GANADOR DEL CONCURSO DE RELATOS DE HUMOR NEGRO “LA RISA Y LA MUERTE”

Es para mí un orgullo de dudoso gusto presentar el relato ganador del concurso menos afamado de la historia del cuento. Por razones que se escapan a mi entendimineto e interés los participantes han sido pocos y no todos ellos dotados para las letras. Quizá la ausencia de cualquier tipo de beneficio crematístico ha disuadido a algunos. la falta de tiempo a otros. La falta de luces, a muchos. La ausencia de amor, de cualquier tipo de amor, a dos o tres. La falta de humor, la peor de las carencias que ser humano, animal o extraterricola, puede sufrir, es la causa más plausible. Riquezas, amor, belleza, inteligencia, salud o tiempo, no son cualidades soportables sin un fino sentido del humor con el que sobrellevar tan mastodónticas virtudes.

Ganadora en este caso, la señorita Magdalena Carrillo Puig, ha destacado en los cuatro apartados que proponía el concurso.

En el título: “Delicatessen”, que no se qué narices tiene que ver con el cuento, auque sospecho alude a goces gastronómicos. Animalofagia, perrofagia. El diccionario de la RAE no incluye ninguna de las dos acepciones. En ambos casos google encuentra sólo cuatro resultados. Sirvanse al gusto.

En la dedicatoria. Contundente y explícita. Valor hermana.

En la cita: estoy de acuerdo.

En el relato. La crueldad con las mascotas y vecinos, no tiene perdón. Ahogar a una suegra en un barreño de sangre, a un esposo clavarle un cuchillo en la entrepierna, propinar a un hermano un jamonazo en la nuca, matar a tu propio hijo a sabiendas de que lo estás matando, regalarle a una mujer flores cada San Valentín, eso lo puede perdonar hasta el dios de los cristianos. Lo otro, lo perpetran seres aberrantes y sin sensibilidad (no todos los seres aberrantes son insensibles) . Si al menos la autora hubiera dulcificado su crueldad con una prolongada tortura a su vecina Pili…

Y que conste, contra toda ironía, que hablo muy en serio.

Les dejo con el cuentecillo.

Paladeen o pedaleen, salud.

 

Manolo Yagüe, en las horas ebrias que preceden al despertar de los muertos.

 

Delicatessen

 

 

A todos los que dan el coñazo.

“La inteligencia me persigue, pero yo soy más rápido”

Sabiduría popular.

 

 

Llovía y llovía muchísimo, una gota fría como lo llaman ahora. Y metí al perro en la cocina. Pasó mi vecina de adosado, la Pili, a tomarse un café conmigo, de palique porque estaba aburrida como una ostra:

-No es plan, Mari,  el Tito, no puede quedarse aquí dentro, no es nada, pero nada “profiláctico”.

A mí, personalmente, la higiene me la trae al pairo. No quise replicarle y la dejé parlotear sobre las cien mil enfermedades que podrían “contravenirme”. La Pili se hace la fina conmigo y me estaba poniendo mala malísima de escucharla, tanto taladrarme, así que la despaché sin miramientos.

Mi Tito es mucho Tito, es el chucho más borde que conozco, y no está bien que yo lo diga, pero procede de una familia desestructurada, lo encontraron los funcionarios de la perrera vagando por las calles. De ahí su extraña afición a pendonear y escaparse a la mínima que te descuidas.

La cosa es que con tanta lluvia, aunque la casa se me caía encima, yo estaba que me subía por las paredes, y para más inri, la fotonovela que leía me estaba poniendo de los nervios y el Tito que no paraba de lloriquear, así que se me fue la pinza,  abrí la puerta de la calle y,  a pesar de que caían chuzos de punta, le ordené con un par de narices: ¡aire, a ventilarse tocan!

Nunca más regresaron a darme la murga, ni el Tito ni la Pili.

 

Magdalena Carrillo Puig

 

RIGOBERTO EL VICECÓNSUL

 

Para festejar mi primera entrada del blog del Taller Literario Infantil he escrito un cuento idiota para niños listos. Aquí lo tengo, sin papel de regalo,  sin vela de cumpleaños, sin arroz, sin champán, sin cohetes…, apenas unas tristes migas de pan lo trajeron a casa. Pero lo queremos mucho. Le damos besos de cucaracha y le hacemos cosquillas con escarpias. Se ríe, se ríe. Ya sabe lo que se puede esperar de nosotros los humanos.

Ha nacido, canijo, pero con ganas de crecer, el Taller Literario Infantil. Le daremos de comer: monstruos, princesas, caballos, acordeones, hogueras, triglifos…

 

 

 

 

RIGOBERTO EL VICECÓNSUL

 

Había una vez un niño muy raro, que estornudaba por las orejas. Por la izquierda, por la derecha o por las dos a la vez. En cuanto había estornudado, se pasaba un pañuelo de seda por la oreja para limpiarse los mocos.

Sus compañeros de colegio no albergaban dudas de que Rigoberto, pues así se llamaba, era especial, y por ello le nombraron vicecónsul de la clase. Ninguno de los niños sabía a ciencia cierta cuáles eran las tareas de un vicecónsul, y por ello decidieron encargar a Rigoberto la limpieza de la jaula del periquito de la clase. El periquito vivía en una jaula que el maestro colocó encima de su mesa.

Cuando un niño se equivocaba al decir la lección el periquito se reía y los niños se morían de vergüenza. Por eso todos los niños se traían la lección bien aprendida y el periquito apenas cantaba. De tan poco que cantaba se fue poniendo mustio y se secó.

Entonces el pobre Rigoberto se quedó sin trabajo, y por temor a perder su cargo de vicecónsul decidió que todos los niños tenían que aprender a estornudar por las orejas.

Rigoberto trajo de casa una bolsa llena de polvos pica-pica y un largo rollo de esparadrapo. Cerró la boca de los compañeros con esparadrapo y esparció pica-pica por la clase, formando una nube de polvo rosa que hizo a todos estornudar. Los estornudos, sin embargo, eran tan fuertes que el esparadrapo salía volando de la boca, y Rigoberto no consiguió que ningún otro niño estornudase por las orejas.

Los niños decidieron retirar a Rigoberto el cargo de vicecónsul ya que había intentado hacer su santa voluntad. Metieron al periquito en un cubo de agua y el periquito absorbió el líquido hasta que despertó. El periquito daba fenomenales risotadas de contento, y los niños rieron a pleno pulmón, hasta que cada uno perdió un diente.

 

 

Manolo Yagüe

Compañía Cómica “El vuelo del hipopótamo”

DAR VISIBILIDAD Y MOVIMIENTO A UN RELATO

 

 

Podríamos llegar a pensar que para dar suficiente visibilidad y movimiento a una escena poco menos que tenemos que imitar una película de acción. Pero eso no es cierto. Lo importante de nuevo es el detalle.

Aunque no lo parezca, aunque nos encontremos ante un relato que narra de manera pausada acontecimientos cotidianos, siempre hay suficientes elementos visuales, sensoriales, pequeñas acciones, objetos, como para sumergirnos en la historia, y como para hacernos sentir que el escritor nos cuenta algo importante.

En el siguiente ejemplo, principio de la novela «Un caso acabado» de Graham Greene, sucede lo contrario a un relato de acción, pero pasan muchas pequeñas cosas.  En negrita he señalado los elementos tangibles y he subrayado las acciones:

 

«El pasajero del camarote escribió en su diario una parodia de Descartes: «Me siento incómodo, luego estoy vivo», y se quedó sentado, pluma en ristre, sin nada más que añadir. El capitán, con sotana blanca, permanecía junto a las ventanas abiertas del salón, leyendo su breviario. No había aire siquiera para agitar las hebras de su barba. Ambos habían estado solos en el río durante diez días… solos, aparte los seis miembros de la tripulación africana y la docena, poco más o menos, de pasajeros de cubierta que cambiaban, de manera casi indiscernible, en cada aldea donde paraban. La embarcación, propiedad del obispo, parecía un pequeño y destartalado vapor de ruedas del Mississippi, con una alta chimenea cuya pintura blanca anhelaba pronta reparación. De las ventanas del salón los dos hombres podían ver, ante sí, el río que se devanaba interminablemente, y abajo, en los pontones, a los pasajeros sentados, peinándose entre los leños acumulados para la caldera.

Si ningún cambio significa paz, ésa era sin duda paz, escondida como una nuez en el centro de la dura cáscara de la incomodidad: el calor que se los tragaba cuando el río se estrechaba hasta un escaso centenar de metros, y la ducha, siempre caliente a causa de las máquinas del barco. De noche los mosquitos, de días las moscas tse-tsé, con las alas echadas atrás como minúsculos aviones a chorro (un letrero en la orilla, al pasar la última aldea, les había advertido en tres lenguas: “zona de la enfermedad del sueño. Cuidado con las moscas tse-tsé). El capitán leía su breviario con una palmeta en la mano, y cada vez que lograba una muerte sostenía el minúsculo cadáver para que el pasajero lo examinara, diciendo “tse-tsé”: era casi el límite de su comunicación, porque ninguno de los dos hablaba el idioma del otro con facilidad o destreza.

De este modo transcurrían los días.»

 

Casi podríamos decir que el escritor se preocupa por contarnos lo que está sucediendo tal y como sucede. Sin escatimar esfuerzos, ni por supuesto detalles, y procurando que esos detalles estén descritos con fidelidad y sean singulares.

 

Manolo Yagüe

BAILANDO, PARA NO ESTAR MUERTO

Entrada dedicada a Gómez Recio, y a mis alumnos de los Talleres Literarios.

 

¿Para qué se escribe? ¿Por qué escribimos y no nos dedicamos a cazar moscas o a ver todo el día la televisión? Antes o después, en algún momento de su vida de escritor, surge esa pregunta, que parece hecha por un demonio malicioso que sabe que las ambiciones humanas son inútiles. Sin embargo, los seres humanos nos vemos obligados a dar respuesta a nuestros actos, a darle sentido a nuestra existencia. Como si a la piedra no le fuera suficiente con ser piedra, o al árbol con ser árbol, al hombre no le basta con ser hombre.

Si le preguntáramos a un perro, por qué olisquea el mismo sendero todos los días, el perro se encogería de hombros, y nos miraría pensando que somos estúpidos. «Simplemente lo hago porque me gusta, y porque soy un perro, idiota». Si le preguntan a un escritor por qué escribe, en la mayoría de los casos elabora un rebuscado razonamiento, en el que seguramente no cree.

«Simplemente lo hago porque me gusta, y porque soy un escritor, idiota».

Esa es mi última respuesta. No me la creo del todo. Todavía soy demasiado joven. Cuando llegue a la edad que tenía Bradbury en el siguiente texto, seguro que la afirmación que acabo de realizar cobre más sentido. Los viejos tienen la ventaja de que ya no se dejan engatusar fácilmente por los razonamientos o las preocupaciones.

Y si no les vale la razón que he dado. Tengo otra, la extraigo del siguiente fragmento de mi viejo Bradbury.

 

«Una noche, mientras me estaba sirviendo, mi amigo camarero, Laurent, que trabaja en la Brasserie Champs du Mars cerca de la Torre Eiffel, me habló de su vida.

—Trabajo de diez a doce horas, a veces catorce —me dijo— y después de media noche me voy a bailar, bailar, bailar hasta las cuatro o cinco de la mañana, y me acuesto y duermo hasta las diez y luego arriba a las once a trabajar diez o doce horas y a veces quince.

—¿Cómo consigue hacerlo? —le pregunté.

—Fácilmente —dijo—. Dormir es estar muerto. Es como la muerte. Así que bailamos, bailamos para no estar muertos. No queremos que eso ocurra.

—¿Qué edad tiene usted? —le pregunté.

—Veintitrés —me dijo.

—Ah —deje, y lo tomé gentilmente por el codo—. Ah. Veintitrés, ¿no?

—Veintitrés —dijo sonriendo—. ¿Y usted?

—Setenta  y seis —dije—. Y yo tampoco quiero estar muerto. Pero no tengo veintitrés. ¿Qué puedo hacer?

—Sí —dijo Laurent, inocente y todavía sonriendo—, ¿qué hace usted a las tres de la mañana?

—Escribir —dije al cabo de un momento.

—¿Escribir? —dijo Laurent asombrado—. ¿Escribir?

—Para no estar muerto —dije—, como usted.

—¿Yo?

—Sí —dije, sonriendo ahora—. A las tres de la mañana escribo, escribo, ¡escribo!

—Tiene mucha suerte —me dijo Laurent—. Es usted muy joven.

—Hasta ahora —dije y apure mi cerveza y me fui a sentar delante de mi máquina de escribir, a terminar un cuento.»

 

 

Introducción a El Hombre Ilustrado, Ray Bradbury. Editorial Booket.

EL HIJO ABANDONADO (un cuento tradicional)

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Es un cuento viejo, viejo como el viento. No sucede nada de especial. Un niño es abandonado por sus padres, a los que no cabe guardarles rencor, pues son pobres y honrados. Tan pobres que una noche, no teniendo otro alimento que dar a su pobre criatura que una mosca y la cáscara de un cangrejo, deciden sacarlo dormido en un canasto de mimbre, y lo depositan a la puerta de la mansión de unos ricos hacendados que desean tener un hijo, un hijo varón.

Los aullidos del hambriento bebé despiertan a los moradores de la mansión, que al punto deciden quedarse el regalo y que será el hijo que herede la hacienda, su primogénito. Lo esconden durante nueve meses, para fingir el parto de la señora de la casa.

El niño se cría a la perfección, sano y robusto, inteligente y educado, todo un caballero, digno del apellido que porta.

Una tarde, el joven, que jamás ha salido de las lindes de la finca paterna, salta en persecución de un cervatillo la vieja tapia en un punto derruida y corriendo en pos del juguetón ejemplar, llega hasta la casucha de sus octogenarios padres.

Encuentra al viejo agachado sobre un surco de patatas, extrayendo con sus manos rugosas tubérculos podridos.

—Ha visto, anciano, pasar un cervatillo por aquí. Ando en su busca.

El viejo se incorpora despacio y hace una reverencia al joven noble. Ha reconocido en él, como no podría ser de otro modo, a su hijo.

—Siento no poder ayudarle, Sir. Sin embargo puedo ofrecerle una modesta jarra de cerveza.

El joven tiene una sed horrible incluso para su delicada apostura, y acepta el ofrecimiento.

Cuando entra en la misérrima casucha percibe un olor familiar, y queda turbado por un recuerdo que le espanta.

—Mujer, ven aquí, y trae dos jarras de cerveza. Tenemos un invitado y un buen motivo para brindar.

La mujer se queda patidifusa cuando aparece en la estancia principal con las dos jarras de barro rebosantes de espuma. Tanto que las jarras caen de sus manos y se estrellan en el piso de tierra. El apuesto noble interpreta el suceso como un mal augurio, se persigna, y balbuciendo escusas abandona la choza.

Cuando llega a la mansión le dice a su padre:

—Padre, he visto la casa de unos miserables ancianos. Y, por extraño que resulte, me ha parecido que ya había estado allí.

—Tonterías hijo. Eres un joven afortunado, pues eres heredero de un noble linaje.

Esa noche, en mitad del sueño, se le aparece un fantasma.

—¿Fantasma, qué quieres de mi?

—Quiero llevarte de vuelta a casa.

—Pero esta es mi casa.

—Ahora verás— y envolviendo al señor en un manto de niebla, lo transporta en volandas hasta el camastro de paja de los pobres ancianos.

A la mañana siguiente, cuando despierta, se haya vestido con las modestas ropas de un pobre labrador.

Sale de la cuadra y se encuentra con sus decrépitos padres, a los que reverencia tanto como un monje reverencia a su abad.

—He tenido un sueño rarísimo. Soñé que era el hijo de un noble y que vivía en un castillo, rodeado de lujo y comodidades de príncipe.

—Hijo mío. No debes fantasear con las riquezas. Y Ahora sal a cortar leña y a recoger frutos a la orilla del río.

El joven se va, sumido en el encanto del ensueño que ha vivido esa noche.

—Oh mujer —dice el viejo esposo—, no debimos haber abandonado a nuestro bebé. No volveremos a dejar que se vaya de nuestro lado.

 

Manolo Yagüe.