COMENZAR A ESCRIBIR (un consejo de escritura)

La unidad base para el adiestramiento en la escritura es el ejercicio por tiempo. Podéis daros diez minutos, veinte minutos o una hora. Depende de vosotros. Al principio puede ser que uno quiera empezar con calma y, después de una semana, aumentar el tiempo, o meterse ya de entrada con una hora. No importa. Cualquiera que sea el plazo que os hayáis concedido, lo importante es sentirse comprometido a respetarlo y, desde el primero hasta el último momento, seguir estas reglas:

 

  1. Mantened la mano en movimiento. No os paréis para releer la frase que acabáis de escribir. Esto sólo significa poner obstáculos e intentar asumir el control de lo que se está diciendo.
  2. No borréis. Esto significa confundir la creación con la revisión. Aunque hayáis escrito algo que no teníais intención de escribir, dejadlo.
  3. No os preocupéis por la ortografía, la puntuación y la gramática.
  4. Perded el control.
  5. No peséis. No os dejéis engatusar por la lógica.
  6. Apuntad a la yugular. Si al escribir, sale algo que os da miedo u os hace sentir vulnerables, zambulliros dentro. Probablemente está cargado de energía.

 

El gozo de escribir, Natalie Goldberg.

EL COMIENZO DEL RELATO

Dentro del Taller literario Manolo Yagüe, en nuestro primer tema veremos el comienzo del relato. Aquí os dejo dos comienzos magníficos con unas notas de lectura. En los materiales del Taller estudiaremos muchos ejemplo más.

El aprendiz de escritor necesita analizar con detenimiento, párrafo a párrafo, frase por frase, palabra por palabra, las obras de los grandes escritores, para encontrar lo que los hace diferentes, e imitar, copiar, tomar prestado, utilizar sus recursos.

Pongámonos en marcha.

 

1/

Había una vez un niño bueno, cuyo nombre era Jacob Blivens. Siempre obedecía a sus padres, por absurdas e irrazonables que sus demandas fueran; siempre se aprendía sus lecciones y nunca llegaba tarde a la escuela dominical. Se resistía a jugar al hockey incluso cuando su austero juicio le decía que era lo más conveniente que podía hacer. Ninguno de los otros chicos lograba sacar nada en claro de aquel niño que se comportaba de una manera tan rara. No había manera de que mintiera, por conveniente que fuese. Se limitaba a decir que mentir no estaba bien, y eso le bastaba. Y era tan honrado que resultaba simplemente ridículo. El curioso proceder de Jacob sobrepasaba toda medida. No quería jugar a canicas en domingo; se negaba a robar nidos; no quería dar monedas candentes a los monos de los organilleros; no demostraba el menor interés en ninguna clase de diversión racional.

 

El cuento del niño bueno, Mark Twain.

 

Notas de lectura:

  • Versión de un cuento tradicional. Comienza con el típico había una vez, pero da la vuelta a la historia, pues lo malo del protagonista, y la fuente de sus problemas posteriores, es precisamente que es demasiado bueno, formal, obediente.
  • Este cuento está contado desde un punto de vista muy particular: el punto de vista de los niños. Fijémonos en que los cuentos son escritos por adultos, bajo la férula implacable de su moral, gustos, o intereses. Sin embargo en este caso por fin son los niños los que nos dan su punto de vista.
  • No se limita a decirnos que ese niño era demasiado bueno para el común de los demás niños de su pueblo. Lo ilustra con jugosos ejemplos: « No quería jugar a canicas en domingo; se negaba a robar nidos; no quería dar monedas candentes a los monos de los organilleros; no demostraba el menor interés en ninguna clase de diversión racional.»

 

2/

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de los que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia—pregonaba el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima”. José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: “Para eso no sirve”. Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. “Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa”, replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

Notas de lectura:

  • El libro comienza con una frase sublime: pero además esa frase nos aporta mucha información. Personaje protagonista: Aureliano Buendía. Profesión: militar, militar derrotado, pues está ante un pelotón de fusilamiento. Transcurso del tiempo: es una larga historia, que se remonta al momento mágico en el que su padre lo llevó a ver el hielo. Relación de los personajes: padre e hijo van juntos, casi nos los imaginamos de la mano, y eso establece un importante vínculo familiar. Nos hayamos además ante un momento crucial de la vida del personaje, presumiblemente el final de su vida, frente a un pelotón que lo va a fusilar. Pero en esa escena hay una dosis muy fuerte de suspense. ¿Llegará a cumplirse la sentencia y Aureliano morirá? Tendremos que esperar para saberlo.
  • Luego viene una descripción del lugar. Es un lugar mágico: piedras como huevos prehistóricos; mundo reciente, recién inventado, origen del mundo bíblico, y origen de la vida, de la infancia, de lo que nos sorprende por primera vez.
  • Y después comienza la acción, también llena de magia, la de los gitanos: mundo del circo, y de los descubrimientos, y cómo no, de la infancia.
  • Por último señalar el carácter de Aureliano Buendía: el mismo nombre alude a un rasgo de su carácter. Buendía sugiere alguien alegre, optimista, positivo. Además nos lo describe como un hombre luchador, imaginativo y tenaz. Pero como todo buen relato el escritor lo ilustra con la historia del imán y la loca búsqueda del oro.

 

Manolo Yagüe.

 

HISTORIAS ACERBAS (un relato de amor)

 

 

Diccionario de la Lengua Española:

Acerbo, ba.(Del lat. acerbus).1. adj. Áspero al gusto.2. adj. Cruel, riguroso, desapacible.

 

 

 

Ninette entró en la librería de segunda mano del señor Ricard, y se sentó como siempre en una pila de libros viejos:

—Hola Ninette, ¿qué tal está su padre?

—Oh, a punto de morir.

—Su padre siempre está a punto de morir. Yo le he conocido así veinte años.

—No creo que aguante el invierno.

—Aguantará. Cómo iba a perderse la primavera. Su padre es un romántico. Aguardará la primavera y luego se irá. Por cierto Ninette, ¿cuántos cumple ya? Espero que le haya gustado mi regalo de cumpleaños.

—Sí, sí, claro. Una edición única de las Memorias de Chateaubriand. Creo que tiene tres ediciones distintas. Pero esta es la mejor, señor Ricard.

—¿Sabemos algo de Philipe? —preguntó Ninette. Siempre preguntaba. A sabiendas de que la respuesta solía ser invariablemente la misma: nada.

Sin embargo el señor Ricard se había metido en la trastienda y no escuchó la pregunta de Ninette.

Cuando salió, cargado con una montonera de libros que quizá nunca hubieran sido leídos, dijo:

—¿Busca algo, señorita?

—Cualquier libro para no sucumbir a este maldito tiempo.

—El frío ha llegado antes de la cuenta. Coge uno cualquiera. En estos casos lo mejor es meterse debajo de las mantas y leer un libro malo.

—Pues me llevo aquel rojo, parece tan feo por fuera como por dentro.

—“Las ánimas del purgatorio” —leyó el señor Ricard—, de Sor Catalina. Aprenderá mucho sobre el mundo en que vivimos.

—¿Qué le debo?

—Un beso. Un beso me vale de momento.

Ninette le dio un beso en la mejilla barbuda y el señor Ricard cerró los ojos, como un colegial.

—Me voy, antes de que se ponga a nevar.

—Si será lo mejor. Además, no me dejas trabajar.

Cuando Ninette estaba a punto de salir, poniéndose los guantes, el señor Ricard le dijo:

—Por cierto, Ya ha vuelto Philipe.

A Ninette le dio un vuelco al corazón. Pero no se giro tan siquiera. Respiró hondo, cruzó la puerta y salió disparada con el libro de la monja apretado a su pecho.

Philipe regresó de la guerra en un estado lamentable. Una mina estalló mientras patrullaban en un paraje perdido de Afganistán. Dos de sus compañeros murieron, y él perdió  las dos piernas, y un ojo. No quería ver a nadie, y menos a Ninette. Su tío, el señor Ricard, lo había cuidado desde niño e intentó por todos los medios que no se alistase en el ejército. Aunque de todas formas, acostumbrado como estaba a cuidarlo desde que fuera un muchacho, no veía gran diferencia en la situación actual.

A escondidas de Philipe, el señor Ricard invitó a cenar a Ninette el sábado por la noche. Fue muy triste, nos aseguró, verlos de nuevo frente a frente. Ella guapa, con ese aire desmañado de las chicas de París, y él con un parche en el ojo y en silla de ruedas, tapándose el espacio donde deberían reposar sus piernas con una manta de cuadros.

Philipe habló de la guerra. Ninette habló de libros, de la universidad, de las amigas.

—Yo no tengo amigos. Todos han muerto o están zumbados.

—Volverás a ver a los amigos de antes —propuso Ricard.

—Esos nunca han sido amigos. Amigos son los que se juegan la vida por ti.

Ricard estudió la cara de pena de Ninette. Philipe no hablaba de esa manera. Las palabras del ejército se habían cosido a su lengua, igual que si le hubiesen tatuado el cerebro.

—Oye Ninette, ¿sigues viendo al idiota de tu novio?

—Ya no.

—Pues si quieres joder con un lisiado, es tu oportunidad.

—Philipe, no seas estúpido.

El señor Ricard reprendió a su sobrino, y luego se dispuso a quitar la mesa, dando por concluida la velada.

Ninette se puso en pie y comenzó a ponerse el abrigo, los guantes y la bufanda.

—Oye Ninette, sabes una última cosa. Tu nombre es ridículo. Es el nombre de una niña estúpida o de una puta—. Ricard salió de la cocina, cogió la silla de ruedas de su sobrino y le arrastró hacía su habitación—. Igual me dices lo que cobras. Ahora que no me van a desear las mujeres, me tendré que ir con prostitutas. Preséntame a tus amigas… ¡Oye Ninette, devuélveme el libro que te regalé, es mío, ahora me pertenece!

El señor Ricard cerró la puerta de la habitación de su sobrino. Se escucharon golpes de objetos que caían por el suelo, y murmullo de imprecaciones e insultos.

—No te preocupes Ninette, ya sabes como es. En cuanto se le pase, volveréis a ser buenos amigos. Estáis hechos el uno para el otro.

—Me tengo que ir. He de atender a mi padre. Muchas gracias por la cena.

Ninette se acercó al señor Ricard y le dio un beso, pero un beso distinto, como los que se dan por última vez.

—Devuélvale este libro a Philipe.

—No, no. Quédatelo. Era un regalo. Ya se lo darás.

Ricard, intentaba evitar lo inevitable.

—Tómelo. Ya no lo necesito.

Cogió el libro que la joven traía envuelto en papel de regalo. Un papel de regalo sobado por el uso.

—Adiós.

—Pasa por la librería cuando quieras, allí estaremos.

Ninette no contestó y corrió escaleras abajo como alma que lleva el diablo.

Ricard cerró la puerta del piso y se quedo apoyado en ella. Con cuidado quitó el celo y desenvolvió el regalo, que ahora hacía su terrible camino de vuelta. Leyó la portada: Historias acerbas, Pierre Drieu La Rochelle.

 

Manolo Yagüe.