aparecer en portada. Pero claro, se ve que yo no soy el que diseña las portadas de los periódicos, ni elijo la parrilla de los noticiarios.

Entrevecinos. Parados en movimiento. La huerta sin puerta. Cadena de sonrisas. La Fiambrera. Valladolid en Transición. Si es que los nombres cantan. Asociaciones. Personas con personas.

No dejo de constatar en mi experiencia, de crisis y ruptura personal,  y en las experiencias  que veo en las noticias escondidas de la realidad, que sólo cuando el individuo asume que es el dueño y señor de sus posaderas, es cuando se puede poner a funcionar,  con la certidumbre de que será él y nadie más que él quien dirija su destino. Ni Rajoy, ni el otro Rajoy, ni los otros espejos que cuelgan de los escaparates y esconden la avaricia, la mentira, el vacío.

No he podido evitarlo, hoy me ha salido con vena.

Otro día volveré a la literatura.

 

EL MOMENTO MARAVILLOSO: ALAN WATTS

 

“Está usted escuchando una canción y, de repente, le pregunto: “¿Quién es en este momento?” ¿Cómo responderá a esta pregunta inmediata y espontaneamente, sin detenerse para buscar las palabras? Si la pregunta no le ha sorprendido, de modo que ha dejado de escuchar, responderá tararareando la canción. Si la pregunta le ha sorprendido, responderá: “¿Quién es en este momento?” Pero si se detiene a pensar, tratará de hablarme, ne de ese momento, sino de su pasado, y obtendré información de su nombre y dirección, su trabajo y su historia personal. Sin embargo yo le he preguntado quién es, no quién ha sido. Ser consciente de la realidad, del presente vivo, es descubrir que en cada momento la experiencia es todo. No hay nada más aparte de ella…, no hay ninguna experiencia de un “tú” que experimenta la experiencia.”

 

 

La sabiduría de la inseguridad, Alan Watts, editorial Kairós.

 

 

 

LA MEMORIA COMO MATERIAL NARRATIVO: EL PRINCIPIO DE LAS CENIZAS DE ÁNGELA

LA MEMORIA COMO MATERIAL NARRATIVO (Incluido dentro de los materiales del taller)

 

 

 

 

 

A la hora de escribir un relato con base real debemos estar atentos para, con el fin precisamente de ser fieles a esa realidad, transformar parte de la historia. El salto es muy grande. De una historia «real» debemos quedarnos con la esencia, el sabor, la sensación, los motivos…, y a partir de ahí reconstruir, con nuevas anécdotas y situaciones, lo que pasó en la realidad. Los personajes de un relato se definen por lo que dicen y lo que hacen, y a los personajes reales tendremos que «inventarles» algunas anécdotas que los definan en su verdadero ser dentro del relato, aunque esas anécdotas nunca les hayan sucedido literalmente en la realidad. Lo que importa es que los personajes definan su esencia con exactitud, no que eso les haya sucedido verdaderamente.

Veamos como lo hace Frank McCourt en el soberbio principio de “Las Cenizas de Ángela”, y nos daremos cuenta de hasta qué punto ha transformado sus recuerdos en literatura. La exageración, tremendista, casi mágica, el ritmo del discurso y el humor, se tejen para darnos unos párrafos deliciosos. Valdría también para explicar cómo empezar un buen relato.

 

LAS CENIZAS DE ÁNGELA

«Mis padres deberían haberse quedado en Nueva York, donde se conocieron y casaron y donde yo nací. En cambio, regresaron a Irlanda cuando yo tenía cuatro años, mi hermano Malachy, tres, los mellizos, Oliver y Eugene, escasamente uno, y mi hermana Margaret, ya estaba muerta y enterrada.

Cuando rememoro mi niñez me pregunto cómo sobreviví. Fue, claro, una infancia miserable: la infancia feliz difícilmente vale la pena para nadie. Peor que la infancia miserable común es la infancia miserable irlandesa, y peor aún es la infancia miserable católica irlandesa.

La gente en todas partes se jacta  o se queja de los infortunios de sus primeros años, pero nada se puede comparar con la versión irlandesa: la pobreza; el padre alcohólico, locuaz e inestable; la piadosa y derrotada madre gimiendo junto al fuego; sacerdotes pomposos; maestros abusivos; los ingleses y las cosas terribles que nos hicieron durante ochocientos años.

Y sobre todo: vivíamos mojados.

Mar adentro en el océano Atlántico se formaban grandes cortinas de agua que se iban deslizando río Shannon arriba para instalarse definitivamente en Limerick. La lluvia empapaba la ciudad desde la fiesta de la circuncisión hasta la víspera de Año Nuevo. Generaba una cacofonía de toses secas, estertores bronquiales, resuellos asmáticos, y graznidos tísicos. Convertía las narices en fuentes, los pulmones en esponjas bacterianas. Suscitaba curas de abundancia: para aliviar el catarro se hervían cebollas en leche ennegrecida con pimienta; para las vías congestionadas se hacía un emplasto de harina hervida con ortigas, se envolvía en un trapo y se aplicaba, chirriando de calor en el pecho.

De octubre a Abril las paredes de Limerick brillaban de humedad. La ropa nunca se secaba. Los trajes de paño y los abrigos de lana alojaban seres vivos y a veces pelechaban en ellos misteriosas vegetaciones. En las tabernas el vapor brotaba de los cuerpos y las ropas mojadas, que era aspirado con el humo de pipas y cigarrillos, diluido en el rancio vaho de los regueros de whisky y de cerveza, mezclado con el olor a orines que flotaba desde los retretes exteriores, donde más de uno vomitaba el salario semanal.

La lluvia nos hacía entrar en la iglesia: nuestro refugio, nuestra fuerza, nuestro único sitio seco. En misas, bendiciones y novenas nos hacinábamos en grandes racimos húmedos arrullados por el zumbido monótono del cura, mientras el vapor volvía a brotar de nuestra ropa para mezclarse con la dulzura del incienso, las flores y las velas.

Limerick tenía fama por su piedad, pero sabíamos que era sólo lluvia. »

 

Frank McCourt