ELOGIO DE LA PEREZA REFINADA, RAOUL VANEIGEM

(Selección de párrafos de la obra de Raoul Vaneigem, “Elogio de la pereza refinada”. Desscarga el texto completo en http://drogoliticas.blogspot.com.es/2011/01/raoul-vaneigem-elogio-de-la-pereza.html)

Hay que rendirse a la evidencia: en un mundo en el que nada se obtiene sin el trabajo de

la fuerza y de la astucia, la pereza es una debilidad, una estupidez, una falta, un error de

cálculo. No se accede a ella más que cambiando de universo; es decir, de existencia.

Son cosas que pasan.

Un director de banco –me aseguran- se encontró arruinado, abandonado por todos,

cubierto de oprobio. Un rinconcito en el campo lo acoge; planta algunas viñas. Un

huerto, unos pocos pollos y la amistad de los vecinos cubren sus necesidades. Hace

descubrimientos asombrosos: una puesta de sol, el centelleo de la luz en el sotobosque,

los olores silvestres, el sabor del pan que él mismo ha amasado y cocido, el canto de las

alondras, la turbadora configuración de la orquídea, las ensoñaciones de la tierra a la

hora del rocío o de la serena. El hastío de una existencia que había pasado ignorándose

le había dado un lugar en el universo. Aún quedaba saber ocuparlo.

El camino no es tan fácil, pues la exclusión de un mundo que te excluye de ti mismo

basta para que vuelvas a encontrarte en él. Si no fuese así, no habría un parado que no se

hubiese convertido en poeta de los tiempos futuros.

Lo habitual es que el parado no se pertenezca a sí mismo, sino que continúe

perteneciendo al trabajo. Lo que lo destruía en la alienación de la fábrica y de la oficina

persiste en corroerlo fuera de ellas como el dolor de un miembro fantasma. Como el

explotador, el explotado apenas tiene la oportunidad de consagrarse sin reservas a las

delicias de la pereza.

 

La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la

mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en

bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte

en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter

parasitario. Se ha implantado tan bien el hábito de aceptar no importa qué trabajo y de

consumir lo que sea para equilibrar esa balanza mercantil que reina sobre los destinos

como la vieja y fantasmal providencia divina que, quedarse en casa en lugar de

participar en el frenesí que destruye el universo, pasa extrañamente por algo

escandaloso.

 

Si la pereza se acomoda a la apatía, a la servidumbre, al oscurantismo, no tardará en

entrar en los programas de un Estado, que, previendo la liquidación de los derechos

sociales, pone en marcha organismos caritativos privados con el fin de suplirlos: es

decir, un sistema de mendicidad del que desaparecerán reivindicaciones que, bien es

verdad, emprenden dócilmente ese mismo camino a juzgar por las últimas súplicas

públicas, que tienen como leitmotiv: “¡Dadnos dinero!”.

 

El país de Jauja se erige en proyecto en la intención: todo se pone al alcance de la mano

de quien aprende a desear sin fin “Haz lo que quieras” es una planta ética que no pide

más que crecer y embellecerse. La crueldad de condiciones insoportables y que, sin

embargo, toleramos prescribe que la abandonemos como si nos requiriese la urgencia de

no ser nosotros mismos, de no pertenecernos jamás.

La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por

vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el

placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar.

 

Cuántos esfuerzos para pertenecerse sin reservas. Y no es que sean precisos grandes

rodeos para ello, sino que lo más sencillo no se entrega dócilmente a los espíritus

atormentados. La infancia del arte no se alcanza más que a través del arte de convertirse

en infante. La desnaturalización ha hecho grandes progresos, decía un perezoso

saboreando Le lézard, la canción de Bruant10, y su inmortal “No puedo trabajar, nunca

aprendí”. Y añadía: se nos ha puesto en tal disposición para trabajar, que no hacer nada

exige hoy en día todo un aprendizaje.

 

El hábito de los placeres laboriosos, sombreados –más que subrayados- por lo efímero y

hurtados a toda prisa, nos ha despojado de la experiencia del esfuerzo y de la gracia. Los

placeres, en lo que tienen de auténticos, no son ni el fruto de un capricho del azar o de

los dioses, ni la recompensa de un trabajo del que no serían más que la respiración

jadeante. Se dan tal como los cogemos. La alegría de la que nos llenan es la alegría con

la que los abordamos.

LOS NUESTROS: EL MINUTO UNO DEL BOOM

Luis Harss escribió este testimonio del Boom -Los nuestros, Alfaguara- sin quizá prever que todos los autores catalogados, censedos, pensados, descritos, inspeccionados, retratados, por él llegarían a ser de los Nuestros, es decir, de aquellos pocos autores que forman parte indiscutible  de la biblioteca de Universales de la literatura. O quizá sí lo sabía. Me da igual.

Lo importante es que compuso un libro ameno, y acercó el esccritor a los lectores, magnífico servicio que un libro sobre escritores puede hacer a los propios escritores. Baste pensar en todos los libros de crítica que alejan al escritor de sus lectores.

Servicio impagable el de Harss, de difusión de la novela latinoamericana. No me imagino lo que sería la literatura del siglo XX sin la novela de estos, y otros autores. Algo parecido a un cuerpo con una pierna cercenada. O sin cabeza. A mí la falta me hubiera hecho polvo. No sé si hubiera llegado a escribir una página. Algunos, supongo, se alegrarían.

Carpentier, Asturias, Borges, Guimaráes Rosa, Onetti, Cortázar, Rulfo, Fuentes, Garcá Márquez, Vargas Llosa. Seguramente no estén todos los que merecieron estar, Pero todos los que están se lo merecen.

 

 

RULFO: MURMULLOS SOBRE PEDRO PÁRAMO

 

Tantas veces se ha repetido que Pedro Páramo es la mejor novela mexicana del siglo xx que con ello se olvida que es, simplemente, una de las mejores novelas del siglo pasado. Diversos mitos han dificultado un reconocimiento aún mayor de su importancia: en primer lugar, ha tenido que lidiar con la fama de ser la novela mexicana «por excelencia», dejando a un lado su modernidad y su vigor universal; en segundo, ha debido soportar el desprecio de algunos críticos —incluido un célebre jurado del premio Nobel— ante su escaso centenar y medio de páginas, cuando en ellas se cifra un universo literario completo. Por si no fuera suficiente, las lecturas meramente antropológicas o realistas de su estilo han ocultado la extraordinaria invención lingüística que su autor logró en ella, e incluso su rápida celebridad ha tenido que eludir los rumores maledicentes, sobre todo en el medio mexicano, que despreciaron el talento de Rulfo aduciendo que él nunca imaginó el resultado final del libro, reconstruido por las manos de amigos, consejeros y correctores que todavía hoy se disputan su paternidad. Son tan numerosos los lugares comunes que la crítica ha esparcido, que resulta casi imposible desprenderse de ellos. Aun así, quizás convenga eludir por un momento el caudal de tesis, artículos, reseñas y notas escritas en torno a él para recuperar el asombro que produjo tras su aparición en 1955 y que se repite cada vez que un lector desprejuiciado se adentra en sus páginas. Si el título original escogido por Rulfo para esta obra era Los murmullos -más sobrio pero menos contundente que Pedro Páramo-, es necesario evitar que esos murmullos asesinen también a quien inicia el viaje hacia ese limbo que es Comala.

 

Jorge Volpi, en su prólogo al Pedro Páramo.